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LA BERLINESA


Prologo



SANTIAGO DE CUBA. 14 DE ABRIL DE 1936.


Pido al Señor Nuestro Dios que me dé las fuerzas suficientes para ser capaz de relatar los terribles hechos ocurridos en los primeros años del siglo XX en la ciudad española de Córdoba. He intentado olvidar los aterradores hechos que cambiaron el curso de la vida de mi familia, pero me siento en la obligación de relatar lo siguiente con la esperanza de que en el futuro nadie sufra los suplicios que a continuación os doy testimonio.

Mi nombre es Manuel de Zubiria y Rojas y me uní en sagrado matrimonio con María del Pilar Alarcón y Montal, siendo fruto de nuestra unión dos hijos, que el señor tuvo a bien concedernos: José Manuel y María del Pilar.



CAPITULO I: LA TIERRA PROMETIDA


Siendo una familia de profundas convicciones religiosas, era nuestra costumbre llamar la tierra prometida a una pequeña villa campestre por la cual habíamos trabajado incesantemente durante los últimos siete años, y en la cual pasaríamos el resto de nuestras vidas, yo dedicado a mi trabajo de artesano joyero el cual me había dado una reputación excelente, amen de unos dividendos cuantiosos que por fin hubieron de librar a mi amada esposa de la pesada carga del trabajo fuera del hogar, ya que desde nuestro feliz matrimonio, hubo de desempeñar la labor de contable en el despacho de abogacía que sus hermanos José Gregorio y Jesús Mariano poseían en la capital, hecho este que contribuía a que nuestros caudales aumentasen, pero que por desgracia le impedía cuidar personalmente de nuestros hijos, María del Pilar y José Manuel, que a la sazón contaban cinco y siete años respectivamente. Por esto hubimos de requerir los servicios de una excelente institutriz, Maruja, mujer de animo inquebrantable y que los crío en su lactancia con sumo cariño, y a la cual arrastre a la perdición llevándola con nosotros a la morada que hubo de ser nuestra pesadilla.



Cruzar el Jordán


Sin duda alguna, la felicidad que acompaño nuestras vidas hasta el momento que habitamos nuestra tierra prometida, hubo de sufrir un destino paralelo al de Moisés, pues no vivió para acompañarnos en lo sucesivo.
Era el día tanto tiempo ansiado, por fin una maravillosa mañana de verano, tomamos posesión de la berlinesa, la pequeña hacienda situada a poca distancia de la capital, cerca de donde estaba situado un hermoso bosque que llegaba hasta la orilla del Guadalquivir. Situado en el extremo más cercano a la ciudad, frente a la puerta de Almodovar se hallaba un campo santo en el cual yacían ilustres personajes de tiempos pasados, mezclados con los sepulcros de personas de condición más humilde, era este un lugar visitado por quienes llegaban a nuestra ciudad con ansia de descubrimiento.
No muy lejos enclavado en un antiguo convento se hallaba un colegio de reconocido prestigio a cuyo cargo se encontraban las monjas Escolapias, que en la antigüedad tuvieron su claustro, y en el cual nuestros hijos ya recibían católica enseñanza.
Todo parecía tener perfecta armonía, Pilar, mi amada esposa podría estar a cargo de nuestros hijos, Maruja dejaría sus labores de nurse para convertirse una excelente doncella que liberaría a pilar de las labores propias del hogar, socorrida por María una joven de formidable estatura que la ayudaría en su labor. Por mi parte yo tendría algo profundamente ansiado, un taller en el cual tenia a mi cargo a cinco oficiales joyeros auxiliados por otros tantos peones y diez aprendices que aspiraban a conocer los secretos de la transformación del precioso metal.
Durante los primeros días de nuestra estancia la normalidad era la tónica dominante, el acarreo continuo del mobiliario, los retoques en las paredes increíblemente bien conservadas a pesar de que en los últimos cuarenta y nueve años había estado deshabitada.
Su ultimo dueño, antes de mí fue el hijo menor de los anteriores inquilinos.
Al parecer la hubieron de abandonar debido a una grave enfermedad contagiosa que afecto a cinco de los seis miembros que componían, y Tuvieron que ser internados en un sanatorio situado en Sotillo del Rincón, población de Soria de donde eran originarios. Habiendo fallecido padres y hermanos heredo en minoría de edad, a los doce años, la propiedad de "La Berlinesa", Don José María Balascot y Peña. Quedando éste bajo la tutela de su tío paterno hasta la mayoría de edad , en incontables ocasiones se negó a vender la propiedad a pesar de que nunca volvió a poner pie en ella. Derivaba ésta unas cargas fiscales que su falta de uso la hacia inútil para cualquier administrador sensato, seguramente el recuerdo del ultimo hogar paterno era la causa de dicho proceder, al menos esa era mi creencia.
El caso es que apenas un año antes llego a mi conocimiento la intermediación que un letrado, buen amigo de mi cuñado, estaba ejerciendo para la puesta en venta de una finca colindante con la capital, a requerimiento de un caballero soriano.
Fue este quien me informó de los antecedentes desdichados y de cómo la puja por dicha hacienda era casi inexistente, debido a los rumores propagados por una antigua sirviente de los Balascot en sentido de que la enfermedad que acabo con ellos aun esperaba nuevos inquilinos.
Supercherías de una anciana que favorecieron el precio de comprador, en poco tiempo quedo cerrado el trato con el procurador nombrado por Balascot y todas esas historias olvidadas.
Hasta hoy.
Como una trágica enfermedad, a veces los primeros síntomas son desatendidos abriendo el camino a la perdición.
Tres construcciones se levantaban en la berlinesa. Una mansión donde residíamos, un silo convertido por mí en taller orfebre y una cuadra que seguía manteniendo su función.
El relinchar de los caballos al ponerse el sol, era algo inusual que sembró la inquietud de la tercera noche que pasábamos en el nuevo hogar.

