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CONCIENCIA Y FICCION

por Franco Arcadia

 

Desconecté el teléfono. Lo que menos necesitaba en ese momento era escuchar un reproche más. Eso no iba a ayudar a que mi inspiración irrumpiera en escena.

Tal vez, si hubiese estado escribiendo una novela dramática o de amor, podría haber incluído alguno de los últimos mensajes que Belén descargó en mi contestador, donde reclamaba mi compañía para ese día de aniversario. Perdón, Belén. No podía perder un instante más. La fiebre de mi gripe no quería saber nada de sus afiebrados epítetos.

Quizá, si estaba buscando un buen clima de suspenso, podría haber transcripto los mails que me dejó mi editor, amenazándome, de las maneras más originales posibles, sobre las consecuencias que me haría sufrir si mi creatividad no le entregaba el relato prometido, cobrado y profusamente publicitado, para la inauguración de la Primera Convención de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción.

Todavía retumbaban en mi cabeza dolorida sus palabras, que vociferaban asegurando la asistencia de lo más representativo del ámbito literario universal y que recalcaban que yo, sí yo, tendría el honor, y el placer, acotó, de escribir el relato que oficiaría, nada más y nada menos, de tributo argentino al género.

Mi mente bromeó un instante, para eso sí le sobraba imaginación,  sobre la sede del evento: el mítico Luna Park, irónicamente adecuado para que, a las catorce horas del día siguiente, la vergüenza y la humillación noquearan mi prometedora carrera de escritor ante la vista de todas las celebridades expectantes...

Prendí un sahumerio, intentando alejar esos pensamientos pesimistas que, como ágiles babosas, se adherían repugnantes a mis escasas ideas. Sólo logré estornudar.

Di vuelta el reloj, para que con su espalda me ocultara las pocas horas con las que contaba, apenas un poco más de una docena hasta el momento crucial: el momento en que sonaría la campana y el reflector, impiadoso sobre mi figura, me intimaría a descubrir mi obra.

Busqué en una pastilla el rescate del soporífero ambiente de mi cabeza, que me facturaba, y no en cuotas, el insomnio acumulado de noches anteriores.

Todavía recordaba cuando un par de semanas atrás, mi editor me comunicó que había sido seleccionado para inaugurar la Convención. Todavía recordaba el estridente festejo que Belén me brindó cuando le conté la "buena" noticia. Es más, fuimos juntos a cobrar el jugoso anticipo y brindamos, una y otra vez....

¡Tonto de mí! Debí haber hecho caso al temor, que en forma de espina, me acompañó, clavado e insistente, haciéndome dudar de mi capacidad para cumplir tremenda tarea.

"¡Pero si escribiste muchos cuentos!", me dijo Belén cuando pasó la primera semana y mis hojas arrugadas ya habían llenado varios cestos. "Claro que estoy avanzando, lo que pasa es que es un cuento muy especial", respondí yo a mi editor, que quería ir leyendo un borrador que nunca le llegaba.

Bajé la persiana casi por completo, como si el incipiente claro de luna que entraba a mi departamento fuera el culpable de la claridad de mis hojas ante el próximo y definitivo amanecer.

Sigiloso y en la comodidad del piyama, me acerqué a mi biblioteca, otra vez, para ver si el espíritu solidario de alguno de los maestros de toda la vida, se apiadaba de mí. Acaricié con respeto y devoción suplicante, los lomos donde brillaban los nombres de Orwell, Bradbury, Golding, Wells. Quien sabe, pensé, Fredric Brown pasó por una situación parecida alguna vez. O, por qué no, el mismísimo Asimov o la más cercana Gorodischer. Me quise convencer, pero no sirvo para consolarme.

Un bostezo, de esos que abren la boca como para tragar un compact disc, me devolvió cabizbajo a mi escritorio.

¡Compact disc! ¡Música! Como si me hubieran revelado un secreto milenario, me levanté de la silla directo a la colección de discos. Algo en castellano, mejor no, porque me distraería. Algo instrumental sería el pase directo a mi enemigo, el sueño. Busqué un clásico, de esos que no llaman la atención en absoluto y, empuñando la lapicera como la espada de un gladiador de las palabras, volví a la arena de mi escritorio, donde parecía que un Nerón imaginario me había bajado el pulgar sin piedad...

