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BERSERKR

Por Andrés Díaz Sánchez


Corrían malos tiempos para Dinamarca. Habían pasado veinte años desde la heroica muerte del rey Hrolf, el que mayor grandeza y paz otorgara al país. El poder se había desmembrado en manos de caudillos ambiciosos, regidos por caudillos sin el suficiente carácter como para imponerse a la anarquía. Vikingos y asaltadores atacaban costas, fiordos, bosques, llanuras y montañas. Se practicaba la brujería bajo la Luna llena, volvieron los sacrificios humanos a Odín y otros dioses y los trolls y los demonios salían de sus cubiles para danzar y reír ante las mismísimas aldeas.
Éste era el mundo en el que vivía Galaf, granjero de nacimiento y vocación.
Era un hombre alto, de complexión musculosa y agraciada. Vivía con su mujer y sus tres hijos en una granja de la isla de Selandia. Trabajaba esforzadamente las duras tierras para alimentar a los suyos. Quería a su familia por encima de todas las cosas de este mundo y no le importaba sacrificarse por ellos. En el invierno guardaba el fruto de sus cosechas, en primavera marchaba hasta Roskilde para pagar el tributo al rey y vender los excedentes en las ferias. Sus vecinos le amaban porque, a pesar de su enorme fuerza, era un hombre humilde, firme, amable y generoso -dentro de sus posibilidades- con el necesitado. Sus días estaban llenos de una apacible felicidad y nada quería saber acerca de los males del mundo exterior...



Aquella noche transcurría como tantas otras. El pequeño Vog, de cuatro años, jugaba con los muñecos que Galaf le había tallado en madera. Bera, la esposa, charlaba con su hija Yrsa, quien sobrepasaba las dieciséis primaveras y ya era bonita y esbelta como un gamo del bosque. Ambas gustaban de cuchichear acerca de los pretendientes que asediaban a la jovencita. Galaf, tras la suculenta cena, narraba un cuento a su hijo Bjorn. El muchachito, de ocho años, escuchaba con ojos muy abiertos la historia acerca de dioses y gigantes de hielo. Estaba sentado sobre los muslos de su padre, éste contoneándose lánguidamente en la vieja mecedora.
Sonaron fuertes golpes contra la puerta. También oyeron broncas y hostiles voces masculinas, algunas en idioma extranjero. Las inteligibles tenían un marcado acento autoritario:
-¡Abrid, ratas de campo, o echaremos la puerta abajo!
Se oyeron risotadas y -lo que envaró el cuerpo de Galaf- el tintineo de aceros.
-¡Escondeos! -ordenó el granjero a su familia.
Saltó de la mecedora, tirando al suelo al sorprendido Bjorn. Corrió hacia un cuarto cercano, el miedo galopando en su pecho, y llegó armado con una recia espada, regalo de Svar, el herrero de la región. El arma estaba desafilada y polvorienta. Pero Galaf parecía muy dispuesto a usarla para defender a los suyos.
Bera tomó de una mano a Bjorn y con la otra a Vog, quien echó a llorar estridentemente. El pequeño se aferró con todas sus fuerzas a la pata de una mesa cercana.
-¿Qué ocurre, padre? -preguntó Yrsa con ojos como platos.
-¡Llévate a tu madre y tus hermanos al granero, meteros en el viejo cuarto bajo el suelo, disimulad la entrada con paja y no salgáis de allí pase lo que pase! -fue la respuesta.
Galaf había oído noticias acerca de saqueos y bandidaje, pero siempre procedentes del lejano Norte. Ahora, el peligro parecía muy cercano.
- ¡En seguida abro! -gritó- ¡Un solo momento, por favor!
Se escucharon gruñidos airados. Galaf creyó percibir palabras en idioma noruego.
- ¡Tira abajo la puerta, Rolf! -ordenó una voz fría y autoritaria, en danés.
Estalló un crujido atronador. La puerta se separó levemente del quicio.
Galaf tomó la espada a dos manos. Miró con pánico a su familia. Entre madre a hija trataban de arrancar a Vog de la mesa. El niñito lloraba y chillaba y se aferraba al mueble con sorprendente obstinación.
Un nuevo trallazo. La puerta cedió y se abrió violentamente. La cerradura saltó en pedazos. El forzador era un hombre enorme, vestido con pieles, maloliente, de rostro sucio y moreno. Portaba un gran hacha de doble un solo filo. Sus ojos azules se clavaron en Galaf y después en la familia del granjero. Tras él había muchos otros hombres de armas, desgreñados, barbudos, con las caras morenas y cubiertas de roña, hediendo a sudor rancio, a vino y cerveza. Portaban espadas, mazos y hachas. Se protegían con cascos cónicos y largas camisas de mallas negruzcas.
- ¡Eh! ¡Hay dos hembras aquí dentro! -aulló el del hacha, sonriendo por entre los crespos bigotes.
