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EL CUARTO CLIENTE


Por Jorge Oscar Rossi


Adriana, la chica levemente dark, era una virgen de 27 años que amaba el sexo duro y se masturbaba habitualmente con un crucifijo de plata heredado de su abuela. Estudiaba primer año de cine y sus dos amigos y compañeros de mesa le parecían tan asexuados como ella a ellos.
A Esteban le gustaba el cine, pero más le interesaba llegar a fin de mes, ahora que se había enterado que su novia estaba embarazada.
El otro varón, de nombre Carlos, consideraba que Adriana era una idiota por desperdiciar un cuerpo como el que tenía. El lo usaría mucho mejor, se decía. Por ejemplo, dándole placer a un macho lindo como Esteban.
Los tres se fingían interesados en una conversación sobre Roman Polanski, hasta que sintieron los gritos que venían de afuera.
En otra mesa del bar, al lado de los baños, el cuarto cliente pensaba que el incendio había sido un error, su error, y que lo iba a pagar muy caro.

Pese al humo, el gallego dueño y mozo del bar respiró aliviado, dado que los clientes no amenazaban con salir corriendo. Tres de ellos se contentaban con mirar por la ventana y hacían comentarios obvios, del tipo de "¡Que olor a quemado!" o "¡Mirá, ahí vienen los bomberos!". El cuarto se limitaba a mirar su taza de café

Tres de los cuatro clientes eran más o menos habituales. El gallego dueño y mozo nunca pensó que esa chica tenía un aire levemente dark, porque ignoraba este y muchos otros términos, pero la veía rara, toda vestida de negro y sin maquillaje y con el pelo negro terminado en dos trencitas, siempre con un cigarrillo en la mano derecha.
En cambio, los dos varones que la acompañaban eran mas normales: camisas y pantalones con los colores correctos y nada más.

Miraban el incendio a través de los vidrios, como si una pecera fuera, solo que no se sabía quienes eran los peces. ¿Serían ellos, que estaban dentro del bar y veían como se quemaba el edificio de enfrente, o eran los de afuera, que corrían y gritaban, excitados por estar cerca del fuego?
En todo caso, la de la pecera no era una buena imagen. El fuego y el agua no se llevan bien.
El humo negro y asfixiante se filtraba más y más en el bar, quitándoles la distancia del espectador y haciéndolos parte de la catástrofe, una catástrofe mediocre, sin grandes explosiones, ni llantos, ni muertos a la vista. Una catástrofe meramente barrial, como para relleno del noticiero de las siete de la tarde si no había nada mejor. Definitivamente, una catástrofe modesta, sin muchas expectativas.

Ariel, el sobrino del gallego dueño y mozo, había salido de la cocina por primera vez en el día, para disfrutar del fuego y la desgracia ajena. El pelo corto pero no rapado y la barbita candado le daban un aire intelectual que chocaba con el delantal de cocinero. Para el gallego dueño y mozo, Ariel también entraba en la categoría de "raro", como la mayoría de la gente.
Para Ariel, el gallego dueño y mozo era Satanás, pero en versión obtusa. Era el Mal sin cerebro, el Mal sin la menor conciencia de si mismo. Era el Mal, pero si le preguntaban que era, el gallego diría: "soy dueño y mozo de un bar".
Antes de eso, no había sido.
Ariel quería matarlo, más que nada para introducir un cambio en su vida. O, quizás, solo para ver si el gallego dueño y mozo era capaz de morirse. Claro que si para eso hacía falta entender, entonces no moriría.
Según Ariel, el mundo del gallego dueño y mozo era el bar, era ser dueño del bar y mozo del bar. No había otra cosa. Ariel podía irse, podía buscarse otro trabajo, pero quería matarlo por una cuestión de ecología. En su opinión, no debían existir seres como esos en la Naturaleza.

El hambre de muerte de Ariel casi hizo caer de la silla al cuarto cliente. Era una oleada extraordinariamente salvaje, viniendo de alguien de apariencia tan inofensiva.
En cambio, el gallego dueño y mozo solo radiaba su nada esencial, su vacío absoluto de ideas.
Por su parte, la chica proyectaba la ilusión de ser violada y seguir virgen, en ondas de confusión que chocaban con el mero deseo de sobrevivir de uno de sus compañeros y el anhelo de ser mujer del otro.
El cuarto cliente aspiró esos deseos, se llenó de ellos y los almacenó en algún lugar de su ser.

El cuarto cliente no gozaría con el dolor ajeno.
Nunca más.
Podía doblegar y poseer a la chica de negro, domarla y penetrarla en el suelo de ese bar de porquería, pero no valdría la pena. El incendio lo había demostrado.
Podría causar dolor, pero el Goce le era negado.

El incendio se apagaba sin mayor dramatismo, casi asombrado por haber convocado tantos bomberos, policías y curiosos, siendo como era una simple hoguera sin vocación de grandeza.

Poder sin placer. Capacidad de causar dolor pero ningún disfrute.
Años, décadas, siglos, evitando la recaída y ahora solo fue "hagamos un incendio, a ver que pasa":
No pasó NADA
Nada
Nada

El fuego fue muriendo junto con su expectativa. El hielo de la insensibilidad con el que lo habían castigado apagó todo calor.
El cuarto cliente no mataría a los otros tres, ni a Ariel, ni al gallego dueño y mozo. Ningún placer sacaría con eso.
Los envidiaba. Envidiaba el ansía homicida de Ariel, la caliente confusión de la chica dark, la obstinada pasión de sobrevivir de uno, el excitado anhelo de feminidad del otro y...no, no envidiaba la nada del gallego dueño y mozo. Su vacío y Su vacío eran iguales, como si Aquel los hubiera castigado a los dos por igual.

"No gozarás de tu poder", le había dicho en esa ocasión, cuando él temblaba, esperando ser reducido a la mortalidad.
"No gozarás de tu poder", y no hubo más palabras.

Llenarse de goce con el dolor ajeno fue su exquisito placer por mucho tiempo, siempre sirviendo a Aquel, que luego lo castigó.

Matar y arrasar y mutilar era su trabajo, hasta que olvidó que era un trabajo, hasta que dejó de pensar en Aquel a quien servía.

Ese fue su fin.

Aquel era Perfecto en su Bondad y en su Maldad y no admitía olvidos de parte de ninguno de Sus Seres.

Fue condenado a no gozar de su Poder y vagaba por el mundo desde entonces, inmortal, recordando los viejos tiempos y esperando el perdón.

El incendio había sido, hasta el humo se acababa.
La chica levemente dark y los dos muchachos salían del bar.
El cuarto cliente llamó al gallego dueño y mozo, pagó y le dejó una propina desproporcionada con el costo del café apenas bebido.
Estaban hermanados por la Nada común que los ahogaba y eso ameritaba una propina, pensó.
Cuando salía, lo inundó la mezquina satisfacción del gallego dueño y mozo, lleno de infantil placer por las monedas de más.

El cuarto cliente confirmó que estaba solo.

(c) Jorge Oscar Rossi, 2004.

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