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UNA CURA PARA LA INCERTIDUMBRE


Por Luz Mar G. Orozco

Isaac Asimov y sus laceraciones al mundo del futuro, el mundo moderno, junto con injurias a los valores perdidos, me dieron la explicación del porqué las cosas se van a los extremos. Demasiado divertido, aburrido, repetitivo e insulso, o muy lindo, o muy sangriento y escalofriante.

Hace poco, por ejemplo, me sucedió algo que me alejó de mis lecturas favoritas, fue sorprendente y dejó varias lecciones en mí. Además de que las personas no conocen el punto medio de los hechos y quieren ponerse fuertes e inflexibles de un lado de la situación.

Lo que relataré es algo muy gracioso, nunca dejó de serlo, también es, quizá, un poco irónico, pero sobre todo, completamente estúpido.

Comenzó un cálido día de junio, me recosté a descansar mis ojos, lo malo fue que ese descanso se extendió a todo mi cuerpo y me dormí. Eran las seis de la tarde; no desperté hasta las nueve de la mañana del, según yo, día siguiente. Me levanté y bebí mi jugo de naranja, vi el periódico y me fijé en la fecha, algo que yo nunca hago; según eso, yo había dormido ¡una semana!, se me habían perdido los días durmiendo, pero no tenía hambre. No supe que pasaba, si me había extrañado por haber dormido catorce horas, imagínense como me dio el hecho de haber estado descansando siete días.

Vi el calendario, revisé papeles, recordé, no, no había duda, realmente, o había dormido todos esos días o tenía amnesia por no recordar que había hecho.

Aunque era muy raro, para mí, que tenía muchos compromisos que cumplir, se pasó rápido y otras cosas sucedieron su existencia en mi mente.

La siguiente semana aproximadamente, me disponía a trabajar en un proyecto computacional con software Macromedia, pero realmente después decidí jugar Finty Flush; tenía el cerebro cansado y me acosté otra vez. Ahora sólo dormí unas cuatro horas, pero claramente sentía que había sido un sueño muy pesado, además de tener varias mordidas de mi gato en la mano.

Fui a ver a un doctor, quien concluyó que mi salud era excelente, sólo que tenía que desestresarme, evitando las tensiones. Me desesperó cuando dijo que debía descansar más. Eso sí fue una insensatez, si me quedaba en estado letárgico por horas, mejor dicho por días.

Esas privaciones continuaron y me preocupaban bastante, pagué en uno de los laboratorios más prestigiados, varios estudios: de sangre, de glucosa, tomografías, radiografías, incluso soporté el dolor y los peligros de un examen de médula ósea.

Visité una docena de doctores, quienes los interpretaron como que "no había persona más sana" que yo. Uno de ellos se atrevió a enviarme a un psicólogo porque creyó que tenía hipocondría. Acepté varios tratamientos: medicina normal (de uno de los que creyó que tenía una alergia), acupuntura (por recomendación de un amigo), medicina homeopática (por ahí escuché que funciona), naturista (de un programa de radio) y muchos otros, pasando por hipnosis y algo que llaman "inducción mental" que jamás entendí que era.

Me alejé, después de muchos meses, de lo que tuviera que ver con medicina y salud, para no volverme inmune a todo. Pero, como yo simplemente no podía perderme la vida durmiendo, fui a ver a un médico en provincia. El Dr. (con doctorado) Félix P..., tomó todos los exámenes, psicológicos y físicos y me diagnosticó un agudo caso de catalepsia. Haciendo honor a la raíz griega de su nombre, me sorprendí bastante de mi enfermedad. De hecho, me pareció hilarante y me reí por unos cinco minutos seguidos, pero como el Dr. se veía muy serio, guardé la compostura y le pedí me diera detalles del padecimiento.

Según lo que sé (que por cierto no es mucho) es la "cesación de la sensibilidad exterior y el movimiento", la interpretación del Dr. P..., fue que "la única diferencia entre la catalepsia y la muerte es la falta de putrefacción". No sabía la causa, pero me dijo que, aunque a primera vista parece una enfermedad muy aislada, la verdad es que ataca frecuentemente. Para mi seguridad, debía comunicar todo a mis allegados, porque, muchas veces, como ocurre con los problemas neuronales y cerebrales, se corre el riesgo de ser tomado por muerto y ser sepultado aún con vida.

