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EL BLUES DEL SHERIFF PALMER

por Jose Antonio Fuentes Sanz


El alcalde se frotaba la frente con la manga, sudando copiosamente, mientras decía a sus conciudadanos:

- Tenemos que hacer algo.

No concretó que era "algo", pero todos le entendieron. Era un centenar escaso de hombres, mujeres y niños en un poblado del Medio Oeste, braceros, campesinos y comerciantes. Sus posibilidades de hacer "algo" eran muy limitadas, especialmente contra veinte hombres armados hasta los dientes.

Además la mayoría pensaban que no se les había perdido nada en aquel asunto. El único afectado era el alcalde, que ademas era dueño del garito de juego, del periódico y la tienda del pueblo, por no hablar de la única aeronave que aún podía levantar el vuelo en varias decenas de kilómetros a la redonda.

El alcalde tampoco era una persona especialmente querida. Las últimas elecciones, celebradas hacía ocho años, estaban bajo sospecha de fraude al contabilizarse tantos votos a favor como votantes había, aunque algunos aseguraron posteriormente no haberle otorgado su papeleta. Pero si como político dejaba que desear, económicamente era quién mandaba: todos le debían hasta la camisa que llevaban puesta. Y él no cesaba de recordárselo. No fueran a olvidarlo.

- Johnny - empezó el alcalde - ¿Que piensas hacer?

Johnny se quedo petrificado. A sus cuarenta años ocupaba el puesto de sheriff, cuyo sueldo le servía para redondear los parcos ingresos de su terruño. Era un hombre alto y enjuto, envejecido por los problemas y una vida trabajando como una mula. Como representante de la ley navegaba entre los designios del alcalde, que le pagaba la nómina, y sus conciudadanos, que se sentían exprimidos por unas deudas que aumentaban sin cesar.

En sus seis años de sheriff lo más peligroso que había hecho fue atrapar al hijo de Barry Carson cuando cogió una vieja escopeta y bajo los efectos del alcohol empezó a disparar en el centro del pueblo. Ni siquiera le costó mucho: se acercó por detrás y lo dejo inconsciente de un porrazo cuando se le agotó la munición. Freddie Carson estaba tan borracho que cayó redondo como un saco de patatas.

Plantar cara en solitario a veinte profesionales con armas automáticas le quedaba muy por encima de sus posibilidades. Y lo sabía. Pero necesitaba el estipendio de sheriff a final de mes, sin él las pasaría muy magras. Su mujer y sus tres hijos le miraban con ojos muy abiertos, el mayor tenía dieciocho años, el más pequeño doce.

- ¿Y bien, Johnny? - insistió el alcalde - Cobras por mantener el orden. No pueden venir unos forajidos a robarnos sin más.

En realidad al único al que estaban robando era a él. A aquellos maleantes se les había estropeado una pieza de su aeronave y aterrizaron cerca del cobertizo de Shelby para repararla. Lo primero que hicieron fue hacer una batida, coger a todos los habitantes y encerrarlos en la Iglesia del reverendo Parker. Los guardaespaldas del alcalde salieron por pies cuando les vieron y a Johnny lo pillaron desarmado en la tienda del pueblo.

- Tranquilos y que nadie haga tonterías - advirtió uno de ellos, un mulato de dos metros y corpulento, cuyo brazo derecho era una prótesis electromecánica.

Su amabilidad y cortesía les ponía los pelos de punta a todos. Instintivamente comprendían que estaba haciendo un papel, con el talento de un buen actor, pero sin necesidad de emplear todos sus recursos para engañarles. La clase de tipo que muy bien podía aparecer en cualquier momento con la misma sonrisa en los labios y matarlos a todos, sin hacer excepciones, sin remordimientos, ni dudas.

Los bandidos se mantuvieron tranquilos sin intentar nada con ninguna de las mujeres, así que todos se sintieron más seguros... al menos hasta que el alcalde vio por una ventana que desmontaban su aeronave para sustraerle una de las bombas de alimentación.

Ahora pretendía cobrarse intereses de sus deudas pidiéndoles que hicieran frente a aquel grupo de forajidos. La bomba valía mucho dinero y era casi imposible de encontrar, sus vidas no valían nada.

Pero si era cuestión de a quién temían más, el alcalde o el grupo armado, este último ganaba por mayoría aplastante.

