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CASI TAN MUERTOS COMO YO
(Capítulos I, II y III )

Por Jorge Oscar Rossi



CAPITULO I


Hacía bastante tiempo que me hallaba parado frente al Templo, sin hacer otra cosa más que observarlo. Por supuesto, veía que se trataba de una construcción magnifica, completamente realizada con bloques de piedra pulida gris y adornada con toda la gracia y el ingenio de nuestros artesanos. También sabía que era un lugar de gran antigüedad, venerado por todos los nuestros.
Sin embargo, todo esto me resultaba absolutamente indiferente, al punto que ni siquiera me sorprendía por mi desinterés. Todos los que me querían, que eran todos, me contaban sobre la Unicidad, la Religión Arquetípica, los Sublimes Círculos Sagrados y otras cosas que nada me decían. Tan solo eran palabras biensonantes que hablaban de cuestiones apenas comprensibles. Sin duda podría, si fuera realmente necesario, repetir de memoria una lista interminable de frases relacionadas con esas y otras palabras pero ninguna me causaba la menor impresión, ninguna despertaba el menor eco en mi alma, nada tenía el menor sentido para mi mente y para mi corazón.
Ese era mi mal y mi grandísimo dolor. Aquellos que me amaban, y todos me amaban, me hablaban de la época en la que yo había vivido en la Unicidad, junto a ellos. Me decían que la enfermedad me había quitado las vivencias y entonces, por eso, ahora yo solo recordaba palabras, como si otro hubiera vivido mi vida y a mí me quedara como una reminiscencia, apenas un vago recuerdo en tercera persona de lo que le había pasado a otro.
Solo que ese otro, suena confuso, lo sé; ese Otro era Yo.
Pero todas estas bienintencionadas explicaciones que eran casi un consuelo no me bastaban.
Ahí esta parado frente al Templo y lo único que entonces sabía era que, después de despertar de ese largo sueño que me dicen que fue mi enfermedad, solo existía en mi vida un único sentimiento, una única vivencia, un exclusivo dolor que fuera realmente MIO:
Estaba solo.



CAPITULO II


Hace calor.
Camino por el medio de la asquerosa calle principal de este poblado namuk y me siento cada vez peor. Algo parece golpear por dentro a mi cuerpo vacío. Algo pesado y horrible rebota por mi cabeza y por mis entrañas.

Los servidores se corren a uno u otro lado para dejar el paso libre a mi solitaria pero temible presencia. Cumplen su papel en el Todo con el debido y respetuoso terror. Saben lo que les pasaría si nada más me llegaran a rozar con sus deformes cuerpos. Conocen el dolor. Sus ojos de plata aúllan anticipadas suplicas de perdón. Son hijos de la Nada y ya aprendieron a odiar a la Madre.
Nosotros les enseñamos. Con dolor.

Miro mis botas. Son negras como toda mi ropa, pero están sucias por el polvo. La suciedad me molesta. La suciedad es buena para los namuks, pero no para nosotros. Nada es bueno para nosotros. Nosotros somos Buenos. Así es y será. Somos el Todo con el Todo. Somos el Fin.


"Soy El Hijo
Del Dulce Fuego.
Soy Amo y
Soy Dios."



Estoy mareado.
La Madre brilla sobre mi cabeza y parece que sus rayos quisieran aplastarme, a mí, que soy su hijo amado. ¿Es que ahora soy un extraño?. ¿Soy un enemigo acaso?.

Basta.
Soy un Amo y la debilidad no me es permitida.
¿O es que trato de no ver en mi herida?.

La Madre me golpea cada vez más fuerte con su calor.
Caigo de rodillas.

Si estos namuks que me miran con terror supieran lo que me pasa, ¿me matarían?.
Lo dudo. El castigo por esa blasfemia seria ejemplar.
Ojalá se atrevieran.
Creo que vine hasta aquí para eso.

Me levanto con esfuerzo y trato de mirar a La Madre, pero mis ojos no lo soportan. Siento vergüenza. Solo nosotros podemos mirar a La Madre, pero ahora yo...

Sin el Todo, ¿un Yanni es realmente un Yanni?.
Me humilla el solo pensar que los míos puedan darse cuenta que tengo... eso.

El agua que se escapa de mis ojos cerrados es como fuego. La Madre es dadora de vida, pero no tiene piedad con los débiles.

