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HACIENDO BURBUJAS

Por Jorge Oscar Rossi

De cuando era chico, lo primero que recuerdo es el miedo. Un miedo constante, un miedo anidado en el estomago y asiduo visitante de manos y piernas temblorosas. Un miedo básico que me acompañaba durante el día y poblaba mi mente en las noches.
Mis padres me consideraban retraído y frágil y me trataban como a un pobre infeliz a quien hay que cuidar mucho. Eso si, no me decían pobre infeliz; me decían Juancito y chiquito y querido y bebito de mamita y esas cosas cariñosas que se le dicen a los pobres infelices mientras se los sobreprotege.
La psicoterapia me enseñó que mi padre me consideró un fracaso personal y mi madre, en cambio, entendió que yo era un castigo del Señor. Ambos me odiaron calladamente por eso y yo les correspondí con igual o mayor odio subterráneo. Exteriormente, nos amábamos mucho. Dejé a mi psicólogo y lo odié también a él luego de saber esto. Así terminó mi terapia, con nuevos odios conscientes y viejos miedos ocultos.
Vivo solo y no tengo demasiados amigos. En realidad, mas que amigos, son conocidos. No digo que no pase momentos agradables y hasta graciosos con algunos de ellos de vez en cuando, pero, en general, estoy solo.

A veces siento que me gustaría morirme. En realidad, muchas veces. Sin embargo, de chico tenía un absoluto terror a la muerte.
Algunas noches, en la cama y con la luz apagada, hacía el siguiente ejercicio: Cierro los ojos e imagino que me muero. Imagino que ya “no soy”, que todo terminó, que nunca mas seré, que se acabó; y cuando estoy en eso, algo aparecía desde el fondo de mi mente y como un latigazo me golpeaba con una imagen que me dice que eso va a pasar, que voy a morirme, que llegará el día en que ya no exista, que no voy a estar mas, que no voy a pensar mas, que no voy a sentir mas, que no voy a ser mas...
La absoluta certidumbre de que, como todos, voy a dejar de ser, me dejaba despierto toda la noche.

Todo iba mas o menos así, tan mal como le va a cualquiera, hasta que encontré la pipa.

Me gustan las pipas. Siempre me gustaron. Durante años fantasee con la idea de comprarme una. Cuando lo hice, tardé un año en animarme a fumar.
Llegué a tener tres pipas baratas, pero bonitas, y fumaba una vez por semana o cada quince días.
Me encanta fumar en pipa. Es un rito que lleva poco más de una hora y me resulta el mejor relax, pero luego no puedo evitar imaginarme consumido por variados canceres de boca, labios, garganta, pulmón o una combinación de ellos. Hay algo extremadamente cobarde en mí y, por lo general, me la paso esperando lo peor.
La cobardía y el deseo llegaron a un acuerdo que no deja satisfecha a ninguna de las partes y por eso es que solo fumo una vez por semana o cada quincena, según como vaya mi temor.
En compensación, gasto bastante tiempo mirando pipas en las vidrieras de las tabaquerías y en Internet.

Encontré a la pipa sin buscarla.

Tenía que hacer tiempo porque me faltaba mas de una hora para ir al dentista y decidí ir caminando porque la tarde estaba fresca. Atravesé una plaza llena de puestos de artesanos. Por lo general, no suelo mirar artesanías porque la inmensa mayoría me parecen pura basura, pero algo me llevó a ver lo que había en un puesto dedicado a cosas “orientales”. Digo así porque era un zafarrancho de replicas de las pirámides, efigies egipcias, cassetes de música “árabe”, velos y ropa de pseudoodaliscas y, en perfecta desarmonía, estatuitas de buda, símbolos del ying y yang, libros de feng shui, más un largo etcétera....y, como escondida, la pipa.

Me explicaron que era una pipa de agua tipo "hindu kush", de bronce, desarmable y labrada finamente a mano.
El mecanismo es como el de un narguile; esto quiere decir que el humo se filtra con el agua, y mediante un burbujeo se dirige hacia la boquilla.
Me sedujo su aspecto y, en especial, el hecho de que no tenía ni idea de que existiera algo así. Conocía los narguiles, por las películas, pero esto era muy distinto exteriormente, aunque funcionara igual.