- Domingo ¿Por que no intentas hablar con ellos? - sugirió el viejo Abraham.

Domingo abrió los ojos como platos, era de origen hispano, como aquella chusma.

- ¡Estas loco! ¡Esos tipos no dudarían en matar a su propia madre y seguramente a su padre, si supieran quién es!

El alcalde se volvió hacia Johnny, quién como representante de la ley estaba obligado a actuar.

- Bueno ¿Que piensas hacer?

Johnny hacía cálculos: las deudas al alcalde, las cosechas, la familia... siempre volvía al mismo punto. Necesitaba el empleo de sheriff. Sin él tanto daba los esfuerzos que hiciera, en uno o dos años perdería a los más pequeños, tal vez a su mujer. El alcalde le tenía bien sujeto.

- ¿Tenemos algún arma para hacer algo?

El alcalde sonrió satisfecho. Menos mal. Por fin alguien cumplía con sus deudas.

- Reverendo ¿Aún guarda esa pistola?

El reverendo asintió y fue a buscarla. La trajo sujeta con dos dedos: una vieja arma de museo. Un revolver del 45 con tambor de seis balas y cañón de cuatro pulgadas. También le entregó una caja de munición que parecía igualmente vieja y con los casquillos recubiertos de una fina capa de grasa.

- ¿Ha disparado últimamente con ella? ¿Sabe si la munición esta en condiciones?

El reverendo negó con la cabeza. Hacía al menos diez años que no disparaba con aquella arma. Billy Wattson, que le hacía ocasionalmente de ayudante, se acercó a él y sin tapujos le dijo:

- Déjalo correr, Johnny. Esos tipos te mataran sin pensárselo dos veces ¡Que se lleven la maldita bomba!

- No puedo, Billy. Necesito el empleo y el sueldo a final de mes. Si no, mi familia se morirá de hambre. No tenemos tierras suficientes para mantenernos.

- Peor les mantendrás si estas muerto.

Johnny comprobó el tambor y lo cerró, colocándose la pistola en el cinto y guardándose el resto de munición en el bolsillo. El alcalde le miraba con un brillo de triunfo en los ojos.

- Hace unos quince o dieciocho años - le explicó a Billy - leí a un autor europeo. Clausewitz se llamaba, creó... Era un libro que filosofaba sobre la guerra, no me gustaba el tema, pero lo leí por que era lo único que tenía, aparte la Guía Telefónica. Decía que todo buen general debe correr riesgos calculados: si el plan inicial falla, debe tener un segundo plan en la manga para no quedarse con el culo en el aire. Si no tienes ese plan, no estas corriendo riesgos calculados, estas tirando los dados al azar. O te sale redondo o te la pegas. Pero hay momentos en que aunque no tengas el segundo plan, debes tirar los dados por fuerza... porque estas en una situación en la que no puedes ganar, solo prolongar la derrota.

Le palmeó el antebrazo amistosamente.

- Te agradezco tu intención, pero ahora tengo que tirar los dados. No tengo un segundo plan y ni siquiera yo estoy convencido de que el primero tenga alguna posibilidad de salir bien.

- ¡Esto es de locos!

- Vivimos en una época de locos - le recordó Johnny.

Salió de la Iglesia sin que nadie se atreviera a mirarlo a los ojos. Caminaba a una muerte segura, pero nadie intento ni disuadirlo ni ayudarle. El era el sheriff y cobraba por ello. El poblado estaba vacío, había muchas más casas que vecinos y la mayoría estaban en ruinas. Las calles tenían un aire entre despoblado y negligente, repletas de suciedad, arena y arbustos arrastrados por el viento.

Paso ante la estatua del legendario sheriff Palmer, que tuvo sus días de gloria en la época del Far West. Abatió al forajido Will Pendler en un duelo singular, frente a frente. Era otra época, de grandes hombres, donde se creaban las leyendas. Un importante periodista del Este, Andrew Cadler, investigó y escribió la crónica que ahora se conservaba

Will Pendler había llegado a media tarde al pueblo, se aposento en la cantina y echó a los ganaderos y agricultores locales. Will era un mal bicho, con veintiún años había matado una veintena de hombres y era rápido como el rayo sacando el 45.

