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EL MUNDO DEL CINE:

BATIBIOGRAFÍA NO AUTORIZADA

 

Las reseñas de la actuación pública del Hombre Murciélago, quizá por esa tentación hagiográfica que acecha en muchos biógrafos, se han abstenido enérgicamente de mencionar algunos incidentes que el enmascarado tuvo que afrontar en sus raids inaugurales. La prueba documental de estas vicisitudes, si bien escasa y poco significativa, no es despreciable.

Por ejemplo, un rumor recogido por el vespertino "Gotham City's Chronicle", a fines de octubre de 1939, menciona que un hombre "alto y corpulento, ataviado con capa y un disfraz ajustado al cuerpo, y con una especie de capucha que se asemeja a la cabeza de un vampiro" (sic) aterroriza a los "rateros, vagos, malentretenidos y otras alimañas nocturnas" (sic). Un suelto publicado por esa misma fecha en "People's Daily" de la misma ciudad, sostiene que un "imitador del Conde Drácula" (¡sic otra vez!) ha atemorizado de tal manera a los habitantes de algunos distritos que "ha impuesto un virtual toque de queda". (Justo es decir que los métodos empleados por el justiciero en sus comienzos - un tanto crueles - hacían albergar dudas acerca de qué clase de justicia buscaba imponer). Tampoco ayudó a su prestigio el hecho de que fuera premiado como el mejor disfraz de la Noche de Brujas de ese año, con su "sombría mezcla de Príncipe de las Tinieblas y luchador de catch", según afirman los fundamentos de la decisión del jurado, tal como aparecen en la revista dominical del "Chronicle" del 6 de noviembre.

Hasta aquí los papeles viejos. Fue solamente después de ser perseguido, por los rascacielos de Ciudad Gótica, por una turba armada con estacas, crucifijos y collares de cabezas de ajo que Batman / Bruce Wayne (Bruno Díaz para los hispanohablantes) comprendió que el silencio inicial acerca de sus actividades, más que proteger el éxito de su cruzada contra el crimen, resultaba contraproducente, e incluso peligroso para su seguridad personal. Por ello, decidió que era hora de recurrir a lo que ahora llamaríamos una campaña de imagen.

La última quincena de diciembre es un período de bajas ventas de diarios. Tal vez porque la gente utiliza el dinero destinado a comprarlos a otros menesteres, o porque busca desconectarse de una realidad que no se acomoda al espíritu del momento. La sociedad estadounidense era entonces (aún hoy lo es de alguna manera) una sociedad provinciana, pagada de sí misma, que mira al resto del mundo como si fuera lo que le sobró a Dios cuando creó Estados Unidos; por ello, los sucesos de Europa y Extremo Oriente de esos días no despertaban el interés que hoy mantendría en vilo hasta al último farmer de Alabama, CNN mediante. Podía decirse que había una necesidad casi física de una gran noticia, un reportaje que conmoviese hasta los cimientos a la inmutable esfinge de acero y pastel de manzana.

La depresión de los años '30 había herido gravemente al imperio periodístico de Charles Foster Kane. El Kublai Jan americano, ya en sus últimos años y a punto de retirarse a Xanadú, no dudó un instante cuando recibió una misteriosa llamada telefónica de un sujeto que decía llamarse el Hombre Murciélago (no otra cosa significa bat-man). Al principio, el zar del periodismo pensó que ese Batman sería lo que hoy llamaríamos un asesino serial, un psicótico escapado de algún castillo de los Cárpatos, tal vez un inmigrante centroeuropeo. Grande fue su sorpresa se transcribió el reportaje que un cuasi-impúber Walter Cronkite y un fotógrafo del New York Enquirer realizaron en un sitio al cual fueron llevados con los ojos vendados. El supuesto asesino sediento de sangre no era tampoco un vampiro, sino el menos siniestro aunque igualmente noctámbulo murciélago. Era un paladín de los tres pilares de la sociedad americana: la iniciativa individual, la protección de la propiedad privada y el derecho de armarse en defensa propia. Las fotografías mostraban que no tenía colmillos anhelantes de cuellos indefensos, y hasta Cronkite logró que Batman posara jugueteando con un crucifijo. La detención de una banda que intentó asaltar la sucursal del Chase Manhattan Bank de Ciudad Gótica hizo el resto, y el enigmático enmascarado comenzó 1940 convertido en una celebridad nacional. An american hero, uno más en la galería que incluye a los Peregrinos del Mayflower y a Walt Disney, a Johnny Appleseed y a Henry Ford, a Buffalo Bill y a Rocky Balboa.

De ese entonces data la famosa figura del murciélago, recortada sobre las nubes de la ciudad, símbolo de una fuerza parapolicial, paralegal, unipersonal (por lo menos, hasta la aparición de Robin, y si no consideramos al servicial mayordomo Alfred). Una fuerza que vela por la perduración del American Way of Life mientras los buenos ciudadanos que temen a Dios y pagan sus impuestos beben Coca-Cola y miran béisbol por TV.

(c) Pablo Martín Cerone
 
 

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