Me pareció una idiotez, la austeridad del médico y sus miedos tontos, a mi parecer, esas historias de enterrados vivos eran como de pueblo antiguo.

Decidí buscar pues, otras opiniones, pero sólo recibí el mismo diálogo, de que yo sólo sufría un agudo caso de hipocondría. Los médicos tenían la misma opinión que yo de la enfermedad que adolecía.

Como los ataques continuaban, pensé en olvidar todo el asunto; pero pronto me di cuenta que no llevaría una vida normal si seguía así. Una vez, iba a tomar un viaje corto, me subía al avión y todo iba correcto. A la mitad del trayecto, otro sueño cataléptico me colapsó y desperté en una mesa de laboratorio con baterías conectadas a mi cuerpo, luego de asustar a más de un médico forense, me dejaron ir a casa. Lo único que se me ocurrió, fue contactar al Dr. P..., quien rápidamente me dio una cita, porque estaba muy preocupado por mi caso.

Probamos varias maneras de controlar mis ataques, desde placebos hasta inyecciones intramusculares. Nada funcionaba, y entonces me habló de los proyectos del científico loco que llevaba dentro: era una "medicina experimental", peligrosa y desconocida, pero necesaria. Tenía varias fases, la primera eran inyecciones, luego inhalaciones y por último, pastillas. El problema era la rareza de todo, que además era muy caro. Como no me causaba inconveniente monetario, acepté.

Desde la primera dosis, surtió efecto, no me dieron ataques la semana corriente, ni las tres subsecuentes, siguiendo un ritmo de aplicación semanal constante. Era muy extraño que ningún otro médico hubiera acertado con sus diagnósticos, ya no digamos con sus tratamientos.

Aún con la eficacia de eso, cada seis semanas, más o menos, me tiraba en inactividad un ataque, horriblemente largo y desesperante, varias veces estuvieron a punto de enterrarme, (aunque sólo en mis pesadillas), de pronto despertaba y me conectaba normalmente a todo.

De esa escalofriante constancia de mi enfermedad, que por días parecía curada y luego regresaba, comencé a tener un miedo que pronto se convirtió en pánico. Pánico que se agravó, recordando las palabras del médico respecto a las sepulturas de los catalépticos.

Busqué información recurrente, encontrando que, un promedio de doscientos setenta y tres punto cinco personas, son enterradas vivas diariamente a nivel mundial. Yo no sé de dónde sacan esas cifras, pero las tienen. Desde ahí me empezó a pesar el tiempo, sólo hablaba de eso, preocupando a mis amigos y familiares. Ya no controlaba mi miedo, llegó tan lejos, que les hice jurar a todos que, si no despertaba en mucho tiempo y apremiaba enterrarme, me cortaran la yugular. Eso los horrorizó y como me querían tanto, se negaban a prometerlo, pero como yo insistía casi a diario, terminaron por jurármelo. Aún así, yo no me tranquilizaba y constantemente repetía mi ruego, que intentaban callar con un "eso no pasara", y un "está bien, lo prometemos, te cortáremos la garganta", además del clásico, "no apremiará nunca tu entierro".

Mientras todo esto acontecía, me iba dando cuenta que las medicinas del Dr. P..., me afectaban genialmente y de manera consecuente, es decir, primero me provocaban algo, sucedido de otra sensación, muy diferentes entre sí, que para explicarlo son necesarias varias palabras. Espero poder formar sentencias lo suficientemente claras:

En la tercera etapa del tratamiento, me tomaba una pastilla por la mañana y otra cada 12 horas, por lo que siempre llevaba dos frascos conmigo. Minutos después de que se deshicieran en mi estómago, me encontraba extremadamente feliz, con una disposición gigantesca por reír y por hacer trabajos que parecerían muy aburridos, saludaba a todos, hacía el ridículo en cualquier lugar, hablando de más con las personas que encontraba en la calle, tomaba muchas botellas de refresco y masticaba veinte chicles de diferentes sabores a la vez. Todo me parecía estúpido, con soluciones fáciles, todo muy lindo, color de rosa, con un sol alumbrando como halo divino.