-Maruja, encienda una lampara de petróleo mientras cargo mi rifle, creo que tenemos visita en el establo

-¿Visita dice usted señor?

-Es posible que se trate de alguna alimaña, o quizás de alguien amigo de lo ajeno.

-La señora sigue arriba consolando a los niños ¿debo avisarla que va usted a salir?

-Déjelo, tan solo voy al establo al fin y al cabo.

-Como usted disponga, señor.

-Cierre con llave cuando yo haya salido y no abra, a menos que oiga mi voz.

-Disculpe señor, inquirió María, la joven asistenta de formidable estatura. Aunque soy mujer, mi padre que fue un gran cazador, a falta de hijos varones me instruyo en el uso de las armas de fuego, podría serle útil en caso de ser mas de una visita.

-Puedo dar fe de ello, añadió Maruja.

-Muy bien carga un rifle y acompáñame.

Caminando a la luz de las lamparas de petróleo, el corto camino que llevaba al establo hacia más ostensible la desaforada manera de relinchar de los caballos, cuatro en total, y que de ser sincero medro mi animo de continuar, cosa que hice por la presencia de María a mi espalda.
Al llegar a la puerta la tensión era agobiante, el ensordecedor sonido, la notable inquietud de los caballos convertía el acto de abrir la puerta del establo en un acto de valentía que muy a mi pesar tuve que ejecutar.
La escena que contemple invitaba a la pesadilla.
Los animales se habían arrinconado juntos. Sus ojos reflejaban terror que sentían, sus cabezas, situadas en diferentes ángulos y alturas parecían, al resplandor de mi lampara salir de un cuerpo común, como un animal mitológico y de sus bocas agónicamente abiertas manaba espuma como señal de locura.

Hube de retroceder ante tal horror y sobresaltado escuche la voz de María.

-Señor, sin duda esto debe ser obra de alguna serpiente, puede que debido al mucho tiempo que a estado abandonado tenga aquí su madriguera.

-Pero María, el establo a sido resanado por completo, y nadie la vio y además ¿qué clase de serpiente pondría en este estado a los caballos?

-No es necesario que sea muy grande, solo que sea venenosa y que les haya hincado los colmillos.

