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EL CASO BEBILAQUA

por Arnaldo Zarza

Primera parte


Ernesto Bebilaqua tenía los ojos verdes y la mirada triste.
Sentado en la mecedora de mimbre del hospital neurosiquiátrico de Buenos Aires, tomaba a sorbos la Pepsi que le había llevado. Estábamos bajo un frondoso árbol de no se que especie, que sí sé, nos daba sombra y protegía de los inclementes rayos solares de diciembre.
No había estado muy comunicativo conmigo la primer hora de la visita, ahora, la gaseosa parecía ser el combustible que necesitaba para desactivar su desinterés por el tema que me había impulsado a entrevistarme con el, y a poner en marcha lentamente lo que fuera en otros tiempos su poderoso cerebro. Por un momento me dio la impresión que escapaba de la modorra de de los últimos meses e intentaba regresar al mundo de los que pensamos ser cuerdos.
Sus ojos adquirieron el brillo característico de las personas vivas, por fin me miró, y dijo:
-Arnaldo, se que sos parecido al Arnaldo que yo conozco, que son casi iguales, por no decir igualitos, pero no sos el mismo. Pará, no me digas nada, te escuché hablar durante casi tres meses, te escuchaba y no podía contestarte, mi cerebro estaba embotado, embarullado, arrugado, sin fuerzas. Tenía miedo, me daban ataques de terror y seguramente me comportaba como un loco. Arnaldo, no hay nada más horrible que lo desconocido, que ironía, te estoy hablando como si fueras mi Arnaldo, mi amigo de toda la vida, pero se que no lo sos, y también se que vos ignorás que somos de mundos diferentes, por otra parte se que esto no es una trampa para tenerme encerrado en este hospital, como sería lógico que pensara, como te decía, en estos momentos vos sos la persona a la cual intento aferrarme para no cometer alguna locura, en apariencia tenés todos los atributos de mi amigo, espero no equivocarme en mis apreciaciones, pues si así lo hiciera, seguramente esto que me está sucediendo no sería otra cosa que un sueño macabro, algo ideado por una mente maquiavélica para someterme a su voluntad.
Me parece que estoy muy melodramático, ¿no? , ya casi hablo como uno esos chiflados de folletines de cuarta, de los cuales nos reíamos en las buenas épocas de nuestras interminables noches de café, que digo, no quiero ser redundante, pero...
La oportuna llegada de una enfermera hizo que mi amigo parara su desahogo, y luego de recordarme que en quince minutos debía retirarme, apenas se fue, pude meter un bocadillo.
-Ernesto, supongamos que es cierto lo que me dicís, después de todo no tengo por que no creer lo que me estás tratando de contar, ¿acaso no hemos hablado y discutido infinidad de veces de temas filosóficos, científicos, de casos paranormales, y hasta de fantaciencia?, o por lo menos creo que lo habrás hecho con el que decís soy el sosías, el doble, el clon, o como lo queramos llamar, te propongo que empecemos por el principio, si te parece, contame todo lo que te ocurrió, desde el primer momento hasta que, bueno hasta...
-Hasta que me encontraron gritando como un loco en plena calle corrientes un sábado a las nueve de la noche. Si, empecemos por el principio. Poné el grabador.


