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LOS COLORES PERDIDOS

por Carlos Gardini

Demenciano II, emperador de Salpicondia, se enamoró. Y se enamoró locamente, porque un emperador de Salpicondia nunca hace nada de manera normal. Demenciano paseaba en bicicleta por los pasillos de su palacio de Laxaria cuando decidió asomarse al balcón. Por el balcón vio un parque, y en el parque, sentada en un banco, a una muchacha vestida de rojo. Llamó al primer ministro.
-Ministro -dijo-, acabo de enamorarme.
El primer ministro bajó los ojos. No los bajó por vergüenza sino para mirar al emperador, quien, con bicicleta y todo, no era demasiado alto. Demenciano lo llevó al balcón y señaló el parque.
-Es esa muchacha vestida de rojo -explicó con un suspiro-. ¿No es hermosa?
Desde esa altura, y a esa distancia, no se veía mucho que digamos. Pero el ministro respondió:
-Claro que sí, majestad.
-Bien -dijo Demenciano II-. Quiero cortejarla. Esa muchacha vestida de rojo es la futura emperatriz de Salpicondia, así que te ordeno que la respetes.
-¿Pero ella aceptará, majestad?
-¿Cómo no va a aceptar? En cuanto me vea se enamorará de mí. Desde aquí intuyo su buen gusto y su inteligencia. ¿No es una mujer excepcional?
El primer ministro no intuía mucho que digamos, pero respondió:
-Claro que sí, majestad.
-Bien, una mujer excepcional, futura emperatriz, merece un regalo excepcional.
El primer ministro tembló y cerró los ojos.
-He pensado en regalarle un puente -dijo Demenciano.
-¿Un puente? -tartamudeó el primer ministro.
-Así es. Un hermoso puente donde podamos pasearnos solos bajo las tres lunas de Vendavalia. ¿No es romántico?
-Claro que sí, majestad. -Y el primer ministro se apresuró a añadir, antes que el emperador tuviera una ocurrencia más exótica-: De inmediato ordenaré cerrar un puente para que dispongas de él.
-Ni hablar. No pretenderás que le regale un puente usado. Construiremos un puente nuevo y gigantesco, una obra inmortal. Se llamará el Puente de los Enamorados. ¿No es original?
-Claro que sí, majestad. Pero en las arcas no hay dinero para construir puentes.
-Tendrá barandas de bronce, mosaicos de colores, banquitos de madera, puestos de venta de helados. ¿Dijiste que no hay dinero?
-No, majestad. Tus inmortales obras han vaciado las arcas.
-Sí -reflexionó Demenciano-. El bienestar del pueblo es costoso. Hay que construir cosas para que las admire, aun contra su voluntad, y después hay que poner guardias para que no las use ni las estropee. No hay plata que alcance, y para colmo nadie lo agradece. Pero estoy seguro de que todos se mueren por tener un Puente de los Enamorados para que lo use exclusivamente yo. Habrá que crear un nuevo impuesto.
Demenciano echó a correr con la bicicleta por los pasillos del palacio. El primer ministro lo siguió al trote. Demenciano frenó ante un gran mapa de Salpicondia.
-Tantos impuestos fastidian a la gente, majestad -jadeó el primer ministro-. Hay mucho descontento.
-Al contrario. La gente se pone contenta cuando me hace feliz-dijo Demenciano, mirando el mapa-. Pero seremos sutiles, para que no se ponga demasiado contenta y le haga mal. Moderación en todo, ése es mi lema.
-Claro que sí, majestad.
-Hay que inventar un impuesto diferente.
-¡Pero el ministro de Finanzas ya no sabe qué impuesto inventar! -protestó el primer ministro.
-Yo sí -dijo Demenciano, señalando un punto en el mapa-. Veamos. Dicen que esta ciudad de Arrebol tiene demasiados colores. Es lo que yo llamo un lujo innecesario. Les pondremos un impuesto al color. Que hoy mismo les manden un mensajero imperial.
Y sin una palabra más, se bajó de la bicicleta, se calzó los patines y se puso a patinar por los pasillos del palacio.
Ese mismo día salió de Laxaria un mensajero imperial. Cruzó la Llanura del Trompo Caído y llegó a Arrebol, donde visitó al alcalde y le leyó este imperial mensaje:
-Demenciano II, emperador de Salpicondia, también llamado el Bueno y el Generoso, premiado por sus ministros como Creador de Obras Ilustrísimas, privilegiado por los notables con el título de Hombre Más Alto del Imperio, exige a la ciudad de Arrebol un nuevo impuesto. Considerando que el color es un lujo innecesario, pues la gente austera bien puede vivir en blanco y negro, enviará al recaudador imperial para hacer un inventario de los colores, etcétera etcétera.
