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ALGUIEN DETRÁS DE LA PUERTA

por Damián Basiuk


¿Habían tocado a la puerta o es mi imaginación? Se dijo David, levantándose repentinamente de ningún lugar. De todas formas, una silueta se recortaba en la ventana de la puerta de entrada, iluminada por detrás por la mortecina lamparilla del porche. De alguna manera aquello contestaba a su pregunta.
Y es que hacía varias semanas que nadie golpeaba la puerta de su casa. Varias semanas que había estado solo en aquella casa en el medio de la nada. Varias semanas que no se duchaba y varias semanas que se despertaba pasado el mediodía.
Varias semanas que llevaba fumando marihuana, de hecho.
¿Quién había sido el último que había ido a su casa? Roberto -recordó, mientras se dirigía a la puerta de entrada-. Roberto y su estridente música Dance, la que brotaba a borbotones de los megaparlantes del estéreo de su chirriante camioneta Ford del 82. ¿A qué había ido ese idiota a su casa? Eso no lo lograba recordar, seguramente a enseñar un permiso falso para aserrar algunos pinos de su campo. Me chupan un huevo los pinos -había contestado, ahora que lo recordaba-, hacé lo que quieras con los putos pinos.
En otra época David era guardabosques. Y aunque en realidad lo seguía siendo, ya no cumplía con las obligaciones de su trabajo correctamente. Hacia unas semanas unos cazadores furtivos habían entrado en sus tierras para cazar liebres. Los escopetazos lo habían despertado, y él, en lugar de hacer lo que correspondía -es decir, ir a buscarlos y decirles que no debían hacer eso, aunque sea, mediante el uso de un megáfono- respondió a escopetazos contra ellos. Estaba seguro de no haberle dado a ninguno, sin lugar a dudas hubiera visto la noticia en la televisión, pero, de todos modos, seguía sintiendo una aceleración del pulso cuando pensaba en ellos.
Tal vez era uno de ellos el que estaba del otro lado de la puerta, esperando a que él saliera para vaciarle el cargador de un 22 en la cabeza.
¡Qué más da! Se dijo David, voy a abrir y ver que mierda pasa ahí afuera.
Cuando abrió la puerta no encontró a nadie del otro lado. Salió y dirigió irritado una mirada a ambos lados. A su derecha había un hombre con una campera de cuero desgastada por el uso, estaba contra la ventana, cubriéndose los lados de su cabeza con las manos para poder ver el interior.
-¿Qué desea?- Preguntó agresivamente David. La figura, sobresaltada, dejó de mirar por la ventana y dirigió su mirada hacia él.
-¡David!- Exclamó el hombre de la campera de cuero-. ¿Es que ya no me conocés?
-¿Quién carajo...?- David se interrumpió abruptamente. Algo de aquel hombre le recordaba a otro. A otro que había dejado de existir hacia mucho tiempo. El cabello canoso, los lentes gruesos, la campera, esos horribles chalecos de escote en V con estampados escoceses... No puede ser, se dijo.
-¡Eh! -gritó el hombre- ¿Que te pasa? ¿Estás borracho?
-No puede ser- repitió David, esta vez en voz alta-. Vos... vos... No, no puede ser. La mierda esa me quemó el cerebro.
-¿Qué mierda?- pregunto el hombre con una sonrisa en los labios, una sonrisa familiar y tranquilizadora-. ¿Estás bien, David? Vení acá y dale un abrazo a tu abuelo..., la puta madre. ¡Qué recibimiento!
No puede ser, se dijo David sin salir de su asombro. Mi abuelo no está vivo. Mi abuelo Oscar falleció cuando yo era chico, hace como veinte años. Este viejo no es mi abuelo..., es más, este viejo no existe.
