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CAPTURA EN EL LUGAR SIN SUR

por Damián Basiuk

 

Era un nevoso día de Junio, aunque en ese lugar del globo todos los días eran nevosos.

Serían las doce del mediodía, pero en ese lugar del globo -en esa época del año- la oscuridad de la noche lo cubría todo.

Me encontraba en el lugar sin sur, ya que no se podía ir hacia ningún punto más austral que ese. Justo encima del polo sur estaba situado el cubil que habitaba hacia dos semanas. Aunque llamarlo el lugar sin sur era algo erróneo, ya que de hecho era también el lugar sin este y oeste: Fuese hacía donde fuese, siempre que lo hiciera en línea recta, iría hacia el norte. Pero así lo llamábamos. Llamarlo anomalía cardinal hubiese sido lo más correcto

Mi trabajo, en ese momento, era, principalmente, esperar. Habíamos quedado sin comunicación con la base hacía ya dos días. Mi compañero, Gerardo, había salido en busca de ayuda en la moto-ski durante la mañana.

En los puestos meteorológicos de la Armada Argentina situados en la Antártida era bastante común quedar sin comunicaciones, pero dichos cortes no duraban más de unas pocas horas, un corte de varios días era algo muy extraño.

El tiempo en el exterior empeoraba minuto a minuto, como así mismo empeoraba el sentimiento de soledad y aislamiento.

¿Cuánto más podría demorarse Gerardo? El trayecto no era largo, pero sin la moto-ski o cualquier otro medio de transporte era imposible de recorrer. Llevaría unas dos horas y media llegar a la base y Gerardo llevaba fuera unas seis horas. El tiempo había sido bastante apacible, hasta hacía unos minutos, por lo que Gerardo no debía de haberse topado con inconvenientes.

Pero el radio seguía emitiendo el constante sonido de la estática, aunque no dejase de articular sus controles.

¿Cuánto tiempo tendría que llevar así? En el tremendo aburrimiento en el que me encontraba las medidas convencionales del tiempo carecían de validez.

Y la tormenta no dejaba de crecer en el exterior...

 

Repentinamente el radio comenzó a emitir una serie de ruidos extraños. Notas que ascendían y descendían cromáticamente, como una bizarra pieza musical.

Una sensación de alivio recorrió mi cuerpo al oír algo que no fuera mi respiración o el viento en el exterior. Me acerqué al radio y, colocándome los auriculares, comencé a manipular los controles. Pero no obtuve ningún resultado, solo oía los extraños sonidos, interrumpidos por soplos de estática.

Los singulares sonidos que ascendían y descendían fueron haciéndose mas sonoros a medida que me acercaba a una frecuencia en particular y luego, lentamente, se fueron transformando a mis oídos en lo que yo reconocí como gritos.

Gritos... de extraña procedencia, no parecían humanos, parecían, mas bien, los gritos de dolor de algún animal. Pero difícilmente un animal supiera y pudiera usar un radio. Sin lugar a dudas tendrían que ser humanos...

La base militar argentina se encontraba en soledad en un radio de unos cien kilómetros, y la onda de la radio que utilizaba el pequeño puesto meteorológico en el que me encontraba no alcanzaba mas de unos treinta o cuarenta, solo lo suficiente para tener contacto con la base.

Había algo allí fuera, algo cercano, algo que no había sido identificado, al menos, hasta hacía dos días atrás.

¿Qué habría sido de Gerardo? Cuán solo me encontraba en ese momento...

Los sonidos comenzaban a aturdirme y comenzaba a dolerme la cabeza cuando un fuerte resplandor de una luz muy blanca ingresó en la pequeña habitación por las empañadas ventanas.

Imaginé que la luz procedería de los faroles de la moto-ski, pero era muy intensa para ser ésa la procedencia, sin lugar a dudas se trataba de algo mucho más grande. Me incorporé velozmente y me acerqué a la ventana. Pero fue en vano, no lograba divisar nada, el resplandor era tan grande que me impedía ver el exterior.

Solo podía hacer una sola cosa, salir al exterior. Pero en ese instante una ráfaga de viento arremolinó todos los papeles que había en el escritorio. La puerta se había abierto.

Una figura de grandes proporciones se recortó en el umbral de la puerta, iluminado por detrás por las brillantes luces. La silueta del extraño ser me aterrorizó. Lo que más pavor me causaba era su enorme tamaño.