Mis párpados de plomo se habían empeñado en demostrar la ley de gravedad, justamente en esa noche. No iba a luchar contra ellos. Cerré los ojos y respiré profundo. Mientras, casi con descuido, trataba de imaginar algo para mi historia...

 

Pronto me vi. Estaba saliendo de mi casa sin saber adónde iba. Crucé Cabildo y me paré, confundido, en la esquina. En la madrugada que se estaba despidiendo, un hombre vestido de bombero observaba a cada perro que pasaba y parecía tan desorientado como yo.

Me acerqué hasta él para ver si lograba su atención. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude ver que llevaba colgada una credencial plastificada. La tentación de leerla fue fuerte y no me negué. Enseguida reconocí el logo de la Convención y debajo, en letras claras, el nombre de Montag. Ese nombre me impactó. No sabía por qué, tampoco entendía el motivo de acreditar a un bombero en la convención, pero cuando quise preguntarle, surgió un hombre que había doblado de Olazábal y que, vestido con un llamativo "mono" azul, se dirigió al bombero:

-¡Montag! Encantado de conocerte. Soy Winston....

Así rezaba su credencial. Los miré, pero ambos me ignoraron.

-Winston, ¿has visto por aquí al Sabueso Mecánico?-dijo Montag mientras miraba husmeando para ambos lados y apretaba unos libros contra su pecho.

-No, no lo he visto, pero te entiendo, sé lo que significa estar vigilado todo el tiempo. Sí que lo sé...

Mi lógica no daba crédito a lo que estaba observando, pero el fuego del conocimiento pronto ardió en mi interior, hermanándome a esos extraños personajes.

Sí, sabía quienes eran esos hombres pero, por más que quería y lo intentaba, no lograba interactuar con ellos...

Las miradas acusadoras de algunos porteros que baldeaban las veredas de Cabildo, me hicieron notar que ante su vista, sólo estaba yo, intentando hablarle a una pared.

Avergonzado, me alejé por Juramento, a paso vivo, hasta la plaza de la Iglesia Redonda, donde un hombre movía su escoba cíclicamente mientras parecía balbucear algo:

-¡Barro los sueños de ayer, para dejar lugar a los de hoy!

Cuando lo escuché, me di vuelta. Mis ojos chocaron contra la credencial que se bamboleaba a cada movimiento de la escoba e indicaba "Barrendero de los sueños".

Al reconocerlo, levanté mi brazo para saludarlo, pero solamente conseguí que un mendigo de la puerta de la Iglesia me retribuyera el gesto.

Dudé en regresar a mi casa, pero el camino me impedía desandarlo. Cada cuadra que pisaba hacía desaparecer a la anterior y, a mis espaldas, todo era espesa oscuridad. La ciudad sólo existía delante de mí.

El paso cercano de un hombre, corriendo hacia Barrancas con un billete iluminado en su mano, me hizo tratar de alcanzarlo. Cuando logré ponerme casi a su lado, lo escuché mencionar:

-Debo encontrar el camino de regreso a Trántor.

Su voz fue la fundadora de un imperio de sensaciones encontradas en mi  interior. Lo llamé, sin necesidad de leer su plastificada credencial:

-¡Gaal! Yo sé quién eres... ¡Debes ayudarme! Yo...

Cuando sus labios se movieron mi corazón se paralizó:

-Debo encontrar el camino de regreso a Trántor -repitió sin mirarme, mientras se alejaba veloz...

Agitado, traté de reponer mi respiración pero el sonido de una voz metalizada me sacudió:

-Eh..., Dave ¿por qué no me presenta a sus amigos?

Levanté la vista y la vi. Era una computadora enorme ubicada justo en el centro de Barrancas de Belgrano. En su parte delantera, al lado de una de sus ranuras, brillaba la credencial de la Convención con el nombre "HAL 9000".

Mi sorpresa era tan grande, que mi boca se negaba a cerrarse y temí que nunca más lo volviera a hacer...

A su lado, el astronauta Dave Bowman, explicaba a un par de hombres atentos al funcionamiento de la súper computadora. Observar bien sus rostros fue una verdadera odisea, pues los tenía casi de espaldas, pero noté que el rubio parecía hipnotizado, con la vista alternando entre el cielo y los kioscos de las Barrancas.  Entre tanto, el morocho robusto de rulos y anteojos, asentía y preguntaba por los aspectos más técnicos del sofisticado equipo.

No me animaba a acercarme demasiado, por miedo a que Hal 9000 me atacara de algún modo. Simplemente, me limité a observar a una distancia prudencial, como si mi atención pudiera perturbarlos eternamente. Recién cuando el rubio se tocó varias veces la nuca, como buscándose algo, un grito fanatizado se escapó de mi boca:

-¡Juan Salvo, Favalli! Por favor, ustedes son vecinos, ayúdenme...

Favalli se dio vuelta, nervioso, y gritó:

-¡Debemos irnos, Juan, Hal anuncia nevada para las próximas horas!

Cuando escuché esas palabras, abandoné mis precauciones y me decidí a abalanzarme sobre ellos para impedirles la retirada.

Apenas un segundo después despegaba mi cara del césped...

Con dificultad me levanté y saqué algún resto de tierra de mis ojos, para comprobar, con la amargura del iluso que ya sabe la triste respuesta, que ni rastro de ellos quedaba...

Una señora que paseaba su perrito me miró con desconfianza y se alejó murmurando algo contra los alcohólicos y la barbaridad de empezar el día tan ebrio.

Camuflando algunas lágrimas en el rocío que el pasto me había regalado, llegué a la Avenida del Libertador. De reojo comprobé como, a mis espaldas, las Barrancas de Belgrano habían sido engullidas por la negrura impiadosa.

Por un momento me pregunté si esa oscuridad absoluta terminaría alcanzándome, tarde o temprano. Avanzar, bajo la protección de la mañana que comenzaba su reinado, parecía la única alternativa posible...

Doblé por Libertador hacia el centro y, a medida que me iba acercando a Palermo, escoltado por un tránsito rutinariamente embotellado, no dejaba de especular hipótesis disparatadas sobre los sucesos recientes.

La cercana figura de un policía en la esquina, me inquietó instantáneamente. Me acerqué hasta él, que parecía ignorarme, y lo empecé a observar estudioso, buscando alguna pista o detalle revelador. Lo único que pude percibir, cuando casi toco su gorra, fue su áspera voz:

-¿Qué hace, imbécil? ¡Circule!

Ni lo dudé.

Avancé a paso vivo por Libertador, hasta toparme con un gran escarabajo que se arrastraba, aparatoso, con sus patas sin dejar de babear su credencial.

Seguro de lo que hacía y tratando de no llamar la atención de los demás transeúntes, murmuré en voz baja:

-A vos, Gregorio, te conozco gracias a Belén...

Belén, Belén. ¿Qué estaría haciendo? ¿Su rencor habría sufrido algún tipo de metamorfosis?

Indiferente de mis sentimientos, el escarabajo se perdió en la primera alcantarilla de la esquina,  cerca del Rosedal.

Crucé, pero a mitad de la avenida, un hombre se paró frente mí y abrió su camisa, revelando enormes tatuajes que se iban transformando sobre su piel, bajo la credencial de la Convención:

-¡Al fin! ¡Yo sabía que alguien ilustrado vendría a ayudarme! -grité hacia el cielo.

Pero algo detrás de mi habló. Era una voz masculina que, con la furia de un tigre, le dijo al hombre:

-Y yo que me quejaba de mi tatuaje... ¡Nos vengaremos de quien te hizo esto! ¡Vamos, te enseñaré a jauntear!

Cuando me dí vuelta para verle el rostro, ambos habían desaparecido por completo y el tránsito de toda la avenida rugía en bocinazos que lograron hacerme saltar hasta la vereda. Me prometí que, pasara lo que pasara, no me detendría nuevamente delante de los colectivos en marcha.

Pronto llegó hasta mis oídos el ladrido de unos perros que aullaban ante un piloto que parecía flotar sin nadie en su interior. Con el ala de un sombrero apenas inclinado donde debería haber un rostro, despertaba gruñidos a su alrededor. Una credencial brillaba sobre la solapa del viejo piloto. Por el reflejo del sol, su nombre fue invisible, pero no desconocido para mí.

