{upcenter}
{upright}

 

EN LA CALDERA DE TABURIENTE

 

Por Andrés Moreno Galindo

 

-Mario, espero que sea una de tus bromas-       

Paula, mi novia, me miraba con furia mal contenida, esperando que, efectivamente, se tratara de una de las ocurrencias que de tanto en tanto germinaban bruscamente en mi cerebro y marchaban veloces hacia mi boca saltándose todos los controles. Sí, yo también hubiera preferido que se tratara de una de mis bufonadas, y que Paula hubiera mirado al cielo, mascullando ininteligibles invectivas  con ese rictus mezcla de enojo y resignación que tanto me divertía. Sin embargo, lamentablemente, no era una broma, y me dispuse a soportar estoicamente la tormenta de rabioso sarcasmo que, con toda certeza, Paula iba a desatar sobre mí. Vi sus labios apretados formando una fina línea sin color, sus dientes apretados con tal fuerza que notaba el movimiento de sus maxilares bajo su delicioso recubrimiento epidérmico. Sin embargo, noté que Paula intentaba domeñar su enfado, esperando mi estúpida risa de bromista y el ¡¡Te engañé!! de turno. Esperó, adoptando lo que ella pensaba que era una actitud de tranquila expectación, y que yo veía como la pose de la pantera agazapada segundos antes de despedazar a su presa.

 

-No, Paula, no es una broma, ojalá lo fuera. No vamos a ir. Por lo menos, yo no voy a ir.

 

Mi novia soltó aire durante unos interminables segundos.

 

-Escucha, Mario. ¿Me estás  diciendo, totalmente en serio, que vamos a renunciar a  una casa gratis en una isla paradisíaca, a olvidarnos de todo justamente ahora, cuando ya no hay tiempo para buscar nada más, por un presentimiento de tu tía Sandra?. Sé que la quieres mucho, y yo también, pero no es necesario que os volváis locos los dos al mismo tiempo.

 

La verdad es que, visto así, daba esa impresión, la de una súbita enajenación de los dos. De mi tía Sandra por unos inexplicables temores, y mía por creerla. Pero antes de hablar con Paula y exponerme a su furia yo había hecho mis averiguaciones, porque a mí tampoco me hacía gracia renunciar a esa oportunidad. Unos amigos nos habían cedido completamente gratis una casita al lado del mar en la isla de La Palma, y ese ahorro nos permitiría disfrutar de unas vacaciones sin apreturas económicas, sin engorrosos cálculos a la hora de entrar en un restaurante, amén del lugar, a todas luces un paraíso en la tierra. Sí, tuve que reconocer que, en su lugar, yo también habría pensado en una histeria compartida entre mi tía y yo. Pero, desgraciadamente, tenía mis motivos.

 

-Paula, te comprendo perfectamente, sabes que yo también deseaba muchísimo estas vacaciones, pero deja que te explique la conversación con mi tía, y espero que me comprendas un poco mejor.

 

Paula volvió a resoplar y a respirar con rapidez, estaba haciendo verdaderos esfuerzos por reprimir su ira. La verdad es que se ponía guapísima cuando se enfadaba y, como ya he dicho, me permitía alguna bromita de vez en cuando solamente para ver como se deslizaba peligrosamente por las fronteras del autodominio y la furia desatada. En otros momentos, hubiera parado en ese preciso instante, pero no era posible. Paula habló con la voz entrecortada.

-Esta bien, cuéntame los desvaríos de tu tiíta del alma, pero espero que seas convincente, porque seguramente éste será el primer año que hagamos vacaciones separadas.

 

Paula adoraba a mi tía Sandra, y el afecto era recíproco, y solamente el increíble enfado que arrastraba mi novia podía explicar el sarcasmo hacia mi tía. Suspiré profundamente y me dispuse a darle su explicación, más que merecida.

 

-Verás, Paula, hace unos días llamé a mi tía para explicarle entusiasmado la increíble suerte que habíamos tenido con lo de la casa. Cuando se lo dije ella también pareció alegrarse muchísimo, justamente hasta que le mencioné el lugar. Se quedó en silencio, tanto que pensé que la línea se había cortado. Cuando volvió a hablar, el tono de su voz se había alterado. Solamente me dijo, con voz entrecortada: "Mario, tenemos que hablar". Su reacción me sorprendió sobremanera, como comprenderás. Concretamos la cita, y ayer por la mañana se presentó en casa, cariñosa como siempre, pero su aspecto general, sus gestos, su tono de voz, traslucían una mezcla de preocupación y temor. No nos entretuvimos demasiado en preliminares, había demasiada confianza entre nosotros, y le pregunté por la causa de su alteración. Y ella, pidiéndome que no la interrumpiera, me contó esta extraña historia:

