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DIEZ DE PLATA

Por Antonio Mora Vélez



Segundos después de haber introducido por la ranura de la casilla de control residencial, la moneda de cinco que dejaba constancia de su salida, ya estaba en la calle con su propósito entre cejas y con la satisfacción de haber dejado en orden todas sus cosas.

Puso la moneda de veinte en la casilla vial y tomó el andén rodante que lo llevaría hacia el sur. Antes había aspirado en la bomba de la esquina quince minutos de aire, los que supuso necesarios para el viaje de ochenta kilómetros que debía realizar hasta llegar a la cabina de los suicidios legales. El andén lo convirtió en cosa que se transporta por laberintos de vértigo y vivió despierto la experiencia de la velocidad que borra todas las imágenes.

A las pocas cuadras encontró una venta de noticias y quiso saber de algunas, porque no podía conocerlas todas. Nada más tenía cinco de plata disponibles y la emisión completa costaba cien de oro. Era algo así como un mundo de información sólo al alcance de los ciudadanos de oro.

(... ¨ Los ciudadanos de oro no usaban monedas de plata y los ciudadanos de plata no tenían con qué pagar el cambio de las monedas de oro...¨)

La verdad es que la gente se había dividido en dos grupos que vivían en dimensiones diferentes y que sólo tenían en común la apariencia exterior desnuda.

Tomó el pequeño auricular del transmisor de noticias, lo puso muy cerca de su oído derecho y escuchó:

¨ Mañana el tiempo será hermoso, ideal para salir al campo con la familia...Hágalo por los andenes de diez metros...Ah! y no se preocupe por el aire, habrá servicio hasta las siete de la noche...Más noticias con otra de cinco ¨.

Pero no escuchó más. Después de todo a él sólo le interesaban el estado del tiempo y las vías recomendadas para el día. Lo del aire le importaba poco. Sabía que a los hombres lo que menos le interesaba era el aire de las calles y los parques. Había llegado a esa conclusión después de sus frustrados intentos de pretender humanizar a los tecnólogos de los conglomerados científicos, quienes habían convertido el oxígeno en despensa de combustible para alimentar el cuerpo de los ciborgs, y de ese modo habían generado la escasez del precioso elemento, hasta el punto de su racionamiento, y convertido así en premonitoria la oda de Neruda, quien no pretendió otra cosa que rendirle un testimonio de admiración al aire por la vida.

El andén rodó por quince minutos o más. Las paredes de la autopista se iluminaban para anunciar productos gaseosos. Se detuvo en el parque de los árboles de piedra, pasó al otro andén y lo puso a rodar con otra moneda de veinte. Nuevamente las paredes se perdían a sus espaldas y se iluminaban fugazmente para decir cosas que sus ojos no podían leer. Entonces notó que la dosis de aire se le acababa, y lo notó porque sus piernas parecían flotar sobre la alfombra de acerilio. Con una presión de sus talones detuvo el andén en el lugar de ubicación de la bomba expendedora más cercana. Llegó hasta ella, con un esfuerzo enorme, y se dio cuenta que no tenía monedas de diez, y pensó en algún transeúnte de los pocos que aún salían de sus casas, y trató de hacer funcionar la máquina con las de veinte, y cada vez que tomaba la mascarilla de inhalación, el cuadrante se encendía con la leyenda: ¨ Deposite diez de plata ¨ Y así por muchas veces, hasta que por fin, desesperado, casi exhausto, sintió que alguien lo tomaba por el brazo y le preguntaba por su ruta. Le contó enseguida lo de las monedas y el problema de la dosis de aire que se le acabó en pleno viaje porque calculó mal el tiempo. Y se lo contó con los ojos y las manos porque ya la voz no le salía, y le contó finalmente con su rostro pálido su decisión de morirse. Pero el extraño, que no parecía interesarse por su estado, le dijo: ¨ Le cambio las dos monedas de veinte que tiene por una de diez para que no se asfixie ¨.

En ese instante pensó en los hombres que habían decidido sumarse a los grupos ¨Montag¨ que luchaban desde las cañerías por el renacimiento humano. En los hijos que no pudo tener por haber sido excluido del plan de natalidad. En los muchos maestros como él condenados al ostracismo por la tecnología. En la cabina de los suicidios legales, que era el lugar más elegante y jurídico para morirse. Y en la justificación que había escrito para ella y en la que le decía que su vida no tenía sentido sin hijos, ni profesión y con cien de años de frustraciones encima.

Introdujo entonces en la ranura la moneda de diez que le cambió al extraño y esperó por varios segundos -toda una eternidad para él-- que la leyenda INHALE apareciera en la pantalla. Pero no ocurrió así. En su lugar la máquina le pidió que esperara varios segundos más mientras salía del atolladero electrónico en el que la había metido él con sus insistentes monedas de veinte.
__! Qué lástima -alcanzó a balbucir antes de perder el conocimiento- No voy a poder morirme como quería!

Un polizonte automático llegó en ese instante y le exigió con sus botines otros diez de plata para cubrir los gastos de hospitalización. Pero ya estaba ilegalmente muerto.

(c) Antonio Mora Vélez.
 

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