Segunda parte

Ernesto Bebilacua vivía en una casona incrustada en medio de un enorme terreno atiborrado de árboles frutales. Ernesto, Diana, y sus dos pequeños diablillos disfrutaban de aquel paraíso ubicado a setenta kilómetros de la capital.
Tuky, como le decíamos sus amigos, era flaco, alto, y bueno. Pecoso, de pelo color paja y de la misma contextura de esta, imposible de peinar. Cuando se calzaba las gafas para leer, su rostro adquiría el aspecto intelectual de esos personajes que hacían de intelectuales en las películas de Hollywod.
Nos conocíamos de toda la vida, siempre vecinos, y amigos a muerte, primaria y secundaria juntos, en el mismo banco, en las mismas fiestas, y a veces hasta con los mismos amores. No recuerdo haber tenido una pelea importante con el, discusiones sí, muchas y continuas, éramos de confrontar cada una de nuestras ideas, de profundizarlas y desmenuzarlas, a veces nuestras charlas terminaban cuando salían los primeros rayos del sol, sentados en las mecedoras del porche de casa, o en la suya, durante el verano, en invierno, la cocina, o el dormitorio, mate cocido para el, té para mí.
Los años de la facultad alteraron nuestra rutina, pero no lo esencial de nuestra amistad. Yo fui a parar a la casa de tío Chochí, hermano de mamá, Tuky, se instaló con la abuela y abuelo maternos.
En los primeros tiempos de nuestra estadía en Buenos Aires, nos encontrábamos en el café de Rojas y Rivadavia, que ya no existe. Como al año, me di cuenta que nuestras charlas en el café cada vez se hacían más espaciadas, no es que nos viéramos menos, con una excusa u otra Tuky se las ingeniaba para venir a lo del tío Chochí, quedarse a cenar y luego seguir la tertulia en mi dormitorio o en la cocina, como siempre hasta el alba, claro que para mí no era lo mismo, y supongo que para el tampoco.
Si bien mis tíos eran macanudos, teníamos que cuidarnos de no excedernos en el volumen de nuestras apasionadas charlas. Al comienzo de esa etapa pensé que, por algún motivo que ignoraba prefería cenar en casa y no en lo sus abuelos, también pensé que el problema podía ser económico, me ofrecí a pagar el módico café, pero no, no dio resultado, hasta que una noche caí en la cuenta del por qué de tal empecinamiento. Pero que boludo fui, digo, soy, Acaso era necesario ser un genio para ver las torpes maniobras de acercamiento del Tuky? Si hasta el propio tío Chochí se había dado cuenta.
Mirándola bien, la prima Diana había crecido un montón. Ya nada quedaba de la flaca desgarbada que correteaba con sus canillas esqueléticas, y sus dientes de frenillos prominentes por los pastizales de la quinta del abuelo durante las compartidas vacaciones de verano. La chiquilla había crecido, ¿Qué tendría ahora, quince, dieciséis? No se, para mi seguía siendo una nena. Claro que si la mirabas con atención la nena tenía lo suyo, por delante y por atrás, además de esa carita de ángel que… bueno después de todo creo que terminé comprendiendo al maldito bribón. Como ya se imaginarán, la cosa terminó bien, el roba cunas tuvo que esperar unos años, cuando Diana cumplió los veinte se casaron.


Tercera parte

Tanto Tuky como yo devorábamos cuanto libro de ciencia ficción caían en nuestras manos en los no muy lejanos días de la escuela secundaria, generalmente, durante la quietud de la siesta, y bajo el gigante árbol de aguacate que desparramaba su sombra en los fondos del terreno, o cuando las inclemencias del tiempo no lo permitían, en el altillo de las cosas inservibles y supuesto taller de herramientas que nunca se usaban, allí nos dábamos el atracón de platillos voladores, marcianos, máquinas del tiempo, y duraznos, mandarinas, ciruelas, (según la estación) que íbamos arrancando de los árboles que nos quedaban de paso, y depositando en una caja de zapatos camino a nuestros escondites.
Tuky y yo conocíamos la teoría de los Universos paralelos, digo teoría porque me da la impresión que no es una idea muy descabellada de la ciencia ficción, es más, hay mucha gente que cree en ella, y no me refiero solamente a personas sin conocimientos científicos. Recuerdo que el flaco y yo nos enfrascábamos en terribles discusiones respecto a la existencia o no de estos mundos que cohabitan el mismo espacio. Finalmente, a los pocos meses, quedamos de acuerdo en que sí existían.
El conocimiento de esta teoría nos llegó por medio de un librito que encontramos mezclado entre otros tantos sobre el escritorio del padre de Tuky. “Universo de locos” rezaba el título de esta obra que en su momento nos pareció mágica, y que en cierta medida nos ayudó a mirar con espíritu abierto los misterios de la naturaleza.
El tiempo pasó, el ímpetu de la juventud quedó en el tintero, pero no lo esencial de cada uno. Tuky se recibió de ingeniero, promedio casi diez, yo me zambullí en las aguas del periodismo, la cosa no me resultaba fácil, pero me las rebuscaba, Tuky entró en una multinacional, seguimos siendo vecinos, la abertura en la ligustrina que separa nuestras propiedades da a nuestro entorno ese aire familiar que afianza nuestra amistad, permitiendo que chicos de él y los míos corretean sin límites por ambas orillas.
Tuky empezó a desgranar su historia ante el grabador que le puse delante.
Era un sábado del mes de noviembre, Diana conducía la rural hacia el aeropuerto de Ezeiza, Tuky de saco y corbata viajaba de pasajero a su lado, atrás, Juanita vestida de cenicienta, y Leo, parloteaban sin cesar. Estaba nervioso, no le gustaba para nada viajar en avión, Diana con su calma chicha trataba de tranquilizarlo. La empresa lo enviaba por tres días a Ushuaia, no había forma de zafar.
Ya en el aeropuerto se desayuna que tiene dos horas de demora que podía ser más. Media hora después Diana y los chicos partían rumbo a la ceremonia de fin de curso de Juanita, donde esta hacía de protagonista en la obra teatral del grado.
El pobre Tuky quedó solo y alterado, abrió un paquete de pastillas de menta mientras caminaba como un poseso de un extremo a otro de la terminal, masticando furiosamente pastillas tras pastillas. A la hora, se sentó a tomar un café, luego al baño, fue allí donde se sintió algo mal, un chucho de frío, nauseas, algo de mareo y pérdida de la noción del tiempo.
- Soy un cagón- Pensó, y atribuyó su estado al miedo a volar.
Se lavó la cara y se acicaló lo mejor que pudo, tras cartón salió y se dirigió a la oficina de la empresa aérea, sabía que faltaba como mínimo una hora para partir, pero con preguntar no perdía nada, y de paso acortaba los tiempos, según su lógica del miedo.
-El vuelo salio hace dos horas señor, fue la lacónica respuesta del indiferente empleado. El pobre Tuky insistió, y el hombre también, hasta que se dio cuenta que por los alrededores no había un solo pasajero, y que la oficina de la aerolínea estaba vacía, salvo esta persona que parecía ser un changarín. Cuando Tuky miró su reloj y vio la hora, primero lo sacudió, luego se acerco a un puesto de revistas, y cuando pudo constatar que en todos los demás relojes marcaban las doce y cinco minutos, mientras en el suyo seguía en las nueve y cinco, cayó en la cuenta que se le había parado el reloj. La pucha, había perdido el vuelo, y muy probablemente se había dormido como un borracho en algún lugar de la terminal aérea.

Cuarta parte

Los ojos verdes de Ernesto Bebilaqua se sacudieron espasmódicamente, una especie de tic le hizo parpadear y guiñar un ojo intermitentemente. Paró de hablar, y empezó a torcer el cuello como tratando de encontrarme, yo, que estaba justo frente a él, le dije:
-Tranquilo Tuky, estoy aquí, si querés la seguimos mañana.- Mientras hablaba deslicé mi mano derecha para apagar el grabador que había depositado sobre la mesita de las bebidas. No se como hizo para ver el movimiento de mi mano, cuando me di cuenta, deslizó la suya sobre la mía sujetándola fuertemente, ya no bizqueaba.
No la apagues, estoy bien, quiero terminar esto lo antes posible, me lo quiero sacar de encima de una vez por todas, quiero que sepas todo lo que pasó a medida que surjan mis recuerdos, que por momentos son caóticos, confusos, pero no menos reales. A propósito, creo que omití algo de lo que pasó en el baño del aeropuerto, no se si tiene importancia en la historia, pero a mi en su momento me puso la piel de gallina.
-Ernesto había vuelto a la normalidad, hablaba pausadamente y sin signos de esa mirada que te miraba pero que no te veía. Ya me había soltado la mano, le dio un sorbo a la pepsi, y siguió desgranando su historia.
Tuky rebobinó la cinta de su memoria y volvió a empezar su historia desde que entró al baño, allí habían quedado algunos huecos en su anterior pasada. Puntos ciegos que paulatinamente se aclaraban, trepaban y cobraban vida en su mente.
El baño estaba vacío, solo para él, caminó hasta el último urinario, el que tenía por frontera la pared del fondo. Estaba tan atormentado por los pensamientos de desastres aéreos que se le colaron en su humanidad durante esa interminable hora de espera que le costaba encontrar y bajar la cremallera del pantalón, su mano torpe hurgó en el interior de la abertura sin encontrar el objeto de su búsqueda, carajo; bueno, allí estaba. Tuky no tenía tiempo de sentirse un tonto, el miedo era un caballero que no lo dejaba pensar ni actuar con normalidad. No podía orinar, no salía ni una gota, el sudor invadía su rostro tenso.
-Vamos, salí.-El flaco revoleaba la cosa sin éxito. Fue cuando sintió el chucho de frío, una especie de calambre que le recorrió el cuerpo de arriba abajo, como una descarga eléctrica, pero más suave, tal vez placentera, como si uno se estuviera desintegrando, molécula por molécula. Cuando vio la sombra que parecía desprenderse de él, se estaba meando los pantalones, el chorro incontenible bañaba parte de los azulejos y de refilón sus ropas, mientras intentaba encauzar el destino de su orín, alcanzó a ver con el rabillo de los ojos un hombre con un cierto aspecto que le resultaba familiar en el extremo opuesto de los mingitorios. Luchó unos segundos más con su torpeza, y cuando normalizó la tarea giró la cabeza para observar al desconocido-conocido, ya no estaba.
-Era yo, Arnold.-Me dijo con su viejo apelativo para mi nombre.-Te aseguro que era yo, no lo pude observar con detenimiento por ese puto meo que me estaba empapando. Cada día que pasa estoy más convencido que ese tipo que orinaba en el otro extremo del baño del aeropuerto era yo.
La señorita volvió a la carga, ya no había excusas, era la cuarta vez que me invitaba a retirarme, esta vez no vino sola, la acompañaban dos enfermeros de esos que eligen para las películas de terror. Me fui, no sin antes decirle a Tuky:
-Mañana a las tres, flaco, ¿te parece bien?
-Si, a las tres.
-Gracias señorita, disculpe la molestia.
-Elhorarioestalaseis.

