¿CUÁNDO LLEGAMOS?

El gordo a mi izquierda, los dos bolivianos de enfrente y yo nos sentimos hermanados por el calor, el sudor y el fastidio. La fraternidad se extiende a todo el vagón; a todo el tren.

Once horas con treinta minutos. Pienso en minas en bikini y en tipos tomando tragos de colores, desparramados en reposeras estratégicamente situadas a metros del mar. Los goterones que exuda mi frente me corren por ambos lados de la nariz, se embalsan en los bigotes y luego se dejan caer lentamente.

Me acuerdo de la capa de ozono.

Tapo mis oídos con los auriculares del walkman. Hago play y empieza a sonar Carmina Burana, de Orff. Comienza con Fortuna Imperatrix Mundi y eso me arranca del mugroso asiento y me mete de cabeza en la gloria.

Floto en el Éxtasis. La música retruena… ¿la música?

-Si me permiten los señore pasajero me permito robarle un minuto nomas de su amable atenció para anunciar, diretamente remate de aduana al público, ideal para el bolsillo del caballero la cartera de la dama y el costurero de todo hogar les presento en esta oportunidá la auténtica tijerita china la auténtica tijerita china señores, ideal para cortarse las uña de las mano y los pie para recortarse el bigote, si señor ya voy…para cortar todo tipo de género sí señora, diretamente remate de aduana al público dos peso lo que vale veinte mil australe de la vieja moneda…si señor ya estoy con usted…dos pesito es lo que vale…la auténtica tijerita china, diretamente….

No puedo resistirme. Me invade. Hago como que no escucho, trato de concentrarme, de volver al Nirvana…y fracaso miserablemente. Apago el aparato. La mitad del vagón luce walkman, ¿a todos le irá igual?

El gordo compra una tijerita.

-Mucha gracia señor, que tenga buen viaje-.

Clac clac clac clac, se pone a probarla. La tijerita parece un alambre retorcido en su manaza. El gordo corta el aire con expresión reconcentrada, tratando de hacer esa ridiculez sin parecer ridículo. Evito reírme.

 

Miro por la ventanilla. El paisaje urbano que puede admirarse en un viaje Once-Morón un casi mediodía de enero es singularmente propicio para despertar ideas blasfemas.

Miro al frente. Al frente están los bolivianos. Se me ocurre que van o vienen de alguna obra. Trato de evitar pensamientos racistas y/o xenófobos y/o chauvinistas. Compruebo que es muy difícil pensar en no pensar algo.

 

Ciudadela. ¿Cuando llegamos?

 

-Una monedita para el cieguito, por el amor de Dios…toc toc toc…permiso toc toc toc…una monedita para el cieguito…toc toc toc permiso toc toc toc…-

Y bueh, es ciego, por lo tanto no me ve, ergo…no le doy nada.

Los bolivianos tienen expresión pétrea. Como dos piedras mojadas. Por la transpiración. Me viene la imagen del mar erosionando las piedras de los acantilados…en Mar del Plata, por ejemplo…con las minas en bikini y los tipos tomando tragos de colores…

-Buenos días, señoras y señores. Aquí mi compañero y yo les vamos a cantar unas lindas canciones que espero que ustedes sepan disfrutar…y comenzaremos con una versión de Camino a San Francisco que suena más o menos así.

Y ahí nomás los dos caballeros con aspecto y vestimenta vagamente coya o colla se largaron con una versión libérrima de la mencionada melodía, ejecutada con guitarra criolla, quena andina, voluntad heroica y desafinación humana, demasiado humana.

Todos hacemos como que no escuchamos y para demostrarlo no los aplaudimos cuando terminan. Ellos, felices igual.

—Fuerte esos aplausos, gracias, gracias.

A continuación, aullaron una chacarera.

-Y para terminar, entonaremos la por todos conocida Zamba de mi esperanza.-

Cumpliendo la amenaza y sin casi respirar produjeron un largo trozo de sonidos emanantes tanto de sus instrumentos cuanto de sus escabrosas gargantas. Concluida esta especie de rito iniciático se produjo lo inevitable:

-Gracias, gracias. Y ahora mi compañero pasará a recibir su pequeña contribución. Muchas gracias por su amable atención.-

El otro iba y venía por el vagón con un bolso de tela de avión abierto y hambriento de “pequeñas contribuciones”.

