CON TODO EL DOLOR DEL ALMA

Martes 11, consultorio.

– Acá hay que hacer un conducto, no hay más remedio.-

– Mmmjiii?- preguntó Carlos, joven, más o menos heterosexual, argentino y aterrado.

– Yyy…sí- reafirmó Pablo, joven, dentista, más o menos homosexual, argentino y muy feliz ante la perspectiva de causarle sufrimiento a un prójimo, pero tratando de disimularlo.

– Ornqué?- inquirió la pobre víctima.

– Porque la muela esta toda cariada por dentro- replicó el verdugo, cada vez más satisfecho de su vida.

– Aaahh…y, ‘ueno- consintió Carlos, sintiéndose un salame picado grueso.

Recién entonces, como un gesto magnánimo, el dentista se salió de su desventurada boca, es decir que le hizo el favor de sacarle una cosa que tenía un gancho afilado en la punta y con la cual había estado pinchando, hurgando, tirando y raspando sin piedad a lo largo y a lo ancho de la mortificada cavidad bucal. También le sacó el famoso y amigable espejito, tal vez el instrumento más inofensivo de los arrancamuelas; y, por último, un tubito doblado en un extremo que servía para absorber la saliva. Ahora Carlos descubrió que había recuperado la facultad de hablar como un macho humano adulto, aunque el coqueto baberito verde que todavía tenía colgado parecía desmentir esa condición.

– Bueno, entonces lo hacemos este viernes, ¿no? – quiso confirmar Pablo, con expresión alegre.

 

Miércoles 12, oficina.

– ¿Te hicieron alguna vez un conducto a vos? – quiso saber Cacho, compañero de oficina, un amigo, casi un hermano tribal, de tanto jugar al paddle juntos.

– Yyy…noo. –

– No sabés. Todavía me acuerdo del último que me hicieron a mí. Primero, con el torno, te taladran la muela hasta que te llegan al nervio. Después te entran a meter unos fierritos para matarte el nervio. El tipo te mete ese fierro y le da y le da, meta escarbar hasta que te arranca un pedazo de nervio. Entonces te saca la cosa esa, la limpia y te la vuelve a meter y dale que te da otra vez y así no sé cuantas veces hasta que te mata todo el nervio. Después prende un mechero, calienta la punta de un coso largo y te quema adentro de la muela con eso y recién después, te tapa el agujero que te hizo. –

– Bueno, pero antes te anestesia, así que no debe doler… ¿no? – quiso saber Carlos, tratando que su voz sonara firme y su cuerpo no estallara en temblores convulsivos.

– No te creas, – tercia Manuel, otro compañero de oficina, otro amigo, otro cuasi hermano tribal, de tanto fútbol cinco juntos. – Cuando a mí me hicieron un conducto, me dolió como la puta madre que lo parió. El tipo me metía esos fierritos tan adentro que parecía que me iba a romper la muela y, cada tanto, me daba un pinchazo o un tirón que me daban ganas de reputearlo. –

– Además, la anestesia no es pavada- dice Marita, otra compañera de oficina, otra amiga, fuerte, no obstante, como para llevársela al telo. Lástima que solo le da bola al gerente. No es, por ahora, una hermana tribal, pero, algún día…. – A mi tía, – continuó la niña- una vez le dió anestesia un dentista para sacarse una muela y casi se muere. Se puso blanca, se le dieron vuelta los ojos y se desmayó. Fue a parar a terapia intensiva. Los médicos dijeron que a veces pasa. –

A esa altura, Carlos se sentía auténticamente enfermo, le sudaban las manos y se odiaba por tener muelas tan podridas.

 

 

Jueves 13, hogar, dulce hogar.

– Estoy pensando… – empezó Carlos.

– ¿En qué? – interrogó, incrédula, Marcela, su amante esposa; como si dudara que su marido pudiera hacer tal cosa.

– Digo, que estoy pensando en que no sé sí hacerme o no el conducto. –

– ¿Cómo que no te vas a hacer el conducto?, ¿Y por qué, ¿eh? –

– Bueno… bah, no sé, digo… como la muela no me duele… ¿viste? ¿Para qué me voy a hacer… que sé yo, no sé, digo… –

La expresión de Marcela se tornó pétrea y ligeramente despectiva.

– Ahhh, mirá vos que bien, como al señor no le duele la muela, entonces, ¿para qué se va a hacer el tratamiento? Total, el día o, casi seguro la noche, que la muela le duela, aquí va a estar la tarada para aguantarlo… –

– No, pará, yo decía… –

– Mirá, Carlos, vos hacé lo que quieras, como siempre, porque en esta casa lo que yo diga nunca vale un carajo, pero cuando te duela la muela no me vengas con lamentos, no me vengas con “me duele, me duele” porque yo no te voy a dar ni cinco de bola, porque yo no tengo porque aguantarte, porque al final siempre hacés lo que querés y después yo me tengo que bancar tus cagadas, como cuando compraste ese termotanque que a mí no me gustaba y al tiempo se rompió y la garantía no existía o como cuando me convenciste de comprar esta casa que a mí no me gustaba y vinimos a vivir a este barrio de mierda y todo por que vos querías llevarme lejos de mamá porque vos a mamá no la querés porque nunca la quisiste a mamá y no sé que te hizo la pobre que siempre te trató como un hijo y yo me rompo el alma acá dentro todo el día fregando como una burra porque vos no sos capaz de ganar plata como para pagarle a una empleada porque a vos total que te importa si te la pasás afuera y acá no haces nada y.. –

– ¡’Tá bien, tá bien, pará, me hago el conducto! ¡Te juro que me lo hago! – imploró Carlos, confuso y algo mareado a esa altura.