El sheriff le esperó a la salida de la cantina y cuando Will cruzó la puerta le lanzó el reto. Ambos se movieron en círculo buscando la mejor posición, donde el sol, el polvo y el viento no les molestaran, con la mano a un dedo de la culata del revolver.

Entonces todo ocurrió muy deprisa, según contaron los testigos. Will fue el primero en sacar, un saque limpio, pero no lo suficientemente rápido. Tal vez aquel día había bebido, o tal vez estuviera cansado. El sheriff desenfundó una décima después, pero disparó antes. Le metió una bala en el corazón y Will cayó muerto al instante.

Aquel enfrentamiento se convirtió en un mito en el pueblo, y cincuenta años después se levantó una estatua conmemorativa, con una placa contando la historia al detalle. Johnny la aprendió de memoria de pequeño y luego, de sheriff, la rememoró a menudo. El jamás había tenido que hacer nada similar, también es cierto que los delincuentes de ahora no eran Billy Pendler.

Excepto aquel grupo, silenciosos e impávidos alrededor de su nave. Ya casi habían terminado con las reparaciones y parecían contentos de poder abandonar el poblado. Fue cuando le vieron que cambiaron a una actitud más hostil. Johnny avanzó sin tenerlas todas consigo. Muy bien podían matarle sin esperar siquiera a que se acercará.

En un costado de la aeronave estaba el emblema de la Compañía de las Américas. Supuestamente era una compañía comercial, pero de hecho era una sociedad de ladrones. Su principal actividad era la piratería marítima a gran escala, para lo que contaban con una ingente flota de procedencias diversas y una gran cantidad de soldados para las acciones en tierra. Aquellos tipos eran parte de su "Ejército", pero lo más militar que tenían era la disciplina. Para ellos no existían leyes de guerra, ni normas de conducta; en muchos aspectos era una horda de bandidos organizados.

Hasta hacía muy pocos años sus actividades de limitaban a las franjas costeras, la Compañía no hacía la menor distinción entre "comprar" y "saquear", dependiendo de la fuerza de sus interlocutores. Tras la caída del Gobierno Central, las guerras civiles y las revueltas, la Compañía se estableció en la desembocadura del Mississipi, desde allí hacían incursiones regulares tierra adentro en aeronaves y en buques de poco calado, remontando el río.

El mulato le salió al paso, plantándose ante él con cara de pocos amigos.

- ¿Que diablos quieres?

Johnny dirigió una mirada de reojo al grupo, eran todos del sur de Río Grande, donde existía suficiente población en condiciones paupérrimas como para que la Compañía reclutará personal en abundancia sin problemas. Eran de todas partes, desde Tierra de Fuego hasta California, desde los Andes hasta Santo Domingo. El mundo se había vuelto muy cruel y las continuas sequías a gran escala habían creado grandes bolsas de miseria, quienes no morían de hambre tenían que trabajar muy duro o quitarle lo que necesitaban a alguien que lo tuviera.

La mayoría de aquellos tipos no tenían más de treinta o treinta y cinco años, pero ya habían visto todo un mundo de horrores y tenían un pie y casi todo el otro en la tumba.

- ¡Déjale, Gualdo!

Tanto Johnny como el mulato se sorprendieron de la intervención, justo en el momento en que Johnny abría la boca para hablar. El que les había interrumpido era el jefe del grupo, un hombre moreno, de ojos negros y fuerte. Era imposible calcular la edad, cuando le vio por primera vez parecía estar en los cuarenta, ahora que sonreía parecía tener solo veinticinco.

- ¡Eh, Martín, no tenemos por que tratar con este desgraciado! - protestó Gualdo.

- No, no tenemos por qué - admitió Martín - Lo hago por que quiero.

Johnny se sintió un tanto aliviado, de momento el plan avanzaban, ahora a ver como se lo proponía a aquel tipo. Pero no tuvo tiempo de hacerlo, cuando abrió la boca, Martín volvió a interrumpirle:

- Se por que has venido.

Hizo un gesto hacia la calle por la que había venido.

- ¿Tanto le temes a ese gordinflón? A mi me pareció una bola de sebo que solo sabe sudar y gritar a los demás. Creó que cualquiera le ganaría hasta comiendo patatas - su boca se distendió en una sonrisa depredadora - O más bien ¿tanto le debes?

Johnny sonrió tristemente.