Hace siete mil trescientos treinta años fue el ultimo caso.
Lo llamaron "EL POBRE YANNI".



CAPITULO III


Solo cuando le pude dar una buena patada en los testículos logré arrancarle un alarido. Acto seguido, el negro, mientras se retorcía de dolor, se agarró ahí abajo, donde jamas osó llevar de visita un pedazo de jabón. Su horrenda cara, decorada por cicatrices y tatuajes varios, tenía una expresión aún más asquerosa de lo normal, aunque parezca imposible.
Aprovechando que quedó arrodillado, tomé impulso y lo golpeé con el taco de mi botín justo entre los hundidos ojos. El hueso crujió y ahí nomás lo deje todo despatarrado al adorable hijo de puta.
No tuve tiempo de felicitarme, ni de descansarme, ni de masturbarme un poquito siquiera, ni de deleitarme con la música que atronaba el lugar, porque casi inmediatamente algo me pegó en la espalda, un chiquitazo abajo del cuello, y me derrumbó.
Instintivamente, rodé por el suelo para ubicar a mi nuevo compañerito. Era una bestia enorme, maloliente a un kilometro de distancia, con más casi dos metros de altura, donde se desparramaba un montón de kilos de carne grasosa, alimentada con deshechos de la peor calidad que se puedan comprar en esta bendita tierra. El tipo tenía una fenomenal cadena en la mano derecha y su expresión denotaba disgusto.
Sin duda su intención no fue golpearme de esa manera. Su idea fue desnucarme.
En menos tiempo del que necesito para contar todo esto, el cerdo inmundo levantó la cadena y se dispuso a servírmela de lleno en mi linda carita. Eso hizo que me despabilara del todo. Rodé a mi izquierda y el cadenazo partió el suelo. Por fin pude levantarme. El mono grasiento me miraba entre furioso y sorprendido.
Tal vez ustedes piensen que ahora yo planeaba atacarlo, trabarme en lucha cuerpo a cuerpo con ese animal y, por supuesto, vencerlo.
No señor.
Si hay algo que tengo de bueno, es que sé cuando alguien es más fuerte que yo.
Por lo tanto, y como tributo merecido a su superioridad abrumadora, saqué mi viejo cuchillo de su oculta funda y se lo tiré, todo en un solo movimiento y por el mismo precio. El fierro se clavó un milímetro o dos más arriba de la nuez de Adán de mi amiguito, quien, acto seguido, se bamboleó, amenazó con caerse de culo y finalmente se planchó de cara al piso con el resultado de que mi metal se enterró unos cuantos centímetros más en su vomitiva garganta.
Me apresuré a sacárselo, primero, porque es un recuerdo muy querido y, segundo, porque dos individuos de muy desagradable aspecto trotaban a mi encuentro. Uno, a mi derecha, venía blandiendo un bonito sable. Otro, que avanzaba desde el lado opuesto, llevaba adornadas sus poco delicadas extremidades superiores con sendas manoplas.
No había tiempo que perder, así que mi herramienta volvió a volar y esta vez su azaroso camino la llevó a introducirse en el animalesco ojo derecho del muchacho del sable. El muy sensible, al parecer se disgustó por la entrada de semejante basurita en ese lugar. Digo esto porque el chico se quedó paralizado y después se vino abajo como un muñeco inflable al que le quitaron el tapón.
El otro orangután se detuvo en su carrera, me miró fijamente, llego a la conclusión de que yo había quedado desarmado y entonces se dispuso, lleno de entusiasmo cuasi adolescente, a iniciar el show de la manopla.
Para comenzar, me tiró un derechazo destinado a romperme nariz, labios, dientes, encías, maxilares y cualquier otra cosa que los anatomistas digan que hay por esa zona. De puro perverso que soy no le dejé sacarse el gusto, porque tuve la poco original idea de esquivar el golpe. Intentó entonces con la izquierda y el resultado fue el mismo.
Eso no le gustó. Yo no estaba cumpliendo con mi deber, que era quedarme quietito para que él me pudiera matar adecuadamente. Así que la mala bestia agachó su rapada cabeza y se lanzó hacia mí como un toro.
Contra esto hay una técnica infalible, si uno puede mantener la presencia de ánimo. Consiste en aguantar a pie firme y descargarle un hachazo con el filo de la mano a esa cabeza que viene hacia uno. Por supuesto, esto se puede hacer si el que carga es tan animal como mi rival, cuya poco iluminada sesera no halló mejor modo de atacarme que retroceder varios metros para tomar impulso y venir corriendo alegremente agachado.
Le faltaba rebuznar, al imbécil.
Nomás recibir la caricia prodigada, al innoble bruto se le aflojaron las piernas. Lo dejé caer y me apliqué a darle un poco de quiropraxia a fin de aliviarle el dolor de piojera.
Apenas le rompí el cuello, noté que al paciente se le aflojaban tendones y nudos. De tan relajado hasta sé pishó encima. Cortésmente lo deje descansar y me fui a rescatar el cuchillo.
Una vez que lo hice, miré a mí alrededor. Todavía quedaban unos veinte hombres y mujeres peleando y otros tanto estaban tirados por ahí, heridos o muertos.
Una encantadora lesb de la Banda de las Sincalzones me desafió con la miraba y la lengua. Esas tipas son algo serio. Si uno quiere disfrutar de una castración dolorosa, no tiene más que pedirles turno y le hacen el trabajo gratis y con certificado de garantía.
La perra llevaba botas de cuero altas hasta la rodilla y con tacones puntiagudos de acero, como gustan calzar estas desgraciadas. Una camperita de cuero sin nada debajo mostraba un físico digno de tropas de asalto. Por cierto, también llevaba una tanga rojo fluorescente. Lo que más me preocupaba de su atuendo era el hacha.
Me dispuse a revolearle el cuchillo, como venía haciendo en toda esa jornada, cuando la muy chancha, se arrancó la tanga de un manotazo, se la refregó por la chucha y luego de largarle un escupitajo me la tiró a la cara. Ahí entendí él porque del nombre de la banda.
No intente esquivar el presente sino que lo atrapé con los dientes y me las arregle para sonreírle al mismo tiempo. La niña se enojó, entonces. Dejó el arma en el suelo y me hizo gestos de que quería combate a mano limpia.
Era un momento y una situación excelente para acuchillarla y pasar a otra cosa y eso tendría que haber hecho sino fuera que soy un tonto romántico y aventurero. Nunca me había aporreado con una descalzonada y encontré excitante la ocasión.
Cuando la lesb estaba a punto de romperme el espinazo con su rodilla, empecé a lamentar la situación.
Comencé a lloriquear y pedí piedad. Ver a un macho derrotado es el sumun para estas perras, así que la chica se aflojó toda, estremecida de placer. Aproveché la oportunidad para sacármela de encima, tirarla al piso y fracturarle la mandíbula de una patada. La lengua le quedó afuera, medio clavada entre los dientes rotos.
Era un buen momento para irse.
Como todos los chicos parecían ocupados haciéndose pedazos, me fui sin saludar.