David entró en su hogar rápidamente y cerró la puerta detrás de sí. Dio un par de pasos y con su vista encontró una bolsa de marihuana que había estado consumiendo en las últimas semanas. Qué mierda, pensó, no conocía estos efectos... Agarró la bolsa con su contenido vegetal y verdoso, con un olor parecido al del eucalipto y se dirigió al baño para tirarla en el inodoro.
Una corriente de viento hizo impacto con su cuerpo desde la espalda, antes de que abriera la puerta del baño. Ensimismado y congelado por el pánico, se dio la vuelta y se enfrentó cara a cara con el fantasma de su abuelo.
-Esa no es forma de darle la bienvenida a alguien de la familia -dijo el hombre de las gafas y la desgastada campera de cuero-. Me parece que debés estar borracho vos.
-Vos no estás acá -dijo David sacudiendo la cabeza, sosteniendo todavía en sus manos la mierda de color verde.
-Ay, Dios -dijo el viejo meneando la cabeza-. Te voy a preparar un café. Ya me parecía que alguno de la familia cargaría con los genes de mi tío. Pero nunca hubiese esperado que fueses vos.
El abuelo Oscar pasó al lado de David, a escasos centímetros; pudo advertir la leve brisa que proyectaba el paso de su cuerpo a través del ambiente mientras se dirigía a la cocina. Tiró la maría en la mesilla en la que estaba y se dejó caer sobre un sillón desgastado y viejo que había en la sala de entrada.
Esto no puede ser, se dijo, no puede ser. Hace años que murió, hace años que no veo a nadie de la familia. Y después de tanto tiempo: esto. Es increíble. Los muertos salen de sus tumbas para darme el susto de mi vida... ¡Porquería de mierda! Dijo en voz alta, y extendiéndose pateó la mesilla sobre la cual se encontraba la marihuana.
Luego se enderezó en el sillón y apoyó los codos sobre las rodillas; comenzó a efectuar un masaje a sus sienes para hacer desaparecer el dolor de cabeza que lo aquejaba.
Lo que necesito es un pucho, pensó y llevó su mano derecha al bolsillo de la camisa, solo para sentir su propio pecho debajo. Dónde los dejé, se preguntó. En la cocina, en la mesa de la cocina.
Ultimamente pasaba la mayor parte del día en la cocina. Preparaba alguna porquería para comer y después miraba un pequeño televisor de 14 pulgadas en blanco y negro, que agarraba un solo canal razonablemente bien como para entender qué era lo que estaba mirando.
Cruzó el umbral y encontró a su abuelo -fallecido- esperando a que hirviera el agua.
-Es tu cumpleaños, invitás a la familia y solamente tenés café instantáneo..., la puta -vociferó el abuelo-. No, la verdad es que no te conozco... Uy, me olvidé, si no te cagaba a pedos me hubiera olvidado... Ya vuelvo.
Salió corriendo de la cocina. David, atónito, logró finalmente que la sangre llegara a su cerebro y recordó para qué había ido a la cocina. Qué viejo chiflado, se dijo mientras abría la pequeña caja de cartón de colores rojos y blancos y sacaba un cigarrillo. Lo llevó a su boca y se cayó. Notó que su boca estaba horrendamente paralizada y en una horrible mueca de pavor. Con sus propias manos la llevó a su sitio, luego se agachó, tomó el cigarrillo y lo prendió con un encendedor que estaba en una pequeña repisa de su cocina. Luego del ritual exhaló una intensa bocanada de humo grisáceo y se sentó en la desvencijada -y única- silla de la cocina.
Segundos más tardes la puerta de entrada se abrió y cerró con un horrible chirrido. El abuelo Oscar entró apresuradamente en la cocina con un pequeño paquete en sus manos.
-Tomá -extendió el paquete fríamente a David. Como este no lo tomó lo dejó sobre la mesa-. Uh, la puta... Che, no se te puede dejar solo a vos, eh -apagó el fuego de la cocina.
David, ensimismado, reparó en el bulto de colores chillones, pero con la mente en blanco. Ausente. Lleno de pensamientos sombríos.