- Me paga el sueldo a fin de mes.

- Un empleo asqueroso - sentenció Martín - Las cosas no cambian solo por ir a otra parte - miró en derredor - Es como tantos otros pueblos que he visto: un montón de gente deslomándose y un hijo de puta quedándose con todo a cambio de nada. Casi me siento en casa.

Johnny asintió, Martín llevaba en las hombreras las insignias de su rango, era teniente o capitán, creía que lo último.

- He venido... - empezó.

Martín volvió a interrumpirle.

- También lo sé - y ante su mirada interrogadora agregó - Has venido con la idea de arreglarlo entre nosotros dos, de hombre a hombre. Como hizo el sheriff de tu pueblo con ese forajido en tiempos ha... ¿Me equivocó?

Johnny movió la cabeza negativamente. Sospechaba, por la forma en que le miraban, que su plan hacía aguas. A la menor señal de intentar coger el revolver le matarían como un perro. Por eso se sorprendió tanto cuando Martín añadió:

- Muy bien, pues vamos allá con el duelo ¡Que empiece el espectáculo!

Johnny no fue el único en quedarse de piedra, al mulato Gualdo se le abrieron unos ojos como platos.

- Martín, tenemos la aeronave a punto. No tienes ninguna necesidad de hacer este disparate.

Martín pareció reflexionar mientras se desprendía de su armadura para estar en igualdad de condiciones con el sheriff.

- Dame una buena razón para no hacerlo - pidió.

Gualdo abrió la boca un par de veces, pensando en algún motivo, pero al final volvió a cerrarla sin decir nada. El motivo más obvio era que podía perder la vida, pero esta valía tan poco... Cuando la última pieza de su armadura cayó al suelo, Martín flexionó los hombros y sonrió al sheriff.

- Bien, ahora estoy contigo - se volvió hacia uno de sus muchachos, que miraban vacilantes - Diego, préstame tu revolver.

Diego le alargó el revolver. Era un arma igualmente vieja, aunque parecía mejor conservada. Un 38 con cañón de tres pulgadas, que Martín comprobó para asegurarse de que tenía el tambor lleno. Con cuidado se lo coloco en el cinto, imitándole a él, y le dijo a Gualdo.

- Hacemos el duelo, si yo ganó, subo con vosotros. Si gana él, me dejáis y os largáis. Esto no va con vosotros.

- Sigo pensando que es una estupidez - protestó Gualdo.

Algún otro murmuró lo mismo en voz baja.

- Dime Gualdo ¿Recuerdas cuando atacamos aquel bunker en la costa de Maryland? Dime que no fue una verdadera estupidez.

- Fue una verdadera estupidez - admitió Gualdo - Pero no tiene que ver con esto, en Maryland obedecíamos ordenes.

- Y aquí obedeces las mías ¿Como te llamas, sheriff?

- Johnny.

- Muy bien, Johnny, veamos que tal se te da esto. Supongo que para ti también debe ser la primera vez.

Johnny asintió mientras se separaban del grupo, no entendía muy bien al capitán. Podía haber cortado el plan con un simple gesto, pero en vez de eso lo aceptaba.

- ¿Quién eres tú? - le preguntó - No pareces un vulgar delincuente, hablas como alguien con estudios.

Martín sonrió, como si fuera a contarle algo muy gracioso.

- Soy de Montevideo. Allí estudie carrera de Filosofía. Incluso tengo el diploma colgado en casa de mi madre.

Johnny movió la cabeza negativamente, mientras giraba para situarse perpendicular al sol.

- ¿Y qué demonios haces en la Compañía?

- ¿Y porqué no? Tengo un título que no me sirve para nada, salvo que lo rompa en pedazos y lo cocine. Mi carrera universitaria es humo ¿Sabes cuanta gente hay con ese título bajo el brazo muriendo de hambre por las calles? Creo que la mitad de la Compañía ha salido de la cárcel y los barrios de chabolas y la otra mitad de la Academia Universitaria - movió la cabeza, divertido - Tu eres de esos que creen que con un título se abren todas las puertas. Siento defraudarte, pero después de dos años de trabajar como mozo de carga, pedir por las calles y vivir en una barraca de cartones la única puerta que se me abrió fue la Compañía.