Abrí la puerta que separa el Salón de Lucha del bar, caminé hasta la barra y una vez ahí le pedí un alcohol al viejo Pepe.
Pepe era realmente viejo para ser un pobretón. Tiene como cincuenta años. Es flaco, huesudo, le faltan tres dientes y practica budismo zen sadomasoquista en sus pocos ratos libres.

- ¿Y, que tal la Joda ahí atrás?- me preguntó. Pepe era un notable maestro en el milenario arte de hacer preguntas idiotas.
- Mas o menos. Tenés que decirle al dueño de esta mugre que no permita que entre cualquiera al Salón porque sino, no se puede jugar.-
- ¿Qué pasa, no saben pelear?-
- Poco, viejo, poco. Si esto sigue así me parece que no vengo más-
Pepe no me contestó. Los tipos como él, que se pasan la vida detrás de un mostrador, escuchan demasiadas cosas como para andar contestándolas a todas. Después de todo, era como la trigésima vez que le decía lo mismo y siempre terminaba volviendo. Es que hay lugares que tienen cierta belleza que esta más allá de las primeras impresiones. El Bar Maloco es uno de ellos. Son sitios cuyo encanto es solo para esos pocos cientos de millones de seres como yo. Gente común, en pocas palabras.

No me quedó otra cosa que tragarme el alcohol, creo que esa vez tenía gusto a chocolate e irme apurado a casa porque sino, ¿quién me levantaba mañana para ir a la oficina?.

(c) Jorge Oscar Rossi

 

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