El mensajero imperial detalló la suma que se debía pagar por cada color, y los castigos que recibirían los evasores
-Ha sido un honor -dijo al despedirse, y dejó al alcalde con la cara hasta el piso.
El alcalde se asomó por la ventana para mirar los colores de la ciudad. Siempre lo tranquilizaban cuando tenía que enfrentar un problema. Pero esta vez no lo tranquilizaron, sino que le recordaron todo lo que debía pagar y lo pusieron más nervioso. Se miró la corbata con pintitas y se afligió pensando en lo que tendría que pagar por ese colorinche. Miró la montaña que había junto a la ciudad y tuvo la sensación de que se le venía encima.
El alcalde tenía una hija, Rosicler, y Rosicler tenía las mejillas del color del alba. En ese momento, Rosicler también tenía la sensación de que la montaña se le venía encima, pero por otras razones: estaba esquiando en la ladera como todas las mañanas y acababa de dar un gran salto. Mientras volaba en el aire jugaba con el viento de la montaña, que era su amigo y al soplarle en la cara le encendía aún más las mejillas.
El color de esas mejillas era el orgullo de la ciudad, pero ese mediodía, cuando Rosicler bajó de la montaña, todos la saludaron de mala gana. Los habitantes de Arrebol amaban el colorido de sus tapices, alfombras, pinturas y banderines. En Arrebol no había dos calles del mismo color, ni siquiera dos adoquines del mismo color. Pero ese mediodía todos parecían enfurruñados con los colores. Notando que algo raro pasaba, Rosicler fue a ver a su padre.
-El emperador nos cobrará un impuesto por los colores- le explicó el alcalde. Y pensó en lo que tendría que pagar por las hermosas mejillas de Rosicler.
-No podemos permitirlo -dijo Rosicler.
-El emperador es el emperador y los impuestos son los impuestos. Algunos me han propuesto pintar la ciudad de un solo color, para pagar menos.
-Eso nunca -protestó Rosicler-. Arruinaríamos la ciudad en vano. Son capaces de cobrarnos por el color de la capa de arriba y por los colores de la capa de abajo. Y si pagamos nos pondrán más impuestos. Tiene que haber otra solución.
Pero en las calles de Arrebol no había soluciones, sólo llantos y caras largas. Rosicler tomó los esquíes y fue a ver al viento de la montaña. Un viento tan poderoso debía tener alguna idea sensata. Encontró al viento jugando en la nieve y le contó su problema. El viento sopló y pensó.
-Hay una solución -dijo-, pero es muy peligrosa.
-Habrá que correr el riesgo -contestó Rosicler.
El viento de la montaña habló. Rosicler comprendió que la idea era peligrosa en serio, pero no se le ocurría nada mejor. Dio las gracias al viento y regresó a la ciudad.
Mientras tanto, en Laxaria, Demenciano II se paseaba por los pasillos colgado de un globo. A veces se detenía en el balcón, miraba a la muchacha vestida de rojo y suspiraba pensando en ella y en el Puente de los Enamorados.
-¡Ministro! -gritaba-. ¿Cuánto falta para cobrar ese impuesto?
Faltaban días, y los habitantes de Arrebol estaban desesperados. Y sólo por desesperación aceptaron el plan que el viento de la montaña había sugerido a Rosicler.
-Es toda una aventura -suspiró el alcalde, tocándose la frente. Pero era mejor que cruzarse de brazos mientras el recaudador imperial les vaciaba los bolsillos.
La apacible Arrebol se convirtió en un hervidero de actividad. Todos clavaban, martillaban y serruchaban, siguiendo el plan del viento de la montaña.
Mientras tanto, en Laxaria, Demenciano II se paseaba por los pasillos del palacio cabeza abajo.
-¡Ministro! -gritaba-. ¿Cuánto falta para cobrar ese impuesto?
Faltaban horas, y el recaudador imperial ya preparaba una caravana con muchos carretones para transportar el dinero, y muchos soldados para escarmentar a los evasores.
