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 EL CAZADOR

  Por ALEJANDRO MARIATTI
 
 

   Cuando el joven cazador salió, solo contaba con unos pocos utensilios, un cuchillo, fósforos, unas buenas zapatillas para caminar y correr, la mochila liviana con lo imprescindible y algunas pocas indicaciones del cazador mayor: como cuidarse de las fieras encendiendo una fogata al acampar, como encontrar agua potable y armar flechas y lanzas con la sola ayuda de su puñal. Pero por encima de todo a tener paciencia, no desesperar, seguir siempre el rastro cuidadosamente y saber encontrar el momento apropiado para atacar.
El joven cazador, al principio no sabía con claridad cual presa deseaba. Podía ser un búfalo, jabalí, puma, un déspota, un yacaré, no tenía idea. Solo contaba con la seguridad de desear algo fuera de lo común. Si uno toma el riesgo de salir a la selva debe ser para algo grande, pensaba el joven cazador.

Mucho tiempo vagó por la selva, dejó pasar incontables presas. Se cruzó con zorros, venados, yaguares, a ninguno quiso matar, esas no eran su presa. Comenzó a desesperar ¿como cazar algo tan huidizo, que ni se sabe que es? ¿Para qué estaba allí?. Hasta llegó a pensar que no había recibido las suficientes instrucciones, pero pronto descartó esa idea. El deseaba algo fuera de lo común, así que era lógico que pase por tribulaciones diferentes. Si hubiera querido cazar una presa ya estaría hecho. Pero no habría podido gozar del espectáculo de ver a los animales abrevando delante suyo como si fuera uno más. No habría gozado de los sueños que soñó amparado por los árboles. Los árboles eran su gran refugio, le encantaba sentarse a la sombra de estos a meditar. Fue allí que uno de ellos le habló. No con palabras claras, sino leves y cadenciosos susurros, con claridad llegaban las imágenes a su mente y el cazador joven recordó lo que dijo el cazador mayor; no desesperar. Ahora no sabía que buscar pero sí por donde y como.
El secreto era subirse a la copa de los árboles, a lo más alto y flechar el horizonte con la vista. Las primeras veces no vio nada en especial, solo los verdes brumosos de los montes y el cielo mezclado en retazos. Con el correr de los días, el joven cazador aprendió a subirse a los árboles, sin necesidad de trepar. Solo tenía que sentarse, cerrar los ojos y ya todo el cielo se extendía ante él. Podía ver más allá de los montes, en el interior de los mismos.
De esta forma una vez descubrió una cueva y dentro de esa cueva una ciudad oculta y en un valle junto a unos saltos desconocidos vio una ciudad futura. Una de las pocas que quedarán para resguardar las mejores herencias de la humanidad. Y así siguió viendo más y más. Sabía ahora que cazar.

Una noche mientras dormía al resguardo de la fogata, vio sin despertarse unos ojos verde oro brillando en la oscuridad. Los ojos se acercaron flotando a medio metro del suelo, ingresaron dentro del claro y el yaguar se reveló en su magnífico esplendor. Se acercó a la fogata y saltó sobre ella sin miedo, sin quemarse. El yaguar llegó hasta el joven cazador quien no hizo nada, solo esperó, sin miedo. El felino se mostró entero, permitiéndole al cazador ver cada una de las manchas pardas de su pelaje. El cazador no pudo descifrarlas, pero atesoró la forma de cada una de ellas como si se tratase de escenas de una maravillosa película. Algún día cuando hiciera falta las recordaría y podría leerlas. Acto seguido el yaguar, se montó sobre el pecho del cazador y de un solo bocado lo devoró. Mientras lo hacía el cazador pensó risueño "que suerte que duermo desnudo, sino el yaguar tendría una terrible indigestión con la ropa". Riéndose llegó hasta el corazón del yaguar. Entonces el cazador dentro de la cavernosa inmensidad flotó hasta el corazón y se prendió a el, mordiéndolo. Era dulce como una torta de chocolate y miel, con un pequeño fondo amargo. Prendido a este manjar siguió devorando todo lo que encontró, en la medida que lo hacía sentía como crecía dentro del yaguar, hasta que supo que estaba ocupando todo el cuerpo del feroz animal. Este lo recibía gustoso, la cabeza del cazador entraba dentro de la cabeza del animal, los brazos dentro de las patas delanteras y las piernas en las traseras. Todo el cuerpo del cazador se adaptó al cuerpo del yaguar. El nuevo ser yaguarcazador saltó hacia la espesura, recorriéndola a velocidades vertiginosas. El cazador se incorporó con su nuevo cuerpo y se extendió riendo-rugiendo feliz hacia la luna llena. Entonces despertó, al otro lado de la fogata, dentro del perímetro del claro en el bosque había un gran yaguar, extendido cuan largo era quien, también despertando, lo miró a los ojos, lanzó un bajo rugido y se fue.
Por la mañana el joven cazador emprendió el regreso al pueblo.
Por el camino cazó un gran jabalí mal herido, si hubiera estado sano lo dejaba en paz. Con ese trofeo volvió y encontró el pueblo bastante cambiado, la gente ya no lo conocía y el tampoco reconocía bien a la gente. Solo le parecía tener el recuerdo de esos rostros. El único que lo reconoció fue el ya viejo cazador, quien se sorprendió mucho, pues lo imaginaba viviendo en alguna otra comarca perdida en medio de la selva, jamás muerto, pues confiaba plenamente en el joven y en las instrucciones que le había dado. Habían pasado veinte años desde su partida.
Su principal capital ahora son la infinidad de cosas que vio los en sueños, pero sigue latente en su interior el espíritu del Yaguar y, sobretodo, la maravillosa configuración de sus manchas, que día a día van tomando un nuevo significado, a la espera del momento apropiado para tener la lectura total.
 

 (c) Alejandro Mariatti,  1996.
 
 

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