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Este artículo de José De Ambrosio fue publicado en el número 40 de la revista electrónica Axxón.

 

ESA CAJA CERRADA, EL UNIVERSO

 

En "El último mundo del señor Goddard", J.G.Ballard describe con pulido detalle un microcosmos (1): la maqueta de una ciudad, con pequeños seres humanos correteando en sus calles, modelos diminutos que duplican la actividad de los originales. Es la reproducción, en escala perfecta, de la ciudad del protagonista, atesorada por él en un cofre en la casa quinta de las afueras donde habita. Perverso, se entretiene espiando por las noches los movimientos de los menudos personajes, lo que le permite conocer minuciosamente todo lo que ocurre en la dimensión mayor.

Lo asombroso es que los homúnculos no sospechen que se encuentran en un recinto limitado, que su universo tiene bordes. Ignoran el abrupto corte de la realidad unos metros más allá.

El autor justifica el fenómeno: las paredes de la caja (del mundo) disimulan con prolijidad, por medio de sutiles contraluces y decorados, el carcelario cerramiento (2). Vista desde adentro, la continuidad del paisaje es irrefutable. Y sin embargo, en un momento Goddard observa atónito las maniobras de dos hombrecillos como para escapar del cubículo. Semejante audacia resulta inverosímil; implica la ruptura de la fe en el entorno percibido por parte de alguno de sus moradores. Al día siguiente, en el nivel superior (en el "real"), sus equivalentes son hallados muertos: han caído de una escalera levantada directamente en el aire. Ballard resuelve la narración (otras micropersonas insinúan descreimientos similares) con un gato que los engulle a todos cuando salen a explorar fuera de la caja, volcada por accidente.

Desconcertante la concepción cosmológica que exhibe el relato: el universo circunvalado. Un ámbito cerrado del que sus ocupantes no tienen noticia, pese a las fronteras cercanas. Una estructura cósmica real que difiere notablemente de la aparente. Esta imagen ha sido presentada con habilidad en la ficción especulativa: asfixiantes contornos, claustros herméticos, una consistencia disímil a la observada, introducen al lector en una fantasía filosófica y lo inducen, luego, a desconfiar de la forma y el significado del espacio que los rodea.

Ejercicio de imaginación: un museo o salón de exposiciones en alguna ciudad de la Tierra; en el centro, sobre una mesa, una gran caja de cristal. Es una especie de acuario, sólo que en su interior no hay peces sino pequeñísimos seres humanos afanados en sus quehaceres similares a los nuestros. Trabajan, pasean, nacen, mueren. El visitante del museo los examina entre divertido e intrigado; le sorprende que ninguno advierta que están en una caja, que no miren para afuera, que no intenten escapar, que nadie levante la cabeza. Mayor sería su asombro si supiera que los hombrecitos tienen diversas explicaciones sobre el origen y forma del universo ninguna de las cuales incluye la descripción del cosmos como una caja de vidrio ubicada en una sala de dimensiones superiores.

Es la concepción que subyace en esos relatos de extrañas metafísicas. El mundo, recipiente hermético dentro de una vasija mayor.

Escala piramidal, jerárquica, de estructuras y superestructuras.

Lesly Sánchez pintó el concepto en "Planetario 2074". Un científico diseña una esfera en cuyo interior funciona una reproducción del sistema solar. Los nueve planetas recorren sus órbitas en proporción rigurosa. Los observadores contemplan desde el exterior cada uno de los astros, convenientemente amplificados. En el tercero, el profesor (el "creador") ha introducido la vida -en una escala temporal muy acelerada respecto de la nuestra-, que ha alcanzado un estadio evolutivo similar, perfecta réplica en miniatura, al humano. El científico, por simple extrapolación, vislumbra estructuras infinitas: "Pienso que en su futuro también nacerá alguien como yo, que intentará reproducirlos, porque la idea subyace en la clave genética. Y formará un mundo más pequeño aún. Y alguien a su vez de ese otro pequeño mundo creará otro y será una sucesión infinita de mundos cada vez más diminutos". Especula con la posibilidad de anticipar nuestro propio futuro estudiando la más veloz evolución del micromundo; comprende que la comparación es imposible porque ellos "nacieron limitados", su galaxia no existe, nada hay fuera de su sistema solar. Entre esas cavilaciones irrumpe un mensajero que, demudado, informa que la nave estelar impulsada por los hombres ha cruzado la órbita de Plutón... y más allá sólo el vacío, la nada.