Luego de tres horas de desbordante locura, mi semblante se tornaba violento y agresivo: insultaba a mis amigos y golpeaba los objetos, llegué incluso a deshojar "Los tontos mueren" de Puzo y a romperle una patita a mi gato Migo, (con eso me cobré las mordidas. Me procuré varios enemigos de entre los vecinos y me lastimé más de cinco veces mi hombro izquierdo. Me enojaba de extraordinaria forma, eso duraba una media hora, pero se me pasaba tan lentamente, que yo juraba que eran unas dos o tres.

Para después, encontrándome en el suelo por vía de mi incontrolable furia, era como si poco a poco se fueran aclarando todos y cada uno de los hechos, como el despertar tranquilo de una larga convalecencia. Me daba mucho frío y me lloraban los ojos, me levantaba y respiraba, estiraba mis brazos y piernas, miraba por la ventana porque cada detalle era bueno para ser analizado, una calma excelsa dominaba mi mente y mi cuerpo.

Como esa sensación no duraba mucho (a lo más quince minutos), me invadía un estado depresivo y deprimente, los recuerdos tristes transitaban por las calles de mi cabeza y tan pronto me enojaban, raramente me calmaba y volvía a mi anterior estupor. Me dolía la cabeza y los brazos, asimismo mi hombro lastimado. Me sentaba y en poco tiempo, pese a mis esfuerzos, me dormía unas horas, de ahí, cada seis semanas como he dicho ya, me colgaba y me dominaban los sueños catalépticos.

Fuera de todo esto, por cierto, bastante molesto, la medicina me daba energías y agilidad mental, aunque alteró mucho mis patrones de sueño, porque la mayoría de las veces, no gastaba toda esa fuerza. Además, mis uñas cambiaron de color a un morado bastante claro, pero también notorio. Esas pastillas me dieron migraña y eran lo único que, paradójicamente me la quitaba. Luego de un tiempo, cuando me inquietaba demasiado, probé tomármelas para dormir mejor, funcionaron y eso provocó que las dosis se terminaran antes de tiempo.

Todo era muy extraño, el Dr. P..., se veía muy divertido y feliz, hasta un poco fascinado y sorprendido por los efectos de su medicina, de la cual yo solo sabía que funcionaba. El Dr. fue invitado a varios congresos y se volvió bastante sonado y exitoso, se volvió mi amigo, pero sólo por agradecimiento y compromiso.

Por ese tiempo, una amiga mía que se había ido a estudiar a Europa, nos invitó a varios compañeros a Inglaterra, con motivo de su cumpleaños. Hablé con mi médico acerca de los inconvenientes de esto, porque sólo lo veía yo una vez a la semana para que me diera la dosis necesaria, la cual por supuesto, él no sabía, yo me terminaba antes de tiempo.

Me comentó que me daría las dosis necesarias, si iba unos días después, accedí y, llegado el plazo, me dijo que lo mejor sería proteger todo en bolsas herméticas, salió de su consultorio y entonces llegó la oportunidad de saber que era lo que funcionaba tan bien en mi enfermedad.

"Hackeé" su computadora de manera magistralmente rápida y entré al archivo que llevaba mi apellido como nombre. Busqué alguna viñeta con título ingredientes, encontré sustancias activas y leí: "5.3/95 marihuana, 3.4/116 hash, 21.3/416 ecstasys 36b, 44.14/11 fearless, t-19/16 láudano 125b83c". No sabía que significaban los números, pero esas palabras eran nombres de drogas duras, si bien medicinales, drogas al fin y al cabo.

El Dr. regresó y fingí lo mejor que pude estar revisando su historial de Internet, no sospechó y me platicó sus repetidos triunfos, me explicó la dosis de nuevo, y, después de despedirme, salí del edificio.

