LA LLAMADA

El hedor se anunciaba desde cincuenta metros, o más.
Primero era algo dulzón, después era insoportablemente dulzón.
Cuando llegué a la puerta me tuve que parar, en parte porque estaba aturdido por tanto ladrido de los perros y en parte porque ahora el olor era simplemente asqueroso, no hay otra palabra.
No soy de estomago delicado ni mucho menos, pero me vinieron arcadas.
Me sobrepuse, uno se sobrepone a casi todo, y abrí la puerta.
Todo estaba normal a la vista, me dije después de vomitar. Al olfato, en cambio, era “lo más podrido”, “la putrefacción”, no sé como definirlo.
Con un pañuelo tapando boca y nariz y tratando de respirar lo menos posible me metí en mi casa. Como dije, todo lucía normal a la luz de la tarde.
Bueno, no todo.

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HACIENDO BURBUJAS

De cuando era chico, lo primero que recuerdo es el miedo. Un miedo constante, un miedo anidado en el estomago y asiduo visitante de manos y piernas temblorosas. Un miedo básico que me acompañaba durante el día y poblaba mi mente en las noches.
Mis padres me consideraban retraído y frágil y me trataban como a un pobre infeliz a quien hay que cuidar mucho. Eso si, no me decían pobre infeliz; me decían Juancito y chiquito y querido y bebito de mamita y esas cosas cariñosas que se le dicen a los pobres infelices mientras se los sobreprotege.
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EL MARAVILLOSO MUNDO DE OBDULIO

Obdulio Reyes era uno de los tipos más anónimos del mundo. Él lo sabía y disfrutaba con ello. Toda su vida había sido medianamente gordo, medianamente alto, medianamente pelado y, por sobre todo, medianamente inteligente o, por lo menos, eso es lo que siempre se ocupó de demostrar.
Se trata de un fulano anteojudo de cincuenta y cinco años, oficinista.
Nunca se había destacado en nada, ni para bien, ni para mal.
No era el mejor trabajando, bromeando, peleando, amando o mintiendo; pero tampoco era el peor. De haber cometido un crimen, a los posibles testigos les hubiera costado mucho describirlo.
Si existe eso llamado «el hombre medio, mediocre, común o gris» ese era Reyes, pero, seguro que tampoco se hubiera destacado por ello.
Obdulio, se sentía contento por su anonimato.
Estaba convencido de poseer una doble personalidad.

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INOCENCIA ADQUIRIDA

«¿Por qué mataste a la avispa?- le dijo el
                                         campesino a su hijo.
                                        Porque me picó- le respondió el niño.
                                       Hijo mío, -insistió el padre- la avispa no
                                       sabe lo que hace.
                                      Pero a mí me dolió- replicó el chico, y de
                                      otro pisotón terminó de aplastar al insecto
                                     contra el piso»
 
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INSOLITA HUMEDAD

Si alguna vez se han arrastrado por el barrio de Palermo, probablemente conocen la pizzeria «Tía Pepina di Capri», esa que está al dos mil y pico de Julián Alvarez. Hace pocos años, en ese mismo lugar donde ahora la muzzarella es dueña y diosa, existía un feo, viejo y delicadamente sucio edificio.
Llegué a conocer muy bien su frente grisáceo, de tanto apreciarlo en esos agradables paseitos que tenía por costumbre disfrutar años atrás.

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