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LA CADENA

Por Jorge Oscar Rossi

(Ilustración de Ebenezer Holt, realizada para acompañar la publicación de este cuento en el Nº 5 bis de "La Estela de Luveh-Kerapt", Revista Electrónica de la Nueva Logia del Tentáculo)

La vida, su vida, es una farsa. Hace como que le gusta ser contador, como que tiene experiencia, como que le importan sus vecinos, su familia, pero no...

...no le importa nada...bueno, no nada, no le importa eso.... ser contador, hacer como que tiene experiencia, como que le importan sus vecinos, su familia...

Es un actor de día completo. Le gusta pensar eso. No, no es un actor. Es un fraude de día completo. De chico imaginaba otra vida para él.

Si, si, es cierto, todos imaginan que van a ser grandes personajes de la Historia cuando son chicos. Todos están seguros de que van a recorrer el mundo viviendo fantásticas aventuras, pero él no puede aceptar una vida tan pero tan vacía como la que lleva.

¿Qué ve debajo de la mascara de Alberto Jauregui, contador publico nacional de saco y corbata y oficina y mujer buena pero idiota e hijos buenos pero insoportables? Nada, debajo no quedó nada. El chico y el adolescente que alguna vez fue Alberto Jauregui ya no están y en su lugar no vino nadie.

Le cuenta todo esto a su psicólogo una y otra vez, a razón de una sesión por semana. Juraría que el psicólogo está absolutamente harto de escuchar esa sarta de estupideces. Pero el psicólogo es muy buen profesional, así que no deja traslucir sus emociones. Se limita a dedicarle unas palabras, recibe el dinero de la sesión con gesto neutro y lo despide, con el afecto indispensable para que no pueda sentirse mortificado, pero sin exagerar. No sea que Alberto vaya a pensar que el terapeuta alberga deseos inconfesables hacía su persona. En realidad, son dos profesionales, porque Alberto ya es un paciente experimentado en psicoterapias varias, así que se comporta como se espera que debe comportarse. Y paga puntualmente, que, al fin y al cabo, somos gente seria.

Buscando aventuras, Alberto tuvo su época de aficionado al esoterismo y lo paranormal. De entonces le quedó un libro viejo y bastante roto, comprado en una librería de saldos.

Un librito, en realidad. No más de ochenta paginas. No lo tiró porque creía que lo había perdido en una mudanza, pero resultó apareciendo en una caja de herramientas. El porqué fue a parar ahí, no se lo puede explicar.

El librito se titula “Plegarias para Nuevos Adoradores”, no tiene autor, fue impreso en 1931 en la ignota “Imprenta de la Estrella del Sur”, de Buenos Aire; y en la tapa se ve algo que parece una criatura tentacular, aunque los años y la mala calidad del papel le quitaron todo posible arte. Visto de pasada, es un garabato propio de un niño de cuatro años. Visto con atención, tiene su encanto. Un encanto sucio.

Como el titulo lo indica, el libro contiene una serie de suplicas dirigidas a alguien que no se menciona. Lo que se les enseña a pedir a estos Nuevos Adoradores primero asombra y luego termina causando dolor de estomago en más de un lector. Por ejemplo, en la pagina tres nos dice:

“Te Pido la Muerte del Niño
Sus entrañas calientes te Ruego”

En la doce:

“Te Pido la Peste
Te Pido el Tumor
Te Pido la Gangrena”

En la treinta y siete:

“Te Pido la Oscuridad
El Fuego que Queme
El Agua que Ahogue
La Tierra que Sepulte
El Aire que Envenene
Te Pido el Odio”

Luego de tantas sentidas deprecaciones, el libro termina con la siguiente advertencia:


“Aquel que Descansa Inquieto bajo el Infame Sello
Te Mira, te Huele, te Tiene
Aún Durmiendo
A El Servirás
Aun Durmiendo
Te Mira, te Huele, te Tiene
A El Servirás
Aún Durmiendo
Te Mira, te Huele, te Tiene
A El Servirás
Aún Durmiendo
Te Mira, te Huele, te Tiene
A El Servirás
Aún Durmiendo
Te Mira, te Huele, te Tiene
A El Servirás...”


Esta hipnótica letanía se repite durante dos paginas y, más que terminar, se interrumpe con esta frase:

“Su Deseo es tu deseo
tu deseo será la Obra de otro
y el deseo del otro
será la Obra de otro
Así
Aquel que Descansa Inquieto bajo el Infame Sello
Será Bien Servido ”

Esa noche, por primera vez en su vida, Alberto leyó con atención, con pasión, con obnubilada adoración, estas ultimas paginas.

Esa noche, su perro, Fido, un caniche toy muy juguetón y bastante molesto, lo saludó saltándole al regazo mientras terminaba de leer.

Esa noche, furioso por la interrupción, Alberto pidió la muerte violenta de su perro.

A Fido no le pasó nada.


***

Alvaro era un buen perro, si se puede predicar moralidad de un perro. En sus genes, junto con otras diez razas que acababan con toda estética canina posible, predominaban en absurda mezcla el pastor alemán, por el físico; y el collie, por el hocico y el pelaje largo.

La pelambre negra estaba siempre sucia de la tierra sobre la que le gustaba dormir y por su mirada se sabía que era un perro resignado a comer lo que le sobraba a sus dueños, a pasar las noches al aire libre y a que de vez en cuando lo corrieran con un palo o le revolearan una piedra; palo y piedra que no buscaban golpear, sino solo asustar un poco.

Sus dueños no eran malos, pero definitivamente no trataban a Alvaro como a un miembro de la familia. Era “el perro” y su lugar estaba afuera de la casa.

Con todo, de poder pensar, Alvaro pensaría que su vida era más que aceptable. Dormía la mayor parte del día, las sobras que comía eran abundantes y podría decirse que no lo molestaban.

Por eso no se inquietó cuando Damián se le acercó. Cuando recibió el primer golpe en la cabeza solo sintió dolor. El dolor se repitió en los siguientes diez golpes de puño y en las primeras tres patadas. Damián siguió pegando y pateando mucho más, pero eso ya no tenía importancia para Alvaro.

Damián pegó y pegó y pateó y pateó, hasta que tuvo que parar porque el corazón amenazaba con salírsele del pecho. Con la cara enrojecida y transpirada, jadeó buscando aire a la desesperada. Los oídos le latían y el cuello era puro ardor.

Solo cuando se calmó un poco, pudo asustarse al ver sus manos manchadas de sangre.
También había sangre en su camisa, pantalones y en la punta de la zapatilla derecha.
Miró a un lado y otro. Estaba en plena calle de tierra. Él y el perro muerto. Solos.
“La hora de la siesta es sagrada”, podría haber pensado de no estar tan asustado por haber matado a golpes al perro de su primo.

Tuvo un impulso y levantó al perro. Tuvo otro impulso y cruzó la calle y tiró el cuerpo reventado por encima de la alambrada del terreno baldío que enfrentaba la casa de su pariente. Recién ahí se percató que dos caballos, uno blanco y otro con manchas blancas y negras; habían sido testigos de sus actos. De no estar tan pero tan aterrorizado se hubiera reído, pero solo tuvo otro impulso y retrocedió corriendo y se metió en la habitación que le había cedido su primo y con el mismo impulso y sin ninguna idea o pensamiento que se le cruzara por una cabeza que parecía hueca y vacía, se tiró en la cama.
Se quedó ahí, temblando.

Cuando el pecho dejó de parecer un tambor y el sudor se secó en su cuerpo aún temblequeante, Damián tuvo frío.

Entonces pudo recordar.

Recordó que un rato antes (¿cuánto?, ¿una hora, hora y media?), había almorzado tallarines con salsa con su primo y familia. Tallarines caseros, obra de Marta, la esposa del primo. Ricos fideos. Comió tres platos. No por nada estaba bastante gordo. Los tallarines hechos a mano son otra cosa, no se comparan...

Estaba desvariando. ¡Todo lleno de sangre de perro y pensando en fideos!. Trató de concentrarse: Después de comer, Rubén (así se llamaba su primo), la esposa y hasta los dos hijos se fueron a dormir la siesta. Era como un reflejo condicionado en esta gente.

Damián, hombre de ciudad, no la iba con costumbres de pueblo. A él, que no lo quisieran hacer ir a dormir. Casi se sentía importante, distinto, más “elevado”, pensando esas cosas.

Así que se quedó solo y bastante aburrido, pero no más que las otras tantas veces que fue al pueblo a visitar a la familia. Hay cosas que son de una manera y no se pueden cambiar.

Si, eso mismo pensaba cuando estaba en el patio de tierra, mirando hacía la calle, también de tierra. Pura tierra a la vista, salvo una mata de verde donde estaba echado el perro, muy descansado él.

Damián lo miró con indiferencia, como quien contempla un ladrillo o un pedazo de madera, y entonces Alvaro lo miró. Una mirada ni rabiosa ni amistosa, la del perro. Una mirada de pura indiferencia, como quien contempla un ladrillo o un pedazo de madera.