Retomé la marcha.

A veces, sólo a veces, miraba para atrás, asombrado del trayecto que había realizado, bajo el mediodía que ni siquiera rozaba el negro telón que se había corrido tras mis pasos.

Casi al llegar a un costado del Jardín Botánico, una presencia curiosa captó toda mi atención. Era un hombre elegante que portaba dos extrañas flores blancas en su mano, mientras se acercaba a la silla de una bella máquina de níquel y marfil, donde una palanca llevaba la familiar acreditación...

-¡Adiós Viajero! -grité sonriente contra la reja -¡Saludos a los Morlocks!

Satisfecho por la ocurrencia de mi frase, tardé unos instantes en advertir que, a mis espaldas, devorado por la oscuridad vecina, sucedía un gran alboroto en la entrada trasera del Zoológico:

-¡Boxer, Clover, deben hacerme caso! -proclamaba un cerdo en dos patas mientras brincaba de un lado a otro- ¡Hay que liberar este lugar y poner el nombre de nuestro líder Napoleón!

Antes de que las sombras los sepultasen, llegué a notar cómo el caballo y la yegua intentaban atropellar con sus ímpetus rebeldes los candados del lugar.

No deseaba tentar a esa penumbra, cada vez más cercana, que parecía empeñada en pisarme los talones, así que aceleré sin mirar atrás.

Extrañado, comprobé que ya estaba aproximándome a la Avenida Callao, justo donde alguna vez estuvo el célebre Ital Park. Pese a que el parque de diversiones ya era pura historia, tres niños se amontonaban cerca del lugar, sin señores a la vista. 

El primero, de rulos y túnica marrón, parecía no sentirse bien y en cuanto tomó el anillo que llevaba encadenado a su cuello, junto a la credencial, cayó desmayado.

-¡Mira David! -gritó el más gordo de los otros dos niños, que vestía un destruido uniforme escolar- Si tuviera mis lentes, tal vez encontraría la caracola para llamar a los demás y pedirles que lo ayuden... -se lamentaba.

El tercero, tan inteligente como dubitativo, miró al osito de juguete que llevaba en sus brazos:

-¿Teddy..., Piggy y Frodo son reales?

El ruido de los automóviles que rugían por Callao rumbo a Las Heras, me impidió saber si el pequeño y duradero oso de peluche había llegado a contestarle.

Apenas pasos después, desemboqué en la Avenida Santa Fe, que sólo mostraba existencia en dirección al Centro. Avancé y avancé, convencido de que era mi única opción.

De un café de Santa Fe y 9 de Julio, me llegó una voz que se dirigía al mozo en tono confianzudo:

-¡Prepárese una buena jarra de café, mejor dos, que recién llego de unos de mis viajes y ahora viene Angélica a tomar nota de los planetas que visité!

Me acerqué hasta la vidriera. El mozo ignoraba que, en la mesa del fondo, tenía en Trafalgar a su más estrafalario cliente.

Pensé en quedarme a esperar a Angélica para darle las gracias, pero una pandilla de muchachos de cuero corría directo hacia a mí, blandiendo sus navajas afiladas. Aterrado empecé a correr por Cerrito hasta cruzar Córdoba, sin dejar de mover mis piernas mecánicamente, cuando la agresiva voz del líder me tranquilizó:

-¡Vamos! Demostremos que somos los peores málchicos... ¡Enseñemos quienes son Alex y sus drugos...!

Ahí entendí, irónicamente, que ya no necesitaba huir.

Con paso calmo y recobrando el aliento, me aproximé a la Avenida Corrientes. La imponente visión del Obelisco, rodeado de transeúntes que iban y venían sin cesar, contrastaba con el hombre arrodillado, casi desnudo y sin afeitar, que, a la sombra del erguido monumento porteño, golpeaba su puño contra el suelo del planeta mientras, sollozando, gritaba:

-¡Maldigo las guerras! ¡Maldigo las guerras!

Me acerqué hasta su lado y susurré:

-Yo también, Ulises, yo también...

Emocionado, continué mi obligado sendero, acaparando la mirada de algunos, que notaban las lágrimas que decoraban mis mejillas.

