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LA PIEDRA DE CUASI ORO

Por Antonio Mora Vélez

Juan Cerro, cadete de servicios de la compañía latina de recolección de escombros espaciales, se dirigía ese día, como de costumbre, a su hotel de vacaciones de Coveñas. Conducía su aerodinámico autojet marca "Zenú" por la espaciosa y arborizada autopista de la costa Caribe. Lo acompañaba su hermosa mujer de nombre Dora, inteligente secretaria ejecutiva en una importante empresa de cosméticos.

Esa mañana caía sobre la costa un sol pleno que resaltaba la belleza natural del paisaje. La autopista estaba ese día más despejada, tal vez porque el puente vacacional había comenzado el día anterior. A Cerro le gustaba devorar las distancias de las carreteras, como si en lugar de conducir el sencillo convertible de dos puestos piloteara una nave espacial recolectora.

Apenas un par de horas antes se había encontrado con Dora en el helipuerto. Ella acababa de salir de su oficina con la tarjeta de vacaciones en el bolso y a él le quedaban pocas horas disponibles de licencia ya que debía reportarse al cosmódromo de Ciudad Tayrona a más tardar el miércoles próximo. Conversaban animadamente, no obstante la velocidad. Dora le tocó el tema de los escombros espaciales y la ecología y Juan se quedó callado, con la atención fija en la máquina y en la vía, mientras la brisa continuaba peinando el paisaje y los cabellos de Dora, y a lo lejos un pelícano se lanzaba en picada sobre las aguas mansas del golfo

__¿Por qué tan preocupado? __le preguntó Dora. Se arregló entonces el cabello con ese gesto femenino y la expresión coqueta que la caracterizaban __¿Acaso por el vuelo del jueves?

Juan pensó un instante antes de responderle. Desde que se enroló en la compañía de aseo espacial, jamás había tenido que recurrir a los mecanismos de emergencia del lanchón X-82l, astronave en la que trabajaba desde su vinculación al servicio. Todas sus jornadas de recolección terminaban con una buena colección de clavijas, tornillos, fragmentos de toberas y otras piezas más de basura orbital.

En la ruta hizo su aparición la curva de los cocoteros que anunciaba la proximidad del balneario. Juan disminuyó la velocidad a ochenta.

__No es el viaje lo que me preocupa __le respondió. Había pasado la curva y entrado en la parte de asfalto del trayecto. El sol caía casi verticalmente y la carretera negra parecía karma pero en trance de fundición.

__Entonces ¿Qué es? __insistió Dora.
__Son unos fragmentos extraños que han sido descubiertos por los físicos del servicio. Parecen haber sido fundidos en la misma órbita, lo cual resulta un enigma.

El automóvil llegó al balneario y Juan lo detuvo enfrente del hotel.

II

Chinguíz descubrió la piedra en un solar repleto de trastos inservibles. Jugaba con un par de amiguitos a la prenda exótica. No era difícil encontrar en los solares de desperdicio artefactos inverosímiles. Desde que la técnica impuso el "úselo y bótelo", aumentó el número de objetos raros en los solares. Allí los niños podían encontrar, con una buena dosis de imaginación adicional, cápsulas espaciales, misiles, pistolas de rayos, rockets y demás elementos que les servían para armar la trama de sus juegos.

__¡Miren! ¡Miren! --gritó Chinguíz-- ¡Gané yo!...Esto no me lo superan ustedes__ Había encontrado una gema de contextura terrosa, de color amarillento y de consistencia cuasimetálica, con planos y aristas; una especie de oro a medio formar, con persistencia de impurezas silíceas.

__¡Uaaooo! __gritaron a coro los demás niños. "Eso debe valer mucho dinero", anotó uno de ellos. "Llévaselo a tu papá. El debe saber para qué sirve" le recomendó otro.

Chinguíz titubeó. Dudaba un poco de la importancia de su piedra y estimó por un instante que sus amiguitos se pasaban de aspaventeros. Pero esa primera impresión le pasó bien pronto. Uno de los niños le hizo notar que la piedra vibraba y Chinguíz sintió, al cogerla, como si una corriente eléctrica de poco voltaje le pasara por sus manos pequeñas.

III

En el populoso sector de Mocarí de la hermosa capital sinuana, en predios del centro universitario de recreaciones "Ramiro Bustamante", un grupo de estudiantes de último año de la facultad de Ciencias discutía con su profesor de tesis los últimos detalles del experimento que proyectaban realizar en Isla Fuerte y con el cual aspiraban a demostrar que es posible enlazar y domar un ciclón como si fuera un caballo de raza. "Es un simple problema de polarización de campos", decía Mirna, la hermosa trigueña encargada de la parte física del trabajo. Esa tarde habían definido todos los pasos del programa de viaje.

A la mañana siguiente, bien temprano, abordaron en "Los Garzones" el helicóptero que los llevaría a la isla, previa escala en el balneario de Moñitos. Durante el vuelo pudieron contemplar el complejo turístico de Broqueles y la comba de la ensenada de Moñitos, que era como un abanico azul ensamblado en la alfombra verde que semejaba el continente.
Al descender en el helipuerto del balneario, una hermosa periodista de "Córdoba hoy" interrogó a Mirna sobre los fines y perspectivas del experimento. "¿Es posible lograr eso que ustedes dicen?", le preguntó.