Un narguile es similar una botella de vidrio no muy grande ni muy pequeña, con un largo tubo de metal que parece un embudo y en la parte de arriba de este tubo se coloca el tabaco, y encima de este el carbón. Por otro espacio del cuello de la botella se ponen unas boquillas flexibles que no llegan a tocar el agua y de allí se fuma.

Esta pipa, en cambio, tiene una base de bronce donde va el agua y de ahí salen dos tubos, uno recto que sube y termina en la cazoleta donde va el tabaco y otro curvo que finaliza en la boquilla. Visualmente, tiene bastante parecido con el formato de una pipa curva común, solo que es dorada, salvo la boquilla y la cazoleta, que son de color negro. La base de bronce está decorada con inscripciones en algo que me pareció árabe, pero que puede ser turco o sumerio o cualquier cosa, dada mi ignorancia en el tema.

Como sea, quede fascinado al verla. Pregunté el precio y era barata, no sospechosamente barata, pero entraba perfectamente en mis posibilidades. El vendedor no sabía mucho más de lo que me había dicho al principio. Era un muchacho apenas salido de la adolescencia, pelilargo y granuliento, con una barbita deshilachada. Solo agregó que estas pipas servían para fumar tabaco y “otras cosas” y me miró con una patética sonrisa cómplice.

Por supuesto que sabía que había pipas para drogarse y, luego, en Internet, la mayor información sobre las “pipas de agua”, como mi hindu kush, la conseguí de sitios dedicados a los drogones. Desde marihuana, pasando por hachís, hasta hongos, de todo quemaban esos infelices. La idea era darse un viaje. Sentí bastante asco por la mayoría de las cosas que leí.
Por mi parte, decidí probar con tabaco común.

La experiencia fue desalentadora. Sin un carbón encendido en la cazoleta, como hacen con los narguiles, era muy difícil mantener encendido el tabaco. Me la pasé prendiendo fósforos. Resultaba mucho más complicado que con la pipa común. Como precaria compensación, el tabaco sabía mucho más suave.
Al otro día decidí hacer un nuevo intento y luego al otro y al otro y al otro, hasta que caí en cuenta de que jamás había fumado una pipa cinco días seguidos. Agrego: cinco frustrantes días seguidos, porque mi “técnica de fumada” no había mejorado en absoluto.
El sexto día vomité la cosa roja.

Fue así: estaba luchando por encender por enésima vez la podrida pipa cuando, sin previo aviso, me vino una arcada y enchastré piso y pantalones con la cosa roja. Solo que en ese momento no pensé que fuera una cosa roja, sino mi propia sangre.
Blanco de terror, helado y mareado, se me cayó o tire la pipa y me quedé viendo el charco rojo entre mis piernas.
Después empecé a temblar.
Después empecé a gemir, porque no me salían los gritos. Era un quejido de miedo en estado puro.
Después sentí el olor.
No sé cuando me di cuenta que la cosa roja no era mi sangre. El olor dulzón y nauseabundo venía del piso enchastrado y se me metía en la nariz. Era un hedor desconocido, con algo que sugería una podredumbre muy vieja.
Una podredumbre vieja, pero viva.

Las burbujas empezaron tampoco sé cuando. Primero una, casi invisible, se formó en el medio del charco. Solo alguien en mi estado, mirando el piso como hipnotizado, podría verla. Después apareció otra, más grande, y enseguida cuatro más, rodeándola, y luego otras cuatro y luego cinco más y tres y seis y diez y al fin todo el charco rojo estaba tapizado de burbujas; de burbujas que palpitaban.
Palpitaban o latían o se inflaban y desinflaban, no sé como decirlo. Solo sé que todas lo hacían simultáneamente. Crecían y se achicaban al unísono. Subían y bajaban, subían y bajaban.
Por entonces, el charco empezó a respirar.
Si, era un sonido como el de la respiración de un animal grande. Inhalaba y exhalaba al ritmo del latir de las burbujas. Primero respiraba tranquilamente, con profundas y acompasadas inhalaciones y exhalaciones. Era una brisa suave que me golpeaba la cara. Sentía la respiración del charco subiendo y rozando mis mejillas, tan bien como sentía las heladas gotas de mi sudor.
Después la respiración se hizo más agitada, como la de una bestia que trota, y la brisa pasó a ser un viento no muy fuerte.
Luego el trote se convirtió en galope y, más que respirar, las burbujas jadeaban y resoplaban y el viento me azotaba en la cara y el charco se contraía y se expandía con espasmos.
Cuando el charco explotó me desmayé.