También el cuento de Ballard insinúa un contexto más complejo que el narrado. El último enfoque muestra al poblado de Goddard desierto: sugiere un terrible macrogato devorador oriundo de un superplano, y otros felinos crecientes, hasta el infinito. Es la intención del escritor: advertir sobre una posible configuración distinta en nuestro propio patio trasero.

El contorno cotidiano supone una dosis de fe que lo mantenga inconmovible para quienes lo ocupan. No se concibe que la extensión circundante tenga un radio no mayor a unos pocos centenares de metros. Se cree con firmeza en la existencia de lejanas comarcas como Alaska o Mongolia tanto como en la casa paterna, aunque esas regiones jamás sean visitadas. A nadie se le ocurre imaginar que el horizonte se desplace con el observador, que detrás del círculo de sus percepciones aceche la nada absoluta. ¿Y por qué no? En el fantástico "Ubik", de P.K.Dick, Joe Chip se debate en un medio que se degrada por un proceso de aceleración entrópica combinado con una regresión temporal. En algún momento le es revelado que el cosmos sólo tiene validez local, no es más que un escenario que lo cuenta como espectador e intérprete al mismo tiempo. El espaciotiempo se esfuma un trecho más allá.

"Entonces, es todo para mí; todo un mundo exclusivamente para mí. 

-No es muy grande -dijo Jory-. Consta de un hotel en Des Moines y una calle con algunos coches y un poco de gente, la que se ve por la ventana... Donde quiera que fuesen usted o los otros miembros de su grupo, yo edificaba una realidad tangible que correspondiera a sus previsiones mínimas..."

Sorprende e inquieta el curioso orbecillo "ad hoc". El individuo está centrado en el haz del proyector de realidad, como el artista es seguido en la escena por la luz de un reflector. Afuera la sombra, el vacío. Se mueve, camina hacia el límite, pero jamás podrá alcanzarlo, como al arco iris. La orilla se traslada -a un radio constante de distancia- con él, lo mantiene siempre en el centro ideal, de modo que nunca conocerá la verdad; a lo sumo la barruntará, cuando la lectura de algunos textos de fantasía exciten su imaginación.

La inseguridad que invadía a Dick sobre otra realidad acechando detrás de las apariencias es recurrente en su obra. En "Tiempo desarticulado" le es revelada a una de las protagonistas: "Su intuición se hizo mayor entonces. La sensación de finitud del mundo que la rodeaba. Las calles y las casas y las tiendas y los coches y la gente. Dieciséis centenares de personas en medio de un escenario. Rodeados de decorados, de muebles en los que sentarse, cocinas en las que cocinar, coches que conducir, comida que preparar. Y luego, detrás de los decorados, el telón pintado. Casas pintadas a lo lejos. Gente pintada. Calles pintadas".

Bioy Casares halló un enfoque singular: en "El cuarto sin ventanas", el confín del universo (no de este planeta, como aclara, sino de "la caja grande, con el juego completo. La totalidad de sistemas solares, de astros y de estrellas") está en una vulgar habitación desnuda, con paredes descascaradas, de una casa situada en Berlín oriental. El ángulo que mira al sur es nada menos que el vértice del cosmos -el que, a diferencia de otros relatos, no es pequeño, tiene las dimensiones del nuestro, porque es el nuestro-.

