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EL DESAPARECIDO

Por Rubén López


Al tío Luis,
que viviendo una tragedia como ésta,
no se la desearía ni al peor enemigo.

 

Tulito el curioso alzó vuelo en el tren y desde entonces desapareció misteriosamente sin dejar rastro alguno. Se esfumó como el humo que desaparece en el cielo. Una confusión infinita motivó en la Felicia una suma de consultas por resolver y días después condujo a sus padres a poner avisos en periódicos y emisoras de todo el país, en los que ofrecían cinco millones de pesos y en la prensa diaria aparecía su última foto de esperanza que detuvo el tiempo a sus veintidós años.
-Es un buen muchacho ¾les dijo Jonás Rosembaum, el padre de Tulio, a los dos detectives que contrató para que lo buscaran removiendo cielo y tierra. En el pueblo del olvido nunca había ocurrido un suceso semejante. Al desaparecido se le conocía con el mote de «Tulito el curioso» por su prodigiosa habilidad en reparar cualquier aparato eléctrico.
-Más vale la habilidad que la fuerza -decía.

De una familia judía alemana que había emigrado a América, Jonás Rosembaum tenía en la Calle Real un almacén de compraventas y reparación de electrodomésticos.
-Espere un momento, por favor. Preguntémosle a Tulito que es tan curioso. Lastenia, hágame el favor y llame a Tulito.
La figura pálida y un tanto desgarbada de Tulito el curioso se dirigió hacia el escritorio en que lo esperaba su padre atendiendo a una mujer joven de perfil clásico y cuya mera presencia le hizo sentir un impacto que atravesó su alma peregrina.
-Mire a ver qué le ocurre a este aparato -le dijo Jonás con un tono de confianza.
-Nadie ha podido encontrarle arreglo -dijo la mujer de voz argentada, alzando sus delineadas cejas.
Tulito el curioso observó por un instante el aparato, clavó su mirada atractiva y vidriosa sobre la muchacha y con simpatía le dijo:
-No se preocupe. Vuelva mañana al final del día.
Al día siguiente, mientras reparaba la grabadora, el cinematógrafo de su mente vio no tanto los cables y circuitos como esa cara en la que sobresalía un lunar negro bajo uno de sus grandes ojos níveos y almendrados, el mechón de pelo sobre su frente marmórea, los bucles del cabello muy negro, la tez blanca y el cuerpo de avispa trajeado con un rojo de seda.
Tres días más tarde, en la taquilla de la estación del tren, Tulito el curioso sintió un raro estremecimiento, como una revoltura de alacranes en el estómago. En el tren enlutecido hojeó una revista que compró en el kiosco, la misma que el judío Jonás Rosembaum leía al acostarse y alternaba con el Talmud.
El tren fue arrastrado por la locomotora que vomitaba grandes bocanadas de humo. Tulito el curioso iba tras una rara mezcla. Ternura y sensualidad significaban para él los dos ingredientes básicos del amor. Y pensaba que Ena Mora Baena los reunía. El arribo a Canbao estaba previsto tres horas después.
El "Almacén Rosembaum" no cerraba hasta las nueve de la noche aprovechando la Navidad y su jolgorio de regalos. Diciembre era precisamente la época en que Tulito el curioso cargaba su soledad con mayor dificultad, aún en medio de la bullaranga de las Fiestas de las Araucarias. Días festivos en que el ritmo de una canción resultaba en su mente acorde con la marcha del tren que lo conducía a Canbao: «Yo me enamoré de noche... » En ese instante de canturreo un pasajero lo vio en el interior del tren. Luego, al identificar su imagen en un periódico en el que la recompensa de cinco millones por el informe que condujera al hallazgo del desaparecido había sido doblada a diez millones, afirmó que al bajarse en una estación intermedia lo vio dormido con una revista sobre las rodillas y un pequeño maletín que sostenía su mano. El hombre se lo contó a los esposos Rosembaum, quienes no ignoraban que la Navidad suele ser la época con mayores conflictos del año.
Lo cierto es que en un momento en que el vagón se bamboleaba ligeramente, Tulito el curioso estaba tranquilo modulando como un estribillo el mismo fragmento de canción: «Yo me enamoré de noche y la luna me engañó...». Evocó el encanto que brillaba en los ojos de Ena Mora Baena e igualmente su amor por la música, afición que le notó la noche que estuvieron en la caseta de baile.