Me pasó varios días pensando en eso, era obvio, ¿qué otra cosa podía funcionar mejor?, con semejantes efectos, quizá el Dr. P..., creía que yo ya lo había comprendido. Decidí no arruinar nuestro viaje con tonterías, ya me las arreglaría cuando volviera.

Llegó el día de partir y me subí al avión con un poco de miedo, porque mis amigos ya se habían hartado de mi pánico a la sepultura prematura y además de olvidado su promesa, se habían vuelto impacientes. Yo, pero por supuesto, jamás creí sus juramentos a mi deseo póstumo, eso aumentaba mi miedo, porque nuestra amiga, que había cruzado el Atlántico sólo para acompañarnos, no conocía detalles de mi enfermedad.

El vuelo pasó sin contratiempos, igualmente la primera semana en Inglaterra, pero como me había terminado las pastillas en menos de cuatro días, me sentía muy mal. Llevaba aún las bolsas y los frascos con monedas y m & m's para borrar cualquier hipótesis que atinara a la excentricidad del caso.

No sé exactamente que haya pasado, ni cuanto tiempo, sólo sé que me dio un ataque que duró bastante, algo así como un mes, cuando desperté, mis peores pesadillas se habían vuelto realidad.

Presa de un terrible cansancio y dolor muscular, desperté. Como primer punto no pude moverme a voluntad, presentía lo peor y no quise volver a abrir los ojos, porque seguramente eso me quitaría todas mis dudas y yo quería ese beneficio más que nada en ese momento. Levanté mis manos lentamente y sentí una suave tela de terciopelo a unos cincuenta centímetros de mi rostro, estiré los codos y me percaté de que, a los lados, tenía diez centímetros, aparte del espacio que ocupaba. Instintivamente, me llevé las manos a los bolsillos, estaban, evidentemente vacíos. Se hizo necesario abrir los ojos, no podía seguir aplazando lo inevitable.

Mi peor miedo, el pánico me cegó, era una víctima de lo que yo consideraba "el peor sufrimiento posible", estaba en mi ataúd, en mi última morada, metros bajo de tierra, en medio del lugar más silencioso: un cementerio. No sabía si estaba en Inglaterra o me habían regresado o mi mal habido país. ¿Cuánto tiempo me quedaría?, fue lo primero que llegó a mi mente, luego pensé ¿por qué diablos no cumplieron su promesa?, incluso me dieron ganas de reprocharles su prisa. Bien lo sabía yo, sólo saben empeñar su palabra. Tenía aún vida, pero ninguna esperanza de conservarla. Mi mente comenzó a trabajar de la frenética forma llamada desesperación. Las ideas se contradecían y, si bien todavía no sentía la falta de aire, psicológicamente no había una sola molécula de oxígeno.

Grité sólo un par de veces y no con todas mis fuerzas porque quería guardar lo más posible el aire que encerraba esa caja oblonga que cerraría para siempre mi vida y que sería la única que sabría la verdad de mi muerte.

Enloquecí casi inmediatamente, intentaba hacer algo, lo que fuera, sólo para darme ánimos, oré varias plegarias, de todas las religiones que conocía. Comencé a golpear la caja, luego, me golpeaba contra ella, todos los moretones que no me provoqué en mi estancia en el exterior, me los hice ahí, era una ira incontrolable, que aumentó cuando pensé en mi familia en mis amigos, hasta en mi gato, sólo tenía mente para imaginar que si ellos supieran mi estado, ya estarían valiéndose de lo que fuera para sacarme.

Me hice varias heridas también y la visión de mi propia sangre sólo me exasperó más. Seguí golpeándome y gritando, ya sin pensar y sin cesar, hasta que lo único que me quedo al sentir un poco la falta de aire, fue llorar y murmurar idioteces en voz muy baja.

De pronto, cuando ya estaba sudando y sangraba por las uñas y la nariz, además de por mis heridas, sentí el aire más puro y fresco que mortal alguno haya respirado. Saqué fuerzas y sonreí, me levanté con los ojos cerrados, pero como casi inmediatamente me volví a desplomar, me arrastré hacia afuera, arranqué puños de pasto y besé esa tierra que, olía bastante extraño. Descansé un rato y luego que ya pude levantarme, reaccioné.