 

"Mario, no me voy a andar con rodeos, si te cuento algo que he intentado desterrar de mi mente durante años es porque quiero que, si al final de esta conversación, decides seguir adelante con tu viaje, tengas muchísimo cuidado. Tu tío Rubén y yo estuvimos en la isla de La Palma, pero no he venido a recomendarte playas ni restaurantes, sino a hacerte una advertencia. Quiero que sepas que lo que te voy a contar, por lo menos una parte, me lo he guardado para mi durante todo este tiempo, e incluso he intentado apartarlo de mis pensamientos como una alucinación, como una momentánea ofuscación, o incluso como un mal sueño, pero no lo he podido conseguir. Como ya te he dicho, una parte de esta historia la compartí con tu tío Rubén, pero la historia al completo solamente la sabremos tu y yo, y tu novia Paula, porque creo que ella tiene derecho a saberlo. Tu tío y yo fuimos de vacaciones a La Palma en el verano del año 2001, y nos encontramos con un paraíso en la tierra, playas increíbles, una temperatura suave, maravillosos paisajes, todo lo que puedas desear en unas vacaciones, pero esto supongo que ya lo habrás investigado por tu cuenta. Todo transcurría perfectamente, y dejamos para el final la que iba a ser la guinda del viaje, la excursión a la Caldera de Taburiente, un enorme cono volcánico de unos 1500 metros de profundidad, rodeado de un enorme perímetro en forma de herradura de unos 28 kilómetros, formado por montañas de hasta 2426 metros de altura, frecuentemente cubiertas de nieve. Todo lo que te pueda decir acerca de la Caldera sería una pobre descripción de ese prodigioso circo volcánico, tu tío y yo nos quedamos extasiados cuando comenzamos a subir por los senderos que conducían a lo más alto de la Caldera. Avanzábamos por caminos pedregosos,  bordeando abismos cuyo fondo no veíamos, cubiertos por capas de nubes. La Caldera es un hervidero de vida, cuervos y aves rapaces de todo tipo sobrevolaban la sima, y veíamos frecuentemente lagartos, escolopendras y unas arañas de gran tamaño moverse entre los troncos caídos de los pinos. Ascendíamos penosamente por aquellos duros senderos, extasiados por las maravillas que contemplábamos. Al llegar a la cumbre, derrengados, pudimos contemplar la colosal inmensidad de la Caldera, pero no éramos las únicas personas que había allí. Un nutrido grupo de turistas, la versión más ruidosa y molesta de la especie, copaban el pequeño mirador que se asomaba a la Caldera. Decidimos apartarnos un poco del pequeño enjambre de excursionistas y de los continuos "clicks" de sus cámaras fotográficas, y disfrutar del silencio y la quietud de la zona. Devoramos la comida que habíamos llevado, y nos dormimos, derrengados tras la caminata. Sí, lo que estás pensando es correcto, parece sacado de una película de terror de serie B. Cuando nos despertamos habían pasado varias horas, el día estaba muy avanzado, quedaban escasas horas de luz y teníamos por delante una larga caminata hasta el hotel. El camino no era malo, pero era largo, daba muchas vueltas, y tu tío Rubén descubrió una especie de atajo muy estrecho que daba la impresión de que podría ahorrarnos algunos kilómetros. Nos adentramos en él, para descubrir a los pocos kilómetros que el camino se convertía en una estrecha cornisa que bordeaba peligrosamente la sima de la Caldera. Había momentos en los que teníamos que caminar prácticamente pegados a la pared, y yo comencé a sentir un vértigo asfixiante, las palmas de las manos me sudaban, me costaba ímprobos esfuerzos dar un paso, hasta que me bloqueé del todo y mi asustado cerebro envió un mensaje a mis piernas clavándolas en aquel maldito sendero. Sentía un lejano ulular de búhos y los graznidos de las aves rapaces precipitándose en la insondable sima buscando presas. La Caldera se llenaba de sonidos inidentificables conforme se acercaba el crepúsculo, y no todos ellos eran agradables. No sé durante cuanto tiempo estuvo tu tío Rubén intentando convencerme de que siguiera adelante, intentando tranquilizarme, susurrándome al oído palabras de ánimo, sólo sé que al final consiguió que me pusiera de nuevo en marcha, sollozando de miedo y vértigo. A los pocos metros, nos encontramos con una grieta en el muro que se adentraba en la montaña, y penetramos en ella unos pocos metros para descansar. Fue cuando vimos al hombre. Era muy alto, moreno, y aunque estaba parado a unos treinta metros de nosotros, podíamos distinguir sus rasgos, característicos de los nativos de la isla, un descendiente de los primitivos guanches. Lo sorprendente fue que el hombre no pareció alterarse ante nuestra súbita aparición, simplemente nos observó durante breves instantes, y luego nos hizo una seña, indicándonos que le siguiéramos. Nos vimos salvados, y cuando él se puso en marcha sin dirigirnos la palabra, le seguimos sin dudar, achacando su hermetismo a la timidez, o a la parquedad de palabras  característica de algunos lugareños. Aunque el camino, siempre cuesta arriba, se separaba de la ruta que, en principio, nos había de devolver al punto de partida de nuestra