En los cuentos, por lo general un solo sujeto -inesperado como un témpano en aguas cálidas- sospecha que hay una disposición y un sentido secretos, que más allá de la monótona cotidianeidad hay un acontecer diferente, una persistencia ilusoria, que lo rodea una configuración de decorados, de cielos de cartón pintado, de telones que simulan noches. La clave para comenzar a descifrar el colosal engaño es el ubicarse -con la mente, al menos- en una óptica metauniversal. Fritz Leiber delineó, en "Nave de sombras", la convivencia de un extraño grupo en una atmósfera cerrada. Paulatinamente algún personaje va comprobando -con asombro, con iluminada esperanza- que hay otro espacio detrás del espacio, como el siglo XV descubrió a los supersticiosos europeos que había más mar detrás del mar (y que no caían en el abismo del fin del mundo).

"No lograba concebir que existiera tanto espacio alrededor de Windrush. Era como pensar en una realidad más amplia, que contenía la realidad por él conocida hasta entonces".

Una realidad dentro de la realidad.

Este pensamiento no está muy lejos del esquema platónico, adoptado por las religiones occidentales, que considera a este orbe un pobre reflejo, una sombra del celestial, y una vana pretensión humana el pensar que lo terreno es todo lo real. "Se llegó a creer que Windrush era todo el universo", reconoce el protagonista de Leiber.

Una hábil exposición del tema exhibe "La caja de sorpresas" de Bradbury. El cerrado universo del niño Edwin, con sus Tierras Altas y Tierras Bajas, los Mundos de la Cocina y del Jardín, se revela al astuto lector -que tiene acceso a una visión panorámica con mayores datos que la criatura- como una mansión aislada, donde vive el protagonista con su madre, en los suburbios de un poblado cualquiera de este tercer planeta. Cuando, venciendo el pánico, el pequeño sale a las Tierras Exteriores, descubre que después de todo su Mundo no era tan grande. Explosivamente encuentra, en un conmovedor final, formas, olores, texturas y colores nuevos, los que con gran cuidado habían sido escondidos por su madre tras un espeso velo de enseñanzas dogmáticas.

En la construcción borgeana "La Biblioteca de Babel", hay una repetición infinita de galerías hexagonales; la única variación se encuentra en el contenido de los libros. Estos, como las permutaciones de los átomos en nuestro universo, componen todas las lecturas posibles, la gran mayoría de las cuales carece de sentido. Aquí no hay otra realidad detrás de la Biblioteca; su inverosímil estructura cósmica no es más que un reflejo de la nuestra, formada de galaxias en lugar de volúmenes.

En muchas de estas narraciones, la punta que conduce a los pensadores a desovillar la forma y finalidad auténticas surge cuando comienzan a descreer del mundo y a alimentar la idea de su falsedad sustancial. Al perder la confianza en el visible, tratan de hallar un diseño veraz. La persecución del saber está relatada en "La gran máquina" (Leiber); un ser indagador estudiaba "libros de filosofía, metafísica, ciencia, hasta de religión. Los leía y trataba de resolver la imagen del mundo". Como si al decodificar el cerebro la información suministrada por los sentidos, rechazara la explicación más elemental; tratara de hallar nuevos datos y recombinarlos para encontrar una más adecuada interpretación de lo existente. En este caso encuentra una respuesta: "El universo todo -estrellas y hombres y polvo y gusanos y átomos, el festival de tiro completo- era solamente una gran máquina". Pero las preguntas fundamentales (cómo es el universo, de dónde proviene, qué es la vida) pueden quedar sin aclarar, aún frente a un Contestador que condense toda la sabiduría, por la propia incapacidad del inquisidor para formular la consulta en forma correcta. Esa desalentadora situación se da en "Preguntas ingenuas", un curioso relato de Robert Sheckley. La conclusión es obvia: hay que saber indagar al cosmos. Y probablemente seamos incapaces, para siempre, de hacerlo en forma adecuada.