Johnny no lo entendía, en su concepción del mundo, los estudios daban acceso a puestos desahogados económicamente, sin estrecheces ni penurias. Al menos es lo que a él le habían enseñado. El siempre había soñado con estudiar una carrera, Derecho por ejemplo. Pero por lo visto, el sistema no siempre funcionaba.

- ¿Puedo hacerte una pregunta?

- Adelante - respondió Martín.

- ¿Porqué aceptas el duelo?

Martín señaló a sus hombres, ahora separados unos metros de ellos.

- ¿Que te ha parecido el sargento Gualdo? - preguntó a su vez, y sin dar tiempo a responder continuó hablando - Perdió el brazo en San Antonio. Aún sueña con volver a El Callao, dice que allí hay un bar que quiere comprar y retirarse tranquilamente - regreso aquella sonrisa entre amarga y feroz - ¿Quieres que te cuente algo? Creo que ni Gualdo volverá a ver El Callao ni yo Montevideo. La primera cosa que aprendes es que por mucho entrenamiento que tengas, tarde o temprano se te acaba la suerte. Los tiroteos son como los "ladrones mancos", cada vez que le das a la palanca tienes una posibilidad entre millón y medio de ganar el primer premio. Esto es lo mismo, pero en lugar de ganar cinco mil pavos el premio es un balazo indoloro y rápido... y creó que las posibilidades de lograr ese premio son mucho mayores. Cuando ya has participado en tantos tiroteos como yo te das cuenta de que no es cuestión de "si ocurrirá", es cuestión de "cuando ocurrirá". Yo, el sargento Gualdo y el resto de mi compañía acabaremos de igual manera: con un par de balas, escupiendo sangre y lejos de nuestras casas.

Johnny asintió, no era lo que esperaba oír. Martín parecía entre realista y sin esperanzas.

- ¿Y no has pensado en dejarlo y volver a Montevideo?

- No, Johnny. No tengo adonde volver. Mi hogar esta en la Compañía y aunque volviera ¿Crees que puedo hacer como si en estos años no hubiera ocurrido nada? He matado a hombres, mujeres y niños, he quemado, torturado y saqueado... según cualquier código penal, como mínimo y con circunstancias atenuantes, me caería una sentencia que moriría de anciano antes de cumplir una centésima parte. Si he de palmar, prefiero que sea en un momento de mi elección.

- ¿En tan poco valoras tu vida? - preguntó Johnny.

Había supuesto que Martín aun conservaba algo dentro, pero por lo visto, era todo lo contrario: ya no le quedaba nada. Ni siquiera para si mismo.

- ¿En tan poco valoras la tuya? - preguntó Martín a su vez - Fin de la parada, gringo. Ahora hay que hacer el saque y decidir quién de los dos es el más rápido ¿Realmente quieres que esto acabé así?

Johnny calculó la distancia, estaba seguro de que acertaría al primer disparo. Además estaba más tranquilo y calmado de lo que había supuesto. Pensó que tenía posibilidades.

- Uno de los dos acabará muerto...

Martín rió quedamente.

- No necesariamente, Johnny. También podemos morir ambos... o no morir ninguno de los dos. De todas formas sabes que no conseguirás la bomba, pase lo que pase. Esto no tiene porqué acabar así.

Johnny permaneció tranquilo, sin preocuparse del resto de forajidos, que además miraban con expresión de no entender absolutamente nada, pero sin ánimo de intervenir.

- ¿Y que supones que debo hacer? ¿Regresar y decir "lo siento"? ¿Perder el empleo?

Los labios de Martín se curvaron en una sonrisa cínica.

- ¿Y por qué no vuelves y con ese revolver que llevas al cinto le vuelas la cabeza a ese gordinflón? Seguramente será la mejor opción. Te quitaras de golpe todas las deudas y ademas el resto de tus conciudadanos lo celebraran. No le debes nada a ese hijo de puta, no es más que un listillo y un aprovechado sin escrúpulos ¿Por qué no sale él a defender su aeronave? ¿O esos matones que tenía? En cuanto llegamos tiraron sus armas y salieron corriendo a todo trapo. A Gualdo le costó mucho atrapar al último: encontraras su cabeza a la entrada del poblado. Ese tipo esta solo, aunque todavía no lo sabe. Es tu gran oportunidad de quitártelo de encima...