excursión, pensamos que encontraríamos algún refugio donde pasar la noche que se acercaba inexorablemente. A nuestras espaldas, el sol comenzaba a ocultarse tras la inmensa mole de la Caldera. Al cabo de unos veinte minutos de marcha, comenzamos a oír un ruido sordo, como de tambores, que se intensificaba conforme avanzábamos, hasta hacerse ensordecedor. Fue entonces cuando, al llegar a la cúspide, en una amplia plataforma natural de piedra, vimos el grupo. Los que tocaban una especie de primitivo tambor eran como treinta o cuarenta personas, y todas vestían de modo extraño, con una especie de túnicas blancas. Como el guía, que se había unido a ellas, se limitaron a mirarnos impasibles, pero nosotros no podíamos ver su cara, oculta tras las crecientes sombras que el sol proyectaba sobre las montañas. Estábamos en la cima de la montaña, y el grupo se mantenía unos metros apartado del borde donde comenzaba la bajada por la otra vertiente. Justo en ese borde, mirando hacia abajo, con las manos extendidas y las palmas abiertas, había otro pequeño grupo de cuatro personas, vestidos también con túnicas pero de color distinto al del grupo, entonando una especie de letanía que nosotros, desde nuestra posición, no podíamos identificar. Habíamos aparecido justo en el borde de la montaña, y podíamos ver lo que parecía ser, a todas luces, el objeto de la atención del pequeño grupo. Era el Roque Idafe, un gigantesco monolito que se alzaba unos metros más abajo, sobre un repecho de la montaña. Lo habíamos visto durante nuestra excursión matinal, pero ahora, desde esta nueva perspectiva, alzándose enorme bajo nosotros, lo veíamos de otra forma, amenazador, inquietante. Las sombras jugaban con su parte superior, haciéndonos ver caprichosas y grotescas formas, pues lo que en un instante parecía la silueta de un hombre en el siguiente se nos figuraba la de un animal salvaje. Entretanto, nuestro guía había desaparecido tras el grupo más numeroso. Tu tío Rubén, con el optimismo desbocado que le caracteriza, comenzó a musitarme al oído algo acerca de una fiesta típica y una noche de juerga, pero la voz se congeló en su garganta cuando el grupo de cuatro personas se giró bruscamente hacia nosotros, y me pareció que todos clavaban su vista en mí. Me quedé petrificada ante la mirada de aquellos ojillos, que destilaban inquina, puro odio que me llegaba como en oleadas. Tu tío también lo notó, pero estaba claro que todas las miradas se dirigían a mi. Fue entonces cuando abrieron la boca y gritaron la palabra que provocó una reacción totalmente instintiva e irracional en mi. Me giré, le grité a tu tío "¡Vámonos de aquí!" y eché a correr hacia el sendero por la empinada cuesta, dando por sentado inconscientemente que había menos peligro en esa acción suicida que en permanecer junto aquel grupo. Algo parecido debió sentir tu tío, que me siguió sin poner ninguna objeción, aunque si la hubiera hecho tampoco le habría hecho ningún caso. Deshicimos el camino andado y, por la grieta, accedimos al sendero que bordeaba el abismo, en el cual nos adentramos sin vacilar. Notamos con espanto que el sonido de los tambores se acercaba a nosotros y el eco de la Caldera lo multiplicaba en una espeluznante cacofonía. Eso hizo que nos volviéramos temerarios, y avanzamos con resolución por el sendero. Afortunadamente, al cabo de unos eternos minutos, el siniestro retumbar se fue mitigando poco a poco, mientras seguimos progresando sin pausa por el sendero. Como en el lento despertar de una pesadilla, al cabo de unos pocos kilómetros el sendero se volvió más practicable, comenzamos a identificar puntos de referencia, y aproximadamente a las once y media de la noche llegamos al hotel, muertos de cansancio y miedo. Al día siguiente tu tío recordaba los hechos como algo fruto de nuestra imaginación, del vértigo y del cansancio, y los flecos que no ha podido explicar con la lógica han quedado sepultados por el olvido de todos estos años. Quizás porque, estoy segura, la cosa no iba con él. Porque a él no lo esperaban. A él no lo buscaban. Era a mi a quien querían. Lo que vas a oír ahora es lo que tu tío no sabe. Por la noche, en el hotel, no podía dormir, a pesar del cansancio. No dejaba de darle vueltas a nuestra siniestra aventura, buscando una explicación lógica a todo aquello. Me asomé al balcón de la habitación, que daba a unos tupidos jardines, y los estuve mirando durante largo rato. De pronto surgió de unos frondosos setos. Era el guía. Mirándome fijamente, sus ojos refulgían de odio y malignidad. Abrió la boca y musitó unas palabras, sin dejar de mirarme. Oí aquellas palabras, a pesar de la distancia, porque no sonaron en mis oídos, sino en mi mente. "Volverás, alguien volverá, y aquí estaremos". Y por eso he venido a advertirte. Porque lo que dijeron aquellos hombres al borde del precipicio fue "¡Prófumo!", mi apellido (tu apellido), aunque tu tío no lo pueda o no lo quiera recordar. Y ahora, Mario, aunque te cueste, te pido por favor que no vayas a la isla de La Palma, y que si vas, no pises la Caldera de Taburiente."

