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EL PEOR CRIMEN ES EL PERFECTO

Por Darío Lavia


Barry ordeñó con fuerza el intestino que había arrebatado a Ron Derwoist, su víctima, en un brutal acto imposible de describir. Previamente lo escurrió de todo tipo de deshechos que en aquellos momentos surcaban tal conducto, y luego lo limpió de líquidos con su manera peculiar de ordeñar. En tanto la víctima observaba atónita como la vida se le escurría por el gran orificio que Barry le había abierto con sus propias manos, casi en la totalidad de la cavidad ventral. Un aroma a interior humano inundaba las inmediaciones del callejón, y un gato acudió interesado cuan buen gurmet. Más tarde, habiéndose retirado Barry, muchos otros amigos de aquel gato acompañaron al pionero, para darse un extraño y poco usual festín de carne humana.
El oficial Joe Crojnideck avisó al sargento que aquella noche iría a cenar con su esposa, y no podría asistir a la gala operística a la que el sargento Biff Cory iría. Biff no se preocupó pues aún confiaba en Martin Musaspider, el oficial nuevo. Ambos se pusieron de acuerdo para ir a ver El Rapto del Serrallo en un auditorio local. La obra comenzaría a las ocho en punto. Pero, lamentablemente, a las ocho y media los tres policías se hallaban en la escena del crimen, viendo como sus salidas nocturnas eran echadas por la borda por el absurdo asesinato y mutilación de un pobre vagabundo, al cual se lo habían comido una manada de gatos.
Joe estudió la escena del crimen y llevó algunas pistas dentro de una bolsita de polietileno. En cambio Biff intentó conversar con algún posible testigo, dando como encargo al novato Martin rastrear en los alrededores todo posible vestigio de huellas o datos útiles. Ninguno de los investigadores sacó dato que permitiera sospechar que el vagabundo había sido asesinado por algún ser humano, por lo que, luego de limpiar la zona, y, habiendo llevado el cadáver para que no siga apestando el callejón, decidieron marcharse a la seccional.


Emil Shoe era un cartonero de la zona más apestosa de la ciudad, detrás de la zona fabril. Allí fue a encontrar la muerte en un basural. Veamos el detalle de lo ocurrido.
- Nunca debí dejar mi oficio de artista callejero, cuando peor me iba siempre tenía algo que llevarme a la boca; en cambio ahora no tengo nada para comer - se repetía Emil una y otra vez, mientras empinaba una botella de vino barato que tenía disimulada dentro de una práctica bolsa de papel madera -.
Emil tomó entre sus manos una gigantesca bolsa de polietileno cerrada, la cual olía a gas metano, y la abrió con sus potentes uñas. Dentro halló muchos desperdicios imposibles de describir en detalle, algunos de ellos eran material de residuo de alguna de las fábricas antes nombradas. Sacó una botella de licor que aún tenía medio trago y lo bebió sin importar que el envase estuviese salpicado de una grasa verdusca que era gangosa al tacto. En aquel momento Emil sintió un golpe en la nuca, y se desmayó.
Barry sacó de su pequeño maletín una sierra quirúrgica y comenzó a trabajar en el cuerpo de Emil, amparado en las sombras de aquel basural. Primero amputó limpiamente la pierna izquierda de Emil y luego comenzó a raspar la carne y el fémur que asomaba del muñón de dicha extremidad, hasta que le sacó punta. Entonces en un acto de indecible sadismo, hundió la pierna izquierda en el abdomen de Emil, produciendo un reguero de sangre y alcohol. Luego guardó todos sus útiles y sus guantes de látex, retirándose con total parsimonia.
A la mañana siguiente el policía Vic Roiseman halló una enorme congregación de ratas en torno a un cuerpo, que tenía una pierna horrorosamente clavada en el vientre. A partir de este hecho la institución policial comenzó a iniciar la pesquisa de lo que se llamó "el asesino de indigentes". El sargento Biff, uno de los que encabezó tal pesquisa, decidió que lo mejor sería analizar con el doctor Pirkens las coincidencias entre los dos crímenes, para tratar de hallar un patrón.
- Lamento informarte que me ha sido muy difícil hallar algún indicio de huellas digitales o algún descuido de nuestro criminal - dijo el doctor no muy contento -.
- Comprendo Sam, pero dime que fue exactamente lo que mató al primer hombre - preguntó Biff.
- Realmente algo le abrió el estómago como si se tratase de papel. Los gatos le carcomieron la totalidad de los órganos, por lo que no sabemos a ciencia cierta si fue atacado con un estilete, con un bisturí o con un hacha. En un principio te diría que el agujero lo hicieron despedazando la carne y no cortándola con algo filoso. Pero la ausencia de los bordes de la herida original, que fueron roídos por los felinos, me impide darte más precisiones. En tanto a la segunda víctima te daré más precisiones una vez que le haga algún análisis al liquido que corría por sus venas en el momento de la tragedia.


