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BAJO TIERRA

por María Taltavull

 

Cuando íbamos a lo de la abuela, Ernesto y yo adorábamos salir al jardín; era de esperar: vivíamos en edificios. Nos encantaba correr, jugar a la mancha, cazar insectos. Y siempre terminábamos trepados al árbol del fondo, que se iba venciendo cada vez más. A la abuela no le gustaba que correteáramos afuera: la puerta que daba al jardín permanecía cerrada con llave, sólo salíamos cuando ella así lo decidía. Y jamás dejaba de vigilarnos.

Una tarde se nos ocurrió cavar un pozo. Sabíamos que la abuela no nos lo permitiría, ella odiaba que jugáramos con tierra. Odiaba todo lo relacionado con la tierra.  Pero ése era el momento justo: nada la distraía cuando miraba la novela. Así fue como, mientras yo la vigilaba, Ernie sacó la llave de la lata que ella escondía arriba de la heladera.

Buscamos las herramientas de jardinería, y nos turnamos con mi primo. Cuando alcanzamos la profundidad de un brazo, empezamos a escuchar algo: ecos, susurros. Provenían de muy hondo, de bien abajo. Apoyamos las orejas contra el suelo, a lo indio. Al principio las advertí yo sólo, luego Ernesto también las oyó: voces.

Voces.

—¡Salgan! —gritó la abuela al vernos allí tirados—. ¡Salgan de ahí!

—No te enojes —dije—, te juro que después lo tapamos.

—¡Salgan, por favor! —siguió gritando mientras corría hacia nosotros.

Nos levantamos. Ya al lado nuestro, la abuela a mí me zamarreó y me tiró para un costado. A Ernesto también lo empujó, pero se le había atascado una pierna en el pozo.

La abuela lo agarró de un brazo, y hacía fuerza para levantarlo.

—¡Martín, ayudame! —me gritó.

Tironeábamos para poder sacarlo. Ernesto lloraba, gritaba. La abuela le calzó los brazos en las axilas; yo le rodeé la cintura a ella, y tiré con todo.

Pero seguía ahí con su pie atrapado. Tomé la pala, y haciendo palanca logré que sacara la pierna del pozo, que había comenzado a cerrarse como si fuera algo vivo.

Cargamos a Ernesto hasta la galería, y la abuela le echó agua en el pie; estaba sangrando: lo que fuese que había allá abajo le había arrancado la uña del dedo gordo. Le lavamos bien la pierna con agua y jabón, y los alaridos del pobre Ernie nos dejaban sordos. Incluso siguió gritando por un largo rato después de que lo sentáramos en el sofá con el pie sobre una almohada.

Recuerdo que la abuela preparó té de tilo. Y fue entonces cuando nos contó la historia del jardín del fondo.

 

Recién casados, Alberto y yo nos mudamos a esta casa. Debimos hacerle muchas refacciones: el techo tenía tantos agujeros, que rezábamos para que no lloviera. El baño quedaba en el patio, para colmo. Además yo enseguida quedé embarazada, así que construimos una habitación más para el bebé —aún no sabíamos que serían mellizos.

El jardín lo dejamos para el final: era un desastre, una selva invadida de malezas. Cuando salíamos nos las arreglábamos haciendo equilibrio entre los escombros y los cardos y yuyos altos.

De a poco fuimos despejando la enramada. El castaño del fondo dejaba en tinieblas más de medio jardín, la enamorada del muro se había arqueado hasta formar un túnel. Un filodendro gigante se arrastraba con brazos que parecían tentáculos. Si bien Alberto podaba todas las tardes, las plantas crecían —o parecían crecer— más rápido de lo que él era capaz de cortar.

Después de varias semanas, cuando aquello estuvo apenas más prolijo, decidimos mudar algunas plantas. Sacamos las hortensias del fondo para trasladarlas a un cantero cerca de la galería.

Y Alberto cavó el pozo. No muy profundo, pero sí bastante ancho.

Un sábado, mientras yo trajinaba en la cocina, oí que Alberto hablaba a los gritos. Me acerqué. Y lo vi dentro del pozo, mirando hacia abajo. Cuando le grité para preguntarle qué pasaba, no me contestó. Siguió muy concentrado vociferando. Volví a gritarle, y él volvió a ignorarme. Llegué a su lado, lo tomé por los hombros y lo zamarreé un poco; creo que hasta alcancé a cachetearlo.