Quinta parte

Aquella tardecita, cuando volvía a casa, decidí escuchar música mientras viajaba.
Empecé a tararear junto con Franky,“Extraños en la noche”. La autopista estaba despejada, el aire acondicionado comenzaba a hacer efecto en mi cuerpo y ánimo.
En cuarenta minutos seguramente estaría besando a los chicos y a Claudia, luego, algo fresco, una ducha, algo fresco, la hamaca paraguaya tendida entre los dos eucaliptos, y a pensar.
-Strangers in the night, ta, ta, ta, Strangers in the night…todavía faltan cuarenta kilómetros, no pasa más el tiempo.-
No quería pensar en Tuky, no quería distraerme, trataba por todos los medios de poner mi mente en blanco mientras viajaba, ya tendría tiempo de analizar lo dicho por mi amigo en la intimidad de mi hogar. Lo que tenía que analizar era muy complejo como para que lo hiciera viajando a ciento veinte kilómetros por hora. Puse a Lerner, tarareé un poco, Ray Charles, solo escuché. No me lo podía sacar de la cabeza, Tuky estaba allí, su rostro demacrado, sus ojos claros clavados en mí, como pidiendo ayuda. Si quería ayudarlo debía llegar sano a casa. Intenté de todo, por ejemplo, traté de fantasear la noche de placer que tendríamos con Claudia, pero no, el flaco seguía ahí, metido en mí, aferrado como una garrapata que no podía arrancar.
No alcanzaba a entender por que se le había metido en la cabeza que el no era el, ni yo, yo.
A mi juicio no estaba loco, sí, alterado. Los médicos del hospital pensaban que el shock fue consecuencia del accidente aéreo. En parte era comprensible, pero no creo que ese hecho, por más dramático que fuera haga pensar a una persona, que se encuentra en un mundo diferente al suyo. El caso de mi amigo no era tan simple como lo catalogaban los facultativos del hospital. Claro que el tratamiento no le vendría mal, después de la tremenda crisis sufrida.
Diana estaría ansiosa por tener noticias nuevas de su marido, a mi pedido se había quedado en su casa, acompañada de Claudia, los chicos y la tía Raquel, su mamá.
-Así es mejor- Le dije.-Quizá si estoy a solas con él pueda poner en limpio parte de esta historia, tal vez si encaro la visita como una entrevista periodística pueda sacarlo de su ostracismo.-Concluí sin convicción. Sin embargo, luego de la visita de esta tarde, tengo la impresión que dimos un paso importante en el esclarecimiento de los hechos, que creo, en un futuro influirá en su recuperación.
Desde el fondo de mi conciencia treparon los compases finales de “Historia sin final”
-Nada cambiará, vivimos una historia sin final, el mismo sentimiento, juntos para siempre, soñando un nuevo mundo, etc.
Cinco kilómetros para la bajada que me lleva a casa, un poco más y me paso. No hay caso, tendré que convivir con Tuky por algún tiempo, tal vez sea mejor así.
Puse a Elvis para recorrer los mil quinientos metros finales del arbolado camino vecinal que me depositaría en mi dulce hogar. “Perro feroz”, vamos Elvis todavía.
Empezaba a oscurecer, una suave fresca brisa bañaba mi piel desnuda, la hamaca se mecía sin prisa, el cielo azul se filtraba por la maraña de hojas de los gigantes de frutos grandes y sabrosos. Los mosquitos y otros tormentos no se atrevían a pasar la barrera de las antorchas embebidas en aceite repelente, cada tanto le daba un sorbo a mi pepsi helada. Como un susurro llegaba hasta mí el griterío de los niños que jugaban en el otro extremo de la propiedad, tal vez en casa de Tuky. Claudia y Diana se encargarían de mantenerlos a raya, dejándome a solas con mi amigo,
La noche avanzó de prisa, algunas estrellas titilaban por los huecos del “paltero” a lo lejos se distinguía las luces de la casa, el resto estaba en penumbra. Bien, ahora si tenía todo el tiempo del mundo para pensar en el problema que aquejaba a Tuky.
Empecé repasando la parte de historia que conocía.
Serían las dos de la tarde de ese sábado fatídico, Claudia, los chicos y yo terminábamos de almorzar en el patio de comidas de un shopping de la zona, conecté el celular que había apagado dos horas antes, había tres mensajes urgentes y al mismo tiempo empezó a sonar la alarma, estuve tentado a revolear el pequeño artefacto, la modorra que sentía luego de la opípara comida, regada de aceptable vinillo, solo me permitía pensar en una buena y extensa siesta.
-Hola.
-Arnold, por dios, donde estás, se cayó el avión donde viajaba Tuky.-Me dijo de sopetón.-Hola, ¿me escuchás? Había quedado mudo por dos o tres segundos.
-¿Diana? Repetime por favor lo que dijiste.-Le dije tratando de ganar tiempo y entender la noticia que me golpeó como la coz de un pura sangre.
No quiero abundar en detalles de esta penosa charla, mi prima estaba destrozada, y nosotros también.

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(c) Arnaldo Zarza
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