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LAS ACTAS DEL APÓSTOL CATÓDICO

 

PRÓLOGO A LAS ACTAS DEL APÓSTOL CATÓDICO

Una noche, un Enviado de Lo Alto se le apareció en sueños al Apóstol Catódico, y le dijo: "es hora de que pongas por escrito todo lo que has aprendido en tu largo camino de elevación, para edificación de tus seguidores y para el bien de tu cuenta bancaria".

El Enviado Celeste dirigió los pasos del Apóstol hacia un hombre que, en sus años mozos, antes de caer en las satánicas garras del alcohol, había sido periodista y escritor de renombre. Tal persona había ganado su fama gracias a una obra denominada "Memorias de un Amnésico", un desgarrador relato en el que no se le hacen concesiones al lector durante las 516 páginas en blanco que lo componen.

También había conmovido al mundo de las letras durante unos tres minutos y diecisiete segundos con la edición de "Autobiografías no Autorizadas", un libro en el que, sin pasar por alto cumbres de iluminación ni abismos de abyección, hacía nueve diferentes relatos de su propia vida, tan minuciosos como falsos. En uno de ellos se llamaba Marta, y era su propia esposa en la segunda de sus autobiografías.

Por último, había sido uno de los más enconados adversarios del Apóstol en cuanto debate habían participado, llegando a decir que el Apóstol Catódico no era más que un fraude dirigido a embaucar a pobres pecadores. Pero un hondo desasosiego espiritual y financiero había arrojado a ese hombre a las simas del vicio, y el Apóstol se propuso rescatarlo.

El Apóstol encontró a este hombre durmiendo en un banco de la Plaza de Mayo. Quien en Su anterior y pecadora Vida fuera llamado Pepe miró a los ojos a su interlocutor y pronunció estas palabras:

El Apóstol Catódico no tiene quien relate las enseñanzas que, en tantos años de lucha contra la impiedad, ha ido aprendiendo. Un Enviado de Lo Alto me ha dirigido hacia ti, porque has sido elegido para llevar a cabo dicha tarea.

El vagabundo, abrazado a una botella que contenía una solución alcohólica de imposible identificación, contestó con voz dubitativa y aguardentosa:

Lo único que quiero... es que pises sin el suelo. No, no. ¿Cómo era? Lo que quiero es que no me quites el sol. No... tampoco. No, mejor quedate así, que me das sombra.

Entonces el Apóstol habló directamente a la parte más sensible del ser de este pobre hombre, y trató de convencerlo con diez mil razones que abrieron sus ojos y su corazón.

Y ese hombre es quien esto escribe, querido hermano. Quien escribe estas líneas que lees en este momento para Gloria de Lo Alto y de su profeta el Apóstol Catódico.

Los enemigos del Apóstol se burlaron de la brusca conversión de ese hombre y, para mofarse de él, dijeron que se llamaba Diez, Lucas. Y es por ello que estas Actas o Hechos del Apóstol Catódico también fueron denominadas Actas de Diez Lucas, Actas de Lucas Diez o Actas de Lucas. Y este escriba, bendecido por la gloria de ser quien llevase a la palabra escrita los mil y un afanes del Apóstol, invulnerable a los fuegos de artificio verbales de sus enemigos, aceptó gozosamente ese mote, y ahora se llama a sí mismo Lucas Diez.

Y Lo Alto recompensó a Lucas por su tarea, y con el producto de los derechos de autor de las Actas y de los derechos para adaptarlas al cine o la TV, Lucas hoy vive en un country de Pilar y escribe estas líneas mientras bebe su segunda copa de Dom Pèrignon de la noche.

Loado sea Lo Alto y loado sea el Apóstol Catódico.

 

  

PRIMERA

PARTE

CAPÍTULO 1

(Donde Pepe, quien luego sería el Apóstol Catódico, tiene una visión que cambia su vida. Luego encuentra a un

filósofo que lo guiará en el camino de la sabiduría)

 

Cuando Pepe - quien luego sería el Apóstol Catódico - tenía como treinta años, moraba en la ciudad junto al río del color del río. Por esa época, Pepe se ganaba la vida como empleado del burdel Afrodita Calipige, dedicado al culto de la diosa epónima. Allí hacía las veces de portero, pianista, barman, lavacopas y alcahuete del caften.

El día primero del primer mes del año, luego de almorzar sandía con vino carlón, Pepe se retiró a una de las habitaciones para dormir una siesta. Allí tuvo una visión: una mujer muy bella, de larga cabellera negra, vestida con una túnica que tenía los colores del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, se le apareció en sueños, bañada en suave luz blanca. La mujer tomó del piso una palangana con agua helada, y arrojó el líquido al rostro de Pepe, diciéndole: "ningún hombre que esté atrapado en los negocios del siglo puede tornarse sabio; vete de aquí, pues, a buscar la Verdad".

Como Pepe no atinase a reaccionar, la mujer tomó otra vez la palangana y volvió a echarle agua fría en la cara, diciéndole: "has sangrado la bolsa de tu patrón y has fornicado con su predilecta; vete de aquí, pues, a buscar la verdad".

Como Pepe no acertase siquiera a levantar la cabeza de la almohada, por tercera vez la dama santa empapó al joven, diciéndole: "que sea la última vez que mezclas sandía con vino. ¡Despierta de una vez! Y vete de aquí a perseguir la Verdad. Pero antes, tomaré el producto de tus latrocinios; no sea que persistas en tu impiedad". Y dicho esto, la Aparecida tomó la billetera de Pepe, la guardó entre sus generosos, magnánimos pechos, y expulsó a Pepe del Templo de la Carne.

Huyó entonces Pepe de aquella casa de pecado. Vagó por la ciudad durante tres días con sus diecisiete noches, delirando y creyéndose la Reina del Carnaval de 1954 y cosas aún peores. Tanto vagó Pepe que acabó con sus huesos en el puerto de la ciudad, junto al pestilente riacho de aguas negras que, es fama, nace de las entrañas del mismísimo Averno.

Dormía Pepe el sueño difícil de los fugitivos cuando notó que no estaba solo. Abrió los ojos y creyó ver, en la oscuridad nocturna, a un hombre hecho de harapos que, rodeado de un enjambre de moscas, estaba sentado frente a él. "¿Quién eres, extraño?", dijo Pepe, y el hombre, que parecía muy anciano, respondió: "soy Heránides Parméclito, Rey Filósofo del Alto Palermo, Príncipe Sabio del Bajo Belgrano y Sátrapa Trascendente del Bajo Vientre. En mis años mozos también formé parte del grupo filosófico, murga y equipo de papi fútbol "Cínicos de la Calle", aquella legendaria cooperativa del saber fundada por el célebre y polémico filósofo Quinto Tarantino, de quien fui seguidor: una vez lo seguí desde Coghlan hasta Carapachay, mirá lo que te digo, bó. ¿Y quién eres tú, botija?". Pepe, sintiendo que su turbación lo abandonaba, contestó: "veo por tus palabras que eres un sabio oriental; oye, pues, mi historia, noble señor", y pasó entonces a relatar los episodios de su vida, desde su nacimiento hasta el día en que fuera visitado por la mujer santa, sin omitir ni el relato de la vez en que fue a pedir cambio a la sucursal Tapiales del Banco Nación, ni cuando le solicitó un autógrafo a Mirtha Legrand confundiéndola con Tita Merello.

Cuando el sabio oriental oyó la historia de la aparición de la santa (pues los gritos de Pepe lo habían despertado de un pesado sueño cogitativo), un brillo nuevo apareció en sus ojos. Se incorporó, apoyó su mano en el hombro del joven y exclamó: "has de saber, botija, que yo también he tenido una visión. También se me apareció una hermosa joven, engalanada con los colores del Ciclón, y me dijo que encontraría a un muchacho que me relataría que había sido testigo de otra de sus apariciones. 'Aliéntalo a seguir por el camino de la sabiduría', me exhortó, 'y dile que la Verdad aborrece las riquezas materiales, así que ordénale que te entregue todo cuanto posee', dijo la dama antes de desvanecerse, bó"

Reconfortado, Pepe no cesó de dar loas a la dama y al sabio, mientras se quitaba las ropas y le entregaba a Heránides dos billetes arrugados de cinco pesos y una moneda de veinticinco centavos. Desnudo, Pepe no paraba de dar loores y loores. Heránides, que temía la presencia de la policía, le ordenó irse de allí y esconderse, a la espera de un nuevo anuncio. Antes de que el filósofo se retirara, el joven tomó de la mano al sabio, que trataba de alisar entre sus manos los billetes de cinco pesos, y le pidió que le dijera quién era la bendita dama de luz que a ambos se había aparecido. "Por lo que me dices, bó, esa dama es La Tucumana, la favorita de tu patrón, el Tuerto Rojas", dijo Heránides, un tanto molesto. "¿Cómo lo sabes?", inquirió Pepe, incrédulo ante semejante demostración de clarividencia. "Porque yo también solía ir a Afrodita Calipige, a ahogar, en pérfida carne de hembra, la lujuria que el demonio despierta en mí". Y dicho esto, Heránides desapareció entre las sombras.

Pepe, temblando de miedo y de frío, se hincó y, mirando al Cielo, exclamó: "¡gracias, noble Heránides Parméclito, faro en medio de las tinieblas, por hacer la luz en mí! ¡La Tucumana, oscura y grácil belleza nórdica de nuestro Noroeste, bella alma prisionera en ciento cinco kilos de carne y hueso, peceto y caracú, nalga y bola de lomo, tripa gorda y nalga otra vez! ¡La Tucumana, noble espíritu preso de la glotonería y la pereza!" y entonces recordó Pepe que la Aparecida había dicho que él le había robado al Tuerto y había yacido con su favorita, que no era otra que la Tucumana, y le vino a la memoria que, el día anterior a aquel en el que se produjo la aparición, había robado a su patrón y había compartido el lecho y la bolsa del Tuerto con la voluptuosa Tucumana. Y recordó también que la Aparecida le había quitado su billetera, que contenía el producto de su latrocinio; y recordó haber sido portero, pianista, barman, lavacopas y empleado de confianza del dueño del lupanar; y recordó la delantera del Santos de Pelé. "Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe", dijo. Y cayó en un profundo sueño.

 

 

CAPÍTULO 2

(Donde Pepe vuelve a hallar a Heránides, quien lo

introduce en los secretos del tiempo)

 

La noche siguiente, Pepe buscaba refugio en un galpón abandonado en la zona que llamaban Dock Sud, junto al río del color del río. Usaba ropas que había encontrado en un baldío, vistiendo a un hombre que dormía junto a una botella de licor. "Detestable vicio es la embriaguez", pensó, "y malo es para el hombre estar desnudo, así que, bueno, manos a la obra". En verdad, las vestimentas le quedaban uno o dos talles más grandes, pero se convenció de que peor era pasar otra noche a la intemperie, sin más abrigo que un ejemplar de la revista del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

Junto a un fuego, Pepe vio a Heránides Parméclito, asando tranquilamente un trocito de carne. Atraído por el calor y la posibilidad de una cena frugal, Pepe se acercó y saludó cordialmente a Heránides. Éste no llegó a devolverle el saludo antes de que Pepe se sentara a su lado y devorara la mitad de la carne que el filósofo asaba. Luego Pepe contó algunas anécdotas de su pasada vida como pecador, mientras Heránides se refugiaba en una severa contemplación de su propio interior.

Pepe preguntó a Heránides de qué era la carne que habían comido. "Conejito de caño", respondió el sabio. "¿Acaso esos simpáticos roedores habitan los caños del Doque?", inquirió el joven. "Los anacoretas de la ciudad junto al río del color del río llamamos así a una variedad de la rata de Noruega que prospera en el alcantarillado de estas regiones", contestó.

Cuando, por la mañana, Pepe se hubo repuesto de unos repentinos disturbios digestivos, halló a Heránides preparando una latita de té de flores de tilo. Pepe bebió casi la mitad de la lata antes de que Heránides llegara a contestar su "buen día" y pudiera retirar el recipiente de la infusión del alcance del joven. Ambos permanecieron frente a frente en silencio, junto al pensativo fuego, hasta que el sol asomó por un agujero en el techo del galpón y ambos se percataron de que ya era mediodía. "Cómo pasa el tiempo", sentenció, con humilde sabiduría, quien luego llegaría a ser el Apóstol Catódico.

"Has de saber, pequeño, que los poetas que cantaron a la ciudad que se alza a la vera del río del color del río la llamaron 'la ciudad junto al río inmóvil'. Esa pereza del agua fluvial hace que los inmundos desechos del Hades, que transporta el Riachuelo, se acumulen en la zona costera, convirtiéndola en un vero páramo de inmundicia".

"El tiempo es como un río, el río del color del río: se estanca, y entonces hiede como el Averno. Verdaderamente, nunca te bañarás dos veces en el mismo río: si cometes el error de hacerlo una vez, jamás olvidarás la experiencia, botija, bó".

Exaltado ante tal demostración de sabiduría, Pepe se arrodilló para besar las manos de Heránides Parméclito, con tanto fervor que dio por tierra con él. Con un tono que parecía irritado, pero que sabemos que no era tal, el filósofo dijo: "un ángel del Señor se me ha aparecido, y me ha dicho que debo enviarte muy lejos de aquí, para que el viaje abra tu mente a la Verdad. Ya se sabe que el verdadero fin de la travesía no es cambiar de paisaje, sino cambiar de ojos; parte, pues, bó, por la Avenida Mitre de Avellaneda, con rumbo sudeste, y anda, y anda, y anda, hasta que el Señor te envíe un signo que indique que debes detenerte".

Con lágrimas en los ojos, Pepe preguntó: "¿y qué debo buscar, maestro?". Heránides pareció fastidiarse, pero como sabemos bien, sólo se conmovió ante la humildad de su discípulo. Heránides tomó de un brazo a Pepe, lo puso de pie y le dio un empujón que simbolizaba la bendición que le impartía. "Busca... el Nirvana", exclamó, antes de desaparecer por un hueco en la chapa degradada.

"El Nirvana", dijo Pepe. Emocionado por la despedida, Pepe miró hacia donde había desaparecido Heránides, y dijo: "noble Heránides Parméclito, yo no merezco ser considerado discípulo de tan esclarecido maestro, pero déjame decirte que, de todos mis amigos... ¡bueno eres mi primer amigo!"

 

 

CAPÍTULO 3

(Donde Pepe comienza su peregrinaje en pos de la

Verdad)

 

Y entonces Pepe caminó, y caminó, y caminó en busca de la Verdad, hasta que sintió que las fuerzas lo abandonaban, y entonces decidió desandar las siete cuadras que había caminado.

Vio entonces una camioneta que pertenecía a una firma de Santos Lugares, a juzgar por la dirección que estaba pintada junto al nombre. Interpretó la visión como un mensaje de Lo Alto, y entonces se zambulló en la caja del vehículo y se ocultó bajo una lona. La camioneta transportaba cajas de galletitas de afamada marca, y Pepe vio en ellas una indicación de que el destino estaba de su lado.

Cuando, unas horas después, Pepe sintió que la camioneta se detenía, se vio invadido por el temor a ser descubierto, especialmente porque había dado cuenta de la mitad de las cajas de galletitas de afamada marca. Pero los ocupantes de la camioneta se alejaron conversando entre sí, y entonces quien luego sería el Apóstol Catódico, el Apóstol de las Madres y las Novias, pudo ganar la calle sin ser visto. Ya estaba oscureciendo, pero Pepe igual pudo leer que la calle en la que se encontraba se llamaba Porvenir. Pronto se dio cuenta de que estaba a pocas cuadras de la estación ferroviaria de Santos Lugares. Caminó durante unos pocos minutos, sin rumbo, hasta que notó que había vuelto al punto de partida. Recordó entonces a su maestro: "el tiempo es como el río inmóvil, el río del color del río", y estuvo a punto de echarse a llorar.

Se sentó en el cordón de la vereda, para atarse los cordones de los borceguíes, cuando un papel arrastrado por el viento vino a dar entre sus manos. "Bar Nirvana", decía, y daba una dirección que le pareció cercana. Se puso de pie de un salto, y dando loas a Lo Alto se dirigió a dicho establecimiento con la ciega determinación del Titanic rumbo a su destino irrevocable.

Entró al bar y pidió un escocés con hielo. El mozo que lo atendió, de pobladas cejas y marcado acento del noroeste de España, pensó unos instantes y dio media vuelta. Pepe, mientras esperaba ser complacido, fijó su atención en un grupo de personas que polemizaban acaloradamente en una mesa cercana. Pronto advirtió que pertenecían a dos grupos diferentes: unos eran Derviches Leninistas, fácilmente distinguibles por una cuidada y reconocible barba estilo Che Marrone, y los otros pertenecían a la secta del Clasismo Vudú (identificables por la delectación con que hablaban de su papa Mao, un antiguo maestro campesino que se había ganado la vida diseñando cuellos). Ambos grupos discutían acerca de un arduo problema teológico: la Trinidad. Marx era el Padre, Aquel que hizo la luz en medio de las tinieblas; Lenin era el Hijo, Aquel de quien las profecías anunciaban Su Venida para establecer, en la tierra, el Paraíso Socialista; pero la tercera Persona ¿provenía solamente del Padre, o lo hacía a la vez del Padre y del Hijo? Tampoco había acuerdo acerca de cuál era el nombre de esa elusiva Tercera Persona: para algunos era Stalin (algo que otros negaban, remarcando que esa herejía había sido condenada por el XX Concilio de Moscú de 1956). Para otros, era Trotsky, el León; para algunos de los Clasistas Vudúes, era el propio Mao.

Uno de los Derviches Leninistas, hastiado, propuso al grupo escuchar la opinión de Pepe, quien seguía la discusión atentamente. Pepe se puso de pie, se encomendó a Lo Alto, tomó dos diarios, y parándose frente a sus interlocutores, exclamó: "la Verdad es Una Sola; los sabios dan de Ella definiciones diversas".

"Observen este diario, 'El Matutino Solemne': dice 'La policía bonaerense secuestró 40 kilos de cocaína'. Ahora miren los titulares de este otro. Es el vespertino 'Ictericia': 'Confiscan fabuloso cargamento: 38 kilos de cocaína'. Acaban ustedes de ver, en el televisor que está junto a la barra, a un comisario que dice que se encontraron 35 kilos de droga. Si las balanzas de la policía no se ponen de acuerdo ¿cómo pretenden ustedes llegar a un acuerdo sobre un tema como el que discuten?"

Y fue tal la impresión que causaron estas sabias palabras, que todos los polemistas, como si fueran uno solo, pidieron al mozo que les sirviera lo mismo que le había servido a Pepe.

 

 

CAPÍTULO 4

(Donde Pepe conoce el secreto del tiempo)

 

En eso, el futuro Apóstol sintió que le tocaban el hombro. Se dio vuelta, y entonces vio al mozo junto a un individuo pelirrojo, ataviado con un kilt, que sostenía en uno de sus brazos una gaita, y en el otro, una enorme barra de hielo. Rechazó el escocés con hielo, y en cambio pidió un café.

En ese momento, un anciano, de largos cabellos y barba blanca, le indicó que se sentase junto a él. El anciano dijo que su nombre era Don Alberto, y agregó un apellido centroeuropeo, que a Pepe le resultó ininteligible. Tenía un notorio acento extranjero, e insistía cada dos por tres en sacar la lengua. "Has dicho que la Verdad es Una Sola; joven buscador de verdades, estás en lo cierto: todas las definiciones sobre ella son relativas", dijo el anciano.

Los Derviches Leninistas, entretanto, proponían organizar una cena show para juntar fondos, con el fin de financiar un viaje a San Petersburgo, donde preveían volver a tomar el Palacio de Invierno. Los Clasistas Vudúes, por su parte, apoyaban la moción de quemar un muñeco que representase al Tío Sam, para debilitar la fuerza del gigante yanqui. Un sector sostenía que había que tomar fábricas y escuelas para tomar conciencia. Era tal la batahola que Pepe y el tal Don Alberto apenas podían entenderse.

El anciano, que estaba algo achispado a causa de la ingestión de un licor espirituoso, tomó a Pepe del brazo, e inclinándose hacia él, le susurró: "me gano la vida tocando el violín en la calle. Una de las cuerdas de mi instrumento se ha cortado ¿Por azar, noble joven, no tendrás en tu poder un poco de maravilloso vil metal con el que yo pueda comprar una cuerda nueva? A cambio, prometo develarte el Secreto del Tiempo". - ¿El tiempo, que se estanca y se pudre, como las aguas color de río del mismísimo Río Inmóvil? - respondió Pepe. Don Alberto pareció irritarse.

- ¿Acaso no has notado, joven imberbe, que el Mar Océano suele empujar río arriba las inmundas aguas que bañan estas playas? Yo puedo enseñarte a retroceder en el tiempo.

Pepe, seducido por la posibilidad de crecer en su sabiduría, buscó y buscó en sus bolsillos algo con lo que remunerar esa lección, pero sólo lo encontró en los distraídos bolsillos de otra persona. Se guardó para sí unos pocos pesos y dio a Don Alberto una cantidad que juzgó suficiente. El anciano contó el dinero, hizo un gesto que puede llegar a interpretarse como de desagrado, y ordenó al joven que le prestase atención. "Si quieres retroceder en el tiempo, comienza pues a contar al revés, a partir del número seiscientos sesenta y seis, mientras caminas hacia atrás, apoyado sobre tus manos". Pepe, incrédulo, se hizo repetir dos veces ese terrible secreto cronológico.

Cuando por fin se decidió a poner manos a la obra, se dio cuenta que a sus brazos les costaba sostener a su cuerpo, por lo que detuvo su marcha cuando iba por el número seiscientos cincuenta y dos. Con ello, retrocedió al momento en el que Don Alberto le solicitaba dinero a cambio de sus secretos, por lo que se vio obligado a pagar dos veces por idéntica revelación.

Cuando la policía llegó para poner fin a la áspera dialéctica de Clasistas Vudúes y Derviches Leninistas, Pepe sacó fuerzas de flaquezas y se zambulló en el pasado vertiginoso, con tanto ímpetu que retornó al momento en el que el sabio Heránides lo encomendaba a la búsqueda del Nirvana.

 

 

CAPÍTULO 5

(Epifanía: donde Pepe deviene Apóstol en Palermo Chico)

 

Al ver regresar a Pepe, Heránides Parméclito se conmovió visiblemente. Dejó de observar atentamente una nota periodística sobre Nicole Neumann, ilustrada con abundantes fotografías a toda página, guardó el recorte en uno de sus bolsillos, se subió los pantalones y comentó a Pepe que el joven lo había encontrado abocado a la generación de un orgasmo autoinducido. Dicho esto, se refugió en un hermético silencio, mientras Pepe relataba las vicisitudes de su viaje en pos del conocimiento profundo del propio ser, así como lo que había aprendido acerca de la relatividad del tiempo.

Viendo que Heránides se hallaba ocupado en un silencioso ejercicio de introspección, Pepe decidió salir a dar una vuelta. Caminó hasta la estación ferroviaria de Avellaneda donde, llevado por un impulso que no supo explicarse entonces, subió, a través de la puerta destinada a los colados, al tren que se dirigía a Constitución.

Luego se dejó llevar por la Voluntad Suprema. Anduvo, y anduvo, y anduvo, esquivando las innumerables trampas del Infierno que, en la ciudad junto al río del color del río, como todos saben, toman la forma de baches, baldosas flojas y excavaciones abiertas por el personal de las empresas de servicios públicos. Recordó que se contaba que, en tiempos ya legendarios, una zanja de la desaparecida CHADE había dividido en dos a la ciudad durante meses, sirviendo de modelo a los ingenieros militares franceses para la construcción de la Línea Maginot.

A eso de las dos de la tarde sintió hambre, y decidió presentarse en la puerta de un local de una afamada casa de expendio de comida rápida. Como el personal tardase más de treinta segundos en sacar las bolsas de basura a la calle, Pepe se quejó ante el empleado responsable. Éste, de mala gana, accedió a darle una bolsita con restos de carne, cebolla, huevos, pepinos, queso y pan.

- ¿Qué es eso? - le dijo a Pepe una impactante adolescente rubia, de formas turgentes, señalando la bolsa. Ella estaba por comerse algo que parecía ser un canapé. Vestía unos elegantes harapos, muy fashion: un viejo top y hot-jeans.

- Mi almuerzo. Basura.

- El mío también es comida basura. Y encima, carísimo. Te cambio el mío por el tuyo. Yo pedí un Mc Ana: carne, queso roquefort y banana. ¿Cómo se llama el menú que pediste? ¡Me copa!

- El mío es... un Mc Homeless - respondió, dubitativo, sin querer abochornar a la niña por su confusión.

- ¡No estaba en el aviso! ¡Debe ser uno nuevo! ¿Por qué a vos te lo vendieron y a mí no?

Y dicho esto, la adolescente corrió a quejarse a la dirección del local.

Pepe decidió retirarse del lugar, para evitar equívocos mayores. Caminó hasta la Plaza San Martín, donde terminó su almuerzo, debajo de un árbol.

Al poco tiempo, Pepe vio pasar caminando a la impactante adolescente rubia de formas turgentes. Llevado por un impulso que no supo explicarse entonces, Pepe la siguió hasta un edificio ubicado en Palermo Chico, donde había una aglomeración de personas pugnando por entrar. Había tal lío que, en la confusión, Pepe se vio arrastrado hacia adentro por un río de gente. "El Río del Destino, que todo lo arrastra", dijo una voz en su cabeza, y Pepe sintió que algo importante estaba por pasar.