-Acá tenés - señaló el anciano depositando dos tazas humeantes en la mesa.
David la contempló sin verla realmente. Esto es muy extraño, se dijo. Si es un sueño, es el más fantástico que jamás he soñado. Debe ser la hierba, esa porquería de mierda. Una noche fría y pálida, a la ausente luz de las lamparillas, pensando en mujeres y estupideces... y aparece mi abuelo, muerto desde hace veinte años. Sin duda: de locos.
Depositó el cigarrillo que estaba fumando en una lata de sardinas que cumplía la función de cenicero. Luego extendió una mano y tomó la taza. Bebió. A pesar de llevar veinte años fuera de este mundo, pensó, el viejo puede hacer un café razonablemente decente.
-¿No lo vas a abrir? -preguntó el abuelo, sentado a medias en la mesada de la cocina, mirando el paquete.
David lo miró por sobre el borde de la taza, y luego contempló el paquete. Lo agarró y rompió el envoltorio.
En ese momento un pensamiento impactó en su consciencia. El abuelo siempre regalaba dinero, reflexionó. Bueno, al menos a mí. Y dentro de este paquete seguramente hay una prenda de vestir. La que hacía regalos de esa índole era la abuela, que lamentablemente no pudo soportar la desaparición de su marido y lo acompañó unos años después.
David sacó un chaleco de lana del envoltorio. Rojo... o mejor dicho bordó, con unas líneas horizontales blancas sobre el pecho. Lo puso encima suyo para comprobar que le quedara.
Mirando al fantasma de su abuelo preguntó:
-¿Viene la abuela?
-¿Alguna vez faltó a un cumpleaños tuyo? -dijo con un deje de ternura el abuelo-. Quiso bajar del auto apenas entramos en el prado. Ya la conocés, le gustan los arboles y eso; me pidió que la dejara bajar y que yo viniera aquí mientras ella hacía el recorrido a pié.
La abuela, se dijo David. Cómo extrañaba a esa mujer.
Su voz -la de la abuela- llegó unos segundos después, luego del chirrido de la puerta de entrada.
-David -llamó-, David, vení para acá a saludar a tu abuela.
David se puso en pié de un salto, casi derramando el café. Salió de la cocina y corrió a encontrarse con su abuela nuevamente, después de más de quince años. La abrazó fuertemente, y la fragancia de su perfume y de su jabón inundó sus pulmones como lo había hecho tantas veces en otros mejores tiempos. Ella le devolvió el abrazo y lo besó en las mejillas, y luego en los labios.
David recordó que la última vez que la había abrazado él tenía la misma altura que ella; ahora le sacaba una cabeza por lo menos, incluso más.
-Cuánto tiempo, abuela -dijo, articulando trabajosamente las palabras debido a la congoja y la emoción del reencuentro-. Te extrañaba mucho, abuela.
-Yo también David, yo también te extrañé mucho durante todos estos años -contestó la abuela con lagrimas recorriendo su rostro-. Vamos, vamos, hay que ser fuertes, tenemos toda la noche para hablar.
-Sí, es verdad, pero tenía tantas ganas de verte.
-Yo también... ¿Dónde está la cocina? Traje algunas cositas que hay que calentar.
-Acá, vení, seguime, el abuelo preparó café, pero me parece que se olvidó de prepararte uno a vos.
-Ay, no hay problema, ahora hacemos unos mates. Che, David -dijo después de una pausa, mientras se dirigían a la cocina-, qué flaco estás.
Bueno -pensó él- al menos la abuela también sigue siendo la misma después de tantos años en el otro mundo.
Entraron en la cocina, el abuelo seguía donde lo había dejado, con la campera de cuero todavía puesta, apoyado en la mesada con la taza de café -que en nada se parecía a la otra- en su mano.
-¿Todo bien? -preguntó.