Fue solo un segundo, pero realmente se tomó en serio la propuesta de Martín. Regresar, volarle la tapa de los sesos al alcalde, empezar de nuevo....

- No.

Para sorpresa suya, Martín se echó a reír de buena gana.

- No me decepcionas, gringo. Eres de esos que cuando el general pasa y les dice: "defiende esta posición hasta el final, que yo voy a retaguardia a buscar refuerzos", coge su arma y dispara hasta el final. Deberías estar entre nosotros.

Johnny asintió, se entendían perfectamente. Ambos estaban en un callejón sin salida. Él se sentía obligado, aunque no podía explicar por qué. Martín se daba cuenta de que podía dejarlo, pero llevaba tanto tiempo que le era imposible.

- Una pregunta, Martín ¿Por qué estas tan confiado?

Algo brilló en los ojos de Martín.

- Los criminales solemos jugar con ventaja. Conozco la historia del duelo entre el sheriff Palmer y Billy Pendler. La leí en un rato libre, en la Biblioteca de Nueva Orleans, declaraciones y documentos de la época. Digamos que se algo que tú no sabes.

Los dos hombres se miraron frente a frente, directos a los ojos, conscientes de que estaban en el último momento antes del desastre. Sin verlo, Johnny supo que Gualdo estaba conteniendo la respiración y que el resto de la banda miraba perpleja sin entender absolutamente nada.

Martín permanecía de pie, firme, con la mano colgando a lo largo del muslo y los ojos entrecerrados, les separaban unos diez metros. Tenía una expresión muy rara e indefinida y Johnny se preguntó que diablos significaba ese "se algo que tú no sabes" ¿Que podía saber que le ayudará en aquel duelo?

- Da la señal, Gualdo - ordenó Martín.

El mulato no las tenía todas consigo, pero de mala gana recogió una lata oxidada de entre un montón de basura y la levantó para que ambos la vieran.

- En cuanto toque el suelo.

La arrojó al aire y la lata trazó una parábola para volver a caer. Fueron los momentos más largos que recordaría Johnny, esperando alguna reacción por parte de Martín, con el temor a que los dedos se le agarrotaran y el sudor resbalándole por la frente y el cuello. La lata golpeó el suelo y su mano asió la culata del 45 mientras su mente le traicionaba haciéndole creer que se le enganchaba al cinto. Un rápido tirón y apuntó a Martín con la sensación de haber sido mucho menos rápido de lo que creía.

Primer disparo. El retroceso del 45 le sorprendió, tampoco recordaba lo que era disparar con aquel cacharro. Aferró el arma con ambas manos y a duras penas hizo el segundo disparo, para luego seguir apretando el gatillo, mientras flexionaba las rodillas, esquivando las balas de Martín, y disparaba y disparaba hasta que el percutor golpeó un cartucho vacío. Seis disparos.

Se quedo petrificado, el arma sujeta con ambas manos apuntando hacia Martín, las rodillas dobladas, ligeramente agachado y sin creerse lo que acababa de ocurrir. Todos los planes se habían desmoronado.

Martín le contemplaba sonriente e inmóvil, con las manos aún junto a los muslos y el revolver en su cinturón. Ni siquiera había hecho aún el saque. Johnny comprendió que la imagen de Martín disparando había sido una mala pasada de su imaginación. Ni siquiera estaba herido de consideración: una de sus balas le había rozado el antebrazo izquierdo y unos hilos de sangre le resbalaban hacia los dedos.

Johnny se incorporó, entre aturdido e incrédulo, apuntando todavía a Martín con su 45 descargado e inútil.

- ¿Que diablos...? - murmuró.

Martín ni parecía sorprendido por el resultado.

- No ha salido como esperabas ¿Verdad, Johnny? Ese trasto que llevas es muy difícil de controlar al apretar el gatillo, y menos para seis disparos tan seguidos. Estas demasiado lejos para hacer blanco, el que escribió que con ese cacharro le puedes dar a alguien a setenta y cinco metros era un optimista de nacimiento. La mayoría de la gente no acierta a diez metros con una pistola menos potente y con esa caerían de culo al primer disparo. En la vida real las cosas se hacen así...