__Se trata de lo siguiente --le contestó Mirna-- Todo movimiento genera un campo gravitatorio a su alrededor. Los ciclones y huracanes son un efecto de cortes en la masa de aire producidos por el movimiento de una corriente de diferente temperatura. La masa ciclónica genera un campo que la sostiene y la conduce. Nosotros pensamos que es posible generarle un anticampo que la desvíe y que, incluso, la disemine. Es todo".

__¡Vamos! ¡Vamos! __apuró Williams, otro de los estudiantes-- Tenemos que instalar la antena antes de que el huracán pase por las islas de San Bernardo.

IV

El lanchón X-821 orbitaba La Tierra a la altura de los 850 kilómetros. Esa era la zona más peligrosa de recolección por la abundancia de artefactos y desechos de las primeras astronaves soviéticas y norteamericanas. Desde el mirador Cerro contemplaba el enjambre de piezas sueltas que seguían la ruta de la gravitación en un orden tan meticuloso que parecía obedecer a los dictados de alguien que se ajustaba a una melodiosa partitura.

Muy a pesar de las juiciosas observaciones del comandante anterior del planchón, en el sentido de que a lo largo y ancho del cinturón de desperdicios del kilómetro 850 existían huellas de una conflagración, el actual comandante había decidido permanecer por más tiempo en la órbita para tratar de recoger el mayor número posible de fragmentos de material dorado, como el encontrado por Chinguíz.

Cerro y su equipo habían logrado hacerse a varios fragmentos utilizando el brazo recolector del planchón. Cuando ya estaban a punto de terminar la jornada, surgió en el infinito un punto luminoso que asumió la condición de haz en desplazamiento parabólico y que apareció de pronto, sin rastro alguno de explosión, como si emergiera de la nada o simplemente perforara el telón limítrofe de este universo. El comandante ordenó enseguida asumir los puestos de navegación en el segundo grado de alerta, el abandono de la órbita y el posterior retorno a la estación espacial Cosmos II, el sitio de aprovisionamiento de las astronaves latinoamericanas.

__Parece como si saliera de alguna de las estrellas del cúmulo de Boyero, y lo más curioso, se agranda en forma progresiva __dijo.

El lanchón recolector se dirigía a la estación espacial y Cerro, asomado por una de las escotillas, creía ver la línea divisoria del universo.
V

Chinguíz y su padre habían ido a la universidad con el fin de mostrarle al profesor de geología la misteriosa piedra. Este los recibió en uno de los cubículos de la primera sede. "Creo que se trata de cuasioro. Hace un par de años supe de un pedazo más grande que fue encontrado en órbita por uno de los lanchones recogedores de basura tecnológica. Los peritos, por desgracia, guardaron silencio y nos quedaron debiendo el dictamen. Desde entonces las especulaciones acerca de las emisiones de ondas fuertes en la frecuencia del agua y de la acción conversa de los rayos cósmicos detectados en Arecibo. Hasta se ha dicho que alguien, en un cúmulo estelar situado a 10.6 años luz, nos envía señales", les dijo.

Del cubículo pasaron al laboratorio. En él, el viejo profesor de Geología colocó la piedra en el platillo del analizador fotónico. Oprimió un botón que inició un concierto de luces que al niño le pareció de fantasía porque lo transportaba imaginariamente al interior de una astronave ulterlumínica en viaje por los espacios siderales. Una vez terminado el proceso de análisis, el profesor leyó en la pantalla. Luego les dijo a sus visitantes: "Es cuasi oro, como les había dicho. Para ser más exacto es una aleación desconocida producida por una fuerza también desconocida". El profesor miró entonces a Chinguíz y le preguntó: "¿Dónde me dijiste que habías encontrado este fragmento?.
VI

Mientras el lanchón X-821 retornaba a su estación orbital y Chinguíz y su padre lo hacían a su casa, inconformes con el concepto del profesor, una nave crucero de la Fuerza Caribeña del Espacio ascendía majestuosamente a la órbita de los interrogantes. Su comandante estaba al tanto del viaje y accidentes del lanchón recolector de basuras y sabía que lo encontraría en algún recodo de ese camino peligroso de desperdicios en que se había convertido la tan mentada órbita. Tal vez por esa actitud escrutadora pudo contemplar también la división del firmamento en dos inmensas tapas negras, como si una navaja de los dioses lo hubiera partido en dos. "¿Habrán detectado esto los tripulantes del planchón?", se preguntó. Ordenó entonces a los ingenieros de comunicaciones la conexión radial. Estos, sin demora, iniciaron el barrido de frecuencias y la lectura del llamado. " Llamando al X-821. Llamando al X-821" repetía a intervalos cada vez menores el comunicador del crucero. Un concierto de murmullos metálicos y de gorjeos como de aves canoras, ese sonido peculiar del cosmos que parece confirmar a Pitágoras con su tesis de la música de las esferas, fue todo lo que recibieron como respuesta.