-Sí, Oscar, todo bien -contestó la abuela-, mejor que nunca.
David, más relajado, y feliz si se podría considerar su estado como solo felicidad, llenó de agua la pava y la puso al fuego. La abuela miró el paquete abierto y luego se dio cuenta que David llevaba puesto el chaleco que ella misma había tejido.
-Te queda bien. Por lo menos calculé bien cuanto habías crecido en estos años.
-¿El qué? Ah, el chaleco. Sí, me queda bien, abuela, está lindo y es calentito.
-Me alegro... Che, no estarás fumando vos -dijo de manera autoritaria. El abuelo ni se había dado cuenta. Aunque ellos no lo hubiesen visto, cuando estaban con vida él ya fumaba.
-Eh, no. Uno solo. Me puse nervioso cuando lo vi al abuelo, nada más.
-Ah, está bien, ya sabés que no me gusta.
David dejó sentar a su abuela en su único asiento y llevó la pava y el mate a la mesa, frente a ella.
Luego miró a su abuelo, y notó que se estaba aburriendo, a pesar de no haber visto a su nieto después de tantos años, con un solo atisbo le bastaba.
-¿Querés ver la televisión, abuelo? -Preguntó.
-¿Eh? ¿La tele? No, esta bien -dijo ausente-. Si igual, no deben dar nada.
-Ahora está el noticiero -explicó David.
-¿Ah, sí? Bueno..., si querés, prendela. Pero un rato nada más.
David cargó su televisor en sus brazos y lo llevó al salón de la entrada. Lo conectó y después dejó sentar a su abuelo en el sillón que él había ocupado unos segundos atrás. Tomó la marihuana que estaba en el suelo y la guardó en el bolsillo de atrás de su pantalón. Después de luchar con la pequeña antena del televisor logró sintonizar el noticiero. Volvió con su abuela. El abuelo, en unos minutos, estaría dormido.
Ella volcaba el agua de la pava en el pequeño recipiente metálico de dos azas, lleno de yerba mate «Taragüí».
-Y, ¿cómo va eso, abuela? -preguntó después de depositar la mesilla del salón en el suelo de la cocina y sentarse sobre ella.
-¿Eso? ¿Buenos Aires? -David asintió con la cabeza, sorbiendo el mate- Y mirá, a excepción de los cortes en el puente Pueyrredón, los piquetes, los paros de colectivos y de los malabares que tenemos que hacer con los doscientos pesos que cobra tu abuelo de jubilación, todo está bastante bien. Hace poco fui al médico y me dijo que nunca había visto a una persona de mi edad con un estado de salud como el mío. Envidiable, fue la palabra que usó.
-Me alegro. La salud es lo principal -contestó David, intensamente interesado.
-Che, tenés un lindo parque acá, eh. Cuántos árboles. En donde yo nací había también un montón de árboles.
-Sí, lo sé -dijo David, recordando tristemente cómo había dejado que el hijo de puta de Roberto los cortara con un permiso falso-. Igualmente, ahora de noche, poco y nada se puede ver.
-Ah, no importa, los pude oler, y con eso me basta. Cuando estaba mal de los pulmones el médico me había dicho que tendría que irme a vivir a un lugar como este, con muchos árboles, con el aire fresco y limpio como el que respirás vos. Igual no le hice caso y me curé sola.
David recordó que la abuela -aparentemente- había muerto de una insuficiencia respiratoria, pocos años después de la muerte del abuelo. Todos habían pensado que se dejó morir, que se abandonó por la tristeza. Aunque nunca reconociera que lo quería, todos sabían que era así, aunque en esos momentos, David empezó a encontrarse con ciertas dudas. Dudas que lo habían abandonado pocos meses después de su muerte, pero que ahora volvían como una pelota que se había arrojado contra una pared de una patada. Tarde o temprano, rebotaría y volvería.