Cuando la caravana se puso en marcha, los habitantes de Arrebol se estaban atando con fuertes sogas. Cuando la caravana salió de Laxaria, los habitantes de Arrebol se pusieron a esperar con temor y ansiedad, amarrados a paredes, sillas, mesas y barandas. Cuando la caravana atravesó la Llanura del Trompo Caído, un vendaval barrió las calles de Arrebol.
El viento de la montaña, según lo convenido con Rosicler, se lanzó sobre la ciudad con toda su furia. Parecía que un dique se hubiera rajado en el cielo, descargando una catarata de aire.
El viento sopló y resopló. No tumbó paredes ni arrancó techos ni hizo volar cosas y personas porque todo estaba muy bien reforzado, clavado y atado. Pero los colores empezaron a aflojarse. Flamearon como banderas, y al fin se desprendieron y aletearon en el aire como papelitos. Cuando el viento dejó de soplar, no quedaba en la ciudad ni una pizca de azul, amarillo o rojo. Todo era blanco y negro, aun el sol y las lunas.
Cuando llegó el recaudador imperial, se quedó boquiabierto. Él y su comitiva eran la única nota de color en toda la ciudad. Hizo registrar calles, casas, sótanos y azoteas, pero no encontró ni un mísero colorcito.
Mandó llamar al ministro de Finanzas. Cuando llegó el ministro de Finanzas, se quedó patitieso. Buscó y rebuscó, pero nada.
Mandó llamar al primer ministro. Cuando llegó el primer ministro, se quedó turulato. Miró abajo de los felpudos y en los huecos de los árboles, pero todo era blanco y negro.
Mandó llamar al emperador. Cuando llegó el emperador, se quedó patidifuso. En Arrebol no había colores.
-Hemos entendido la lección, majestad -le dijo el alcalde-, y hemos decidido vivir sin lujos.
Demenciano II volvió a Laxaria hirviendo de rabia. Todo el color que faltaba en Arrebol lo tenía él en las mejillas y los bigotes. Decidió que no cobraría más impuestos en Arrebol. En esa ciudad estaban locos de remate, y para locura él ya tenía bastante con la suya.
Para su consuelo, no tuvo necesidad de cortejar a la muchacha del vestido rojo y mucho menos de regalarle un puente. Un día, mientras se paseaba por los pasillos del palacio montado en su camello de tres jorobas, se asomó al balcón y llamó al primer ministro,
-Ministro -dijo-, empiezo a sospechar algo raro. Hace más de tres semanas que la muchacha del vestido rojo está sentada en el mismo banco sin moverse. ¿No será una espía?
La mandó arrestar, pero no era una espía sino una muñeca, sin duda olvidada en el parque por una chica distraída.
-Es una muñeca muy astuta -dijo Demenciano-. Logró despistarme aun a mí.
Y para premiar esa astucia condecoró a la muñeca y la llevó a pasear en triciclo por los pasillos del palacio. Y cada vez que pasaba frente al mapa de Salpicondia, daba un puñetazo a la ciudad de Arrebol.
Esos puñetazos, sin embargo, no afectaban a la verdadera Arrebol, donde los habitantes habían organizado partidas para buscar los colores perdidos. Hombres y mujeres de todas las edades buscaron en las rocas, campos y ríos de los alrededores de la ciudad. Los juntaron uno por uno y los llevaron de vuelta a Arrebol para ponerlos en su lugar.
Claro que no todo quedó como antes. Algunos colores habían caído en el agua y habían desteñido un poco, otros se habían mezclado, otros se perdieron para siempre. Algunos petirrojos quedaron petinegros, algunas verdolagas quedaron azulagas y algunos azulejos quedaron amarillejos, y hubo rubios que quedaron morenos y negros que quedaron pelirrojos.
El alcalde nunca encontró el color de las pintitas de su corbata, pero el pelo le quedó canoso en vez de castaño, y se alegró porque las canas daban más distinción a un alcalde. Y Rosicler recobró el rubor de las mejillas, porque ese color del alba era el orgullo de la ciudad y los buscadores no cejaron hasta encontrarlo.

(c) Carlos Gardini

("Los Colores Perdidos" pertenece al ciclo de Vendavalia, una serie de cuentos para chicos de toda edad (adultos incluidos). Editorial Sudamericana ha publicado un volumen de CUENTOS DE VENDAVALIA (en su colección Pan Flauta, con ilustraciones de Marcelo Elizalde) que va por su cuarta edición e incluye dos cuentos de la serie, "El pájaro del amanecer" y "El palacio al revés".)

 

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