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DEFENSA PROPIA

Por Jorge Oscar Rossi



Según Aníbal, el viejo era una cosa inmunda.

Algunos días, cuando lo veía tirado en la cama, con los ojos mirando al techo, parecía un cadáver; tan quieto, tan falto de todo estaba.

Pero vivía. El viejo lo demostraba cuando se cagaba o pishaba encima, cuando se caía como un imbécil en cualquier rincón, cuando las tres cuartas partes de la sopa iban a parar a sus pantalones, cuando se baboseaba y cuando se quejaba.

A menudo, Aníbal se preguntaba si un buen hijo podía sentir tantas ganas de matar a su padre como las sentía él. Cada vez que, tras una diarrea incontenida, Aníbal limpiaba la mierda paterna, el deseo de matar a palos a su progenitor le hacía doler las manos.

"Muchacho, ¿Por qué no se busca una buena chica para casarse?. Usted se arruinó la vida.", le había dicho, tiempo atrás, una vecina vieja y chismosa. Y Aníbal, cuando repasaba su historia de solterón treinteañero, hijo único, con padre viudo y enfermo, no podía dejar de darle la razón.

Ese montón de huesos y carne arruinada no era su padre. Es verdad que, a veces, tenía su mirada. Es cierto que en ocasiones contaba alguna de sus historias. Pero, definitivamente, no era su padre. Más bien, esa cloqueante bolsa de basura se había apoderado de su verdadero padre, se lo había tragado y sólo le permitía mostrarse brevemente, a través de una mirada o unas palabras.


La vida de Aníbal transcurría del trabajo a la casa, haciendo escala en la farmacia o algún médico. De lunes a viernes lo ayudaba una sirvienta, pero sábado y domingo le tocaba a él preparar la comida, limpiar la mierda, dar remedios e intentar un dialogo desganado con ese ser que, se suponía, era de su misma sangre.

Aníbal había notado que su ímpetu asesino aumentaba o disminuía según la intensidad de la diarrea paterna. Podía sobrellevar la artrosis y más o menos soportaba tener que levantar un peso muerto, desparramado en forma inesperada. Se había acostumbrado a las fallas en la memoria. También lograba reprimir casi totalmente las arcadas cuando en las comidas diarias, el viejo enchastraba mesa, piso y ropas.

La diarrea, en cambio, lo superaba.

Sencillamente, él no había nacido para limpiar mierda, eso era todo. Lo hacía sentirse sucio, bajo, indigno y asqueroso y servil y fracasado, y más aún.

Lo peor de todo, era esa mirada de perro asustado que ponía el viejo cuando hacía un desastre, o sea, casi siempre. Era la expresión más patética y fracasada que nunca hubiera visto. Su padre jamás había mirado así. Él lo recordaba como un hombre corpulento, siempre erguido y de aspecto seguro. Un tipo autosuficiente, capaz y con autoridad. Cuando era chico, su papá le parecía invencible e infalible, como Dios.


Ahora Aníbal quería vivir la vida. Soñaba con viajes, mujeres, trabajos interesantes, fiestas, amigos, más viajes y más mujeres. Sentía que era joven, inteligente y con todo al alcance de las manos. Todos los días se lo repetía. Quería volar, pero estaba atado a una piedra, a un lastre, a una carga que le impedía crecer. Ese viejo repugnante era la única razón de su infelicidad. ¿Tenía que esperar a que se muriera para ser libre?, ¿Cuánto más?. Podía vivir años.

Años de limpiar mierda.

Aníbal se decidió por el asesinato un domingo de verano. Hacía casi cuarenta grados y era la tercer ocasión en el día que tenía que cambiar al viejo. Esta vez, cuando le estaba sacando el calzoncillo, el asqueroso se volvió a cagar encima y le bañó las manos de inmundicia. Entonces, fue como si algo se abriera dentro de la cabeza de Aníbal. Desde allí, una voz le dijo: "Tenés que matarlo".
Aníbal planeó el crimen mientras se lavaba las manos.

Era algo fácil. Bastaba con llevarlo a la terraza con cualquier pretexto y luego tirarlo por la escalera. Pensarían en un accidente, cosas que le pasan a los viejos. No habría investigación. En cualquier caso, era un riesgo calculado. Si iba preso, bueno, que así fuera. Era preferible a esto.


El viejo no parecía muy entusiasmado en subir los dieciocho escalones para ir a la terraza. Hacía tiempo que no lo intentaba y su interés por las macetas que Aníbal quería que viese era inexistente.

Al final cedió y, gracias al bastón y a la ayuda de su hijo, que ese día estaba más gentil que de costumbre; logró arrastrarse hasta la azotea.

Aníbal lo mandó a ver las plantas mientras él se quedaba mirando, escaleras abajo, preguntándose cuantas veces rebotaría el cuerpo paterno antes de dar contra el suelo. ¿Sería una altura suficiente?. Es cierto que se trataba de una ruina humana, pero...

Aníbal se puso en cuclillas, con los ojos fijos en la ruta de caída, como si así pudiera calcular mejor.

Estaba muy concentrado, cuando el golpe lo envió rodando a la planta baja.

No tuvo tiempo de sorprenderse, porque se le rompió la nuca por el bastonazo y menos aún supo que había terminado su recorrido tirado boca arriba y tan despatarrado que daba risa.


El Viejo empezó a bajar muy lentamente, apoyándose con cuidado en el bastón. Por primera vez en mucho tiempo, su mirada no era la de un perro asustado. El cadáver de su hijo no daba miedo. Aníbal no parecía tan loco, en ese estado.

Con satisfacción, el Viejo se permitió pensar que, al fin podría irse a descansar a un geriátrico.

(c) Jorge Oscar Rossi, 1997.

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