El gordo se puso a mirar sus poco delicadas manos, como si fueran joyas exóticas. Los bolivianos miraban fijo al frente, donde casualmente estaba yo. Otros se hacían los que leían el diario. Por mi parte, opté por volver a contemplar el paisaje urbano hasta el preciso momento en que los dos artistas desaparecieron.

 

Ramos Mejía. ¿Cuando llegamos?

 

¿Qué pasó?…¡se paró el tren!…¡¿y?!, ¡¿qué pasa?!…

Oficio mudo. Silencio de radio. El guarda no aparece. Los minutos caminan.

De pronto, se abren las puertas. ¿Pretenderán que bajemos?

Estamos a medio recorrido entre dos estaciones. El tiempo sigue pasando. Ahora andamos todos levantados, caminando por los pasillos y reflexionando agudamente sobre lo que pudo haber ocurrido:

-Habrán puesto algo en la vía.-

-Por ahí, el tren que iba adelante agarró un auto.-

-Uhh, si es así, mejor bajar.-

-¡Estos trenes de mierda!…

-No hay respeto, vea.-

-¿Nadie avisa nada?.-

-¡Que vanavisá ….¡se cagan en uno, doña, se cagan!…-

Una mina de treinta y pico, parada al lado de una puerta, se muestra enfrascada en la lectura de un libro titulado “Nuestros ángeles salvadores”. Intento ser chistoso y deslumbrarla con lo siguiente:

-Como no venga el ángel de la guarda, estamos fritos.-

Me mira con asco, como Torquemada observaría a un hereje. Con todo, no deja de ser una mirada sincera. Mi sonrisa va muriendo lentamente, mientras me escabullo.

Ahora algunos bajan. Saltan o se sueltan a las vías en forma poco atlética. Parado al borde de una puerta, dudo. A pocos metros, cruzando el pastizal y pasando un alambrado roto está la avenida. Me parece que desde todos los autos y todos los colectivos que veo pasar nos miran, detenidos en medio de la nada, y nos imaginan calcinados por el solazo, reventados por el calor y acribillados por los ultravioletas, y se ríen, se ríen y se ríen a más no poder.

Ilusiones ópticas.

Sigo dudando. Mi pusilanimidad me salva pues, repentinamente, se cierran las puertas y seguimos viaje, chucu chuuu…

Penosamente se arrastran los minutos y entretanto voy pensando en si son realmente “rutinarios” los días rutinarios o si, en cambio, no se trata de una variada y siempre imprevisible gama de acontecimientos deprimentes, mezquinos, chiquititos, chatos, chotos, estéticamente feos y moralmente malos, los que conforman eso que se llama un día “común”, “sin novedad”, “como todos”, de…”rutina” Tal vez…

 

Me ponen algo en una pierna y consiguen despabilarme.

Es una estampita. Las reparte un chico morochito con el flequillo cortado como con una tijera de podar empuñada por un asno alcoholizado. El pibe luce una camiseta de Boca casi entera. La estampita es de San Jorge. Me gusta el tipo. San Jorge digo.  A caballo, con la lanza y la armadura parece cualquier cosa menos un santo. Hasta podría viajar en tren.

La estampita es de buen papel. La doy vuelta y me entero que viene con oración y todo: “Bienaventurado Mártir San Jorge, suplicamos humildemente tu protección y consuelo. Intercede por nosotros ante la Divina Providencia. Confiamos en tu poder y en tu bondad”.

Le largo un peso por la estampita al chico.

-Gracia señó.-

Me siento un benefactor de la humanidad.

 

Trece horas, Estación Morón. ¡Llegamos!. Me derramo con la muchedumbre fuera del vagón, fuera del andén y fuera de la estación- Dos horas de viaje y ahora…

…¡Qué había venido a hacer acá?

© Jorge Oscar Rossi, 1995

Si querés compartir...

{
Esta entrada fue publicada en cuentos, Cuentos off Liter Área. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *