HACIENDO BURBUJAS

De cuando era chico, lo primero que recuerdo es el miedo. Un miedo constante, un miedo anidado en el estomago y asiduo visitante de manos y piernas temblorosas. Un miedo básico que me acompañaba durante el día y poblaba mi mente en las noches.
Mis padres me consideraban retraído y frágil y me trataban como a un pobre infeliz a quien hay que cuidar mucho. Eso si, no me decían pobre infeliz; me decían Juancito y chiquito y querido y bebito de mamita y esas cosas cariñosas que se le dicen a los pobres infelices mientras se los sobreprotege.
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EL MARAVILLOSO MUNDO DE OBDULIO

Obdulio Reyes era uno de los tipos más anónimos del mundo. Él lo sabía y disfrutaba con ello. Toda su vida había sido medianamente gordo, medianamente alto, medianamente pelado y, por sobre todo, medianamente inteligente o, por lo menos, eso es lo que siempre se ocupó de demostrar.
Se trata de un fulano anteojudo de cincuenta y cinco años, oficinista.
Nunca se había destacado en nada, ni para bien, ni para mal.
No era el mejor trabajando, bromeando, peleando, amando o mintiendo; pero tampoco era el peor. De haber cometido un crimen, a los posibles testigos les hubiera costado mucho describirlo.
Si existe eso llamado «el hombre medio, mediocre, común o gris» ese era Reyes, pero, seguro que tampoco se hubiera destacado por ello.
Obdulio, se sentía contento por su anonimato.
Estaba convencido de poseer una doble personalidad.

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INOCENCIA ADQUIRIDA

«¿Por qué mataste a la avispa?- le dijo el
                                         campesino a su hijo.
                                        Porque me picó- le respondió el niño.
                                       Hijo mío, -insistió el padre- la avispa no
                                       sabe lo que hace.
                                      Pero a mí me dolió- replicó el chico, y de
                                      otro pisotón terminó de aplastar al insecto
                                     contra el piso»
 
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INSOLITA HUMEDAD

Si alguna vez se han arrastrado por el barrio de Palermo, probablemente conocen la pizzeria «Tía Pepina di Capri», esa que está al dos mil y pico de Julián Alvarez. Hace pocos años, en ese mismo lugar donde ahora la muzzarella es dueña y diosa, existía un feo, viejo y delicadamente sucio edificio.
Llegué a conocer muy bien su frente grisáceo, de tanto apreciarlo en esos agradables paseitos que tenía por costumbre disfrutar años atrás.

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CON TODO EL DOLOR DEL ALMA

Martes 11, consultorio.

– Acá hay que hacer un conducto, no hay más remedio.-

– Mmmjiii?- preguntó Carlos, joven, más o menos heterosexual, argentino y aterrado.

– Yyy…sí- reafirmó Pablo, joven, dentista, más o menos homosexual, argentino y muy feliz ante la perspectiva de causarle sufrimiento a un prójimo, pero tratando de disimularlo.

– Ornqué?- inquirió la pobre víctima.

– Porque la muela esta toda cariada por dentro- replicó el verdugo, cada vez más satisfecho de su vida.

– Aaahh…y, ‘ueno- consintió Carlos, sintiéndose un salame picado grueso.

Recién entonces, como un gesto magnánimo, el dentista se salió de su desventurada boca, es decir que le hizo el favor de sacarle una cosa que tenía un gancho afilado en la punta y con la cual había estado pinchando, hurgando, tirando y raspando sin piedad a lo largo y a lo ancho de la mortificada cavidad bucal. También le sacó el famoso y amigable espejito, tal vez el instrumento más inofensivo de los arrancamuelas; y, por último, un tubito doblado en un extremo que servía para absorber la saliva. Ahora Carlos descubrió que había recuperado la facultad de hablar como un macho humano adulto, aunque el coqueto baberito verde que todavía tenía colgado parecía desmentir esa condición.

– Bueno, entonces lo hacemos este viernes, ¿no? – quiso confirmar Pablo, con expresión alegre.

 

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