Galaf no era tonto. Sabía que destino le esperaba a su mujer e hija si caían en manos de aquellos hombres.
- ¡Salid por la puerta trasera! -rugió a los suyos- ¡Corred, lo más rápido que podáis! ¡Vamos!
Bera logró arrancar a Vog de la mesa. Las mujeres y los niños salvaron los pocos metros que los separaban de la puerta salvadora.
Ésta se abrió de pronto. Tres robustos vikingos entraron en la estancia.
Bera e Yrsa quedaron inmóviles, heladas, mientras las recorrían de arriba abajo con una mirada iracunda. Galaf sintió auténtico terror. No había escape, los enemigos les tenían atrapados en aquel salón.
Un vikingo sucio y desgreñado agarró a Yrsa por el talle y comenzó a besarla. La jovencita trató de escapar, pero sus esfuerzos resultaban inútiles, atrapada como estaba entre los musculosos brazos.
Galaf se dirigió, la espada alzada, hacia el agresor. Otro vikingo se interpuso en su camino y le aulló un torrente de palabras noruegas que percutieron como truenos en la estancia. Iba armado con una maza esférica y claveteada de mango corto. Galaf golpeó, el enemigo paró el acero con su arma. Del choque saltó un estallido metálico, vibrante y ensordecedor. El vikingo atacó y Galaf esquivó la maza, que pasó a centímetros de su oreja izquierda. Merced a una severa estocada -que le sorprendió incluso a él, pues nunca antes había manejado los aceros- la espada atravesó el costado del vikingo. El pirata trató de golpear, pero ya se tambaleaba, sangrante y debilitado, mugiendo como un toro.
Galaf se enfrentó a otro. Éste portaba un hacha. Las dos armas chocaron produciendo un nuevo y brutal estallido metálico.
La espaciosa sala se llenó de vikingos. Uno de ellos, al parecer noruego, agarró a Bera del cabello y la tiró sobre una mesa, arrancándole acto seguido el vestido. Se echó encima suyo y comenzó a chuparle los senos desnudos. La mujer lloraba y se debatía furiosamente. Su hija, en el suelo, estaba siendo violada. Ella gritaba y sus agresores reían y gruñían como cerdos en una porqueriza.
En la entrada del salón un hombre permanecía quieto, observando la escena. Vestía cota de malla dorada y ropas algo menos bárbaras que las de sus compañeros. Sus ojos, barba y melena eran de color gris. Lucía rasgos enérgicos y severos. No parecía mayor que los otros vikingos, pero sin duda se trataba del líder.
Un agresor, el que entrara en la sala portando el hacha de un solo filo, agarró a Bjorn por la cintura. El chico trató de desasirse, un trabajo infructuoso.
-¿Qué hacemos con éste, Lars? -preguntó al de cabello gris, en mal danés.
-Llévalo al barco, Rolf. Encadénalo.
Miró a Galaf, quien se debatía como un loco, lanzando mandobles y estocadas, patadas, codazos y hasta mordiscos. Intentaba llegar a su familia arrasada, pero los vikingos se lo impedían. El campesino ya había matado a dos, ahora acababa de abrirle la cabeza a otro de un banquetazo.
-Pelea bien este granjero... -musitó el pirata de ojos grises.
El pequeño Vog lloraba y gritaba desde el suelo. Un vikingo que ya portaba un fardo con grano, producto del saqueo en la despensa, miró al muchachito, frunció el ceño, desenvainó su espada y lo mató.
Bera, con un salvaje encima forzándole, vio a su hijo morir. Se revolvió como una fiera. Su mano derecha encontró un tenedor, de los muchos cubiertos esparcidos sobre la mesa, y lo clavó en la mejilla de su agresor. Éste rugió, ella le arañó la cara, arrancándole tiras de carne. Él cerró su puño y de un golpe destructor en el cráneo acabó con su vida.
Galaf abrió mucho sus ojos. Quedó helado tras observar las muertes de sus dos familiares. Un vikingo aprovechó la ocasión y le desencajó la mandíbula de una tremenda puñada.
Mareado, cayó al suelo. Sentía un dolor casi insoportable en la quijada. De un fuerte manotazo la encajó otra vez y el dolor remitió. Escupió sangre e intentó levantarse. Alguien le pateó el costado y se desplomó otra vez.
El líder pirata lo miraba fijamente, impasible, con sus ojos de hielo gris. Se volvió hacia uno de sus hombres.
- ¡Ulrich! ¡Trae al chico y mátalo delante de él! -señaló a Galaf.
Luego, un torrente de palabras noruegas al que violaba a la sangrante Yrsa.
El forzador iba a protestar, pero la titánica mirada de su jefe lo enmudeció. Cogió a la chica por un brazo y la llevó, medio desvanecida, al centro de la estancia. Yrsa lloraba y temblaba sin control, convulsionada por un repentino ataque de histeria, con los ojos desorbitados y enloquecidos y el ovalado rostro brillante a causa de las lágrimas. El llamado Ulrich trajo a Bjorn junto a la muchacha.