Luego de años de trabajar en aquel negocio, Marla tenía deseos de abandonar, o aunque sea, tomarse unas vacaciones de considerable tiempo. Pero, la semana pasada, cuando había planteado el tema a Joy Michielson, su administrador, recibió una temible paliza que la hizo recapacitar. Ella venía pensando estas cosas cuando en la esquina aparcó su automóvil el señor Barry, de profesión asesino serial.
- Muñeco, si quieres te puedo calentar la entrepierna por una módica suma - dijo Marla con un timbre mezcla de años de veteranía, alcohol y cigarrillo -.
- Me placería mucho - dijo Barry, obviando lo ordinario de los modales de Marla -.
Marla se introdujo en el habitáculo del coche de Barry, quien arrancó y condujo hacia un baldío. Lo que Barry no sospechaba es que detrás venía siguiéndolos Joy, cuya desconfianza de Marla le hacía custodiarla momentáneamente.
Barry se detuvo en un lúgubre baldío cerca de una construcción abandonada. Marla comenzó con unas insinuantes caricias en el bajo vientre de Barry y con algunas maniobras que no es mi intención describir. En tanto Joy, una cuadra atrás, había apagado su motor y seguido el camino a pie para no delatar su presencia. Joy pensó que Marla quería fugarse con aquel desconocido y para prevenir este hecho decidió acercarse al coche detenido de Barry portando una pistola, que en este tipo de historias viene a ser el símbolo de la velocidad, tanto en la justicia por mano propia como en el mal, también por mano propia.
Cuando Joy se acercó lo suficiente como para ver el interior del automóvil de Barry, se dio cuenta que ya no estaban dentro. Aparentemente habían abandonado el caluroso coche y se habían ido muy lejos de allí. Joy pensó que lo mejor sería quedarse a esperar a que regresen, pero luego, sin poder contener su ansiedad, salió a buscarlos. Se guió por su aguzado oído y pudo escuchar un jadeo excitado.
Cuando Joy se acercó lo suficiente como para ver de donde provenía tal sonido pudo ver entre sombras dos cuerpos recostados en una especie de hule. Se instaló para esperarlos y observar que Marla reciba su paga, la cual tenía que ser lo suficientemente onerosa. En determinado momento un figura se levantó y utilizando el hule a modo de delantal se posicionó encima del cuerpo de Marla, que seguía jadeando boca abajo.
- Otro maldito pervertido - pensó Joy y empuñó su pistola de una manera muy film noir -.
Cuando la figura se sentó encima de las nalgas de Marla comenzó a realizar unas actividades manuales en la nuca de ella, con lo cual Joy se puso de pie y se acercó arma en mano, sin hacer el menor ruido. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado lo suficiente a la oscuridad como para aprovechar la poca iluminación del área, y, habiéndose acercado lo suficiente como para ver detalladamente en que consistía aquel movimiento de figuras oscuras, Joy pudo apreciar con espanto que la que jadeaba era precisamente Marla y que su cabeza, apenas unida al cuerpo por algunos nervios y por el tubo digestivo, aún se movía levemente en una verdadera laguna de sangre que no podía manchar al asesino, protegido por el delantal de hule.
Barry no dejó que Joy, presa de un choque, utilizase el arma. Se levantó y le tapó la boca con una pañoleta embebida en cloroformo.
La policía halló el cuerpo decapitado de una mujer caucasiana de unos treinta y cinco años, excelentes formas y vestido solo con ropa interior, en un descampado, detrás de una obra abandonada. El sargento Biff encargó al oficial novato que recogiese todo tipo de pistas, pero las que Martin halló solo sirvieron para despistar a los sabuesos del verdadero homicida. Pues a partir de aquel día y durante dos semanas, la policía dejó de rastrear al "asesino de indigentes" y comenzó a buscar a Joy Michielson, sospechoso del homicidio de Marla, y por extensión, de los otros dos.


Coleman no advirtió que había salido de su casa con una media de un color y la otra de otro. Se dirigió a la estación del tren y comenzó a esperarlo como todas las mañanas. Solamente que esta sería algo diferente para Coleman. Averigüemos porque.
Eran las seis en punto y en cinco minutos estaba por pasar el tren. Coleman se dio cuenta al sentarse a leer el periódico que tenía distinto color de medias, con lo que trató de disimular el asunto. En el periódico leyó acerca del crimen de la prostituta en el descampado y se alarmó. Días antes había leído un extraño caso en un basural en el que hallaron un cadáver carcomido por las ratas. Coleman leyó la totalidad de la noticia policial y pensó que tenía que tranquilizarse. Todos los días ocurrían cosas desagradables en la ciudad y ninguna le tenía que suceder a él.
Coleman abordó el tren y se sentó al lado de Barry, que lo miró con rostro adusto. Hacía un poco de calor y la ventana estaba abierta. Eran las seis y cinco de la mañana y el día despuntaba victorioso, a pesar de algunos nubarrones que no alcanzaban a convertirse en una seria amenaza para el buen tiempo.
Coleman llegó a su destino y bajó junto a Barry en la misma estación. Eran las seis y treinta. Aún había poca gente en la calle, a pesar de ser sábado (mucha gente trabaja los sábados). En tal circunstancia Coleman notó que una persona lo seguía. Primero en el tren, sentado a su lado, y luego bajándose en la misma estación. Coleman decidió no desesperarse y, atribuyendo todo a su imaginación caminó hacia la salida del andén. Un golpe seco lo conmovió y en menos de dos segundos Coleman cayó en el espacio que había entre dos vagones y se halló bajo el andén, entre los rieles y las ruedas del tren. No pudo gritar a causa de la sorpresa y el guarda no advirtió su presencia, lo mismo que el conductor del tren. Cuando el tren arrancó Coleman trató de guarnecerse bajo el andén, alejándose lo más posible del riel.
Es increíble como en ciertos momentos términos como rueda, riel y durmiente toman tanta importancia. Por ejemplo, en la vida de Coleman nunca habían sido palabras muy utilizadas por él. Pero en los doce últimos segundos de la misma, tomaron una preponderancia capital, ya que por todos los medios trató de no ceder ante la presión que el tren, al aumentar de velocidad ejercía sobre él. Al fin, no pudiendo asirse de ningún lado firme, Coleman fue 'chupado' por el anteúltimo vagón, en un momento en el que el tren había tomado una velocidad considerable. Una rueda despedazó sus dos piernas en un maremagnum de sangre, huesos triturados y calor. La segunda rueda que lo atravesó recogió el legado de pulpa de carne que le daba la primera, y trituró el brazo derecho de Coleman, quien aún podía sentir la mutilación a la que estaba siendo sometido por la acción que las ruedas ejercían sobre los rieles. En ese momento Coleman pasó a la zona de los durmientes, entre riel y riel; allí sintió un calor aplastante, lo que le provocó unas lacerantes quemaduras en rostro y mano (la que le quedaba). Una tercera rueda lo atrajo hacia su órbita de acción, con lo que otro brazo fue arrastrado por la infernal guillotina. Pero lo peor para Coleman fue el paso de la última rueda, la que tomó parte de su espalda y lo hizo dar una revolución entera junto a ella.
Una señora vio una masa irreconocible de carne y pulpa de hueso, sazonada con algunas tiras de tela que alguna vez había sido un saco, un pantalón y una camisa. La sangre había dejado una estela visible en un largo tramo de vía, y un reguero de partes humanas era el único resto que quedaba de Coleman.
El sargento Biff oyó el relato de un testigo que dijo que el buen hombre había sido empujado por otro hombre que, en la confusión, había desaparecido. No había más pistas que aquella. No había una descripción muy concisa aparte de "edad, estatura y contextura mediana". Esa tarde el oficial Joe aportó una vertiente nueva para analizar el enigma que ya había costado la vida a cuatro personas inocentes.
- La única posibilidad - comenzó Joe durante el almuerzo - que se me ocurre es buscar una relación entre todas las víctimas, algo que nos indique el motivo por el cual mueren. Si el asesino está siguiendo algún patrón, el análisis del pasado de las víctimas nos lo dirá. Sabremos que si Joy Michielson tiene algo que ver con estas nuevas víctimas, entonces él es el asesino, pero si no es así, es muy factible que haya sido otra víctima más y que todavía no la hayamos encontrado.
- No creo que Joy sea el asesino; ayer fue hallado semidesnudo en la ruta 457 desvariando. No ha dicho una palabra con sentido desde entonces.
- Un sospechoso menos, ahora no tenemos ninguno - se lamentó el oficial Joe.
- Es cierto, y, en cuanto a lo anterior - replicó Biff - sabes que lo primero que hicimos fue constatar que las víctimas, por lo menos las primeras tres, no tuvieran ni parentesco ni ningún otro tipo de relación. Todas vivían en lugares diferentes de la ciudad, no se conocían entre ellas, se dedicaban a labores totalmente distintas y no tenían enemigos capaces de hacer lo que hizo nuestro homicida.
- Es cierto, hemos investigado eso, pero lo que yo propongo es hacer una investigación más profunda. Por ejemplo, ¿sabemos si las primeras dos víctimas fueron compañeros de escuela, por ejemplo?
- Mmmm, - mugió Biff mientras se acariciaba el mentón - es muy interesante, pero la única posibilidad que tenemos que tu teoría sea cierta es que los tres, ahora cuatro, tuviesen un lazo común que remontase décadas atrás.


El anciano señor Whipple pasaba sus días sin mayores preocupaciones. Su existencia se desarrollaba con mucha tranquilidad en su enorme casa de las afueras de la ciudad. El abastecimiento de su despensa estaba asegurado con la visita periódica de su sobrino Frank, quien le traía todo lo que necesitaba. Y el mantenimiento de la casa le era suministrado por la señora Himinith, quien aquella mañana había pedido un pequeño franco para poder salir a hacer algunas diligencias personales. Como de costumbre el señor Whipple se lo dio, cometiendo el más importante error de su vida, como a continuación se verá.
Whipple se sirvió el té de las cinco y sacó unos bizcochos de la alacena, para acompañar su infusión. En aquel momento oyó un ruido en el fondo de su jardín. No podía ser su sobrino, pues a esa hora estaba trabajando. Tampoco podía ser la señora Himinith, pues se había tomado el día libre. Whipple tomó el arma que guardaba en su cajón y se asomó por la ventana de la cocina para divisar si había algún intruso en su propiedad. Pero no pudo ver nada. La extensión del jardín se hallaba totalmente libre de extraños, y atribuyendo el ruido a un gato, Whipple regresó a su merienda.
Pero algo que omitió el viejo fue revisar en el cuarto de las herramientas del jardín, en donde de haber revisado, hubiera visto el intruso causante de aquel ruido. Era Barry, que buscaba algún adminículo que le sirviera para sus objetivos.
Whipple prendió su aparato televisor y miró las noticias de las cinco, para mantenerse actualizado. Cuando se anunció la cuarta víctima del sádico asesino serial, el anciano creyó recordar algo, pero su sensación no se materializó en ningún recuerdo lógico. El nombre de la última víctima (Coleman) le sonaba conocido, pero con sus ochenta años, Whipple no podía recordar fielmente si realmente lo era.
La puerta de la cocina se abrió sin ningún ruido. Barry ingresó en la casa del anciano y pronto lo divisó frente al televisor. Cuando Whipple dio su último sorbo al té, lo vio. Aún tenía el arma al alcance de la mano y no le costó mucho tomarla y apuntarle.
- ¿Qué desea en mi casa y portando ese pico? - inquirió el asustado geronte -.
- Cobrar una muy vieja deuda, señor Whipple - dijo Barry con una voz extrañamente aguda -.
- Ninguna deuda. En este momento llamaré a la policía y lo meterán preso, y si piensa que voy a ser otra de sus víctimas y se mueve más de donde está, le vuelo la tapa de los sesos de un disparo - aseveró el viejo muy convencido -.
- No es necesario que me apunte, aunque si quiere y le da seguridad, hágalo. No le servirá de mucho.
- Eso es lo que usted cree - dijo el anciano mientras discaba el número de la oficina de policía -.
Ambos hombres se quedaron en sus lugares y respectivas posiciones. El más viejo hablo con la policía y obtuvo la seguridad de que en tres minutos estarían allá. Luego de cortar la comunicación siguió encañonando al otro.
- Ahora dígame, porque vino aquí. Usted no quería robar, ¿no es así?
- Muy inteligente señor Whipple, pero tampoco recuerda quien soy yo, ni quien es Ron Derwoist, ni recuerda a Emil Shoe, ni a Marla Bajffer, y menos se acuerda de Coleman Lejis.
- ¡Maldición! Sus nombres me son muy familiares, pero no puedo recordar quienes fueron. Sé que son las víctimas del asesino serial que ha venido acechando esta ciudad.
- Que mala memoria, señor Whipple, usted no tenía tan mala memoria cuando dirigía el Orfanato de Landispenshire.
Esta última aseveración hizo sumir al anciano en un profundo pensamiento, y casi, instantáneamente en un firme recuerdo, tan firme como aquel pecado que la conciencia no olvida y que sigue acompañando al pecador hasta el fin de sus días.