Por otra parte, cuando la física cuántica -con propuestas que ofenden al sentido común- afantasma la materia hasta tornarla casi ilusoria, no parece desatinado atribuir una consistencia onírica a la supuesta realidad. Es la visión de Borges en "Everything and nothing" haciéndole decir a Dios frente al autor de "Hamlet": "...yo soñé al mundo como tu soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estás tú, que como yo eres muchos y nadie".

En otro motivo ballardiano -"Ciudad"- en un oprimente clima futurista el orbe entero es una ciudad. Un joven quiere saber que hay más allá de lo edificado; viajando en tres dimensiones alterna niveles, recorre estaciones, sigue días y noches para retornar desconcertado al lugar de origen. Busca el espacio vacío, al que conjetura por extrapolación. Es tratado como alucinado por su amigo, que lo refuta "lógicamente": "Sería espacio no-funcional... es absurdo... no podría existir... La idea se contradice a sí misma. Es lo mismo que decir "estoy mintiendo". Una extravagancia verbal".

El vacío ilimitado, en la visión de los ciudadanos de la urbe gigantesca, es una fantasía; el universo visible no les da otras señales, como los precopernicanos no las tenían de que la Tierra se moviera. Para quien está convencido de la solidez de una creación, los planteos que se distancian de sus dogmas son absurdos, no tienen lugar en el ordenado esquema donde han colocado -en sus correspondientes casilleros- al orbe exterior.

Y, sin embargo, las asombrosas conjeturas de la física debieran eliminar toda certeza basada en principios dogmáticos. Si lo existente puede no tener otro origen que una especie de torsión repentina de la nada, produciendo la gran explosión (big bang) a partir de una singularidad -originando la materia, el espacio y el tiempo- queda poco margen para conocimientos absolutos. El universo es tan incierto como su inexplicable principio. En "Mariana", de Fritz Leiber, la realidad se va esfumando para la protagonista, como resultado de una simple pulsación de botones. El terrible efecto de desolación y locura ante la desaparición de lo circundante, es un alerta contra ingenuos realismos. No obstante, contrastando con el personaje superlúcido (o superloco, según sea el calificador), sorprende que casi todos los habitantes de estas superficies cerradas acepten sin cuestionamientos lo aparente, por más que presente fisuras por donde fugan vaharadas de racionalidad. La proporción de descreídos es insignificante ("No más de uno cada cien mil, me parece", arriesga el protagonista de "La gran máquina").

Es difícil admitir que no impere una angustia colectiva en la humanidad ante la falta de respuesta cierta a los interrogantes esenciales, que la ausencia de una clara y completa información cosmogónica y cosmológica no genere desasosiego. El afán de saber se encuentra casi siempre anestesiado por explicaciones (religiosas o cuasireligiosas) arbitrarias. Es curioso que siendo estas justificaciones opuestas entre sí y plagadas de incoherencias, no engendren apóstatas y, por el contrario, produzcan entre sus creyentes cerrados fanatismos. En "Hielo y fuego" de Bradbury, unos pocos estudiosos aislados tratan de comprender la realidad y el sentido de la existencia, mientras el resto permanece como hormigas en rutinarios quehaceres. También Disch destacó con ironía ("Jaula para ardillas") la futilidad de esas actividades, lo opaco de una vida gastada sin interrogar una sola vez a las estrellas. Su personaje, en forzado encierro, meditando sin pausa, extraña una existencia sin inquietudes filosóficas.

"Tan atareado estaría uno yendo de un lado a otro- de la calle 53 a la calle 42, de la calle 42 al Mercado Pesquero de la calle Fulton, sin mencionar todos los viajes que podría hacer en diagonal- que no tendría que preocuparme pensando si la vida tiene o no sentido".