Todos los piratas miraban en silencio a Galaf. Sus hijos también le dirigían a él, su padre, una mirada desesperada pero suplicante.
Galaf trató ponerse de rodillas.
-¡Al suelo, perro!
Un pirata le pateó la oreja y cayó de nuevo, con el lado golpeado entumecido y el cerebro zumbando de manera espantosa.
-No... los... mates... -logró gemir.
Dos vikingos colocaron en los cuellos de Yrsa y Bjorn sendos cuchillos.
-Por favor... -musitó Galaf, en tono patético, desesperado, desde el suelo.
Miraba suplicante al líder pirata. Galaf conoció el horror al no descubrir en aquellos ojos grises una mísera pizca de piedad.
El líder vikingo hizo una seña a sus subordinados y éstos rebanaron los cuellos de Yrsa y Bjorn, quienes jadearon, sorprendidos, abriendo muchos los ojos. De pronto, cayeron al suelo, chorreando abundante y cálida sangre.
-¡No! -sollozó Galaf, incrédulos.
Alguien le pateó de nuevo.
El líder miró a sus vikingos.
-¡Coged todo lo que podáis y después quemad la casa y el granero!-rugió.
Los piratas se apresuraron a obedecerle. Observó a Galaf, quien permanecía sin fuerzas en el suelo, temblando, entre sollozos, sin lograr despegar su mirada de los cadáveres-. No lo matéis. Llevadlo al barco. Será nuestro esclavo.
Exhausto, suplicante, Galaf se volvió hacia el jefe de aquellos hombres.
-Mátame... -logró decir Galaf-. Por favor.
El líder no contestó.
Tomaron a Galaf de las axilas y lo llevaron fuera.




Tres horas después se encontraban todos en la costa. La Luna iluminaba las rocas y la gruesa arena. Las olas se deshacían en brillante espuma cuando chocaban contra los acantilados. A veinte brazas de la orilla un drakkar de saqueo dotado de cabeza monstruosa en la punta de proa reposaba tranquilamente sobre el mar. Los vikingos se adentraban andando y chapoteando en el agua y le pasaban a sus compañeros de la nave los productos del saqueo.
Tiraron al suelo a Galaf. A base de palizas lo habían debilitado y no podía ni levantarse sobre las rodillas. Encogido como un recién nacido, mareado a causa de los puñetazos y las patadas sobre el cráneo, era presa de una fuerte sensación de irrealidad y se preguntaba, aún conociendo las respuestas, si todo aquello era una pesadilla y cuándo despertaría ella.
Oyó al líder repartir órdenes a sus subordinados.
-Mátame, por favor -pidió Galaf de nuevo, ya sin alzar la cabeza de la arena.
El líder lo oyó. Tenía el semblante severo y tranquilo.
-No. Serás nuestro esclavo. Limpiarás la cubierta, cocinarás para nosotros y nos servirás de mujer en alta mar. Quizá, con el tiempo, llegues a combatir a nuestro lado. Entonces, olvidarás tu vida pasada y me lo agradecerás.
Galaf levantó la cabeza, medio cubierta de arena húmeda. En e1 rostro tumefacto y ensangrentado, los ojos brillaban con un extraño fulgor.
El líder pirata vio algo en ellos que lo hizo retroceder instintivamente.
En seguido recobró la compostura habitual. Gritó a sus hombres en danés. Parecía muy irritado:
-¡Encadenad a este perro desagradecido a la roca más pesada que encontréis y dejadlo junto a los rompientes para que se ahogue cuando suba la marea! ¡Vamos!
Tomaron a Galaf por las axilas y se lo llevaron. El campesino, sin fuerzas, arrastraba sus pies sobre la arena. Mientras así lo transportaban tenía los ojos clavados en el líder pirata. Éste, al final, perdió en la lucha de miradas y se volvió hacia sus hombres, gritándoles órdenes, muy enojado.
Le colocaron un sólido aro metálico al cuello. Unieron las dos puntas del torque a fuerza de diestros golpes de maza. Tan ajustado quedó que el metal rozaba constantemente la nuez. Después, clavaron las pesadas cadenas a una maciza roca del tamaño de medio hombre, sita en una zona áspera y brusca de la orilla. Usaron gruesos clavos de enorme cabeza que pasaban por el interior de varios eslabones. Estos se hundían en la piedra marina tras varios y poderosos mazazos.
Dejaron al campesino en el encharcado suelo de arena y se marcharon.
Frente a Galaf, a seis pasos de distancia, había un muro natural compuesto por altas y oscuras rocas. Contra ellas chocaban las olas. La espuma y el agua que lograban pasar sobre el obstáculo se depositaba en aquella pequeña piscina donde él reposaba arrodillado, doblado, con la frente casi tocando el agua.
La superficie líquida ascendía poco a poco. Varios cangrejos se acercaron en la negrura y comenzaron a picotearle brazos y piernas.
Él sentía las hirientes punzadas hirientes, pero no se movió. Su piel le parecía a mil millas de distancia. Quería continuar llorando, pero a sus rojizos ojos ya no le quedaban lágrimas.
Recordó a su familia, ahora muerta. Nunca volvería a sentir bajo él el cuerpo desnudo y caliente de su esposa Bera; nunca más disfrutaría de su sonrisa, de sus comentarios, de su expresión alegre o mohína. Tampoco tendría oportunidad de contemplar a su hija vestida con brillantes telas y coronada con una guirnalda de flores, como había aparecido otras veces en los festivales del verano, cortejada por numerosos muchachos. No le contaría ningún otro cuento a su hijo Vog, no le vería cerrar los ojitos y quedarse dormido sobre su regazo. Tampoco asistiría al crecimiento de Bjorn; no saldrían a cazar juntos jamás, no disfrutaría su paso de niño a adolescente, y de ahí a hombre.
En menos de cuatro horas, Galaf había perdido toda una vida. Donde antes hubiera alma y esperanzas ahora se abría una profunda herida que chorreaba un dolor espeso como el aceite. Aquel vacío le horadaba las entrañas, le cegaba el pensamiento. Y no podía escapar de él. Jamás había imaginado que pudiera existir un sufrimiento tan atroz.
Se le apareció de nuevo, con implacable nitidez, la cruda escena en el salón de su ahora calcinado hogar. Vio con los ojos de la mente la brutal violación de su mujer y su hija, sus muertes y la de sus dos vástagos.
Galaf sintió de pronto miedo. Algo en su interior se revolvió furiosamente, una bestia salvaje que subía desde los recovecos de su alma. Sufrió un seco y extraño chasquido en su mente, como si la hubieran quebrado dos manos poderosas e invisibles.
Sus manos se cerraron, estrujando el escurridizo agua. Imaginó que aquel líquido era la sangre de los asesinos de su familia y la bebió con ansia, tal que una alimaña, masticándola ruidosamente, saboreando su frío y su sal.
Se quitó de encima los cangrejos. Una bocanada de aire surgió desde el fondo de sus pulmones y explotó en forma de alarido pavoroso.
Venganza... Venganza... ¡Venganza! Tenía que lavar la sangre con sangre, la muerte con muerte, el dolor con dolor. La fuerza de este anhelo resultaba tan poderosa que le producía incluso un dolor físico, como si estuvieran presionando sus sienes entre los topes de un torno de herrero. El fuego corría por sus arterias, llenando sus músculos de fuerza y pasión y su cerebro de negra locura. Las oscuras llamas crecían, se expandían y aullaban. Se alzaban en columnas ígneas que él veía danzar ante sus brillantes y demenciales ojos. Extraían fuerza de la debilidad y energía de la desesperación
Una figura gigantesca y oscura apareció tras los rompientes. El ser tenía cuerpo humano y musculoso y medía al menos seis pies en altura. Su cabeza era la de un viscoso pez, cuyas facciones poseían un fantástico remanente humano. Vestía un jubón de algas entrelazadas y una armadura de un desconocido y resistente coral oscuro. Le acompañaban dos krakens grandes como toros. Aquellas criaturas habían venido del mar lejano y Galaf no las había sentido llegar. Las furiosas olas golpeaban inútilmente sus cuerpos .
Galaf miró al poderoso ser y sus mascotas sin sorpresa ni miedo. Lo reconoció instantáneamente como Ran, Dios del Mar.
-Serás un buen guerrero, humano -dijo el dios, con voz húmeda y profunda-. Sírveme y te colmaré de regalos. Domarás krakens y ballenas. Descenderás a palacios de imposible lujo sitos en fosas submarinas sin fondo. Cabalgarás las olas más titánicas. Conocerás el sabor de la victoria cuando extermines a mis enemigos. Degustarás la gloria que supone volar bajo el mar, como hacen los pájaros en el aire. Te embriagarás con los cantos y la belleza de las más exquisitas sirenas.
Galaf lo miró con ojos penetrantes.
-Vete, Dios del Mar. No utilizarás mi furia en tu provecho.
Los krakens treparon sobre los rompientes tras escuchar el desaire hecho a su amo y alzaron amenazadores sus gruesos tentáculos.
Ran los contuvo con sus poderosas manos.
-Pierdes mucho y no ganas nada, humano.
Acto seguido, dio la vuelta y echó a caminar mar adentro, de vuelta a sus profundidades.
Los truenos reventaron la paz sónica, los relámpagos iluminaron el cielo. Llovía. El nivel del agua crecía con rapidez. Ya le llegaba a Galaf, ahora en pie, por las rodillas.
Llegaron, provenientes de tierra adentro, un anciano y un muchacho.
El mayor era un guerrero vestido con una fascinante armadura, forjada fuera de este mundo. Corpulento y majestuoso, tenía un semblante grave y la mirada de su único ojo resultaba terrible, inextricable. Dos cuervos reposaba sobre sus anchos hombros, y su mirar contenía una inteligencia más allá de la mente humana. El joven, ancho y musculoso, poseía igualmente largas barbas, aunque muy rojas, y ojos de un azul impregnado por el éxtasis de las batallas. Vestía cota de mallas plateada sin mangas, calzones largos de cuero negro y botas de piel de oso. En su cabeza, un casco tocado de afiladísimos cuernos de toro. Llevaba en la diestra un enorme gigantesco martillo, plano por un lado y afilado por el otro. Cuando se acercaron lo suficiente, Galaf vio que los rasgos de ambos se parecían mucho, como si estuvieran unidos por la sangre.
-Únete a mí, guerrero -dijo el más mayor-. Pelea con mis huestes y conocerás la Gloria y el Poder.
-Vete, Dios de Dioses -contestó Galaf-. No utilizarás mi furia en tu beneficio.
El joven guerrero alzó su martillo, encolerizado. En el cielo hubo relámpagos y estallaron los truenos.
-¡Voy a destrozar a este insolente! -rugió- ¿Cómo se atreve a...?
-No -el anciano detuvo al joven alzando una mano-. Déjale, hijo mío. Comprendo que las Nornas le tienen reservado otro destino. Adiós, hombre.
Galaf los contempló marcharse en silencio. También desaparecieron la lluvia y los truenos.
Súbitamente, experimentó un escalofrío que heló todo su cuerpo. Era un dolor sucio e intenso y que, sin embargo, proporcionaba gran placer.
Se volvió y vio a una mujer de piel blanquísima y ojos y cabellos negros como la noche. La melena, algo ensortijada, le caía sobre los hombros y la espalda. Vestía un traje también negro y brillante, digno de una reina, que se ajustaba a su perfecto cuerpo. La pálida y serena belleza de su rostro resultaba enloquecedora.
A su lado había un lobo gris, del tamaño de un caballo, tan dócil con su ama como hostil hacia el hombre.
La dama se acercó a Galaf sin preocuparse del agua que mojaba su espléndido traje. Él comprendió que el dulce dolor provenía de ella. La mujer le estaba succionando la vida con su mirada. Aquel robo producía en Galaf debilidad, asco y placer.
-Ven a mi reino -pidió la dama, con una voz suave y arrebatadora-. No temas. Te daré el descanso y la serenidad que necesitas.
Galaf estuvo a punto de aceptar la propuesta, pero se le apareció el rostro del líder vikingo de ojos grises que ordenara la violación de su esposa e hija y la muerte de todos los de su sangre. Comprendió que el Destino le había marcado ya y no le estaban destinados los regalos ofrecidos por la dama.
-Márchate, Hela, Señora de Lo Muerto -dijo-. No es a ti a quien debo seguir, ni tampoco deseo la paz que me otorgas.
El lobo gris rugió y mostró los colmillos.
-No le ataques, Fenrir -ordenó su ama. Miró a Galaf con ojos enigmáticos y tristes -. Es una lástima. Hubieras sido tan feliz conmigo...
La dama se marchó en dirección a la playa. Andaba sinuosa y mágicamente, acompañada siempre de su fiel bestia.
Galaf, ahora solo, miró hacia el cielo nocturno. Soltó una carcajada llena de rabia y vacía de alegría. Sus ojos se desorbitaron. Los hematomas del rostro brillaban rojamente. Comenzó a temblar. Trató de arrancar el aro metálico de su cuello. Tiró hasta que surgió sangre de sus dedos y garganta. Entonces, soltó la argolla. El agua le llegaba ya por la cintura. Se hundió en ella y tanteó sobre el ciego fondo, hasta hallar una piedra del tamaño de su propio puño. Emergió, tomó la pesada cadena y la colocó sobre la misma roca a la que le habían unido. Golpeó una y otra vez la piedra de su mano contra la cadena, incansablemente, gruñendo incoherencias, soltando espuma por la boca. En un desafortunado lance se rompió un dedo, atrapado entre el improvisado martillo y el eslabón, pero siguió obsesivamente, notando el dolor muy lejano, hasta que partió en pedazos su tosca maza. Encontró otra piedra maciza, del tamaño de un cerdo cebado. Empezó a levantarla. Sus músculos se tensaron e hincharon. Brotó un chorro de sangre por la nariz. Las negras gotas volaban al compás de sus jadeos y resoplidos, se le metían entre los dientes, llenándole la boca con un sabor metálico y caliente. Las arrugas de su frente se retorcían, como un nido de gusanos. Los azules ojos parecían a punto de salírsele del rostro.
Temblando de forma alarmante bajo la gran roca, siguió alzándola, hasta que quedó sobre su propia cabeza, exhaló un ronco grito y la arrojó con todas sus fuerzas sobre la cadena. Ésta se partió con un vibrante chasquido. Galaf soltó una risotada triunfal.
Llegó hasta la playa y echó a correr, farfullando incoherencias. Imploraba al Destino, le pedía seres odiados sobre los que descargar su ira. Mas estaba solo.
Al fin, sin fuerzas, cayo al suelo y perdió el conocimiento.




Medio año después, se producía una importante reunión en Odense, la popular ciudad de la isla de Fyn. Numerosos comerciantes, navieros, tratantes, vendedores y terratenientes, llegados de muy diferentes puntos (Dinamarca, Gotaland, incluso Noruega), olvidaban sus propias rencillas para unirse contra un enemigo común. Durante el último año habían sido extorsionados y asaltados por bandas de saqueadores terrestres y piratas vikingos. En aquellos tiempos difíciles los reyes de las diferentes naciones no tenían el poder suficiente como para mantener a raya tal delincuencia.
Así pues, los hombres de negocios habían decidido actuar al margen de la ley, empleando gran parte de su capital en formar un ejército de hombres rudos y eficaces, en su mayoría proscritos y mercenarios.
La ciudad de Odense estaba llena de tipos de mala catadura, guerreros sin patria ni señor, que peleaban tan sólo por el oro. Organizaban trifulcas en las calles y tabernas y perpetraban pequeños robos. El sheriff local no podía controlarlos y las fuerzas del rey de Fyn tampoco eran lo suficientemente fuertes como para domarles. Todos esperaban con impaciencia la marcha de estos indeseados forasteros.
En la fortaleza, propiedad de un rico mercader, al que todos llamaban Ivar El Generoso, transcurría aquella noche una animada fiesta. El anfitrión había invitado a muchos otros señores navieros, y cada uno, como él mismo, venía acompañado de sus huestes. En el gran salón de banquetes ricos y pobres, gentiles y rufianes, pacíficos y pendencieros, bebían y comían alegremente. El objetivo de Ivar y sus aliados era acabar con Lars El Gris, un vikingo poderoso que durante el último año había asolado Jutlandia y el archipiélago entre Dinamarca y Escania.
Los poderosos debatían con sus lugartenientes en la mesa principal. El resto yantaba y mojaba el gaznate, observaban los bailes de los comediantes y bufones, se escapaban con las esclavas a lugares oscuros o aplaudían o lanzaban huesos de carnero a los escaldos.
En un rincón, apartado del resto, comiendo en silencio, se encontraba Galaf. Era otro hombre: la barba y el cabello le caían sucia y caóticamente sobre la espalda y el pecho. Vestía ropas bárbaras, propias de un mercenario sin dueño. De su cadera pendía una larga espada recta, enfundada en su vaina de cuero grueso. Su semblante aparecía hosco y pálido, sus ojos miraban el mundo colmados de ira y repugnancia. No hablaba con nadie y nadie hablaba con él. Sólo le importaba la empresa que allí se fraguaba: atrapar a Lars El Gris, el asesino de su familia.
En el otro extremo de la sala había un grupo de cinco berserkrs mercenarios. Parecían todos hermanos y compartían, además de las feas y duras facciones, maneras bruscas e intimidantes. Bebían y comían el doble que los demás congregados. Gustaban de insultar y provocar a guerreros y pacíficos.
-Tú eres un perro y un cobarde -le decía uno de los berserkrs a cualquiera que no fuese de los suyos.
Los ofendidos temían mucho a tales bestias y miraban hacia otro lado. Sonreían como si les hubiesen gastado una broma, pero en sus ojos brillaba la amargura y el rostro se les enrojecía a causa de la humillación.
Los berserkrs no provocaban a los señores que los contrataban, pues a pesar de su bestialidad no eran del todo estúpidos. Hasta el momento, sólo un guerrero, un joven inexperto y orgulloso, había replicado a la ofensa. El ofensor lo agarró del cuello y golpeó su cabeza contra la mesa hasta romperle el cráneo. Después rió, y sus hermanos también. Nadie se atrevió a replicarles.
Al llegar junto a Galaf, un berserkr llamado Skall le increpó:
-¡Cerdo! ¡Cuando quiera te mataré porque no eres más que una débil ratón!
Skarrion lo miró con asco y odio, mas no dijo nada. Siguió cortando y masticando la carne pegada a un largo hueso de venado.
-¿Cómo te atreves a mirarme así? -bramó Skall.
Comenzó a desenvainar su espada.
Algo se rompió en la mente de Galaf. Se levantó agilmente y antes de que pudiera Skall desnudar completamente su acero le atravesó la garganta con el cuchillo de mesa.
El berserkr se llevó las manos a la herida mortal, de la que ya manaba sangre a borbotones. Galaf lo apartó de un empujón, desenvainó la espada con un grito espeluznante y echó a correr hacia el siguiente berserkr.
Éste se llamaba Grimmur. Aún no se había enterado de la muerte de su hermano. Ni siquiera pudo volverse, la espada de Galaf lo ensartó, entrando por la espalda baja y saliendo a la altura del esternón.
Galaf siguió corriendo y empujando a Grimmur. Gruñía y jadeaba como una bestia, su rostro estaba contraído en una mueca demoníaca. Frenó bruscamente y el gigante cayó sobre una mesa estrepitosamente. La espada salió de la vaina humana chorreando sangre.
Galaf saltó en pos del berserkr más próximo. Se trataba de Hralf, un gigante juto que ya venía hacia él. Enarbolaba una espada corta y una maza. Comenzaba a entrar en estado salvaje. Tiró a varios hombres al suelo antes de que el resto se apartara de su camino.
Galaf sintió de pronto rabia, alegría y una gran seguridad en sí mismo. Tenía talento natural para el combate y lo iba a aprovechar. Se dejó caer sobre sus rodillas. En el suelo encharcado y sucio resbaló a causa de la inercia. La maza de Hralf rozó su cabello. Hincó la espada en la rodilla del gigante, partiéndola. Sacó el arma de un brusco tirón y, antes de que Hralf perdiera el equilibrio se levantó, hundiendo el acero en la entrepierna rival. La espada entró hasta la mitad, atravesando la vejiga, las tripas y un pulmón. Hralf gimió con voz cavernosa y se desplomó. Pero Galaf ya se había apartado, esquivando el corpachón moribundo. Abandonó su espada en la vaina de carne y huesos y tomó la de Hralf. Reía.
-¡Alto! ¡Parad la lucha! -gritaba Ivar- ¡Pelead contra los enemigos, no entre vosotros!
Se volvió hacia los silenciosos guerreros.
-¡Detenedlos!
Pero nadie osaría interponerse en una batalla entre berserkrs.
En el centro de la sala, Ugir y Starulf, los dos últimos del salvaje quinteto, echaban espuma por la boca, mugían como toros y desenvainaban sus espadas.
Galaf los esperaba. Mordió su labio inferior hasta hacerlo sangrar. El líquido escarlata manchó su barbilla y cuello, lo tragó y se pasó la lengua por la herida, complacido.
Ivar, exasperado, tomó una bolsa de monedas de cobre de su cinto y la arrojó a la zona de combate, esperando que la dádiva calmara a los luchadores.
La bolsa dio contra el suelo, se abrió y desparramó sobre la sangre derramada un chorro de brillantes monedas.
-¡Son vuestras si dejáis de luchar! -chilló Ivar.
Starulf y Ugir miraron el dinero. Durante un instante parpadearon, olvidando su locura asesina. Amaban aplastar enemigos, pero quizá más el dinero.
Corrieron a recoger las monedas. Eran muy pobres y el cobre los había deslumbrado. Galaf no olvidó su querella y aprovechó la distracción de los enemigos: a uno le abrió el cráneo con la espada y al otro le tajó el cuello. Era tan rápido y diestro que de nada les sirvió tratar de defenderse. En aquella época, los guerreros se contentaban con golpear sobre las espadas y los escudos, como dispuestos a echar abajo una pared. El más vigoroso rompía las armas del contrario o lo extenuaba, y entonces lo remataba. Pero Galaf pertenecía al futuro, pues aunaba la habilidad y la celeridad a la fuerza bruta.
Los berserkrs se desplomaron en el suelo cuan largos eran. Perdían vida y sangre por las mortales heridas.
Galaf quedó en pie. Miraba, tal que un demente, a vivos y muertos. No recogió ninguna moneda.
-¿Qué has hecho, estúpido? -bramó Ivar- ¡Me has costado cinco buenos guerreros!
-Ellos me provocaron -contestó Galaf roncamente, entre dos jadeos. Su mirar asustó a Ivar-. No me expulses de tu expedición.
Aquello no fue una súplica ni una petición.
- Mataré al vikingo Lars El Gris -afirmó.
Clavó la espada en el suelo.
-¡Lo juro! -proclamó.
Toda la sala le contemplaba en silencio.
-Vendrás con nosotros -dijo Ivar, más calmado, observando a aquel loco y poderoso guerrero con espanto y admiración- Matarás al vikingo Lars El Gris.
El vencedor del combate limpió la sangre de su boca con el antebrazo, sacó su espada del cuerpo de Hralf con un húmedo siseo, la limpió en las pieles del muerto, la devolvió a la vaina y se marchó del salón.
Estallaron los murmullos. Ivar volvió a sentarse en su butaca, aturdido. Los esclavos sacaron los cadáveres y los guerreros cogieron ávidamente las monedas del suelo.



Embarcaron envueltos por la tiniebla. Sesenta guerreros, entre ellos Galaf, subieron la pasarela que unía la nave con el muelle. No hablaban y procuraban hacer el menor ruido al caminar. La noche era muy oscura y la bruma fría y espesa. Nadie debería enterarse de la auténtica carga que albergaban las bodegas de aquel barco con fines aparentemente mercantiles.