—¡Basta, Elena! —gritó alzando la mirada hacia mí—. ¿No te das cuenta? ¡Estos tipos están invadiendo nuestro jardín!

—¿Te volviste loco, Alberto? ¿Qué hacés ahí metido?

—Estos tipos, Elena —dijo—, los tipos me están agarrando los pies.

Yo gritaba para que saliera. Pensé que me hacía un chiste, él era experto en bromas pesadas. Me alarmé cuando vi que cada vez se hundía más: primero hasta la cadera, después hasta las axilas.

—Ayudame a salir, Elena. ¡Llamá a alguien! —me dijo cuando vio que, aunque yo tiraba de uno de sus brazos, él se enterraba más y más.

Fui corriendo a tocarle el timbre a la vecina con la que tenía más confianza, pero no contestó. Después golpeé la puerta de los otros vecinos, tampoco abrieron. Volví corriendo a casa para decirle a Alberto que no había encontrado a nadie y que mejor llamaba por teléfono a los bomberos. Y ya no lo vi. En el lugar donde íbamos a plantar las hortensias había una montaña negra.

Me arrodillé, cavé con mis propias manos, me pareció tocar la cabeza de Alberto. La tierra se movía como un manto vivo, un espeso oleaje oscuro que se lo iba tragando. Y yo seguí gritando, destrozándome las uñas, apartando terrones y cascotes con la ilusión de rescatarlo. Pero mis esfuerzos eran inútiles. Me llevé las manos negras a la cara y lloré.

Entonces cubrí mi vientre. Y oí voces, voces que venían de bajo tierra.

Me pegué al suelo.

Sí. Voces. Alberto conversando con alguien.

¿Alberto?

—¡Alberto!

Una voz me respondió, una voz que dijo ser él:

—Soy yo, sí.

—¿Qué hacés ahí abajo?

Nada. Silencio.

—¿Qué hacés ahí abajo, Alberto?

—No puedo salir.

—¿Pero…? —dije sintiéndome una estúpida, sin saber qué preguntar—. ¿Estás bien?

Me senté sobre el montículo de tierra y volví a llorar.

Escuché:

—¿Elena, estás ahí?

—Sí, Alberto, estoy acá —le contesté echándome de nuevo panza abajo en el suelo—. Decime qué hago.

—Acá me ordenan que no hagas tanto escándalo. Y es mejor que no los molestes, ahora que ellos me tienen retenido.

—¿Te ordenan? ¿Quiénes? ¿Para qué te quieren ahí abajo?

—No sé, no me dan ninguna respuesta. Sólo me hacen preguntas.

Me quedé con la oreja pegada en la tierra escuchando la conversación que Alberto mantenía con esa gente. Él respondía con exactitud y corrección al interrogatorio de las voces huecas. Así sonaban esas voces: huecas, metálicas.

Ya me dolía la cabeza de tenerla tan aplastada contra el suelo tratando de no perderme ningún detalle. Luego se hizo un silencio, y yo le grité a Alberto para que me explicara:

—¿Y, Alberto? ¿Cuándo te van a dejar salir?

No hubo respuesta. Alberto parecía no escucharme, parecía no estar más ahí abajo.

Sin reaccionar, sin fuerzas, me quedé sentada en la tierra mientras la noche se me venía encima.

Y al rato oí una voz metálica:

—Elena. Elena, ¿estás ahí?

—¿Sos vos, Alberto?

—Soy yo, oíme.

Era él, pero su voz sonaba vacía como la de los otros.

—Tenés que irte, Elena. A mí no me van a dejar salir nunca. Yo estoy jugado: nadie ha vuelto de bajo tierra. Pero vos, por favor tenés que irte.

—¿Adónde querés que me vaya?

—Si no te vas, te van a agarrar a vos también. Y no trates de hablarme o de buscarme, porque vas a quedar enterrada como yo.

—¡Alberto, por favor! ¿Qué locura es esta? Voy a pedir ayuda.

—¡No! Elena, volvé. Decí que me fugué de la casa, inventá lo que sea. Si alguien intenta desenterrarme, la tierra se lo va a tragar también.

—Voy a buscar la pala, por lo menos.