La criatura se movió lentamente, y luego, agachándose en una pronunciada curva, entró en el cubil. En una de sus extremidades llevaba un extraño objeto; el que a primera vista me había parecido una pistola. No era una pistola, pero mi suposición no distaba demasiado de la realidad.

La luz del interior del cuarto le dio por completo y pude apreciar claramente su aspecto, que era francamente humanoide. Era alto, de una enorme altura, pero a mucho estaba de ser realmente fornido. Sus extremidades eran finas y, hasta podría decirse, delicadas. La proporción entre piernas y tronco era idéntica a la humana, pero sus brazos -o lo que podrían ser los brazos- eran más largos que los de los seres humanos.

Lo cubría una densa y enmarañada capa de cabello oscuro, hasta incluso lo que sería su cara, a excepción de unos pequeños puntos negros en el centro de su cabeza, los que representaban -supuse- sus ojos.

Desde un primer momento supe que no se trataba de un ser humano, ningún hombre podría estar a la intemperie en ese adverso clima; y mucho menos desnudo. Pero no se me ocurrió pensar en que se trataba de un ser de otro planeta hasta mucho después.

En lo que podría haber sido una primera hipótesis, lo primero que vino a mi mente fue un documental del Yeti que había visto cuando era un niño. Y, realmente, esa era la descripción más atinada.

Se me acercaba lentamente y en silencio, pero yo estaba atornillado al suelo. Sabía que me sería imposible escapar; aunque, tal vez, fue el espanto el que me congeló. De todos modos sabía que estaba sentenciado..., sabía que estaba a la merced de esta criatura. Y lo que era cierto es que no me representaba ninguna confianza; sabía de antemano que sus intensiones eran hostiles.

Fue un fuerte convencimiento de mi parte que la criatura quería algo de mí, y que haría todo lo posible para conseguirlo.

Siguió acercándose lentamente y, cuando estuvo al alcance de la mano, elevó el objeto que llevaba ante mis ojos.

Recuerdo que una vez desperté con la sensación de que me faltaba un brazo. En sueños lo había colocado por sobre mi cabeza y se había dormido, o entumecido, como quieran decirlo. Fue una sensación real y aterradora. Necesité de la ayuda de mi otro brazo para llevarlo a su sitio ya que no lo podía mover, e incluso al tacto parecía el brazo de otra persona.

Esa sensación la experimenté instantáneamente en todo el cuerpo cuando el peludo gigante llevó el extraño objeto ante mis ojos. Y caí como un hombre sin vida al suelo boca arriba, pero con los ojos abiertos; sin poder sentir, pero sí pudiendo ver qué era lo que me tenía preparado la criatura.

El Yeti, como comencé a llamarlo, llevó su arma de instantánea-muerte-aparente a su cintura, colocándolo en un cinturón que llevaba que no había visto antes. Luego llevó sus largas manos a mi cuerpo y me sujetó; no podría decir de donde me tomaba ya que había perdido toda sensibilidad; el sentido del tacto había desaparecido.

Me cargó sobre su hombro con extrema facilidad y yo quedé con la cara muy pegada a su cuerpo, lo que no me permitía ver otra cosa que no fuera la peluda espalda del Yeti. En ese momento noté que no había perdido el sentido del olfato, ni el sentido del oído. El ser olía extrañamente, como a una carnicería, si existe algo parecido al olor a carnicería. Parecía, mas bien, olor a sangre.

No emitía ningún sonido, ni siquiera gruñidos como había esperado. El ser era, aparentemente, mudo.

El movimiento acompasado de su espalda y el sonido de sus pisadas me hicieron caer en la cuenta de que estaba caminando, y que me llevaba fuera del cubil. El viento crecía a mi alrededor; supe que aunque no sintiera el frío, sin dudas moriría de hipotermia en pocos minutos.

 

Pero, desgraciadamente, no morí. La parálisis era localizada, mi corazón seguía latiendo y mi respiración, aunque ralentizada, seguía propiciándole oxígeno a mi organismo. El ser, que a primera impresión parecía extrañamente idiota -pero que el uso del extraño aparato le confería inteligencia ya que solo podría ser hecho por un ser inteligente- menguó su andar. Sus pasos fueron haciéndose más y más lentos hasta detenerse completamente..., en medio del desolado y hostil paisaje antártico.

