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LA CONDENA DE LA CARNE



por Marcos G. Buljubasic

1
Desde la magnificencia de la luz...

Las Conciencias se proyectaron hacia el borde del centro galáctico, sobre el plano donde convergían los brazos elípticos de la nebulosa, justo ante el horizonte de sucesos del mega abismo negro del núcleo, que se tragaba ingentes cantidades de materia a cada instante. El lugar estaba poblado de estrellas rojas súper gigantes que eran arrastradas hacia el borde del horizonte de sucesos. Algunas llevaban una o dos compañeras enanas blancas orbitando a su alrededor, generando entre éstas y aquellas, chorros de incandescencia que marcaban su derrotero. Unas pocas estrellas azules fluían entre las rojas, como pequeños diamantes entre enormes rubíes, con sus séquitos de planetas saliéndose de sus órbitas, debido a las perturbaciones gravitatorias provocadas por la cercanía entre unas y otras. Algunos de estos planetas caían hacia sus soles, desintegrándose; otros salían despedidos hacia un firmamento incandescente, jaspeado por enormes corrientes de gas y materia que se precipitaban a increíble velocidad hacia el monstruoso abismo. A medida que la presión las iba comprimiendo y retorciendo, estas corrientes emitían formidables destellos. Mientras, las estrellas, cual colosales burbujas brillantes, surcando un río que se hundía en un desagüe tridimensional, se alargaban, se deformaban, y se plegaban sobre sí mismas, pulsando como descomunales corazones agonizantes.
La intensidad de la energía radiante era tal, que sólo aquellas Conciencias podían existir allí, y admirar ese panorama con una percepción que iba mucho mas allá de la totalidad de los sentidos de cualquier ser material. Éste era el lugar de la galaxia que bien merecía llamarse: La morada de los dioses. Y las Conciencias bien podrían ser esos dioses.
Liberadas hacía eones de las limitaciones de la materia, se habían transformado en mentes incorpóreas e inmortales. Podían trasladarse al instante de un lugar a otro de la galaxia, y de una galaxia a otra. El espacio y el tiempo ya no significaban obstáculos para ellas. Estos parámetros eran solo una consecuencia trivial de las leyes del universo, las cuales entendían acabadamente. Sin embargo, no habían sido las Conciencias las creadoras de ese universo, ni de los infinitos universos existentes. Tampoco habían dictado las leyes físicas que determinaban el porqué y el cómo de las cosas que componían esos universos, y de las criaturas que los habitaban. A pesar de haber abarcado el conocimiento del cosmos, y de haber logrado el completo dominio de la materia y la energía, ignoraban quién era autor de todo, o si había un autor de todo.
No eran entonces omnipotentes, y por ende eran falibles. Y estaban allí, donde nadie podría entrometerse, para decidir el castigo al comportamiento fallido de uno de sus pares, Manem, cuyas acciones habían sido consideradas cuestionables por los demás.
Para las Conciencias, que eran esencia de puro raciocinio y de absoluta lógica, el estar cuestionado, significaba estar condenado. Porque entre seres para cuyas mentes nada se podía ocultar, nada había que demostrar, nada se podía argumentar contra los hechos. Y los hechos, como no podría haber sido de otra manera, habían terminado siendo conocidos por todos. La presunción, por parte de Manem, de que sus acciones habrían pasado desapercibidas era, por sí solo, una falta inexcusable, si cabía considerar relativo al mal.
La Conciencia Manem era la única que estaba confinada a un espacio físico mensurable, aprisionada en un aura de magnetismo que las otras Conciencias habían generado para reducirla. Sus voluntades unidas podían más que la de Manem, y así, ésta no podía liberarse. Las demás Conciencias la rodeaban formando un halo indefinido.