A esa misma hora, en Coveñas, Dora se despertaba con los nervios de punta y la imagen de Juan sembrada en el recuerdo del sueño. Lo había visto inicialmente en sus labores de rutina, recogiendo antenas, alerones, toberas y tableros de diferentes tamaños, pero poco después dividido en dos por un rayo de luz que venía del espacio exterior.

VII

En Isla Fuerte, luego de instalarse en el apartahotel, los cuatro estudiantes y el director de tesis se disponían a iniciar el montaje de la estación de ondas furkianas. El cielo estaba encapotado y a lo lejos, en el horizonte del Caribe, los vientos sacudían la epidermis del océano. El director de tesis comentó figuradamente que era como si Neptuno cabalgara colérico sobre un corcel de aguas violentas. A Max, el meteorólogo del grupo, le pareció que esa oscuridad en movimiento era un buen presagio para el experimento.

__El huracán se acerca __anotó Mirna__ Y sigue la ruta prevista por el satélite.

__Ojalá no se desvíe mayor cosa __agregó el profesor.

En Coveñas, Dora tomaba el teléfono rojo que la comunicaba con la estación orbital. El sueño de la noche anterior la tenía preocupada. Dora era muy sensible y poseía una imaginación que la hubiera conducido a la fama literaria si hubiera elegido esa carrera.

A los pocos minutos escuchó la señal de contacto y luego la voz de la joven del conmutador. Dora introdujo su tarjeta en el aparato y casi al instante preguntó por Juan. "Acaba de llegar en el lanchón --le contestó la operadora-- Pero en estos momentos se encuentra informando al comando sobre la experiencia del rayo detectado". Dora apeló a su condición de mujer de un astronauta de servicios, con derecho a comunicarse con él después de cada misión. "Es urgente, señorita", le dijo a la recepcionista. La operadora procedió entonces a establecer la comunicación.

__¡Aló!...sí, soy yo, amor ¿cómo estás? __dijo Cerro una vez escuchó las palabras atropelladas de su esposa. Esta no lo dejó articular frase alguna y le informó enseguida los detalles del sueño. "Me preocupa tu trabajo en la órbita de los 850 kilómetros", le dijo finalmente.

Cerro vio en su pensamiento el rayo llegando a él, al lanchón, y su cuerpo convertido en tea flotando en el frío del espacio.



VIII

Los tripulantes del crucero fueron los primeros en dar la alarma. El rayo se dirigía hacia nuestro sistema solar, venciendo las distancias a una velocidad taquiónica. En La Tierra, a partir de esa noticia, todo giró en torno a la espera. Al habitante común le parecía tan distante y completamente ajeno a su rutina el malhadado rayo y sin embargo estaba tan cerca de ocasionar una catástrofe. Los hombres inventariaban su pasado y ponían al día sus ilusiones.

Finalmente, siete días después de su descubrimiento, el rayo llegó a las puertas de nuestro sistema solar y describió una curva que hizo pensar a los científicos que se perdería en otros confines del espacio. Pero esa esperanza duró poco. El rayo retomó la ruta, buscó nuevamente el rostro de nuestro mundo y se metió en el vórtice de la magnetosfera terrestre.

En un pequeño solar de barriada varios niños jugaban a la prenda exótica. El crucero estaba ya a la altura de la órbita de los desperdicios y el huracán Klaus destruía los manglares de Tinajones. El comandante de la astronave mantenía la vista fija en la zona del firmamento desde donde emergía la línea de fuego, blanca como un chorro de leche pero con un sabor amargo porque significaba el posible límite en el tiempo de nuestra civilización, del mismo modo que el desprendimiento de la segunda luna lo fue de la anterior.

Cerro, desde su cubículo en la estación orbital, y el comandante del crucero desde su cabina de comando, vieron cruzar el rayo por la amplia zona del kilómetro 850 y quemar varios de los desperdicios, fundiéndolos en una masa amarilla y brillante que se fragmentó en todas direcciones, uno de cuyos pedazos cayó en el solar de juego de Chinguíz y sus amigos.

El profesor y sus alumnos vieron también caer el rayo, preciso en el vórtice del huracán, segundos después de haber ellos generado en esa misma dirección el paquete completo de ondas furkianas con el cual esperaban destruirlo. Después se extasiarían de asombro al contemplar el famoso huracán convertido en suave brisa mañanera.

__¡Triunfamos!--gritó Mirna, entusiasmada.

Todos brincaban de alegría y se besaban, felicitándose por el éxito. Apenas el profesor se mostraba parco en sus expresiones. Pensaba que todo no se podía atribuir a las ondas furkianas y que sus estudiantes debían repetir el experimento para borrar las dudas.

__¡Miren! --gritó el niño Chinguíz-- ¡Otra piedra de cuasi oro! Pero debe estar al rojo porque aún humea y la yerba a su alrededor está chamuscada.

(c) Antonio Mora Vélez. Montería, 1.985
 

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