Noté un terrible sacudón y me encontré nuevamente en el suelo, mirando a través de los copos de nieve que caían sobre mí, al terrible ser. Este desprendió un aparato de su cinturón nuevamente, no sabría decir si era el mismo que utilizó antes, pero si no lo era se le parecía mucho. Lo extendió delante de él, formando un ángulo casi recto entre su brazo y su cuerpo, posándolo encima de mi cabeza pero a unos dos metros. Repentinamente oí un sonoro estremecimiento mecánico por encima de mí.

La criatura guardó su aparato y volvió a llevarme encima de su hombro. Pero esta vez no andaríamos sobre la nieve. A los pocos pasos de la bestia, oí como estos comenzaban a generar sonidos metálicos. Habíamos entrado en algo, algún tipo de morada metálica, o tal vez en una especie de medio de transporte. Fuere lo fuere tendría que ser enorme para poder albergar a la gigantesca abominación.

Oí un estruendoso ruido mecánico y luego un impacto, intuí que se trataría de la puerta por la que habíamos entrado. La bestia siguió avanzando, implacable; a unos cuantos metros se detuvo, y comenzó a emitir un extraño e ininteligible gruñido. Me arrojó al suelo nuevamente; el estruendo metálico fue horrible, pero no me dolió, no sentía dolor; el aparato del extraño ser funciona extraordinariamente.

Tendido en el suelo, dos figuras peludas se acercaron a mí; una, supuse, sería la misma que me había llevado hasta ahí. El más corpulento de los dos acercó nuevamente el extraño aparato ante mis ojos. Pero esta vez no se me durmió el cuerpo, esta vez se me durmió el cerebro. Solo oscuridad.

 

- ¿Cuando vuelves, papi? Espero que no tardes mucho en volver...

 

Cuando volví en sí, todo estaba al revés.

Me demoré unos momentos en recobrar totalmente la conciencia, pero finalmente logré hacerlo. Había recobrado todos mis sentidos y con un gran esfuerzo logré ponerme en píe, a pesar de llevar mis manos atadas a la espalda.

Me encontraba encerrado en un cuarto, iluminado por un leve resplandor verdoso que provenía desde una pequeña ventana en la puerta. Me habían despojado de mis ropas, pero a pesar de ello, no tenía frío, el clima de la celda era intensamente agradable. Comencé a recorrer el cuarto con la mirada y noté que las paredes y el suelo estaban recubiertos de un material acolchado, como las habitaciones de un manicomio.

Un escalofrío súbito y repentino me atacó, no supe qué era, pero mi corazón se detuvo un instante de terror. Con mi lengua recorrí el interior de mi boca y noté qué era lo que tanto pavor me provocaba; mis dientes habían sido removidos; todos. Grité aterrado todo lo que pude, que fue apenas un silbido horrible.

Un sonido llegó desde el exterior; alguien me estaba chistando.

- ¿Hay alguien ahí? - vociferé como pude.

- Dios mío, por fin te encuentro -. Contestó una familiar voz desde el exterior del cuarto -. Soy Gerardo.

Me acerqué a la puerta de mi celda y encontré un pasillo. Al otro lado había otra celda, y adosada a la ventana de la puerta de la misma se encontraba la cara de Gerardo. Apenas lo podía ver, pero parecía como si su cabello hubiese sido afeitado, y a juzgar por su forma de hablar, sus dientes habían corrido la misma suerte que los míos.

- Gerardo, que bueno es oírte. ¿Dónde estamos?

- No lo sé, parece una cárcel ¿No? - contesto amistosamente Gerardo, que estaba más feliz que yo al encontrar alguien con quien platicar.

- Mas bien parece un manicomio. Las paredes de mi celda son acolchadas - conteste.

- Sí, tenés razón, las de la mía también - asintió -. ¡Te afeitaron la cabeza! - Agregó exaltado con un deje de humos.

- La tuya también. Y ni hablar de los dientes.

- Dios, si salimos de acá, vamos a tener que comer papillas. Al menos hasta que nos hagamos unas prótesis dentales...

En ese momento la voz de Gerardo fue interrumpida por un largo y penetrante grito humano, un grito desgarrador, casi animal, que llegaba desde la derecha del pasillo. Recordé los extraños sonidos que había recibido en el radio antes de dejar el cubil. Eran los mismos.

- ¿Qué fue eso? - gritó Gerardo.

- Creo que eran gritos, sin duda de alguien que no la está pasando nada bien.

- Espero no pasar por lo mismo que él - reflexionó Gerardo.