¡Estaba libre! Había estado a punto de morir en la locura y desesperación de mi ataúd, pero estaba libre, agradecí a Dios, a mi bandera, a mi poca paciencia, seguía diciendo idioteces, pero esas idioteces llevaban el mejor sentimiento que había tenido: el de la libertad. Me había zafado por un pelo, por quizá menos de cinco minutos, de la muerte más horrible y la más temida.

Miré a mi alrededor, muchas tumbas, lápidas, cruces, era de noche, junto a aquel hoyo, ahora vacío excepto por la caja, de mi tumba, había un azadón y una pala. Mi excitación era tanta, que la verdad no me había preocupado por saber qué o quién era el responsable del milagro que me había salvado la vida, pero cuando desvié un poco la mirada hacía la izquierda, encontré a un hombre inconsciente, que era, sin lugar a dudas, mi Mesías Salvador. Me acerqué a él y, percatándome de que era el Dr. P..., apresuré las técnicas de reanimación, además de que ya quería irme de ese lúgubre lugar.

No pude menos de extrañarme de porqué había hecho eso el Dr., porque me había desenterrado y él no tenía forma de saber que yo realmente no había muerto. Le agradecí a él también cuando despertó y hablamos, felicitándonos, mutuamente la buena suerte. Él pensó que sería mejor esperar hasta la mañana, para salir y para que me apareciera con mis amigos, además de que la reja principal estaba cerrada y quien sabe por que otras cosas más, no sé porque al médico no le molestaba estar ahí.

Nos sentamos a esperar a que amaneciera y entonces le manifesté mi pregunta de la razón de que estuviera ahí, a lo que él me contestó con un simple "intuición". Yo noté que no quería hablar, que tenía sueño y me miraba con recelo, detenidamente, le daba varios vistazos a la caja como revisándola y parecía impaciente. Faltaban tres horas mínimo para que pudiéramos salir de ahí.

Cuando vi que ya llegaba alguien, le comuniqué al Dr., que ya podíamos irnos, volvió a mirarme de pies a cabeza y dio otra revisión al féretro, yo creí que estaba buscando algo, pero no dije nada, le tendí la mano, se levantó y emprendimos la marcha.

Estábamos bastante lejos de la puerta y yo me preocupaba en pensar lo mejor manera de explicar que sucedía, cuando me di cuenta que, lo que mi amigo quería hacer, era tocar mis bolsillos, como que "por accidente". Enseguida comprendí la estupidez del Dr. P...,, era tanta, que al no encontrar sus pastillitas mágicas en el hotel, en el equipaje o en cualquier otro lugar, pensó que las llevaba aún conmigo y vio muy fácil abrir mi tumba para quitármelas, pero, se llevó una gran sorpresa al verme respirar y sonreír, junto con el rápido parpadeo que hice al sentir el aire, que se desmayó y no pudo concluir su plan.

Bendije su poca lógica y su error al elegir su profesión y luego de una larga explicación, muy graciosa y falsa, salimos.

Me percaté entonces de que estaba en Inglaterra y que mis "buenos amigos" se habían marchado ya, sin siquiera preocuparse por enterrarme en mi país (típico de ellos), el Dr. me prestó dinero para el boleto de avión y partimos, no fue hasta quizá un mes después de nuestra llegada que mencioné el incidente junto con mi hipótesis, al médico:

- ¿No fue eso acaso lo que lo hizo cruzar el Atlántico y entrar a un cementerio a medianoche?
- Eh..., claro..., sí..., yo..., bueno.

Yo estaba en total tranquilidad y felicidad, con un semblante por demás risueño, me parecía increíble que después de todo, después de estar a punto de morir, hubiera sobrevivido, todo por una coincidencia muy hilarante también.

El Dr. P..., me dijo que esa situación me había ayudado mucho, prácticamente había sido la cura. Aún con mi mirada de incredulidad, me dijo que, la razón de mi problema, era la que yo desdeñaba, que había mencionado el primer médico que visité. Pero ahora, por supuesto, todo se vislumbraba perfecto.

(c) Luz Mar G. Orozco , 2001.
 

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