-Bien, yo voy calzado con botas, entrare y sacare a los caballos si me dejan, mañana nos ocuparemos del establo.
Al entrar note un espeso olor que no pude identificar, pero que me produjo nauseas y un zumbido que no reconocí aumento mi inquietud, haciendo manar un sudor frío de mi cuerpo.
Mi presencia pareció calmar a los equinos que sin dudar obedecieron mi orden de salir levantándose con premura de su hacinamiento, entonces escudriñe los suelos paredes y techos iluminándolos, pero no pude hallar la causa del desorbitado miedo que padecían los cuadrúpedos, mas descubrí algo que me turbó la razón, la lampara estaba delante de mí, sujetada por mi mano.
¡Pero no proyectaba mi sombra detrás como las leyes de la naturaleza dictan ¡! sino que lo hacia delante mía contra toda lógica, gire mi cabeza y solo vi oscuridad, la luz no Hacia efecto a mis espaldas, era esta la pared derecha según se entra, dándome la vuelta intente alumbrar dicha pared mas llegué a tocarla sin poder verla y su tacto me resultó repugnante.
Aguijoneado por el miedo salí de allí y vi que María tenia los caballos cogidos de las riendas y era dueña de la situación.
Decidimos dejar los caballos en cerca donde solían pastar y volvimos al interior de la casa. Antes de entrar mire de nuevo el establo y entonces reconocí el zumbido que escuche dentro, ¡!eran avispas!! , me calme entonces, comunique a mi esposa que la causa de aquel desorden eran estos insectos y dormimos con las ventanas cerradas como precaución, al día siguiente el humo purificaría el lugar, el sueño tardo en llegar.
Mi sentido común no encontraba explicación para alguna de las sensaciones vividas esta noche, como los caprichos de la luz y el tacto carnoso de la pared del establo. Una voz interior me decía que algo infinitamente más terrible que las avispas había anidado en la berlinesa.
Por fin llegó el sueño y con él los presagios.
Y soñé con él.
Por un camino dibujado entre paramos venia hacia mí, era un elegante caballero, de canosa edad, delgada figura, caminaba con bastón, con paso elegante.
Al llegar a mi altura me hablo con familiaridad.
Escúchame Manuel, vengo a prevenirte de los peligros que te acechan por entre las sombras. Has situado tu hogar sobre la morada de los impíos, apostatas que renegaron de la causa divina, prolongando su existencia mas allá de la vida, corrompiendo a todo aquello que enraíza en su tierra estéril a la gracia de dios. Durante mucho tiempo avise a los caminantes que no debían de sembrar su trigo en la tierra de los herejes, mas estos, sedientos de dolor humano me acosan para que deje de ser advertencia de los gentiles, y por fin consiguieron que dejase mi propósito.
Ahora tu estas dando la felicidad de tu familia como alimento de los discípulos del llovido del cielo.
Un rugido digno de un león corto su discurso y sobresaltado me encontré despierto y bañado en sudor.
A la mañana siguiente mi espíritu se encontraba aturdido, los acontecimientos de la noche anterior sacaron mis pensamientos de su natural estado. Debería de estar eufórico, pues hoy seria la inauguración de mi nuevo taller, que en lo sucesivo pasaría a tener la denominación de "Manufacturas Orfebres Cordobesas". El acto, seria presidido por el ilustre presidente del gremio, Don Enrique Cabrera, que sustituyo a su padre Don Alfonso en tal menester, siendo cliente mío nació entre nosotros una gran amistad.
Otras muchas personas de la burguesía, entre industriales, médicos, abogados y demás profesiones con reconocimiento público se dieron cita en mi nuevo hogar, para festejar lo que podía ser el advenimiento de un nuevo integrante al circulo de los coronados por la fortuna. Pero sobre todos los presentes aquel día resaltaba por su notoriedad publica Alejandro Lerroux, que dirigió en Barcelona el diario la publicidad y actualmente era diputado por dicha ciudad. Amigo intimo de la familia de mi esposa y estando de viaje en Córdoba, ya que nació en un pueblo de la provincia, La Rambla, población colonial de la campiña cordobesa, fundada por decreto de Carlos III, y que a buen seguro era causa de su apellido de reminiscencias galas.
Accedió a participar en inauguración, con el propósito de poder disfrutar de la compañía de mis suegros.
Por ello era de suma importancia para mí que todo saliera perfecto en el día de hoy, y a fuer de ser sinceros me sentía ausente de aquel esperado momento, mi memoria se había adueñado de mi atención, no hacia sino tratar de recordar paso a paso la escena de la cuadra, y siempre que intentaba dar respuesta a los extraños sucesos, volvía a revivir el revelador sueño de los paramos, mis fuerzas fallaban cuando barruntaba que no era sino eso, una respuesta a mi pregunta, que dios se apiade de mi y esto no sea mas que una mala noche producida por la tensión.

A pesar de mis temores quizá infundados, el día se desarrollaba con normalidad. Al menos eso creía hasta que mi cuñada, África, llamada así en honor a la virgen patrona de la española ciudad de Ceuta enclavada al norte de Marruecos, lugar donde nació y mujer de José Gregorio, me pidió que le mostrara la cuadra, siendo hija de un afamado veterinario, trabajaba con su progenitor en la clínica de su propiedad. Quizá pudiera desentrañar el misterio de la noche anterior, ya que era docta en la materia, aunque sufrió la restricción, tan propia de la época que impedía el acceso de las féminas a la universidad, restringiendo el talento de mas de la mitad de la población.
Habiendo encontrado a los equinos normales pasamos a examinar el interior del establo, cosa que hicimos entre los tres.
De nuevo el camino hasta dicho recinto produjo una rebelión en mi estado nervioso, cosa que no parecía ser homologable en mis acompañantes, al abrir la puerta cerré los ojos temeroso, pero al abrirlos, incluso la pared derecha parecía normal, tan solo escuchábamos un zumbido producido esta vez por las moscas, cosa normal en estancia de esta naturaleza, si bien me pareció ser mas fuerte de lo normal, esto podía ser a causa de mi estado de animo.
Y ella se adentró.
Examino el suelo, los techos, y volviéndose hacia mí, me pregunto ¿esta es la pared que te resulto extraña?. No me dio tiempo a contestar afirmativamente cuando la toco con sus dedos.
La pesadilla comenzó de nuevo.
Los pelos de su cabeza se erizaron, sus ojos se abrieron desorbitadamente, su cuerpo cobró una rigidez extrema y sus manos con movimientos propios de los autómatas que vi una vez en el barcelonés parque del tibidabo adoptaron una postura antinatural, la derecha se erguía en lo alto de su brazo con la postura propia de una garra, la izquierda pendía rígida en igual ademan, las dos con las palmas hacia delante lo que debía de convertir en dolorosa tal postura.
Mi cuñado y yo tardamos en reaccionar mas de lo normal debido a nuestro estupor, y llamándola repetidamente a gritos no conseguimos que despertara de su trance. Entonces intentamos moverla, su cuerpo estaba helado, de su boca abierta en extraño gesto salía un bao propio de un clima extremadamente frío, su inmovilidad era marmolea, y nuestras fuerzas impotentes para moverla.

-Por Dios Manuel ¿que ocurre aquí?, pregunto José Gregorio notablemente alterado.

-Dios sabe que quisiera responderte, mas no puedo.

-Debe de sufrir un ataque epiléptico, ve a buscar un medico hay unos cuantos en el banquete.

-Ahora mismo Pepe, y al encaminarme hacia la puerta, esta se cerro con inusual violencia.

-Dios santo Manolo, ¿qué demonios es esto?.

-Ojalá no sea lo que tú has pronunciado.

-¿Dios?

-No, lo segundo.

De repente la cabeza de África adquirió un ángulo lunático, y de su garganta surgió una cavernosa voz que parecía estar amplificada por uno de esos conos que usaban los feriantes y que llamaban altavoces. No parecía expirar las palabras, sino aspirarlas, como quien intenta desandar el camino. La repetición del mismo, incomprensible y absurdo discurso se convirtió en una atroz letanía. Intentábamos descifrar aquel sonido, pero fue imposible. Entonces mi cuñado amigo de llevar encima las viandas propias de la escritura puso en su mano derecha una pluma y sostuvo un pequeño cuaderno que usaba para apuntes propios de su profesión contra este, el intento tuvo éxito, comenzó a escribir con su mano, convertida en garra que aprisiono el útil de escritura frente al cuaderno grandes letras, pero la postura horizontal de la pluma impedía que la tinta por mas que intentásemos impregnar la punta, las hiciera inteligibles. Un lápiz lo hizo posible.

La i , la u , la q , la a , la a , la t , la s , la e , la o , la n , la s , la o , la i , la d:


iuqaatseonsoid


El llanto que José Gregorio, asustado por su esposa y el amoroso abrazo que le dio rompieron el trance. África de repente y volviendo a la normalidad se asusto y dijo:
- ¿! Cómo has podido estando a esa distancia, saltar hasta mí y abrazarme sin que me diera cuenta de ello hasta que me has estrujado, Pepe!?.-
Tal afirmación no hizo sino descubrir que durante el trance no existió el tiempo para ella. Ojalá nunca recuerde nada. por Dios que así sea. .
Al despertar, dejaron caer cuaderno y lápiz de entre sus manos, hecho en el cual no hube de reparar mas que yo.
Guardándolos en el bolsillo de mi levita, prenda incomoda en dicha época del año, aunque necesaria, dado el acontecimiento lúdico.

Sin comentar nada de lo ocurrido y extrañados de que nuestro elevado tono de voz, y sobre todo los guturales sonidos producidos por las cuerdas vocales de mi dulce cuñada, no hubieran llamado la atención de ningún invitado, nos reintegramos en el ágape.

Lo primero que hubimos de ver fue la querida presencia de mis suegros, que habiendo regresado de la costera población de Almuñecar, situada en la provincia de Granada y en la cual residían por motivo de la precaria salud de Don José, padre de mi amada esposa, caballero de excelente reputación y cristianas virtudes que había ostentado importantes cargos políticos en especial como comisario de salud en la región andaluza, y por los cuales, dado lo certero de sus actuaciones, se le reconocía como una de las autoridades de mayor prestigio de su época y lugar.
A menudo, y siendo yo persona de irónico humor hube de comentarle que si bien dios nuestro señor hubole dado tal virtud también se la negó para el mismo, pues intentaba poner remedio a la enfermedad ajena con su trabajo y su salud no parecía beneficiarse de ello, a lo cual él me respondía que no tendría la mínima objeción para cederme el cargo siempre y cuando heredase también sus inconvenientes. Genio y figura dicho este de la época que me toco vivir.

-Don José, dichosos los ojos, no sabe lo que me alegro de verle.

-Gracias Manuel, mira aquí viene tu suegra.

-Doña Pilar, mis ojos son bendecidos con su presencia, ¿qué tal el viaje?

-Armonioso adulador, ¿nunca dejaras de intentar recompensarme de tus azarosas ideas con tus palabras?- Dame un abrazo.

Decía esto doña Pilar, mi querida suegra con motivo de las amistosas disputas filosóficas que manteníamos los dos, debido a las diferentes ideas políticas que sustentaban nuestro parecer, ya que ella, tradicionalista no daba respiro a mis tesis de corte liberal, situación que daba lugar a extensos debates coreados por familiares y amigos afines a una u otra postura.

La festividad se vio menguada debido a la ausencia de Jesús Mariano, hermano de mi esposa y María virtudes, esposa de él, que con sus dos hijos y los padres de ella hubieron de dar marcha atrás cuasi llegando a "La Berlinesa", debido a los desvaríos de Jesús, Jesusito, mi estimado sobrino que debido al parecer a una incipiente fiebre pedía a voz en grito que no quería venir, su niñera se presento ante nosotros excusando la ausencia de todos ellos, explicando los hechos.

-Lamento tener que ser portadora de la ausencia de mis señores, Don Manuel, pero Jesusito esta indispuesto y en el camino a preocupado a sus padres y abuelos, ya que no cesaba de gritar que le daban miedo las cruces, tenia fiebre y esto le debe de haber trastornado.

-¿Fiebre dice usted?

-Sí, señor.

-Pero, ¿le ocurre algo?

-Que sepamos no, solo un resfriado de verano, puede que esto le haya hecho intentar llamar la atención de sus padres, ya sabe usted que padece los dolores propios de los celos, desde que nació su hermana, María Cristina.

-Y dice usted que decía tener miedo a las cruces.

-Así es, y al estar él en mi regazo le pregunte porque había de tener miedo a tan cristiano símbolo, y este me contesto porque estaban mirando a la tierra y no al cielo, como las de las iglesias.

-Por favor llévese a María con usted en nuestro carruaje y que vuelva ella para darnos noticia de su estado de salud.

Al instante salí al encuentro de María para avisarla de mí propósito y pronto les vimos partir.

Después de despedir a la nurse volví la mirada y vi a mi suegro en un promontorio que dominaba " La Berlinesa " contemplándola, y dirigiéndome hacia él le pregunte:
- ¿Dime estimado suegro, de que se ocupan tus pensamientos?.

-Abandonad esta tierra.

-Áspera respuesta, después de lo cual se reintegro en la reunión, para despedirse antes de lo previsto de ella.

La tarde se cerraba y a la puesta de sol, sin mas sucesos anormales, los invitados se marcharon. durante la cena Pilar me pregunto por la causa de la palidez y nerviosismo de las que hizo gala mi cuñado a nuestra vuelta de la inspección del establo.

-¿Qué ocurrió Manolo?, Pepe parecía venir de observar una batalla, su cara estaba pálida

-La visita al establo de nuevo a sido sorpresiva.

-¿En que sentido?.

-África se sumió en lo que parecía ser un trance hipnótico.

-Parece que este no desea ser ocupado por nosotros.

-Así es.

-A veces los lugares deshabitados durante mucho tiempo son inundados con el eco de pasadas desgracias, no hemos bendecido aun la hacienda, pero el padre Cabral ya esta repuesto de su aflicción, dentro de unos días vendrá a cristianar debidamente el lugar y todo comenzara a ser normal, bueno solo a dejado de serlo en el establo, con no usarlo de nuevo hasta que venga el padre, todo resuelto.

-No sabes lo que me alegra que estos episodios no te hayan asustado pilar.

-Son cosas que suceden a veces, dios pondrá punto final a ellos.

-Amén querida.

El tacto sedoso de las sabanas y el calor de mi esposa, unidos al cansancio me sumieron en un profundo sopor y los sueños me condujeron de nuevo a los paramos.

Un onírico camino me llevo por segunda vez hasta él.

De repente me encontré en el mismo lugar pero la paz que sentía en la anterior experiencia no era esta vez tan ostensible, me sentía observado.
De nuevo apareció en lontananza, mas esta vez parecía preocupado, al llegar a mi altura puso la mano sobre mi hombro y me dijo a media voz, me temo que no estamos solos, y trazo un circulo con su bastón erosionando la tierra con la punta y haciendo la señal de la cruz dijo: esto es tierra sagrada, los impíos no tienen aquí presencia.
La noche se adueño del exterior del santuario por el delimitado y unas sombras más oscuras que ésta parecían acechar en el exterior.
Querido Manuel, la presencia de tu familia en tan impío lugar ha dado una fuerza atroz a los adoradores de Luzbel, vuestro amor es su alimento y si consiguieran clavar sus fauces en vuestra unión por Dios ungida, su poder sobre los mortales aumentara de una forma hasta ahora desconocida.
No son estos unos siervos del mal conducidos a este por las penalidades de la existencia en la tierra, sino que lo son a causa de su intrínseca condición de criminales. Seiscientos sesenta y seis hombres y mujeres, todos de envidiable condición social fundaron hace ya cerca de dos siglos la satánica iglesia de los tres seises, que supongo sabrás que es la representación numérica de la trinidad demoniaca, su fin no era sino construir un templo digno del rey de los infiernos, sus medios y poder implacables en el mundo de su época, muchos fueron los tentados mas de tres mil, pero solo los mas impíos llevaron a cabo su propósito. Los demás fueron excluidos debido a su falta de apostatica fe o a su insuficiente maldad para ser apóstoles del eterno condenado.
Su método la traición, su arma la difamación, su camino la injuria, su fuerza la iniquidad, y su Dios el príncipe de las tinieblas.
Muchos desgraciados que se acercaron a ellos y otros que estuvieron cerca de descubrirlos, además de los que tuvieren algo que ansiasen, fueron su alimento, al concluir el fatídico numero de adeptos se convirtieron en un poder en la sombra, y construyeron el templo de la impiedad caminando de espaldas, alejándose de la luz divina.
Estaban estos divididos en sesenta y seis decurias, cada una dominada por un decurión esto sumaba seiscientos sesenta, el numero fatídico lo completaban cinco tribunos y el jerarca supremo, tal era su jerarquía.
Los sesenta y seis que constituían la cúpula del poder piramidal serian enterrados en las cruces invertidas que no eran sino las columnas del templo satánico de igual forma configurado, y cuando el ultimo de ellos fue llamado por el Supremo Hacedor, se culmino la construcción de tan execrable lugar , Damián Vázquez de Figueroa , prelado de Roma fue quien ocupo tal lugar, consumando la traición al carpintero de galilea, redentor del genero humano, el traidor estaba investido de la máxima autoridad, debido a que en la creencia de tan mezquinas mentes, hubo de romper la sentencia del Nazareno, sobre esta piedra construiré mi iglesia y el mal no prevalecerá sobre ella.
Un lacayo dejo caer la única placa de mármol que restaba para terminar esta infame rebelión sobre la cruz invertida en la que yacía estando agonizante aunque aun con vida, dicha fosa era el pilar central del execrable templo , una estructura excavada en la tierra en los años pretéritos sufragada con expoliación de los inocentes y que tenia las características propias de un templo cristiano, pero orientado hacia el interior de la tierra, en lugar de mirar al cielo.

Sonó un trueno apocalíptico y de nuevo el estupor, los latidos de mi corazón y el sudor fueron mis compañeros en mi cruento despertar.

Al día siguiente comenzó la actividad en el taller.
Los cinco oficiales ocuparon sus asientos frente, a ellos en el otro extremo de la bancada, se situaron los peones, prestos a cumplir las labores por estos encomendadas, los aprendices disponían de una mesa circular en la que desarrollaban labores menores, propias del aprendizaje, y esperaban las ordenes de sus superiores ya para conocer las técnicas del labrado metalúrgico o para incorporarse a los artilugios que requerían fuerza humana.
Eran estos un laminador manual que estaba formado por dos masas cilíndricas que mediante unos engranajes y reguladas en altura por un mecanismo de tornillo, servían para convertir los lingotes de fundición en una lamina de grosor adecuado para construir las diferentes plantillas que modeladas por herramientas manuales constituían las diferentes partes de las joyas por mí dibujadas. Otro artilugio de igual constitución pero con canales en forma semipanal abierto hacia los extremos que cuando se unían las masas se convertía en hexaedros, servia para modelar los barruchines, tubos de metal fundido que acababan adoptando la forma de estos panales que dispuestos de mayor a menor alargaban su forma convirtiéndolo en un hilo hexaedrico que después de ser calentado hasta el rojo vivo, se le sacaba punta con una lima y se pasaba por unos orificios practicados en unas planchas de acero llamadas hileras, que le daban forma circular. Era así como se conseguía el hilo que servia para construir los palillos de diferentes formas, que entre otras aplicaciones servían para introducirlos en los orificios hechos en los lóbulos de las orejas y de los cuales pendían los zarcillos además de sujetar las perlas a sus barrocas casquillas.
Otro artilugio de moderna invención era una prensa de bolas. Era esta una maquina formada por un gran tornillo en cuyos extremos se situaban dos esferas de gran peso que le daban inmensa fuerza cuando eran accionadas
Situada esta sobre una bancada disponía de unas sujeciones, en la parte fija, sobre la bancada, dos gruesas grapas de acero atornilladas sobre un carril móvil, aprisionaban las matrices denominadas hembras por su forma cóncava. En el extremo inferior del tornillo se situaba una plancha de acero horadada su extremo inferior por la cual se introducían las matrices convexas sujetadas por un tornillo de tal forma que accionando las bolas en sentido descendiente sobre los raíles del tornillo y situando una lamina de oro entre ambas, esta adoptaba la forma que producía la unión de dichas matrices que no era sino la bella forma de una pieza orfebre en su primigenia génesis.

Eran estos artilugios construidos por la ingeniería de la época que constituían un poderoso avance en lo que a calidad y sobre todo capacidad de producción se refiere. También constituían, en su aspecto negativo unos instrumentos que convertían los pequeños accidentes laborales propios de la profesión, en algo realmente peligroso si no se tenia cuidado, pues una mano atrapada por tales fuerzas podía ser fácilmente destrozada, al contrario del daño mucho menor que podían proferir herramientas clásicas como las cegueras, limas, martillos manuales, buriles y las demás piezas que componían el variado utillaje propio de tan noble oficio artesano.

Y el mal pronto supo como herir a los hombres.

La prensa de bolas tenia un sistema de seguridad que si bien era sencillo, a la par se mostró eficaz en todos los talleres donde se había instalado, hasta el día de hoy. Era este una cadena soldada a una de las bolas y sujeta a la pared por un cierre de mosquetón.
Rafael un experto oficial mando colocar un troquel a un aprendiz aventajado llamado Sergio.

-Sergio, ajusta en la prensa el troquel de casquilla lisa, cuando lo tengas yo probare el primer embutido.

-En el acto, Rafael.

Sergio ajusto primero el troquel macho a la parte superior y a continuación procedió a hacer lo propio con el segundo, que era más laborioso, no sin antes comprobar que la cadena de seguridad estuviera fijada al grillete de la pared,
Un latigazo metálico resonó en toda la sala seguido por los alaridos de dolor del muchacho, cuando acudí desde mi despacho contemple los efectos de una mutilación. Sergio se encontraba sin sentido caído de su silla y sus manos se encontraban aprisionadas por el artefacto, la sangre manaba a borbotones mientras que dos hombres se esforzaban inútilmente por girar la prensa en sentido ascendente para liberarlas, en medio de la histeria engrasamos el tornillo, pero no había manera de liberarle, parecía que el artefacto se hubiera soldado y pasado un agónico rato que no puedo medir, por fin cedió .
Sus manos se agitaban y al verter agua sobre ellas pudimos ver que se habían convertido en un amasijo de carne y huesos.

Los días que sucedieron al fatídico accidente fueron terribles, el galeno confirmo lo que era evidente, el muchacho quedaría lisiado de por vida, sus padres por mas que le explicara e intentara hacer caer la responsabilidad sobre mí, culpaban a Rafael del fatídico hecho. Siendo este vecino cercano a ellos en el populoso barrio de san Basilio sufría en los inevitables encuentros casuales el reproche desmedido de estos, ante lo cual decidió emigrar a tierras de Valencia donde tenia hermanos dispuestos a acogerle, privándome así de su inapreciable labor.
El resto de los aprendices, a instancia de los padres buscaron otros trabajos y siendo difícil, por no decir imposible hallar sustitutos dado el eco que tuvo tal suceso en una ciudad tan provinciana como Córdoba.
Como era costumbre en la época se creo una colecta para ayudar a Sergio y contribuí de buen grado y mayor suma.
El balance nefasto:
Un chaval mutilado, un padre de familia obligado a emigrar, once bajas por el momento insustituibles, mis caudales menguados y el animo dinamitado.

Las semanas siguientes pueden ser calificadas de caóticas, nada salía correctamente, a pesar de incorporarme al trabajo rutinario para paliar las bajas no conseguíamos cumplir con los pedidos. Los pelos de las seguetas, pequeños serruchos de precisión se rompían con inusual rapidez, a menudo perdíamos horas buscando utillaje que todos juraban haber guardado el día anterior en su sitio habitual. Había una tensión en el ambiente que impedía la necesaria concentración en un trabajo tan exacto, cuando no producía enfrentamientos hasta ahora desconocidos entre una plantilla que se conocía desde hacia años. Esto hizo aflorar en mi la sombra del motín.

Y al fin estallo la rebelión. Todos pidieron sus emolumentos y derechos adquiridos verbalmente y se marcharon, dejando mis pobres finanzas al borde de la bancarrota. Todos menos uno, José Manuel Arquimbau, todavía me estremezco al recordarlo, él fue la ultima vida que segaron las infames flores del mal.
En los días siguientes el caos se adueñó de nuestro hogar.
Por las noches era imposible dormir, las ventanas que estaban cerradas se abrían de repente con violencia, no había cuadro que no cayese al suelo, crujían los muebles como gimiendo de dolor.
Los crucifijos que presidían las puertas por encima de estas se resquebrajaron y rompieron, al cabo de unos días no eran mas que una masa putrefacta. Las flores que daban color a nuestra casa se marchitaron sin remedio, por el contrario la escalera que conducía al piso superior floreció por el pasamanos, brotaron grotescas formas de éste y expelían un olor insoportable.
Escalera arriba estaban los dormitorios y durante la noche ésta crujía como si alguien subiera por ella, preocupado por los míos y aterrorizado por éstos fenómenos pasaba la noche sentado al final de ésta, empuñando un arma de fuego, pero a pesar de notar los crujidos a un brazo de distancia no veía ni tocaba a nadie.
La vida diurna también era imposible, vencido por el sueño y el cansancio.
Comencé a notar una presencia maligna, a mi espalda siempre imaginaba unos ojos luciferinos y aunque me diese la vuelta, siempre seguían detrás mío, Pilar estaba asustada como todos, dijo que de no venir pronto el padre Cabral deberíamos irnos donde fuese.
Amanecimos un día atónitos, pues al mirar al exterior vimos que los alrededores estaban sembrados de pájaros muertos, caídos al pie del árbol donde dormían.
Al sacar agua del pozo, pude ver desesperado que esta estaba embarrada, se había convertido en un lodo negruzco y su olor era agrio, y por mas cubetas que sacase, siempre salía igual. Pude comprobar que solo en éste pozo ocurría esto, los de las haciendas colindantes daban una inmejorable agua, a su caridad me encomendé con un asno y dos cántaros.
El padre Cabral , por fin repuesto de su dolencia vino a bendecir la propiedad.
Un sábado por la tarde se presento en la hacienda sin aviso previo, anunciando su intención de pernoctar en ella. Esto produjo una alegría sin limite en todos nosotros. José Manuel Arquimbau , mi benefactor como ya le llamaba se encontraba en " La Berlinesa ", invitado a cenar. Después de recibir al padre Cabral, acordamos que Arquimbau también durmiera en nuestro hogar para poder ver amanecer el domingo que vería resurgir la normalidad en él, si bien tuvo que hacer trayecto de ida y vuelta para informar a sus padres de ello y no preocuparlos por su ausencia.