 

Seguí charlando con Gerardo unos minutos más, pero finalmente el sueño lo venció y, supongo, se durmió. Quedé solo en ese desamparado y a la vez cálido cubil. Me recosté como pude en un rincón y esperé. Oleadas de pensamientos nefastos me ahogaban, pero sin embargo lograba mantener cierto optimismo, cosa muy difícil de hacer cuando se está solo y para colmo encerrado, y me imaginaba siendo milagrosamente rescatado. El pelo crecería y con respecto a los dientes hay buenas prótesis en estos días; eso no sería problema. Pero siempre acudía a mi mente el sonido de los gritos, los que rápidamente ahuyentaba.

Finalmente y a pesar de todas las calamidades y de las horrorosas ideas que desfilaban por mi imaginación logré dormirme.

 

Desperté sobresaltado. No estaba solo en la celda, había dos de las extrañas criaturas. Una de ellas se acercó hacia mí e intentó levantarme por la espalda. Yo no lo podía conseguir por mis medios, mis piernas temblaban y mi respiración flaqueaba de manera alarmante. La criatura arremetió contra mí y me levantó por las axilas. El otro yeti se acercó a mí empuñando una especie de arma. Era como una pistola con la excepción de que en la base tenía un recipiente, semejante a una cantimplora, solo que transparente y en su interior llevaba un liquido rosado. Lo llevó a mi abdomen y apretó el gatillo. Una larga aguja salió del arma y se insertó en mi piel y el contenido rosado se introdujo en mi sistema. No tuve ningún dolor, en cambio sentí un acelerado alivio, como si hubiese comido un par de reses de vaca. La fuerza volvió a mis piernas y me pude sostener por mis propios medios.

Luego la criatura del arma sacó un aparato de su cinturón, semejante al primero que me habían aplicado en el exterior, y lo acercó a mi cara. La sensación que me produjo me sorprendió en un primer momento pero más tarde caí en la cuenta de que se proponían. En ese momento sentí una profunda e intensa erección. Fue algo bastante desagradable ya que estaba rodeado de estas criaturas y, para colmo, desnudo.

Por la puerta entró otra criatura, que empujaba una especie de camilla. Sobre esta había una mujer, que estaba en las mismas condiciones que yo, es decir: desnuda y con la cabeza afeitada; su boca no la vi pero supuse que también le habrían sacado sus dientes. La camilla era similar a las camillas de los ginecólogos, y la mujer tenía las piernas en los estribos. La criatura empujó la camilla hasta que estuvo frente a mí. La cara de la mujer estaba impregnada por los pegajosos dedos del espanto, estaba muerta de miedo, y también se notaba triste. Discerní que le habrían aplicado la ya famosa arma de instantánea-muerte-aparente, ya que no emitía sonido y parecía no ofrecer resistencia alguna.

El otro individuo, el que había aplicado sus herramientas en mí, manipuló mi pene y lo introdujo en la mujer. Intenté resistirme pero fue en vano, el gigante que estaba a mis espaldas me sostenía implacablemente. Luego, el primero, llevó nuevamente el aparato ante mi cara y tuve una acentuada eyaculación. Sin lugar a dudas fue el peor coito de mi vida.

Más tarde llegué a la conclusión que esa mujer, a los nueve meses, daría a luz a mi hijo.

 

Las sesiones de procreación siguieron rutinariamente durante unos cinco días. Incluso con diferentes mujeres. Gerardo tenía la misma tarea, así me lo contó.

- Sí, es bastante desagradable. No es algo de lo que se pueda alardear en un bar - dije, tratando de levantar el ánimo de Gerardo, que estaba horriblemente deprimido, algo que no era nada insólito.

- Es verdad... - respondió acongojado. Luego de unos gimoteos confesó -: No aguanto más. Escuchame, ayer traté de suicidarme.

- Dios mío, Gerardo, no hay que perder las esperanzas.

-¿De qué esperanzas me hablás? Vociferó agresivamente -. Acá ya no tenemos esperanza. Y Además creo saber por qué nos quitaron los dientes.

- Ah sí. ¿y por qué hicieron eso? - pregunté.

- Para que no podamos cortarnos las venas...

- Te parece. Es horrible.

- Estoy totalmente seguro. Lo que estos bichos quieren es mantenernos con vida. Mirá el acolchado de las paredes. No es un acolchado común, sino que es de un material extraño que absorbe los golpes. Me estuve arrojando contra las paredes y contra el suelo, y no conseguí nada.

- Es muy raro. Pero supongo que tenés razón, no hay otra explicación para lo que nos están haciendo.