Pero nada se comparaba con la trágica encrucijada de posibilidades que vivían Jonás y Sara Flor, agravadas por el afloramiento de los rumores, por el gorgoteo de las suposiciones. Se sacrificaban en el altar de la culpabilidad al pensar que Tulito el curioso podría estar pasando hambre, durmiendo mal o siendo maltratado.
-Es preferible saber que está muerto a no saber nunca más nada de él -le dijo Sara Flor a su marido.
Rezaba varias horas al día, a mañana, tarde y noche. Por sus ajadas mejillas no rodaban las lágrimas porque eso sería como haber perdido la fe en su regreso. En el comedor permanecía el mismo plato y los mismos cubiertos. Sara Flor se encerraba en una habitación y acariciaba y besaba las ropas de Tulito el curioso, especialmente sus prendas interiores.
Los esposos Rosembaum seguían empeñados en confrontarse con la verdad aunque sus corazones volaran en pedazos. Así que, pasada la Navidad, una fría mañana de enero decidieron irse a la ciudad más cercana y al rumor de sus pasos decididos se encaminaron con fotografía en mano a una oficina diseñada para tales casos. El hombre que los atendió, de expresión ceñuda, les dijo fríamente:
-Búsquenlo en los anfiteatros del departamento. La familia es la última que se entera de lo que hace uno de los suyos.
Arrugaron la frente y salieron del sitio con una mueca de dolor, padeciendo más que nunca sus soledades. Y a pesar de no darle la razón al ceñudo hombre, iniciaron por sí mismos una búsqueda por los lugares siniestros que les había indicado, dispuestos incluso a que la verdad los mirase de frente con sus ojos petrificantes de Medusa y así desvanecer de una vez por todas la cruel incertidumbre. Arrastrando una esperanza mezclada con la incertidumbre y para no ser atrapados por la telaraña del olvido, lo buscaron con foto en mano por pueblos sin memoria, por calles infinitas, por ciudades caóticas y por veredas calcinantes.
Mas todo fue inútil.
El infranqueable muro de un silencio sepulcral abatía su sombra sobre ellos. A dos meses de la desaparición de Tulito el curioso, Sara Flor se encontraba en la tierra movediza del desespero. Desconsolada, hizo publicar avisos por la prensa, la radio y la televisión, en los que ofrecía un millón de pesos a quien informara dónde estaba enterrado el cuerpo de su hijo. Mientras Jonás Rosembaum intensificaba su confianza en Dios y en que éste le devolvería a su hijo, en ella esa divinidad tambaleaba. Y ahora que lo daba por muerto, para ella el corazón de su hijo había sido firme como una roca, de una pureza como el oro más fino, límpido como el cristal.
De la pared de la humilde cocina colgaba un retrato ampliado con un marco dorado. A fin de que se produjera el milagro de verlo retornar sano y salvo, Sara Flor le suplicó a todos los habitantes de República Bananas, por todos los medios de difusión a su alcance, que por favor y por lo que más quisieran, se abstuvieran de rezar por él.
El secretario del alcalde Gastón del Oro viajaba en el mismo tren, pero hallándose en un vagón delantero no advirtió la presencia de Tulito el curioso. Precisamente el secretario del alcalde le averiguaba a Tulito sobre el arreglo del televisor de la alcaldía, donde Gastón del Oro veía todas las telenovelas, la noche en que Ena Mora Baena entró al prestigioso "Almacén Rosembaum" y no pudo ocultar su admiración por el nuevo estado de la grabadora, un regalo de su primer novio cuando ella cumplió quince años.
En ese asidero fue que Tulito el curioso aprovechó la tensión amorosa, que cargaba la atmósfera de empuje, para proponerle salir esa misma noche a la caseta principal de las Fiestas de las Araucarias.
-Esta noche no puedo -dijo con cara de niña regañada-. Tal vez mañana.
En la caseta de baile agitaron vanamente sus lenguas, se rieron sin agotar toda la risa, se contaron chistes, en los que Tulio Rosembaum era muy bueno, y bailaron, en lo que era muy malo. A medianoche la llevó con los zapatos de tacón pisoteados a la casa de Elsy Mora, una tía de ella que habitaba en la Felicia. Al día siguiente Ena Mora Baena regresó a su pueblo.
La noche anterior al viaje sin regreso unos feligreses lo vieron entrar a la iglesia y lo vieron arrodillarse en el confesionario en que Ángel Custodio oficiaba el sacramento.
-Ese hecho me sorprendió -les dijo Zoyla Mística a los dos detectives- pues Tulito el curioso criticaba mucho al padre, acusándolo de excluir otras religiones y en especial a la judía.