-Ah, vení para acá -dijo la abuela de un grito y comenzó a tironear de las orejas de David, contando cada tirón. Cuando llegó al veinte se detuvo- Veinte años, ya estás hecho un jovato. Y tené cuidado, cuando no te des cuenta estás jubilado y cobrando una miseria como tu abuelo. No cometas los mismos errores -dijo educativamente.
David pensó: Veinte años... Los últimos que recuerdo cumplir son los treinta y ocho. Hay algo raro en todo esto.
-Abuela, yo no cumplo... -se interrumpió. Ella lo miraba con ternura y bondad, la misma que había contemplado hacía ya tantos años.
-¿Qué decías? -Preguntó.
-Que yo no cumplo... -se interrumpió de nuevo, ella lo miraba con la misma expresión, esa que lo hacía sentir un niño, incluso mucho menor que de veinte años-. Yo no cumplo todavía. Son las siete y media, yo nací a las nueve menos cuarto.
-Ay, siempre tan ocurrente. Vení para acá, bichito -exclamó y lo abrazó fuertemente-. ¿Y cómo va todo lo tuyo? -Preguntó luego de soltarlo-. No me contaste nada.
-Esto, igual que siempre. Acá en el bosque no pasa nada. Perdices, liebres y pájaros es lo único que veo durante todos los días. Una vez por semana me voy al pueblo a comprar la comida y la hierba...
-¿Hierba? -Preguntó extrañada la abuela, interrumpiéndolo.
-Yerba..., para el mate, la yerba del mate -recomenzó David saliendo del apuro-. Y el primer lunes de cada mes cobro.
-Ah, que bien. ¿Y no hay ninguna chica en el pueblo? No te olvides que quiero tener bisnietos antes de que sea demasiado tarde. Quiero tener el gusto de conocerlos.
-Sí, chicas hay en el pueblo, pero no muchas que hagan caso a un ermitaño del bosque. En todo caso si querés tener bisnietos te vas a tener que conformar con uno medio liebre o perdiz.
La abuela abrió ampliamente la boca y comenzó a reír a carcajadas. Unas carcajadas vivaces y contagiosas, que rápidamente se adueñaron de la garganta de David. Y las risas de ellos dos inundaron el bosque como jamas lo había hecho cosa alguna.

Unas horas después se habían ido, y David estuvo solo nuevamente, tratando de calcular cuánto tiempo estaría solo hasta que fuera alguien nuevamente a su casa. En su rostro todavía amenazaba la risa, aquella que había estallado en la boca de su abuela. Aquella, que tanto tiempo había estado aletargada en su cuerpo, aquella que pensaba que nunca volvería. Y sin embargo lo hizo.
Reír es como andar en bicicleta, se dijo.
Llevó su mano al culo -un horrible y vergonzoso tic- y palpó la bolsa de marihuana. La sacó y la contempló estupefacto. «Esto ya no lo necesito -pensó-, tengo que hacer lo que ya me había propuesto hacer».
Abrió la puerta del baño... Y se encontró con algo que jamas hubiera esperado encontrar.
En la bañera había alguien.
La bañera estaba llena de agua, pero el agua no era translúcida, estaba teñida por un intenso e infecto tinte escarlata. Y medio flotando en el agua coloreada había alguien. Alguien que estaba sumergido, desnudo. Una mano del ser asomaba. La muñeca tenía un corte terrible, del que todavía manaba sangre. En esa mano había una hoja de afeitar.
La mirada de David siguió lentamente la mano, luego el antebrazo, luego el brazo y después el hombro. Se posó en el cuello, y todo le era sumamente familiar. Después vio el rostro de esa persona y se dio cuenta de todo. Y entendió todo.
Por supuesto que le era familiar. Ese cuerpo lo había acompañado durante varios años.
Tiró la maría en el inodoro y después accionó el botón de la descarga. Finalmente salió del baño y cerró la puerta... con una sonrisa en el rostro.

(c) Damián Basiuk
 

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