Dio unas rápidas zancadas, acortando la distancia a la mitad mientras cogía su 38 con gesto rápido y apuntaba sobre la marcha para hacer un único disparo. Johnny creyó que alguien le agarraba de la pierna y tiraba con fuerza hacia arriba, volteándolo. Cayó al suelo con la gracia de un saco de patatas, hundiendo la nariz en el polvo y la impresión de que sus pulmones se quedaban sin aire. Tardó un segundo en sentir la fuerza del golpe, jamás había creído que un balazo doliera tanto.

- ¿Crees que ahora podrías levantarte y continuar peleando? - preguntó Martín, fríamente, no parecía estar burlándose - Deberías hacer menos caso de las leyendas, Johnny.

Johnny se revolvió en el suelo, poniéndose boca arriba mientras se encogía de dolor. La bala le había abierto un boquete en el muslo y sus dedos taponaban la herida para evitar desangrarse. Martín guardó el 38 en el cinto.

- Las leyendas son solo eso: leyendas ¿El duelo entre Billy Pendler y el sheriff Palmer? ¿Te preocupa no haber estado a su altura? No tienes de qué: jamás ocurrió. Fue un cuento que se inventó un periodista llamado Andrew Cadler. Lo contaron tantas veces que incluso los que sabían la verdad terminaron por creérselo; ya sabes que dicen: una mentira repetida muchas veces acaba por ser verdad.

Debió de vérsele una gran cara de sorpresa mientras rebuscaba en su bolsillo en busca de un pañuelo para taponar la herida, por qué Martín le contó el resto de la historia:

- Billy Pendler no era más que un robagallinas de tres al cuatro, jamas había participado en un tiroteo, ni matado a nadie, y acababa de cumplir una pequeña condena por hacer trampas en un garito. Cuando se presentó aquí en el pueblo no llamó la atención de nadie, y menos del sheriff Palmer, que ademas de un borracho era el dueño del saloon. El pequeño Billy necesito tomarse dos botellas de whisky para armar jaleo: sacó su pistola y empezó a disparar al aire ¿Sabes que hizo el sheriff Palmer? - Martín rió con malicia - ¡Corrió a esconderse en el establo! Billy quedo como amo del cotarro en un santiamén y salió a la calle, donde se puso a disparar contra los escaparates de las tiendas.

Johnny hacía esfuerzos desesperados por recuperar la lucidez, a pesar del dolor y la sangre perdida. Taponó como pudo la herida con un pañuelo y rebuscó en su bolsillo en busca de más balas para el revolver, terco y decidido.

- Al final el ayudante del sheriff Palmer, un veterano de la Guerra Civil que se llamaba George MacCaul y tenía setenta años, se apostó en una esquina con un rifle y le metió un balazo a Billy mientras daba tumbos por la calle, alcoholizado perdido. Así es como se mataba a la gente entonces: de un tiro por la espalda, y no cara a cara en un duelo de honor. Los delincuentes no tienen honor, Johnny, solo cuentan los resultados. Nunca lo olvides.

Johnny encontró varias balas en el bolsillo, algunas se le cayeron al suelo, desesperado buscó su revolver, junto a él en el suelo. Martín terminó su resumen:

- La verdadera historia salió en los periódicos locales y en el informe del médico y del juez... que nadie se ha molestado en leer. Y el asunto le costó el puesto al sheriff Palmer en las elecciones siguientes, la gente no quedo muy contenta con su actuación. El sheriff Palmer había sido un cacique que hacía y deshacía a su antojo, pero cuando corrió a esconderse ante Billy, todo el mundo le caló y dejaron de temerle. Fue lo único positivo de toda aquella mierda. Un par de años más tarde, ese tal Cadler montó la leyenda para publicarla en un periódico de Nueva Orleans y ganar unos cuantos dólares, pero no es más que basura. El único testimonio presentado fue el del sheriff Palmer aunque sabían que era un farsante y todo era invención.

Martín sonrió fríamente, contemplando como Johnny introducía los cartuchos en el tambor con dedos trémulos.

- Esto no te podía salir bien, Johnny, intentabas repetir algo que nunca ocurrió. Si te hubiera salido bien hubiera sido la primera vez que sucedía.

Johnny terminó de introducir los cartuchos en el tambor, con la pierna herida rabiando de dolor, y lo cerró con un sonoro chasquido metálico. Martín ni perdió la compostura. Se limitó a avanzar varios rápidos pasos y le propinó un fuerte puntapie en el muslo herido. Johnny sintió que el mundo se desvanecía envuelto en tinieblas y las fuerzas le abandonaban, el revolver se le escapó de las manos.

