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CUENTOS DE DERECHO VIEJO EN EL FUTURO

Por Darío Lavia



El joven, de rubia cabellera y prominentes senos, se levantó de su asiento y se subió la falda, mostrando al público televidente sus íntimos secretos. En otra pantalla un hombre de barba sin bigote miraba fijo a la cámara, y con su dedo índice apoyado en la sien, anunciaba oscuros designios. En una tercer pantalla había una imagen de unas ferrovías regadas por algo parecido a jugo de tomate. El objetivo de la cámara se centró en un lugar de las vías donde habían un par de testículos.

López, operario de una fábrica corporativa, ya sin dinero (había gastado sus últimos dólares en el trabajo del último mes, en una época en que las personas tenían que pagar para trabajar) observaba estas pantallas tras el vidrio blindado de la "pantalla de TV", lugar público en donde la gente podía ver emisiones televisivas. Al pasar por otra pantalla pudo apreciar escenas de la telenovela de mayor ráting del momento: "Adiós, Roberto", que narraba la historia de amor de dos hombres.

López regresó a su casa y comió algo. Luego se acostó. Un final opaco para un día opaco. A mitad de la noche se despertó sobresaltado. Enchufó su aparato de TV (hacía años que los televisores venían sin botón de apagado) y puso a volumen 5 (la escala era del 5 al 11, no siendo posible, al menos con esos aparatos baratos de 30 dólares, bajar completamente el volumen). Quizás buscaba una vieja película o alguna otra quimera. En un programa de los llamados talk show, vio a dos hombres bailando desnudos (o más bien, cubiertos solo por una tirita de nylon); en el canal B estaban dando una película bizarra y en el H había una operación de cambio de sexo; en tanto en el canal X había un periodista dialogando con un sacerdote homosexual, de la nueva iglesia llamada "Amaos los Unos a los Otros".

Luego de tantos programas culturales, López sintió una náusea, y la volvió a desenchufar. Prendió su equipo de radio y no pudo sintonizar otra audición que no fuera de contactos eróticos o de música aberrante. Por fin, hastiado, tomó un libro, año 13 y leyó las alarmantes venturas dichas por los científicos de aquella lejana época: "El mundo sufre de superpoblación", "en menos de 50 años no habrá suficientes cultivos para abastecernos a todos" y "crisis de población: ¿solución natural o malthusiana?"

Pero López no quería estudiar historia de 30 años atrás. Así que tomó el siguiente libro que encontró, que era un mucho más reciente volúmen de "Cuentos de Derecho Viejo", historias opacas que en su gran mayoría eran autorreferentes. El motivo que lo llevó a hojear ese libro fue incierto, pero era tarde y se había desvelado.

"¿Cuántas veces nos horrorizamos ante un problema grave que tenemos que afrontar? Se ve muy difícil y es probable que tardemos mucho tiempo antes de solucionarlo. Nuestro protagonista, el Sr. Angel había estado toda su vida analizando y solucionando problemas de otros. Por eso, cuando se jubiló, se sintió muy extraño en casa. No tenía más problemas ajenos que resolver. Esta aparente tranquilidad no significó paz para su espíritu, y pronto Angel comenzó a buscar algo en que invertir su tiempo. Primero fueron los problemas que había en su casa, no solo los técnicos y aquellos relacionados con el mantenimiento. Angel tenía dos hijos que permanentemente reñían y discutían entre sí, lo cual era un problema de dificultosa solución para el viejo padre.

Todo comenzó indirectamente cuando un joven llamado Pedro había ido a visitar a Angel para pedirle un favor.

- Angel - dijo Pedro, - estoy enamorado de Judith, la hija del matrimonio judío, pero sus padres se oponen a nuestra relación porque soy no judío.

- ¿Ella te ama, hijo? - preguntó Angel, que siempre se informaba bien antes de proceder a solucionar cualquier problema.

- Sí, señor. De hecho me escribe cartas y ...

- Está bien - se limitó a responder Angel, y luego se despidió.

Durante los tres meses siguientes Pedro no tuvo más noticias, hasta que un día el padre de Judith dejó de ser un obstáculo para la relación amorosa de los jóvenes.

Poco a poco se fueron solucionando otros problemas. Como por arte de magia, un día las discusiones de los hijos de Angel terminaron; un farmacéutico que adulteraba medicamentos fue encarcelado; la actividad de un prestamista que cobraba intereses de usura llegó a su fin; unos inquilinos que hacían ruidos molestos a horas intempestivas que molestaban a un vecino de Angel, desaparecieron del día a la noche.

Hurgando en estas noticias se pudo saber que los hijos de Angel se habían visto afectados a causa de una vacuna vencida, administrada por el farmacéutico. La dolencia los afectó durante largo tiempo de parálisis facial.

Por supuesto, esta fue la evidencia que el Ministerio de Salud utilizó para encarcelar, juzgar y condenar al comerciante.