Esa mirada lo encendió. No podía explicarlo con otra palabra. Fue como si dentro de su cabeza, a Damián se le hubiera encendido un mechero. Al principio fue una llamita, pequeña pero obviamente muy caliente, que lo quemaba justo en el centro de la tapa del cráneo. Después la llama y el calor se hicieron más grandes y sintió como que algo se desbordaba y para evitarlo fue y le empezó a pegar al perro y, mientras le pegaba, el calor se le iba de la cabeza y se le pasaba al pecho, a la cara, al cuello...

No es que nunca se le hubiera cruzado la idea de reventar un perro, o un gato, o a una persona, inclusive. Pero esa vez solo estaba mirando aburridamente a un perro igualmente aburrido...


Pasó un rato largo hasta que dejó de temblar y otro rato casi igual de largo hasta que se cambió ropa y calzado. Después usó la bolsa que reservaba para la ropa sucia y escondió allí la camisa, el pantalón y las zapatillas manchadas de sangre. La bolsa fue a la valija y la valija debajo de la cama. Al rato recapacitó y volvió a poner la valija donde estaba, arriba de una silla, para no despertar sospechas.

Miró la hora: cuatro y media. Se acaba la siesta. Hay que salir y prepararse para poner cara de asombro cuando encuentren al perro de mierda.

No entendía lo que había pasado. Mientras no lo descubrieran, no importaba. Era un perro.

En eso escuchó los gritos de Carlitos, el hijo menor de su primo:

“- ¡Fue Damián, él le pegó al Alvaro! ¡Yo lo vi por la ventana!”

Damián volvió temblar.

Finalmente, los padres hicieron como que no le creyeron al hijo, que sabía ser bastante fabulador, y hasta lo mandaron a dormir sin cenar. Damián puso una cara aún más asombrada de lo que tenía pensado y se deshizo en explicaciones para demostrar inocencia, tanto que su primo confirmó sus sospechas.

Nadie dijo nada, pero todos se alegraron cuando, al otro día, el pariente terminó la visita y se fue a su casa.

En el ómnibus que lo llevaba de vuelta a la ciudad, un enfurecido Damián deseó estrangular a Carlitos.

A Carlitos no le pasó nada.

***

Miguel vio los ojos muy abiertos de su hijo y un momento después, no sabría decir exactamente cuando, se percató que tenía las dos manos en el cuello del chico.
Lo soltó como si su hijo quemará y Fede, de cinco años, se desparramó en el suelo.

Se había encerrado en su estudio desde la mañana, cuando no le quedó ninguna duda de que estaba en la ruina.

Ramiro Arenas, amigo de toda la vida y su contador y administrador de sus negocios desde hacía diez años lo había dejado sin un centavo y, como si fuera poco, sin esposa.

Durante ese día, Miguel tendría que haber pensado en buscar un abogado, o en ir a la policía, pero se dedicó a imaginar con energía creciente las mas sangrientas formas de matar a su ex amigo, ex contador y ex administrador.

Pensó y pensó como vengarse y ni debió darse cuenta que Fede, (la puta de su mujer lo dejó con el chico), había entrado a la habitación.

Ni se dio cuenta que su hijo se acercó, lo llamó, le tironeó la manga de la camisa y que él salió de su ensimismamiento para agarrarlo del cuello y estrangularlo, apretando y apretando aún después de escucharse los crujidos de la traquea y de las vértebras cervicales.

Ahora, mirando a su hijo muerto, solo pudo culpar a Ramiro. Deseó castrar a ese hijo de puta y dejarlo morir desangrado.

Al contador publico nacional Ramiro Arenas no le pasó nada.

***

El contador publico nacional Alberto Jauregui murió desangrado. Fue noticia para la prensa porque, según la reconstrucción que surgió de la investigación policial, su perro, Fido, le arrancó los testículos a mordiscones, en una acción que no reconoce antecedentes en la historia de los caniches toys.

Al lado de su cuerpo se encontró un librito, abierto por la ultima hoja. En la parte que no estaba manchada de sangre se pudo leer lo siguiente:

“Su Deseo es tu deseo
tu deseo será la Obra de otro
y el deseo del otro
será la Obra de otro
Así
Aquel que Descansa Inquieto bajo el Infame Sello
Será Bien Servido ”

© Jorge Oscar Rossi, marzo de 2008

 

(Este cuento fue publicado en el Nº 5 y en el 5 bis de “La Estela de Luveh-Kerapt”, Revista Electrónica de la Nueva Logia del Tentáculo.)

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