—Chau, Elena, te amo. Por tu bien no me busques. Ni se te ocurra.

Y estas fueron las últimas palabras que me dijo Alberto. Con esa voz hueca me las dijo.

Di vueltas por el jardín hasta bien entrada la noche. A la luz de la linterna, ya no quedaban rastros de que alguien hubiera intentado cavar: era como si la tierra se hubiese reacomodado sola.

Llorando, llamé a mi suegra y a mis padres. Cumplí la última voluntad de mi marido: les dije que Alberto me había abandonado. Que me había dicho que se iba para siempre.

Por supuesto, hicieron la denuncia y trataron de rastrearlo por donde pudieron. Al principio, mi suegra no creía mi versión: no entendía que el hijo se había esfumado así como así; llegó a contratar a un detective y todo, y dieron vuelta medio país. Yo les seguí el juego hasta que finalmente desistieron.

Cinco meses después nacieron los mellizos Albertito y Ernesto. A los que crié puertas adentro. Nunca me mudé, pero nunca los dejé salir solos al jardín. Y mucho menos jugar con tierra.

 

La abuela hizo una pausa, y por primera vez vi que le resbalaban unas lágrimas por las mejillas.

—Ahora con ustedes —dijo— he cometido un descuido imperdonable. Casi se los traga la tierra como al abuelo.

—No entiendo, ¿por qué no te fuiste de esta casa, abuela?

—Es que aún mantengo alguna esperanza, Martín. A veces, cuando me tiro al suelo con la oreja contra el pasto, creo oír algo. Y a veces me parece escuchar aquellas voces huecas.

—¿Te… te contestaron? —preguntó Ernesto, y se miró el dedo: en la venda le había aparecido una mancha oscura.

—Nunca. Pero sé que están ahí. Así que pienso, me consuelo pensando mejor dicho, que los de abajo  me devolverán a mi Alberto algún día.

 

Jamás nos atrevimos a hablar del tema nuevamente, ni siquiera entre nosotros.

Ni Ernesto ni yo volvimos a pisar el jardín como antes. Cuando no teníamos más opción que salir porque nuestros padres nos mandaban afuera, caminábamos por el pasto con precaución, levantando bien los pies y apoyándolos con el mayor sigilo. Preferíamos refugiarnos en el comedor jugando a las cartas o mirando tele.

Llegó el invierno, y la abuela cayó enferma: sus problemas de bronquios se agravaban cada vez más. Íbamos a visitarla algunos sábados y nos quedábamos cerca de su cama dándole un poco de charla o leyéndole: nos rogaba que le leyéramos el diario, casi no veía. La puerta que daba al fondo siempre estaba con llave, más de una vez la manoteé para curiosear un poco. La abuela ya no pisaba el jardín; ni siquiera salía a la calle. El único que tenía permiso para ocuparse de las plantas y cortar el pasto era el jardinero chino, que venía una vez cada quince días.

Él fue quien nos llamó una mañana para decirnos que la abuela no le abría la puerta.

Mientras papá se vestía yo telefoneé a Ernesto —vivía más cerca que nosotros—, para ponerlo al tanto.

Al llegar, vimos que mi tío y Ernesto ya habían entrado.

—No está —dijo Ernesto.

—¿Buscaron bien, Ernie? —le preguntó papá—. ¿Y en el baño?

Ernesto y yo nos miramos, puedo asegurar que la misma idea rondaba en nuestras cabezas. Nos abalanzamos hacia la puerta del fondo.

La encontramos entornada.

A simple vista, en el jardín todo parecía en orden. Nos llamó la atención la pala sobre el cantero, al lado de la galería. Tenía el borde con rastros de tierra húmeda.eda.

Volví a mirar a Ernesto. Papá y el tío se habían ido para adentro.

Y nosotros, cuerpo a tierra, pegamos las orejas al suelo.

Nos pareció oír unos ecos; después voces.

Voces huecas.

 

© María Taltavull, 2006

 

(Este cuento fue publicado originalmente en versión digital en el sitio de la Abadía de Carfax. Puede verlo aquí . En papel, forma parte de "Cuentos de la Abadía de Carfax - Historias contemporáneas de horror y fantasía". Puede comprarlo desde el sitio de elaleph.com o desde cuspide.com )

 

 

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