En tanto, el usurero había sido despojado de todo su capital (que guardaba celosamente en su casa) por un par de ladrones. De esta manera se había visto obligado a convertirse en deudor de sus anteriores deudores.

Por último, los ladrones que asaltaron al usurero eran los mismos inquilinos del piso de arriba del vecino de Angel. Una vez con el botín, los ladrones desaparecieron sin mayores rastros.

Como dato adicional, diremos que el vecino de Angel era pues el funcionario del Ministerio de Salud que inició la investigación (como favor a que Angel logró que sus inquilinos del piso de arriba se marcharan) y que el padre de Judith era el usurero, que con su quiebra se separó de su esposa y se distanció de sus hijas."

López cerró el libro, ya con las cejas curvadas y los párpados a media asta por el sueño. Tenía frío y, animado por la practicidad del protagonista del cuento, comenzó a pensar cuál sería la solución para el frío. "Si pudiera poner mi cuerpo a la misma temperatura ambiente, ya no sufriría de frío." Pero eso equivaldría a la muerte. ¿Sería mejor la muerte a esa vida gris, carente de interés, saturada por los medios de comunicación y penosamente digitada por entes superiores? López creyó que el problema tendría como provisoria solución la del sueño.

Sin embargo López no pudo tranquilizarse, y con el correr de los días lo asaltaba la idea de desahogar todo el odio que había venido acumulando a lo largo de una vida opaca signada por la desgracia de haber sufrido el fallecimiento de su esposa por un error médico y de considerar perdido a su hijo.

Todo parecía como si fuera un plan de este ficticio Sr. Angel. Las preocupaciones intelectuales no tenían lugar en una sociedad que había perdido el hábito de leer y el resultado era una total carencia de interés. ¿Y qué pasaba con esas personas sin inquietudes, sin pasiones, sin sentimientos?

López comenzó a condensar un sentimiento muy amargo. Hacía varias semanas que no dormía bien, había cortado definitivamente el cable de la TV. Sentía como si un fuego interior muy fuerte estuviera a punto de estallar, y pensaba que tendría que descargarlo de alguna manera.

Ese sentimiento estalló una noche de lluvia. López salió de su casa a las once de la noche y comenzó a caminar hacia la llamada "Zona Roja", un lugar frecuentado por prostitutas y otras personas de mal vivir. Pero López no fue solo, sino que llevó un arma consigo.

Llegó a la esquina de una avenida muy transitada. Hacia su izquierda se abría la nefasta callejuela en la que se ofrecía el comercio carnal. Resuelto a no claudicar hasta haber cumplido sus propósitos, López caminó mirando a cada lado, como tratando de reconocer a alguien. La primer persona que vio fue una mujer enana... pero no, cuando observó bien, se dio cuenta que se trataba de un varón. Más adelante vio un grupo de tres varones vestidos de mujer, uno de los cuales era sumamente obeso. En la cuadra siguiente había uno al que le faltaban ambas piernas: estaba apoltronado semidesnudo en un sillón acolchado y por supuesto se ofrecía a un precio de ocasión. También pasó junto a esculturales cuerpos femeninos pero que tenían, sin embargo, voz varonil. Entre los transeúntes también había mujeres con cuerpo de hombre, hombres semidesnudos (llamados "prostitutos", una nueva modalidad surgida hacía algunos años), automóviles que avanzaban a paso de hombre, como a la expectativa de elegir mercadería y por último algunos policías, contratados en forma privada por ciertos "trabajadores".

Habría caminado unas tres cuadras cuando se encontró con la persona a la que había ido a buscar. Era un jovencito vestido de mujer y con el rostro pintarrajeado.

- ¡Padre! - gritó el muchachito.

La respuesta fue un disparo...

La bala había partido rauda del cañón, y en su mortal trompo concéntrico, avanzó hacia su destino, perforando en su camino la epidermis e incluso la caja craneana. El cerebro recibió el nuevo visitante con una multitudinaria recepción de derrames sanguíneos, que causaron un coma inmediato.

Eventuales transeúntes trataron de socorrer al caído. Llamaron a la ambulancia, pero tardó unos veinte minutos en llegar. Cuando por fin llegó, López estaba muerto. El chico acompañó el cadáver hacia el hospital.

El Sr. Angel, juez de la causa, lo caratuló como "suicidio", y cerró el caso. Era el quinto de la semana. Venía manteniendo una atractiva medida de tres o cuatro por semana. El problema era, claro, la superpoblación y si bien los medios de comunicación cumplían a la perfección con su papel (el de inducir a que las personas pierdan el interés por procrearse y atraerlas por la homosexualidad), Angel tenía bastantes preocupaciones en liquidar a aquellos que se resisten a absorber el mensaje.

(c) Darío Lavia, 2002
 
 

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