CON TODO EL DOLOR DEL ALMA

Martes 11, consultorio.

– Acá hay que hacer un conducto, no hay más remedio.-

– Mmmjiii?- preguntó Carlos, joven, más o menos heterosexual, argentino y aterrado.

– Yyy…sí- reafirmó Pablo, joven, dentista, más o menos homosexual, argentino y muy feliz ante la perspectiva de causarle sufrimiento a un prójimo, pero tratando de disimularlo.

– Ornqué?- inquirió la pobre víctima.

– Porque la muela esta toda cariada por dentro- replicó el verdugo, cada vez más satisfecho de su vida.

– Aaahh…y, ‘ueno- consintió Carlos, sintiéndose un salame picado grueso.

Recién entonces, como un gesto magnánimo, el dentista se salió de su desventurada boca, es decir que le hizo el favor de sacarle una cosa que tenía un gancho afilado en la punta y con la cual había estado pinchando, hurgando, tirando y raspando sin piedad a lo largo y a lo ancho de la mortificada cavidad bucal. También le sacó el famoso y amigable espejito, tal vez el instrumento más inofensivo de los arrancamuelas; y, por último, un tubito doblado en un extremo que servía para absorber la saliva. Ahora Carlos descubrió que había recuperado la facultad de hablar como un macho humano adulto, aunque el coqueto baberito verde que todavía tenía colgado parecía desmentir esa condición.

– Bueno, entonces lo hacemos este viernes, ¿no? – quiso confirmar Pablo, con expresión alegre.

 

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