Desperté solamente para recordar que, al explotar, el charco pareció venírseme encima. Comprobé que estaba totalmente cubierto por la cosa roja. Supongo que grité y me volví a desmayar.
Desperté otra vez y pasó un rato hasta que me di cuenta que ahora estaba sucio y lleno de olor, pero con la familiar suciedad y el olor de mi propia mierda y orina. No había rastros de alguna cosa roja. Solo un tipo patético, tirado en el piso de su casa, cagado y meado.
Me levanté y limpié y me bañe y tiré toda la ropa a la basura con la frenética actividad de un poseso. Lavar y lavarme, desprenderme de la ropa y quitar el olor de mi inmundicia era un ancla para mi cordura. Lavar, lavar, borrar, quitar. Terminé encendiendo dos sahumerios. Mi casa olía a todas las fragancias políticamente correctas de los comerciales de desodorantes, pero yo seguía temblando y cada tanto gemía y parecía querer llorar, pero no me salían las lagrimas.
Cuando me di cuenta que estaba amaneciendo, me di cuenta que había pasado toda la noche en vela.

Por supuesto, la pipa seguía tirada en el mismo lugar. La había visto de reojo muchas veces, mientras lavaba y fregaba y desodorizaba y prendía sahumerios y trataba de dejar de temblar. Ahí estaba, en el piso, al lado de la silla, silla que tendría que estar manchada de cosa roja y, sin embargo, se veía de lo más limpia.
“Solo mierda y orín en tu ropa y en el piso, ninguna otra porquería hubo en tu casa”, parecía que me decía la pipa.

Me puse unos ridículos guantes de cuero que nunca usaba y agarré la pipa como si quemara. No quemaba, ni palpitaba, ni latía, ni olía, ni nada. Era solo una puta pipa de metal, tan muerta como cualquier pedazo de bronce.
La guardé en el único cajón con llave que tiene mi placard y me quedé un buen rato ahí parado, con los guantes puestos y pensando en porqué había guardado esa cosa, en vez de tirarla.
Hace una semana de esto y no volví a abrir el cajón...que yo recuerde.

Exteriormente, mi vida no parece haber cambiado. Sigo haciendo lo de todos los días. Fui al médico y solo conté que me había desmayado y que al despertar me di cuenta que había perdido el control de los esfínteres. Así dije, “control de esfínteres”. Trate de contar todo de la manera más “limpia” posible. El médico me preguntó si tenía antecedentes familiares de epilepsia y me prescribió análisis de sangre y orina. Estoy esperando los resultados. Es posible que después me derive a un neurólogo, me dijo el médico, con amabilidad profesional.
Pero mi vida tuvo cambios. Ahora me acompaña el miedo de mi niñez. Ese miedo constante, ese miedo anidado en el estomago y asiduo visitante de manos y piernas temblorosas. Ese miedo básico me acompaña durante el día y puebla mi mente en las noches.
A veces siento que me gustaría morirme. En realidad, muchas veces. Ya no tengo terror a la muerte. Deseo morir, deseo no-ser. Lo deseo desde que, al mirarme en el espejo, la cosa roja que cubre mi cuerpo burbujea, late, respira...y me habla.
Tendría que evitar los espejos. Tendría que romper todas las superficies donde mi imagen se refleja. Tendría que haberme desprendido de la pipa.
No puedo, simplemente no puedo.

Algunas noches, en la cama y con la luz apagada, hago el siguiente ejercicio: Cierro los ojos e imagino que me muero. Imagino que ya “no soy”, que todo terminó, que nunca mas seré, que se acabó; y cuando estoy en eso, algo aparece desde el fondo de mi mente y como un latigazo me golpea con una imagen que me dice que eso no va a pasar, que no voy a morirme, que nunca llegará el día en que ya no exista...que voy a burbujear, a latir y a respirar por siempre.

© Jorge Oscar Rossi, marzo de 2007

(Este cuento fue publicado en el Nº 2 de “La Estela de Luveh-Kerapt”, Revista Electrónica de la Nueva Logia del Tentáculo.)

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