CUESTION DE LIMITES

Jeremías Lenk era Dios, así se lo había dicho Dios.

Mejor dicho, Dios le había dicho a Jeremías que él, Jeremías, era Dios. “¿El hijo de Dios?”, quiso aclarar Jeremías. “No, Dios”, le aclaró Dios.


Jeremías dudó de Dios y quiso probar si realmente era Dios, así que decidió hacer un milagro, luego otro y otro más. Milagrosamente, todos le salían bien.
La gente adoraba a Jeremías, lo que estaba bien, porque para eso era un Dios. A Jeremías le gustaba que lo adoraran. Era agradable repartir milagros y ser famoso. Un día se le ocurrió que podía tratar de destruir algo, para variar, así que arrasó una pequeña aldea en Uganda, matando cuarenta hombres, cuarenta y siete mujeres, diez niños, seis niñas, dos vacas y tres cabras.
Después probó con una pequeña ciudad en Camboya y luego hizo desaparecer Paris.
A esa altura la gente tenía una opinión desfavorable respecto de Jeremías. Lo de los ugandeses y camboyanos vaya y pase, pero….
La gente le pidió a Dios (no a Jeremías, a Dios) que Jeremías dejará de ser Dios. Jeremías se enteró y arrasó con España y Portugal.
La gente le siguió pidiendo a Dios que Jeremías dejará de ser Dios.
Jeremías lo supo y borró Sudamérica.
La gente le siguió pidiendo a Dios que Jeremías dejará de ser Dios.
Jeremías, como siempre, estuvo al tanto y, antes de destruir la India, pensó que Dios fue un tonto por convertirlo en Dios.

Luego de tal pensamiento, Jeremías se fue al Infierno, a sufrir por siempre jamás.
A esa altura, Dios tenía una opinión desfavorable respecto de Jeremías. Lo de destruir ciudades y matar gente vaya y pase, pero…

© Jorge Oscar Rossi, mayo de 2007

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