El río de gente desembocó en una habitación muy amplia, iluminada por varios reflectores muy potentes, donde había una tribuna rodeando por tres lados a un grupo de sofás y una mesita ratona. Pepe se sentó en la tribuna y se dispuso a esperar.

Había un crispado nerviosismo en el aire. Una mujer, vestida con trajecito sastre y rodeada de un ejército de colaboradores, iba de un lado al otro, gritando e insultando a todo el mundo. Por lo que Pepe pudo escuchar, la mujer estaba furiosa porque una de las personas que iba a sentarse en el sofá no iba a poder venir.

- ¡Necesito un gurú! - gritaba. - ¡Y si ése no viene, quiero otro! ¡Alguien, algo, cualquiera!

Y entonces las luces se apagaron. Alguien, una mujer mayor, gritó, asustada. Pero Pepe sintió una extraña tranquilidad. Y entonces, mientras todo el estudio del canal permanecía a oscuras, un haz de luz iluminó a Pepe. Y éste se puso de pie, y comprendió.

Claro que comprendió.

Comprendió todo.

 

Comprendió. Comprendió el Alfa Comprendió el Omega Comprendió el Pasado Comprendió el Presente Comprendió el Futuro Comprendió el Ser Comprendió el No Ser Comprendió el Cielo Comprendió el Infierno Comprendió el Arriba Comprendió el Abajo Comprendió el Cuerpo Comprendió el Alma Comprendió el Pasado Comprendió el Presente Comprendió el Futuro Comprendió el Presente Comprendió el Futuro Comprendió el Presente Comprendió el Futuro Comprendió el Futuro Comprendió el Futuro Comprendió el Futuro. El Futuro.

Y entonces se acercó a la mujer de trajecito sastre y dijo: "mujer, no temas. Yo soy Aquel que esperas. Yo soy Ese Sabio que esperas".

"¿Y vos quién sos?", dijo la mujer.

"Yo Soy El Apóstol Catódico, y Mi Misión es mostrar El Camino".

La mujer, impresionada, asintió, y le pidió que pasara a una sala donde permanecería hasta que llegara la hora de hablarle a los fieles. Allí se le permitió darse un baño, y le ofrecieron ricas vestimentas, que rechazó con un simple gesto, prefiriendo unas sandalias y una túnica símil Hare Krishna.

Junto a él estaban las personas con las que debería compartir el púlpito catódico, metódico y esdrújulo.

Nito Grondona, una persona que afirmaba haber sido uno de los miembros de Kiss durante la gira 1977/78, y que su lugar había sido luego usurpado por Gene Simmons, a quien llamaba okupa del rock.

El Gran Lama de Saavedra, el controvertido gourmet estoico, fakir y asceta hedonista que lideraba la secta de los Heavy Tibetanos, conocidos por su polémica costumbre de compartir en sus mesas el pan de trotyl.

Lito Sarabia, El Barón Rojo, un conductor de camiones a quien, en las rutas de todo el país, se conocía por diversos apelativos, tales como El Caballero del Volante, El Camionero Rojo y El As de la Carretera.

Doña Interpretación Vega de Cardoso, una dama salteña que afirmaba poder leer el futuro analizando las entrañas de las empanadas de carne cortada a cuchillo que ella misma preparaba.

La licenciada Aída de Verdi, catedrática de la Universidad de Garlic Cloves y psicóloga de a bordo del interno 150 de la línea de colectivos 60, quien trataba la neurosis de los pasajeros del transporte público mediante el expendio de boletos que, en vez de ser numerados según la serie de los números enteros, eran numerados en base a la serie de los números capicúa.

Cuando llegó la hora del debate, quien antes de Su Iluminación fuera Pepe estaba sereno. Esperaba su turno para hablar, hasta que se dio cuenta de que no había turnos y no había tal debate. En realidad, la conductora de trajecito sastre se afanaba en convertir la charla en un colorido aquelarre que bien pudiera haber competido, en desorden, con el caos que puso fin a la construcción de la Torre de Babel.

El Barón Rojo y el Gran Lama de Saavedra estaban a punto de tomarse a golpes de puño mientras discutían acerca de la cantidad de calorías que, al inducir la transpiración, consumían los pulóveres tejidos usando el punto arroz. "¿Y el arroz integral?", terció la conductora, que se llamaba Déborah Dora, con la obvia intención de detonar un escándalo. "¿Gallo o Amanda?", insistió, y entonces lo que todos temían pareció inminente.

 

(c) Pablo Martín Cerone

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