No es que la mente de Tulito el curioso fuese un santuario de admiración ferviente en que se rinde culto al Dios. Decía que era católico pero no practicaba su religión. ¿Por qué entonces, se preguntaron los detectives, el acto de confesión con el cura Ángel Custodio, quien, como en otros tiempos procedió el padre Cristo Santacruz, se inscribía en el fanatismo frente a lo religioso y frente a lo político, fanatismo que para Tulito el curioso era el más nefasto mal que se enseñoreaba en República Bananas? ¿Fue que se le reveló una angustia de separación? ¿O era que viviendo un momento crítico de su vida, era tal la culpa que lo hizo ir a confesarse con quien no debía?
Así lo creía Rómulo Calderón, fogonero del ferrocarril, que lo conocía desde que era niño. Además lo vio cuando compró el tiquete en la estación y percibió cuando su rostro pálido y vivaz, de ojos negros, desvelados y enrojecidos, y nariz aguileña, hojeaba una revista.
Sara Flor barría la casa con una escoba de iraca quince, veinte y más veces al día, como queriendo una limpieza absoluta y permanente. No había un solo día en que no preparase absolutamente todo para recibirlo. Todos los días arreglaba cada rincón de la casa para que la encontrara ordenada. Todos los días ponía el plato y los cubiertos sobre un mantel ajedrezado. Y como no quería que fuera a encontrar flores marchitas, todos los días hacía arreglos florales con crisantemos, cartuchos y anturios. Mandó a tapizar los muebles donde él se sentaba a ver televisión. Hizo pintar las paredes. Cambió las cortinas. Todos los días le alistaba la ropa, que no dejaba de acariciar.
Esperaba tenerlo en casa, si no en la Nochebuena, al menos para recibir el Año Nuevo, y los pasos de su hijo resonaban por los tablones del piso. Sin embargo el 24 de diciembre alistó un letrero que decía: "¡Bienvenido!". Y días antes fue donde el sastre para mandarle a hacer un vestido de paño, y el día de la Nochebuena el vestido estaba listo y Sara Flor compró botellas de champaña para celebrar su regreso. Y como pensó que a lo mejor volvería muy desnutrido ¾tal vez por haber pasado hambre y frío y por realizar extenuantes caminatas¾ le preparó crema de frutas y legumbres.
Los detectives se hicieron eco del deseo de los esposos Rosembaum de que se trataba de un secuestro, sin por ello dejar de pensar que el secuestro es el peor de los crímenes. Pero el tiempo transcurría y nadie pedía rescate y fue inevitble la incertidumbre total, la nada angustiosa de las pistas.
Los detectives privados interrogaron a Lastenia Rojas, una empleada del almacén que lo amaba en silencio. Dijo que su desaparición obedecía simplemente a su espíritu de andariego. Y a pesar que le escuchó decir que él era como un nevado, frío por fuera pero un volcán por dentro, no tuvo reparos en decirles a los detectives:
-Seguramente tiene agua helada en las venas en lugar de sangre.
Lastenia Rojas no ignoraba que Jonás y Sara Flor se consumían a cada segundo de muerte en el fuego del terror, que estaban invadidos por sanguijuelas que les chupaban la sangre gota a gota, con una angustia que los desgarraba y despedazaba, y que mantenían la esperanza de ver aparecer a su hijo salvo, pero tal vez no sano, en la puerta con alas abiertas de su casa.
-Mientras no veamos su cadáver, no vamos a creer que está muerto ¾dijo.
Además conocía bien a Elsy Mora, quien a través de su sobrina pudo haber sabido si Tulito el curioso alcanzó o no a llegar a su destino en Canbao. Habían vivido en la misma calle del mismo barrio donde intercambiaban chismes que siempre tenían en la punta de la lengua. Pero ella, la empleada de confianza de Jonás Rosembaum, no sabía que Elsy Mora era la tía de la mujer que visitó el almacén para hacer reparar su grabadora, y desconocía que Tulito el curioso adoptó una nueva norma: no hablarle a nadie de la mujer objeto de su amor, como quiera que las veces que lo hizo se vaneaban sus posibles romances o éstos terminaban en la más dolorosa ruptura.
¾Las palabras matan el amor ¾les decía últimamente a sus escasos amigos. Así que con antelación al viaje, Tulito le dijo a su madre que visitaría a una muchacha en Canbao, pero su corazón viajero que hace sufrir no reveló el nombre de su nueva obsesión.