Si desconcierta que los seres humanos devoren su tiempo en banalidades, máxime cuando padecen encierro en cubículos, es inverosímil que, en ocasiones, se dediquen a trajines bélicos. "¿Guerra? ¿Cómo puede haber guerra aquí?" se pregunta, incrédulo, el pequeño Sim de "Hielo y fuego". En el relato, una aceleración de los ritmos biológicos lleva a los hombres al envejecimiento y la muerte en unos pocos días. No menos inadmisible es que en el escaso número de nuestros días (¿qué son ochenta años?) encontremos lugar para los conflictos. El que quizás jamás se encuentre respuesta a las cuestiones básicas, no absuelve al hombre de derrochar con insensatez su vida.

Ensayando una explicación, los escritores de ficción han atribuido esas conductas a condicionamientos que impiden a la mayoría tener una visión cabal. Una droga alucinógena distribuida en el agua corriente falsea la percepción de toda la población en "La fe de nuestros padres" -otro cuento de Dick-, de modo tal que quien ingiere un alucinógeno aparece drogado ante los demás.

La programación puede dirigirse a que se repitan, puntualmente, movimientos y palabras diagramadas, como en una obra teatral. Atemoriza sospechar que estemos prisioneros así, que nuestro andar se reduzca a una actuación involuntaria. Es el efecto que, en "No es una gran magia" de Leiber, le hace repetir su famosa frase a un Shakespeare estupefacto: "¿Es todo el mundo un escenario?" (Hipótesis cosmológica que no se debe descartar de plano: me he preguntado muchas veces si no seremos como marionetas en un teatrillo para entretener a niños dioses o dioses como niños).

Tenaz, el solitario despierto lucha contra aquello a lo que subrepticiamente es inducido, pero que no alcanza a comprender, tratando de vislumbrar la verdadera identidad del engañoso entorno. La idea ha sido desarrollada por Eduardo Carletti: el midein de "Defensa interna" conjetura una atroz planificación detrás de los desplazamientos de sus congéneres (microautómatas de defensa interna implantados en un ser humano); se rebela contra la fuerte compulsión a actuar en un sentido determinado. En "Mopsi te odio", el hombre acorralado discurre con desesperada lógica:

"Estoy seguro de que, si no estuviera atrapado por este movimiento hacia adelante, podría romper en mil pedazos esos negros velos negros de nada de los costados y descubriría la verdad de todo. Pero no me es permitido. Mi dirección está prefijada".

Dentro de los escasos interesados por aprehender la realidad, sólo algunos pueden resolver en parte el acertijo que ella les propone. A veces es el lector quien puede avanzar más allá del personaje y hallar explicaciones. Nos queda la esperanza de que alguien que nos lea (no a nuestras escrituras: que lea nuestras vidas) pueda a su vez interpretarnos e interpretar el universo. Desde adentro, cabe la reflexión del personaje de "Mopsi, te odio": "Pero las ratas no saben nada del laberinto donde las meten". Es la conclusión más aceptable a la que puede arribarse en esos mundos de extravagante arquitectura.

Caja cerrada, nave espacial, laberinto, cuerpo humano, escenario, ciudad. Cualquier receptáculo puede delimitar un cosmos y todo cosmos puede no ser más que un arcón precintado. Es posible también que nuestro universo sea un fascinante juego de luces y reflejos, de realidades trucadas y birlibirloques, de escamoteos de ilusionista, pero nos está vedado -sutil, misteriosamente- el descifrar su oculta figura.

(c)José De Ambrosio

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1) Microcosmos en el sentido de cosmos diminuto, no el microcosmo del concepto filosófico.

2) En la novela de A. Bioy Casares "Plan de evasión" se describe un singular intento de "eliminar" los muros de la prisión con una serie de manipulaciones físicas y psicológicas. El prisionero, dentro de su celda, supone estar en una isla rodeada de mar abierto. La ilusión es perfecta: cuando lo sacan al patio cree ahogarse.

 

 

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