 

Me quedé un momento mirando a Paula, pero cuando vi que comenzaba a abrir la boca, sin duda para achacar la historia de mi tía a unas alucinaciones transitorias, como todo indicaba, la hice callar con un gesto.

 

-Paula, ésta es la historia de mi tía Sandra, pero eso no es todo. He estado investigando por mi cuenta sobre la Caldera de Taburiente. Tengo algunos datos que quizás te interesen. La primitiva isla de la Palma, Benahoare para sus habitantes, estaba dividida en 12 cantones, gobernados cada uno de ellos por un mencey. En 1447 una expedición de conquista española fue derrotada por los indígenas, que solamente contaban con lanzas de madera y piedras, contra los arcabuces y espadas españolas. 45 años más tarde, 1000 hombres al mando de Alonso Fernández de Lugo desembarcaron en la isla, sometiendo por medio pactos a nueve de los doce cantones y derrotando en una sangrienta batalla a otros dos. Solamente el cantón de Aceró, lo que es hoy llamado la Caldera de Taburiente, resistía. Allí se encontraba el Idafe, el centro religioso de la isla, donde ofrecían los primitivos pobladores de la Caldera sacrificios para evitar que la inmensa mole se desplomara sobre sus cabezas. El mencey Tanausú y sus hombres rechazaron una y otra vez a las fuerzas españolas, hasta que el comandante envió a uno de sus lugartenientes para conversar con Tanausú y proponerle un pacto. El mencey, para ahorrar sufrimientos a su pueblo, aceptó salir por el paso de Adacamansis para negociar la paz con Alonso Fernández, a pesar de las advertencias de sus consejeros, que le advirtieron sobre una posible emboscada. Tanausú, hombre de honor, no pudo concebir tal engaño, y cayó con su séquito en una encerrona en lo que hoy se conoce como El Riachuelo, cerca de la Cumbrecita. Tanausú fue capturado y enviado a la península, pero no llegó jamás, se dejó morir de hambre en el barco. Hasta aquí todo es más o menos normal, pero he seguido indagando, y conseguí el dato definitivo, el nombre del lugarteniente enviado por Alonso Fernández de Lugo para engañar de manera despreciable al mencey Tanausú. Era un aventurero, un soldado de fortuna, un mercenario nacido en Nápoles a mediados del siglo XV. Su nombre, Matteo Prófumo.

 

Ese año, no fuimos a La Palma.

   

(En el verano de 2002, Sandra Prófumo y Rubén López sufrieron una ingrata experiencia en la Caldera de Taburiente, en la isla de La Palma. A ellos dedico este relato, con mi agradecimiento por haberme facilitado (involuntariamente) la idea para realizarlo.)

(c) Andrés Moreno Galindo, Cornellá de Llobregat, 6 de Enero de 2003
 
 

MAS CUENTOS

 

 

Liter Area Fantástica (c) 2000-2010 Todos los derechos reservados

Webmaster: Jorge Oscar Rossi

mail: jrossi@literareafantastica.com.ar