- Manem, has abusado de tu superioridad frente a seres que no tenían como defenderse - afirmó la Conciencia Gent, quién presidía el tribunal.
- Son seres corpóreos - respondió Manen - y por lo tanto insignificantes.
- Ninguna forma de vida con conciencia de sí misma es insignificante - sostuvo Gent -. Aún siendo corpóreos, son importantes. Nosotros fuimos corpóreos alguna vez.
- Pero ellos no tienen conciencia.
- Sí la tienen - Aseveró la Conciencia Just.
- Por lo tanto tienen el derecho a decidir su destino - razonó la Conciencia Cons.
- Y has cercenando ese derecho al haber interferido en sus asuntos, modificando gravemente el curso de su historia - añadió Gent.
- No es así, los he ayudado. Les he dado beneficios.
- Los has corrompido, los has despojado, y les has provocado sufrimiento - lo contradijo Just.
- Los has usado. Te has encarnado en varios de ellos, individuos con liderazgo, en sucesivas épocas. Y, a través de sus identidades, has sometido a un pueblo entero a la miseria por varias generaciones. Acumulaste riqueza material para el provecho de tus encarnaciones, solo por gozar de placeres corporales. - le espetó Cons.
- Eso es falso. Considero deplorable la existencia en el plano material - afirmó Manem -. El estar confinado en esos envoltorios primitivos, frágiles y repugnantes, no me resultó atractivo en absoluto. Lo hice para estimular su progreso. Me sacrifiqué por ellos.
- Es evidente que has estado demasiadas vidas encarnado en esos seres, y has involucionado. Te has acostumbrado a mentir, como ellos, que no pueden conectarse mentalmente. Pero a nosotros no nos puedes engañar - observó Gent.
- Sabemos lo que sabemos, por que así sucedieron los hechos. No hace falta más - concluyó Just.
- Mereces castigo. Y ya hemos decidido el adecuado: verás la otra cara de la moneda. Te encarnaremos en un ser de esa raza, y de la misma fracción que tú gobernaste durante tu intromisión en ese mundo. Será un individuo perteneciente a la más baja clase social. Y cuando se extinga ese cuerpo, te reencarnarás en alguno de su misma estirpe. Así sentirás en la carne las consecuencias de las injusticias que tú has propiciado, por el tiempo que nos tome revertir el atraso de ese pueblo - sentenció Gent.
- Será el equivalente al que les lleve a éstos especimenes aprender a tener sentido de unidad social, a ser íntegros. Para que nunca vuelvan a erigir líderes, como los que tú encarnaste - indicó Just.
- Lo que nos tomará un siglo y medio, tal vez dos, del tiempo de esos seres. - reflexionó Cons.
- Es un lapso insignificante para nosotros. Pero, al estar tú, encarnado en sucesivos cuerpos de esos seres que, con suerte, viven unas siete u ocho décadas, ese tiempo te parecerá interminable. - señaló Gent.
- Mientras, te privaremos de tus conocimientos, y del poder de tu mente. Tendrás un coeficiente intelectual inferior a la media, demasiado limitado como para sobresalir en esa sociedad, pero no tan bajo como para impedirte preguntarte el porqué de tus sufrimientos - agregó Just.
- Y cuando decidamos liberarte, escudriñaremos tu mente para comprobar que hayas aprendido la lección. Si no es así, volverás a ser de carne hasta que te arrepientas - resolvió Gent.

Manem no tuvo tiempo de replicar, su ser fue proyectado por la voluntad de las otras conciencias, hacia la comarca de aquel mundo, donde alguna vez había sido líder. Su mente fue inmersa en el huevo recién fertilizado que una hembra de la especie, elegida para la condena, albergaba en su vientre.


2
...hasta precariedad de la carne.


Nueve meses más tarde, Francisca Caseira despertó sobre una delgada y sucia colchoneta, en un rincón del pabellón, en el viejo hospital público. La habían tenido que internar de urgencia la noche anterior, y no habían habido camas libres. Pero había tenido suerte, la habían instalado dentro del pabellón, donde no hacía tanto frío. Otros pacientes habían sido puestos en las galerías que rodeaban a los patios.
Todos los hospitales estaban atestados de personas, muchas de las cuales habían sido de clase media. Ahora eran desempleados del estado, que ya no podían pagar una clínica privada. Esos eran los que ocupaban las camas, por acomodo. Gracias a la amistad, o al parentesco que tenían con los médicos, lo último que les quedaba de su antigua condición social. Como siempre, los pobres, ahora más pobres que nunca a causa de la terrible crisis, llevaban la peor parte.
Francisca estaba toda dolorida, había sido un parto difícil. Cuatro aspirinas fueron los únicos analgésicos que le habían dado, y ya no le quedaba ninguna.
Había perdido mucha sangre y no había la de su tipo en el banco del hospital, ni tenía a nadie que le done, así que solo le habían puesto suero. Pese a su estado de debilidad, casi no había podido dormir en toda la noche, por los dolores. ¡Qué mala suerte! Sobre que ella ya estaba media anémica.
Hacía casi cuatro meses que venía comiendo raleado. Había vivido de la mendicidad desde que le había crecido la panza y la habían echado del cabaret. Para colmo, el bebé había nacido prematuramente y con problemas respiratorios. El médico había dicho que lo tendrían en la incubadora por un día nomás, por que había muchos nacimientos con complicaciones, y pocas incubadoras. Pero le había prometido que le iba a conseguir un paquete de leche en polvo. Menos mal, porque ella casi no tenía leche en sus pechos desnutridos.
Esperaba ansiosa el desayuno, hacía dos días que no probaba bocado. Aprovecharía que en el hospital le darían de comer ese día, porque se tendría que volver al rancho a la mañana siguiente. Confiaba estar recuperada pronto, así podría volver a trabajar en el cabaret, si es que la aceptaban de nuevo. Había adelgazado mucho y estaba demacrada.
Llegó el desayuno, una taza de mate cocido y un mendrugo de pan duro. Lo comió con voracidad y se tomó todo el mate con delectación, aunque estaba casi sin azúcar. Se sintió un poco mejor, se levantó, y fue hasta la guardería arrastrando los pies. Se paró al lado del cristal para ver a su bebé. No le fue difícil reconocerlo, era el más pequeño, y el menos movedizo.
Una enfermera la sorprendió y le dijo, de mala manera, que se vuelva al pabellón. Debilitada como estaba, no atinó siquiera a discutir y obedeció. A duras penas llegó hasta el rincón y se tiró sobre la colchoneta llorando, mientras balbuceaba una oración, pidiéndole a Dios que la ayude.
Sabía que ella no lo merecía, había sido una mala mujer. Le pidió por su hijo.
Después de todo, ¿qué culpa tenía el pobre bebé?

(c) Marcos G. Buljubasic, 2002

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