- Pero, usted como sabe de aquello, usted no estaba allá. Solo habían... eran cuatro... y eran... - la voz de Whipple titubeó por primera vez - ellos, los cuatro... y el asesino los mató a ellos... usted los mató... pero... alguien le pagó para que los matase... pero no puede ser... no había ningún pariente que supiese nada...
- No señor Whipple, no había ningún pariente que supiera nada. El pequeño Barry no tenía a nadie. Nadie estaba interesado en adoptarlo. No como a los otros cuatro, que ya tenían padres adoptivos asegurados, los que estaban dispuestos a negarse a serlos si la situación del pequeño Barry salía a la luz. Además hubiera tenido que afrontar muchos juicios por negligencia y la clausura del lugar. No señor Whipple, usted no dejó que se supiera nada y acalló a los niños, haciéndoles prácticamente olvidar lo sucedido, con sus amenazas. Y tuvo éxito, señor Whipple, tuvo tanto éxito, que el crimen nunca trascendió y nunca nadie supo nada del pobre Barry. Claro total, no tenía a nadie ni amigo ni conocido que preguntase por él.
El viejo anciano no pudo controlar más su corazón y comenzó a temblar y a sudar copiosamente. Antes de perder el control de su cuerpo disparó a quemarropa directo al corazón de Barry, pero la bala no lo tocó. Una vez que dejó caer su arma, Barry alzó el pico y, oyéndose a lo lejos las sirenas policiales, lo dejó caer casi con la propia fuerza de gravedad de la herramienta, sobre el cuerpo del señor Whipple, el cual merced a los años y al desgaste del físico, estalló en borbotones de sangre muy oscura sobre su sillón, manchando también la mesa y el piso de madera.
Barry se marchó rápidamente, y mientras la policía entraba por adelante, él salía por el jardín, por el mismo lado en que entró.
El sargento Biff, recorrió toda la propiedad en busca del asesino, pero este ya no estaba allí. Joe le comentó:
- Encontré el vínculo que reúne a las cuatro víctimas, aunque no sé si tenga algo que ver con todo esto.
- A esta altura de los acontecimientos, mi desorientación puede ser salvada únicamente con algo descabellado, como lo que estoy seguro me va a contar ahora.
- Bien, Biff, sabes que los cuatro fueron adoptados. Y que los cuatro estuvieron hasta el momento de encontrar familia en el Orfanato de Landispenshire. Pero esto fue hace más de treinta años.
- ¿Y este anciano habrá sido también adoptado en aquel internado? - dijo Biff confundido y en el colmo de lo absurdo -.
- El señor Whipple lo dirigía.
- Bien entonces tenemos que buscar a una persona que haya sido integrante de aquella institución al mismo tiempo en que Whipple estaba al frente y que las cuatro primeras víctimas estaban como pupilos allí. Es más con tales datos podemos prevenir a la posible siguiente víctima. Si esto resulta resolveremos el caso.
Pero para cuando el sargento Biff tenía la resolución del caso cercana, Barry regresó a su hogar (en donde había estado viviendo durante los últimos treinta y un años), una zanja perdida en el bosque que rodea el viejo edificio del Orfanato de Landispenshire, a cuarenta kilómetros de la ciudad. En realidad a él no le había molestado morir durante un juego a causa de la acción ingenua de sus cuatro amiguitos. Lo que le había caído muy mal fue que el director no solo no castigó a los cuatro pequeños criminales, sino que ocultó el crimen y le dio como premio a los niños unas hermosas familias que quizás no supieron aprovechar. Extraño crimen el de las criaturas y el del señor Whipple, que tuvo el raro privilegio de ingresar en el registro siniestro de los crímenes perfectos. Pero como acabamos de ver, el peor crimen es el perfecto, pues la única posibilidad de justicia proviene del más allá.

(c) Darío Lavia, 2000
 
 

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