Era propiedad de Ivar. Se llamaba Nube Azul debido a que el casco había sido pintado de azul celeste-verdoso. Era una nave comercial, sin espolón de proa, Tampoco resultaba excesivamente rápida. Normalmente, tendría el cometido de transportar las mercancías de Ivar de un puerto a otro. Sin embargo, en esta ocasión el Nube Azul no guardaba en sus entrañas telas, especias o metales, sino hombres armados y peligrosos.
Ivar lo había cargado durante el día y a la vista de todos con pesados fardos llenos en realidad de arena y harapos y que supuestamente contenían telas y metales preciosos. Una vez en alta mar aquella falsa mercancía sería arrojada por la borda.
Ya en las bodegas los hombres se acomodaron sobre los fardos para dormir o charlar en susurros. Galaf encontró un rincón solitario y rápidamente se hundió en el sueño.
Cortaron amarras. El Nube Azul zarpó, internándose en la niebla que el mar expelía.



Durante los días sucesivos navegaron hacia el Norte. El objetivo era Oslo, donde -Ivar había hecho correr el rumor- se venderían las mercancías del Nube Azul.
En realidad, esperaban ser atacados por los piratas de Lars El Gris antes de pasar la punta Norte de Jutlandia. Al fin y al cabo, el vikingo dominaba el Kattegat entre Gotaland y Dinamarca, las mismas aguas por las que navegaría el mercante.
Los guerreros salían a cubierta y ayudaban a la tripulación oficial en sus faenas. Jugaban, reían y organizaban combates amistosos para pasar el tiempo. El asesinato estaba penado con la ejecución automática del culpable, aunque el delito se hubiese cometido en defensa propia. Así se evitaban las muertes en el seno de aquel enjambre de hombres violentos. Sólo se permitían luchas a manos desnudas. Quien empuñara el acero contra otro tripulante sería arrojado por la borda.
Según transcurrían los días, Ivar sentía grandes esperanzas de encon-trarse con el drakkar gris de Lars. Realmente lo anhelaba, pues, como todo comerciante de la zona, odiaba al vikingo.
Cuando el Nube Azul se cruzaba con otras naves los guerreros corrían a esconderse en las bodegas. Sólo había ocurrido tal contratiempo en dos ocasiones y en ninguna de ellas el diminuto ejército corrió peligro de ser descubierto.
Galaf resultó ser el más hosco y solitario de la nave. No intervenía en peleas amistosas, las conversaciones o los juegos. Nadie intimaba con él ni lo provocaba -todos recordaban cómo trató a los cinco berserkrs en el salón de Ivar. Bebía mucho, casi a todas horas, pero trabajaba como el que más y sus ojos se aclaraban a la menor señal de alerta. Practicaba incansablemente con la espada y ninguno deseaba ejercitarse con él: entonces, llevaba a cabo fintas, mandobles y estocadas, haciendo brillar de sudor su rostro contraído por una terrible cólera, con los nudillos blancos a causa de la rabia con que empuñaba su arma. A pesar de su aspecto temible no hacía daño a nadie, y aquellas sesiones de tosca esgrima, en unos ambientes donde el uso del acero se limitaba a golpear con mayor fuerza al rival de la que él desplegaría para destrozarte a ti, entretenía a los ociosos. Ivar le dejaba hacer, observándole con una extraña mirada, como el que contemplara un suceso desagradable que sin embargo no le afectara directamente. Muchos curiosos contemplaban desgarrar, cortar y aplastar con su espada a un ejército de enemigos imaginarios. En realidad, nadie conocía cómo se llamaba este raro tipo, ni cuál era su pasado. Le llamaban El Loco o El Berserkr cuando no estaba presente, y Rápido -por su increíble destreza en el manejo de los aceros- a la cara.
A veces, en la fría noche, los hombres le oían llorar como un perro apaleado, desde su oscuro rincón de la bodega, sin que moviera un solo músculo del rostro, con la mirada triste y rabiosa clavada en las sombras, pegado, como de costumbre, a un pellejo de vino que ni el mismísimo capitán osaba tratar de quitarle. El Loco también provocaba excitados comentarios porque se debatía en sueños, como víctima de terribles pesadillas. Alguno susurró que tal vez estaba poseído o hechizado por algún demonio. Un jocoso contestó que efectivamente debía estar poseído por un espectro, uno muy sediento de sangre, y que él no sería el temerario que tratara de sacárselo del cuerpo. Todos los demás asintieron, comprendiendo que, aquella vez, este gracioso no había hablado en tono de broma.
Condenado a un ostracismo que él mismo procuraba alentar, Galaf continuaba la travesía sumido en las tripas de aquel barco, sufriendo por la tardanza en encontrarse, una segunda y última vez, con Lars El Gris.

 

Vamos a la Segunda Parte de BERSERKR

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(c) Andrés Díaz Sánchez,  2000.
 
 

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