Cuando estuvo de vuelta agasajamos al cura con las mejores viandas de las que era excelente catador. Era este un hombre sincero, de moral irreprochable que había estado destinado en misiones a petición suya, por lo cual hubo de comprobar en carne propia que la necesidad era moneda de uso frecuente a lo largo del orbe. Y después de dejar gran parte de su salud en ayuda de los menesterosos hubo de volver a la patria, decía a modo de broma, que nunca se ha de despreciar el fin del ayuno cuando dios tiene a bien decretarlo. Su aparente aprecio por los manjares ocultaba a mi parecer el proceder de un hombre que se privo del pan para ofrecerlo al necesitado. Después de departir un agradable rato previo a cena pusimos a Cabral en antecedentes de los misteriosos sucesos ocurridos en nuestra casa, este medito un rato y me llamo aparte.

- Querido Manuel , desde que ingrese en la casa sacerdotal de Medina y Corella, cerca de donde tu naciste, para emprender mi camino al servicio de dios, he escuchado rumores acerca de un lugar abandonado por nuestro Señor situado cerca de aquí. Siempre he sido de la opinión de que el maligno actúa a través de los hombres y que no tiene poder directo sobre la materia ni sobre el destino, si bien esto puede parecerlo debido a la cruenta transformación que produce este sobre la existencia de los mortales, lo que te ocurre a ti no es sino una insignificancia comparado con lo que sufren otros siervos de dios en tierras lejanas. No obstante seré crédulo a vuestras suplicas e intentare devolveros la felicidad mediante la bendición, mas piensa que esta no esta revestida de mas autoridad que la fe que en ella deposites, el señor llena el zurrón de cada uno en la medida en que cada cual lo abre.-

Después de aleccionarme pasamos a la estancia principal, nuestra casa y desde allí comenzó la bendición que habría de purificar " La Berlinesa ".

El ritual que desplegó desato la ira de los impíos.

- En nombre de nuestro señor Jesucristo y por los poderes que de el he sido investido bendigo esta tierra, para que esta sea labrada por la familia que tomo cristiana posesión de ella.-

De repente las paredes de la casa parecían quejarse de dolor, sonaban como camarotes de una embarcación castigada por la tormenta. Sufrí parecido desatino en un viaje que hube de hacer a las islas canarias en años pretéritos y en el cual mi valentía se vio puesta a prueba, con resultado deshonroso para ella, así me sentía ahora en este momento, sin tempestad que me diese motivo lógico de amedrentamiento.

Las paredes del comedor parecían haber cobrado vida, crujían y se quejaban del sufrimiento al que inexplicablemente parecían haber sido expuestas, los niños, aterrados por tan súbito cambio en el ambiente rompieron en sollozos de puro terror, los adultos mirábamos a todos lados acongojados.
Entonces intenté asomarme a una ventana creyendo que era un movimiento de tierra pero no pude ver signos de este en el exterior y de repente sentí un aguijonazo en ambas manos, apoyadas en el marco de madera apartándolas violentamente, al contemplar mis palmas dos quemaduras las atravesaban horizontalmente, pero el marco estaba normal y al tocarlo el calor me punzonó de nuevo.
Entonces vi que todos miraban con miedo extremo al padre Cabral, la causa de su atención me sobresaltó aun mas que las quemaduras de mis manos.

Había tomado su cuerpo una postura recta y sus brazos rodeaban cada uno el lado contrario a la altura de los hombros. Estoy seguro de que sus dedos llegaron a tocarse en la espalda, era este un lazo imposible de realizar por un hombre carente de flexibilidad en sus articulaciones y de haber sido obligado por un aparato de tortura propio de la antigüedad, el dolor le abría hecho gritar sin descanso, pero lo más terrible era la expresión de su rostro sus ojos habían girado quedándose blancos y a pesar de ello nos miro uno a uno, demostrando que de alguna manera poseía visión, los músculos de su cara se estiraron hacia atrás dándole un aspecto felino, y lo mas terrible era su sonrisa que tornó su faz en una mascara diabólica.
Su voz pronunció tres palabras que por su fuerza nos obligaron a taponar los oídos con las manos veni vidi vinci.
Comenzó acto seguido a caminar, lo hizo de espaldas, sin tropezar con mueble alguno a pesar de que era la primera vez que pisaba este suelo. Llegó hasta la puerta que se abrió sola a su paso y ya fuera recobro la normalidad, llenando la casa con un alarido de dolor después de lo cual se desplomo en el suelo.
El episodio parecía tener fin entre llantos y desesperanza.

Entre Arquimbau y yo levantamos al padre, lo metimos en la casa con temor de que se repitiera el fenómeno, pero no había otro lugar donde atenderlo, afortunadamente no ocurrió esto.
Después de un agónico rato por fin abrió unos ojos humanos.

-Padre, padre, ¿se encuentra bien?

-Dios mío ayúdanos, el hereje fue ordenado por la iglesia, a ti me encomiendo mi Dios ¿por qué le cediste poder sobre la materia, dios mío?

-Padre ¿qué dice usted? por favor conteste (en ese momento descubrí con temor que omití decir por dios para no provocar a no sé que poder)

-No puedo ayudarte, no mientras permanezca en este lugar.

 

(Vamos a la segunda parte)




 (c) Manuel Puentes Rojas, 1998.
 
 

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