-¿Quiere instantánea felicidad, señor? -me sacudió una dulce voz de mujer, que asomaba desde Maipú.

Giré asombrado por la novedad, pero un alto muchacho que ocupaba mi misma baldosa, respondió a la joven sonriente:

-¡Claro, Lenina! -dijo, golpeándose el pecho, justo donde estaba la acreditación. -¡Siempre estoy listo para otra tableta de Soma!

La voz de Bernard, tan "alfa" en su tono, me reflejó mi ingenuidad de creer que, por un instante, pertenecía al más feliz de los mundos...

 

Cabizbajo y agotado, me sedujo la idea de permitir que la oscuridad me alcanzara. Pero, por más que quedara quieto, el mundo se deslizaba bajo mis pies, como una cinta transportadora, obligándome a seguir.

Así llegué a Corrientes y Florida, donde un gran cohete ocupaba buena parte de la esquina. Con mi capacidad de asombro extinguida, ni me inmuté cuando vi que los coches traspasaban la nave sin dificultad.

Con los rostros pegados a las ventanillas del cohete, los tripulantes balbuceaban confusos:

-¡Capitán, debe dejarnos descender! Este pueblo es igual a donde nacimos...

-Sí, -suspiró el Capitán, John Black según su credencial,- es muy parecido a donde yo nací, tal vez debiéramos bajar y escribir nuestra propia crónica...

-¡No! -grité- ¡Es una trampa...!

Un vendedor de garrapiñadas movió su cabeza riéndose, mientras le hacía señas al diariero de la esquina, que me miraba con un dejo de lástima.

Los comprendí.

El reloj de la puerta de un banco titilaba marcando las 13:58, cuando la Avenida Corrientes, como un mágico tobogán, me depositó frente al imponente Luna Park, justo debajo del cartel luminoso que decía con letras gigantes: "Primera Convención de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción".

Petrificado por completo, el mundo pareció apagar su motor totalmente... Era sólo un espectador y el espectáculo no se hizo esperar.

Por encima de la calle Alem, flotaba una esfera de metal blanco brillante, un poco más grande que una pelota de fútbol.

-¡Mekky! -susurré.

-¡Entra! ¿Qué esperas? Es la hora...

Tan maravillado como nervioso, sin mover mi boca repetí:

-¡Mekky! -leí escrito en la credencial adherida a la esfera.

-¡Vamos! ¡Belén te espera! Todos te esperan...

El universo, loco como siempre, volvió a arrancar, llevándome a la entrada principal del Luna Park.

Los espectadores se corrían ante mi paso, formando un imaginario pasillo que me condujo hasta el micrófono, iluminado por un potente reflector sobre el escenario central.

Ante la multitud expectante, tímidamente pronuncié:

-Esta es mi historia...

Con la transpiración recorriendo mi frente, comencé a escuchar los aplausos atronadores que descendían vertiginosos desde las gradas repletas, estremeciéndome.

-¡Estuviste increíble! -me gritó mi editor, mientras estrechaba mi mano con fervor- ¡Realmente original!

Yo quise responder, pero aún nadaba en la confusión propia de quien despierta donde menos lo espera...

Un apasionado beso de Belén me quitó la respiración.

Al reaccionar, escuché que me decía:

-¡Impactante, mi amor! ¿Cómo se te ocurrió lo del piyama?

                                                      

 Nota del autor:

Estas líneas de texto han sido escritas con la humilde intención de rendir merecido tributo a algunos de los grandes inventores de virtuales realidades y mundos imaginarios.

En orden aleatorio, y tal cual acuden ahora a mi mente, agradezco, por tanto y tanto, a: Ray Bradbury, H.G. Wells, Fredric Brown, George Orwell, William Golding, Isaac Asimov, Angélica Gorodischer, Anthony Burgess, Aldous Huxley, Pierre Boullé, Brian Aldiss, J.R. Tolkien, Franz Kafka, Alfred Buster, H.G. Oesterheld, Arthur C. Clarke, Neil Gainman y a todos aquellos, aprendices o maestros de la magia hecha palabra.

 

(c) Franco Arcadia (2003)
 
 

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