De su parte, la tía Elsy Mora nunca sabría (pues se hallaba dormida) que Tulito el curioso fue quien llevó a su sobrina hasta su casa la noche en que ésta le pidió consentimiento para ir a la caseta de baile mediante el engaño de que se divertiría con un amigo de Canbao que temperaba en la Felicia. El encuentro se dio en la fuente de la que manaban chorros en distintas direcciones, a escasos metros de la caseta de baile, en la concurrida Plaza del Libertador, limitada en sus cuatro costados por el verdor de las araucarias.
Uno de los colaboradores del taller de reparación hizo correr el rumor de que Tulito el curioso seguramente había retornado a sus andanzas de cuando vendía mercancías, especialmente vajillas, de pueblo en pueblo. Para decirlo se apoyó en una anécdota. En una ocasión se le unió en una correría y le sorprendió que no desayunaba o almorzaba si no había vendido ese día.
-No me lo he ganado -decía Tulito el curioso ante el asombro de un interlocutor acostumbrado a gastar lo que no se había ganado.
En esos años Tulito administraba una prendería de Jonás Rosembaum, en la que los necesitados empeñaban hasta ollas y ropa. Y lo que no sacaban pasados seis meses, él lo hacía circular de pueblo en pueblo en el comercio ambulante. Otras de las actividades era el cambio de cheques y el prestar plata a intereses elevados. Un tiempo después le propuso a Jonás salir de esa esclavitud centrada en el préstamo y la usura, es decir, en el dinero, pues muchos habitantes se mostraban resentidos con las actividades comerciales y el apartamiento de la familia judía Rosembaum.
El empleado añadió que tuvo que regresar solo, pues Tulio le manifestó con un gesto de preocupación que ese día no se había ganado el pasaje de vuelta a su suelo natal. Su sorpresa fue mucho mayor cuando desde la ventanilla del bus que lo transportaba lo vio caminando en plena carretera con la maleta al hombro, jadeante y sudoroso.
¾Pensé que iba a probar suerte en el próximo pueblo ¾afirmó.
Lo que no resultaba veraz fue su apreciación de que esta vez se había ido a mercadear por los pueblos y todavía no regresaba sencillamente porque no se había ganado lo necesario. Sara Flor le aclaró que Tulio había viajado únicamente con la ropa que llevaba puesta y un maletín de mano. Además él dijo que volvería al día siguiente.
Jaime Duarte, un empleado del almacén, evocó un hecho del día anterior a la desaparición y que adquirió con retroactividad la sombra de un presagio. Únicamente se lo recordó a Lastenia Rojas para no echarle más tizones prendidos al fuego del dolor en que se consumían los esposos Rosembaum. En ausencia de Jonás un hombre amenazó, revólver en mano, con disparar si no le devolvían de inmediato un radio que se había perdido del taller de reparación. Alarmado por el vocerío, Tulito el curioso salió del taller y se dirigió al mostrador para apaciguar los ánimos del hombre y le ofreció un radio nuevo a moda de indemnización. Hecho el trato, y cuando el sujeto había salido, Tulito expresó:
-¡No joda! Ni porque se le hubiera desaparecido un hijo.
La última imagen que Sara Flor conservaba de él pertenecía a la mañana del día aciago. El reloj de pared de la cocina marcaba las 7 y 20. Tulito el curioso entró vestido en forma impecable y como no tenía hambre, en lugar de desayuno le pidió una taza de café. Al terminar de beber el café se despidió:
¾Hasta mañana, madre.
Salió de la casa haciendo sentir sus pasos definitivos sobre el piso de tablas enceradas del corredor. Cosa extraña, por primera vez en muchos años Sara Flor escuchó cuando corrían la aldaba y el golpe seco de la puerta al cerrarse.
Y se hizo el silencio.
Una sensación mayor de vacío se sintió en la casa de tapia y tejas de barro, con un mirador que daba a la Calle Real y sobre el que colgaban materos de begonias marchitas. Jonás Rosembaum vio pasar a Tulito el curioso por las puertas del almacén con destino a la estación y éste le trazó un adiós con la mano. Lastenia Rojas detalló su despedida sin imaginar siquiera un adiós para siempre y su rostro pálido como el mármol le dejó la impresión de que había pasado una mala noche.
Así lo recordarían por siempre, agobiados por el misterio que como un jeroglífico inexpugnable nadie pudo descifrar: quién fue, cómo y cuándo, el verdadero culpable de la desaparición de Tulito el curioso.


(c) Rubén López.

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