- Me alegró de haberte conocido, Johnny - se despidió Martín, aunque el sheriff ya no podía oírle - Y cambia de oficio, este es un asco y tampoco eres hombre de estomago para cumplir con él. No te falta valor, pero te sobran escrúpulos.

Se volvió hacia los suyos.

- ¡Vámonos, Gualdo!

Gualdo no estaba demasiado convencido de sus argumentos.

- ¿Que hubiera ocurrido si el sheriff se hubiera salido con la suya? Le ha faltado poco para conseguirlo.

Señaló el antebrazo de Martín, donde el corte sangraba. Unos centímetros más a la derecha y le hubiera dejado manco.

- Que hubiera demostrado tener lo que el sheriff Palmer no tenía... ni tampoco muchas otras leyendas que no tuvieron redaños para hacer en la vida real lo que fingieron haber hecho en el papel - rechazó Martín.

Cinco minutos más tarde abandonaron el pueblo para no volver jamás. Martín se llevó una última visión de aquel pueblo de perros, abandonado y en decadencia, con la calle llenándose de gente a medida que la aeronave ganaba altura.

Seis semanas más tarde ocurriría lo que profetizó a Johnny: no era cuestión de si iba a morir en un combate, si no de cuando ocurriría. Fue en el asalto a otro pueblo como aquel, defendido por un grupo armado a cuenta de un jefezuelo local. Una granada perdida le fracturó las costillas, perforándole los pulmones. En menos de treinta minutos se ahogó, escupiendo su propia sangre y lejos de su casa.

El sargento Gualdo le siguió dos meses más tarde, cuando la Compañía efectuó una incursión marina en el río Hudson. La última vez que le vieron entraba en un edificio en llamas para despejarlo de francotiradores. El informe se limitó a "Desaparecido, probablemente muerto". Jamas regresó a El Callao ni a aquel bar a cuya compra aspiraba.

Poco a poco el resto del grupo fue desapareciendo hasta que el último superviviente, Diego, el que prestó su revolver a Martín para el duelo, regresó a su Caracas natal, enfermo y con un brazo lisiado, guardando en su memoria aquellos recuerdos que contaría a cambio de un par de copas en el bar del que salió diez años antes, dispuesto a comerse el mundo.

En el pueblo, todos corrieron a ver lo que había sucedido y se llevaron una gran sorpresa cuando encontraron a Johnny todavía vivo, pero con una herida en la pierna. Menos suerte habían tenido los guardaespaldas del alcalde.

A Frank Spencer y Tony Miller los encontraron tirados en una bocacalle cercana, con las manos atadas a la espalda y una bolsa de plástico en la cabeza. De Reginald Crawford encontraron su cuerpo enfrente de la casa del viejo Abraham y su cabeza expuesta en el viejo establo abandonado. Todos fingieron estar apenados, pero interiormente muchos se alegraron, y aún pensaron que habían muerto demasiado aprisa.

Rápidamente le hicieron un torniquete a Johnny para evitar que se desangrara y lo llevaron al médico del condado. A consecuencia del balazo le quedo una cojera permanente. Pero podía haber sido mucho peor.

Cuando se recuperó lo bastante y pudo volver a apoyarse hizo algo de lo que nunca dio una explicación satisfactoria: fue a la estatua del sheriff Palmer y, pacientemente, la hizo añicos con un martillo de picapedrero.

- ¿Puedo saber por qué? - preguntó Billy Wattson.

No es que le importará mucho, solo era una estatua de piedra y tras hacer frente en solitario a aquellos hijos de puta Johnny se había ganado algún pequeño derecho.

- Por que no merece esta estatua - explicó sin más.

El único que no quedo aliviado por el desenlace fue el alcalde, que al ver como había quedado su aeronave, desmontada y sin la bomba, se puso a vociferar como un poseso. Seguía vociferando igual un mes más tarde, cuando Freddie Carson le metió el cañón de la escopeta por la boca y le levantó la tapa de los sesos de un disparo.

Al menos algo positivo sacaron del duelo. En cierto modo, la historia se repetía.

(c) Jose Antonio Fuentes Sanz

 

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