– …cómo le vamos a pagar a una mujer para que me ayude, con la plata que traés a casa y lo que te gastás con tus amigos jugando al paddle y al fútbol mientras la gran boluda se queda encerrada acá mirando televisión que ni siquiera el cable quisiste poner… – Siguió Marcela. Y siguió y siguió y siguió y… .

 

 

Viernes 14, sala de espera, 16,30 horas

Carlos cayó en cuenta que el próximo en entrar al consultorio sería él. Tenía poco tiempo para tomar una decisión sensata, como sería arrepentirse y salir corriendo e irse a una plaza a tomar el sol y mirar jugar a los chicos, pishar a los perros y mover el culo a las minas y sentirse feliz, él y su muela, juntos, solos, en íntima comunión hasta que en la muerte los gusanos los separen. ¡¿Por qué le iban a perforar la muelita, eeehhh?!. Con todo lo que él la quería. La gente es mala, tenía razón su finada abuelita. Ella sí que era buena, pobre abuelita. Le contaba cuentos y le hacía una pastafrola para chuparse los dedos. A propósito, hacía mucho que no iba al cementerio a visitar a la abuelita. Era un buen día para ir, pobre abuelita, tanto que no le llevaba unas florcitas. Si, no hay que dejar pasar el momento, hay que ir ahora mismo y…

– Pasá, Carlos- La puerta del consultorio se había abierto, un desdichado acababa de salir, con la cara hinchada y la boca torcida; y ahí estaba Pablo, el dentista, llamándolo y sonriéndole sádicamente.

Carlos recordó la Revolución Francesa y la guillotina.

Ya voy- murmuró.

 

Viernes 14, consultorio, 16,55 horas (casi seguro)

 

Carlos veía a Carlos en una postura un tanto cómica y, curiosamente, no se sorprendía por verlo así, todo como muerto en el sillón del dentista. Por empezar, ni siquiera se sorprendía por verlo, y eso era raro, porque tendría que estar por lo menos un poco extrañado.

Después de todo, pensó, uno no se ve todos los días, tirado y despatarrado en un sillón ajeno, blanco como un papel blanco y con la boca torcida, acompañado por un dentista que había perdido todo profesionalismo y lloraba histéricamente, dudando entre llamar la ambulancia o tirar el cuerpo en cal viva para que no queden rastros.

Carlos flotaba a la altura del techo y tampoco se maravillaba por eso, a pesar de que tendría que haberse sorprendido por poder flotar de una vez por todas, justo él, que no sabía nadar.

En fin, estaba muerto, concluyó, ¿y qué? Ahora vendría el túnel, la luz y la Voz que te da la bienvenida y después a encontrarse con papá, con mamá, con el tío Pancho y la abuelita de las pastafrolas. No era tan malo, y no había tenido que pagar la consulta. Adiós trabajo, adiós Cacho, adiós Manuel, adiós Marita, adiós Marcela, el paddle, el fútbol, la casa, el barrio, el termotanque fallado, la televisión abierta, la televisión por cable que no tenía ni tendría, las mujeres hermosas con las que nunca pasó ni pasaría nada, los proyectos que jamás se concretaron ni se concretarían, las cuentas por pagar, las obligaciones por cumplir, las rutinas por seguir y todo eso.

Como el túnel no aparecía y el dentista no paraba de llorar, Carlos decidió darse un paseito y flotar por los alrededores. Como no tenía mucha practica, intentó dar unas brazadas, como si estuviera en una pileta, y entonces descubrió que no tenía brazos. En realidad, no tenía cuerpo. Por lo menos, no lo sentía. Tampoco parecía necesitarlo. ¿Habría quedado varado en esa posición, mirando al muerto del sillón hasta que lo vinieran a buscar? Se estaba cansando de la vista. Se le ocurrió que, si pensaba en ir a algún lugar, tal vez se «teletransportara» hacia allí, como en algunos cuentos. Le vino a la cabeza, (bueno, no exactamente a la cabeza), la imagen de la Luna y…

 

¿Viernes 14? (no se imaginan donde)

 

La Luna era mas interesante en las películas. Había visto demasiados cráteres en su vida adulta, transitando por las asfaltadas calles de Buenos Aires. Nada por la derecha, nada por la izquierda, nada por adelante y nada por atrás. Salvo los cráteres. La misma emoción que una película de suspenso que ya hubiera visto quince veces. Tanto dinero gastado en mandar cohetes, tanta poesía gastada en el «astro de la noche» y esas pavadas y no era mas que un montón de tierra irregularmente agujereada…

Podría teletransportarse a alguna galaxia lejana y contemplar lo que ningún hombre había contemplado. Aunque probablemente, cuando la gente muere le pasa lo mismo que le estaba pasando a él, con lo cual las galaxias lejanas podían llegar a ser uno de los centros turísticos mas visitados por los muertos novicios. La posibilidad de ser un pionero era casi inexistente.

Por lo tanto, tal vez era hora de despreocuparse por la astronomía y pensar en aprovechar mejor su nueva situación. Se le ocurrió que, en cierto sentido, lo suyo era parecido a Internet. Estaba navegando, pero por otra red. Ahora bien, ¿Que fue lo que hizo cuando se conectó por primera vez a internet?…

 

…a la vigésima fornicación que contemplaba, Carlos empezó a aburrirse.

 

La gente coge y coge y coge, un poco distraídamente, un poco patéticamente, un poco salvajemente y un poco asquerosamente. Sudan, gritan, gimen, patalean, manotean y terminan dando como repugnancia. No es como en las películas porno. En la realidad, contemplar las fornicadas ajenas da entre risa y ganas de llorar.

 

En fin, la vida en la muerte se le iba a hacer muy larga…

© Jorge Oscar Rossi, agosto de 1998.

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