- Ya sabemos todo lo que nos hacen, pero la cuestión es: ¿Por qué?

Esa fue la última conversación que tuve con Gerardo. Al día siguiente, mientras dormía, lo llevaron y no volví a verlo nunca más.

 

En un principio supuse que la razón por la que me llevaron a ese lugar era la de hacer algún tipo de estudio sobre la raza humana. Esa suposición me estremecía de pavor al imaginar las atrocidades a las que me vería llevado con el fin de acrecentar sus conocimientos biológicos sobre los humanos.

Nunca imaginé que dichas investigaciones ya habían sido llevadas a cabo muchos años antes y que el propósito de mi estadía era otro; el que tampoco llegué a imaginar, al menos hasta unas horas después.

Me habían aplicado la instantánea-muerte-aparente y me conducían por el largo corredor. Como en esta vez no era llevado en hombros sino sobre una especie de camilla o silla de ruedas, pude admirar gran parte de la arquitectura de esa cárcel, aunque en ese momento suponía que era un laboratorio. Las paredes eran metálicas, de bellos acabados plateados que carecían de relieves o formas. El suelo era del mismo material. Había faroles que manaban una luz verdosa cada cuatro metros. No había muebles, al menos en el corredor donde daban todas las celdas.

El extraño carromato era empujado por una de las monstruosas figuras, a las que por esos momentos no temía. Luego llegamos a un amplio y mejor iluminado salón. Debería tener unos diez metros por quince, era enorme y también estaba desprovisto de muebles. Solo había una cosa que sobresaltaba en contraste con los plateados muros y eso era la silueta de otra de las bestias. Hasta ese momento solo había visto a tres de los seres, por lo que supuse que eran los únicos habitantes del recinto.

Cuando nos íbamos acercando, la criatura que nos esperaba accionó un mando que sacó de su cinturón y una extraña camilla metálica salió del suelo, provista, a los lados, de unos bancos, seguramente para comodidad de mis captores.

El artefacto que me transportaba se detuvo y entre las dos figuras me elevaron y me depositaron en la camilla recién salida del suelo. Una de las criaturas me empujó y roté hacia mi lado derecho, lo que permitió que me sacase las esposas que llevaba en mis muñecas. Me dejó caer nuevamente en la anterior posición, solo que con los brazos a los lados, y las criaturas se encaramaron sobre mí.

Una de ellas tomó mi pierna, no porque los sintiese sino porque estaba semisentado y podía ver con suma claridad lo que hacían conmigo, y comenzó a mordisquearla inexplicablemente. Anteriormente no había notado sus bocas entre su maraña de pelos, pero en ese momento me aterrorizaban; eran enormes y con prominentes dientes. El pavor se apoderó de mí, pero no pude hacer nada excepto sudar. La otra criatura hizo lo propio con mi otra pierna. Un gran mordisco me privó de mis gemelos y en ese momento mis lagrimas comenzaron a rodar por mis ojos, lo mismo que mi sangre por mis pies.

¡Qué claro estaba todo ahora! Eramos su plato predilecto y por eso nos capturaron y nos mantuvieron encerrados en esas celdas reproduciéndonos como animales. ¿Qué diferencia hay entre un ser humano y un animal? ¿Acaso el hecho de ser "inteligentes" nos da la posibilidad de comer a los que no lo son? En todo caso: ¿Qué les impide a seres más inteligentes que nosotros alimentarse de nuestra propia carne?

Los seres seguían nutriéndose de mi cuerpo. Ya habían acabado con todo lo que alguna vez había tenido de la cintura para abajo. La sala comenzaba a dar vueltas alrededor de mí y lo único que quería era que se detuviese. La camilla estaba empapada de sangre, lo mismo que las figuras, que se relamían los dedos como si estuvieran saboreando el manjar más exquisito del mundo.

Mis comensales había llegado al estomago. Intuí que estaría a punto de desfallecer, pero todavía faltaba un poco más.

En un último respiro y en una última contemplación del mundo, nuestro creador me otorgó el poder de comprender todas las lenguas del universo, o al menos la lengua de mis captores. Aunque tal vez, comenzaban a hablar la misma lengua que la de sus alimentos:

- ¡Qué sabroso! ¿Sabias que estos humanos se alimentan de cadáveres?

- Sí, lo sabía, tal vez es eso lo que los provee de tan buen sabor.

(c) Damián Basiuk
 

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