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APOCALIPSIS SIN GLORIA

Por Fernando Morales




- Pero cuéntame detalles del viaje, Irela. -dijo la dama calva, dejando la taza sobre el plato. Tenía un paisaje tatuado en la cabeza, y dos signos de interrogación pintados sobre los ojos.
- Pues no hay mucho más de lo que ya sabes -Irela hizo un gesto de aburrimiento. De pronto se puso tensa y lanzó un grito- ¡Gorkin!¡Pequeño monstruo, deja ese pobre kukish en paz!
Gorkin miró a su madre con dos ojos llameantes. Suspendió por un momento la anticipada autopsia del peludo animalito, que de cualquier manera ya había dejado de temblar convulsivamente. En ningún momento gritó, porque el kukish es mudo.
- Quería ver si tenía algo adentro -refunfuñó Gorkin, molesto.
- ¡Pues claro que tiene algo adentro, niño curioso! -en dos zancadas llegó a su lado- Pero ya no le sirve -agregó con desaliento- ¿Cómo te creías que funcionaba? ¿A batería? Miró los ojos del kukish, velados por la muerte, y apartó los suyos de inmediato.
- Bien, Gorkin, querido, sé un niño bueno ahora y tira todo esto a la basura. Y no lo toques con las manos.
Volvió a sentarse junto a la dama calva, meneando la cabeza al ver por el rabillo del ojo cómo Gorkin, luego de la molesta interrupción de su madre, hundía las manos en las entrañas del kukish, al que previamente había abierto con su filosa medalla de identificación. El daño ya estaba hecho, y nada que se hiciera volvería al animal a la vida, pensaba con resignación Irela.
- Ya no sé qué hacer con este diablillo. No se entretiene con nada. ¿Me pedías detalles de mi viaje? Pues ahí tienes un detalle: se llama Gorkin. No sabes la vergüenza que hemos pasado en este viaje por su causa, creo que nunca lo vi tan enojado a Dalmo.
La dama sonrió, comprensiva.
- Es un niño, Irela, está en edad de ser travieso.
- Pero es que no sabes, éste es un demonio. No puedes quitarle la vista de encima ni por un segundo. Fíjate que de ese planeta azul del que te hablaba, donde compré los aros, tuvimos que salir poco menos que huyendo. Hicimos allí una escala, no pensábamos quedarnos demasiado porque Dalmo quería pasar la última semana en las fuentes de Beta del Centauro, pero nos encantó el color -un azul claro, muy romántico- y la Guía decía que estaba habitado, así es que bajamos en la mitad del campo, en un bosquecillo cercano a la autopista. Dalmo bajó a estirar un poco las piernas mientras yo preparaba un almuerzo rápido.
-¿Y el pequeño dormía?
- ¿Dormir Gorkin? -se asombró Irela- No sabes lo que dices. Esa criatura no conoce el sueño. Se dedicaba a atrapar mariposas, arrancarles las alas y luego hacerlas volar con la mirada.
- Qué chico éste. - la dama lanzó una carcajada, juntando las manos.
- Por lo menos no molestaba, jugaba solito. Bien, el caso es que Dalmo se sintió inspirado y quiso hacer el amor, así es que volvió a la nave.
- Me lo imagino. El aire campestre, un suave verde afuera...
- Pues te lo imaginas mal. No sé en qué momento había llegado un transporte con... no sé, alrededor de cuarenta escolares, y parece ser que alguno se burló de las orejas circulares y sin pliegues de Gorkin, o algo así. Ellos tienen orejas como alargadas y con pliegues, algo difícil de explicar. El caso es que cuando escuchamos la voz del pequeño gritando "Sois todos unos guarros y os voy a guadañar" salimos corriendo, como supondrás, pero ya era tarde: todo el campo estaba regado de vísceras, cabezas explotadas, miembros separados de sus cuerpos; un desastre, te diré.
La dama calva lanzó una carcajada y golpeó con la palma en el brazo de su sillón.
- ¡Por Dios, me imagino la cara de tu marido...!
- No te puedes dar una idea. Le dije a Dalmo: tienes que hablar firmemente con el niño, querido. No seas demasiado duro con él, el daño ya está hecho, pero debes decirle cómo son las cosas. Y los dejé hablando a solas. Tenías que ver el aspecto solemne del diablillo éste, parecían dos adultos charlando de sus cosas. Y Dalmo -hay que ver la paciencia de ese hombre- que le decía "Yo también he sido niño, no es que no debas hacer nunca una travesura, pero si no controlas tu ira vas a tener muchos problemas en la vida..." Luego Gorkin, para demostrar su independencia, se puso a desarmar un animalito con cola que había atrapado afuera. Diez minutos después estaban los dos muertos de risa jugando al metesh, no sabes lo bien que se llevan. Al día siguiente fuimos a comprar algún souvenir...
- Habrán limpiado todo, me imagino...
. Oh, por supuesto, aquello era un estropicio. Dalmo guadañó durante dos horas y dejó el campo sin una sola víscera. Después estuve otras dos horas haciéndole masajes en la cabeza, pobre cielo. Te decía que fuimos a comprar algún recuerdo, mira estos aros, son una especie de refugio calcáreo de animalitos marinos. En confianza te voy a decir que no llegué a pagarlos, tuve que salir disparada con los aros puestos.
- No me lo digas: Gorkin otra vez.
- Y qué otra cosa podía ser. El niño quería tocar una pila de perfumes, y el comerciante le pidió que no lo hiciera. Era un hombre muy amable, así es que hazte una idea de la vergüenza que nos hizo pasar este demonio, porque se puso rojo de furia y dijo "Sois todos unos guarros y os voy a guadañar", y yo le dije severamente "Gorkin, pídele disculpas al señor por lo que has dicho", pero como te imaginarás estaba descontrolado, y un minuto después esa coqueta tienda parecía un descuartizadero de gogots que ríete del incidente del campo: la cabeza del vendedor quedó aplastada contra el techo, y su cuerpo hecho un guiñapo retorcido en el piso, que estaba lleno de sangre de todo el mundo. Imagínate que había mucha gente. Sólo quedó un bebé llorando en brazos de su madre, una mujer joven que no tenía cabeza. Lo vimos al mismo tiempo con Gorkin, pero el pequeño salvaje llegó antes que yo y lo explotó. ¿Te imaginas un bebé explotando de golpe, mientras Gorkin me decía "Te gané", con una sonrisa?. Horrible. Y Dalmo que le dice "Pero cómo te atreves a llamar guarro a un señor mayor", y yo que le digo a Dalmo "Pero mira en lo que te fijas ahora, con el desastre que ha hecho el niño", y Dalmo -que ya sabes lo orgulloso que es- que me dice "Ambas cosas están mal", y otra vez mi pobrecito marido, con la cabeza hinchada por el esfuerzo, a limpiar el lugar con furibundos guadañazos hasta que desapareció todo, mientras le dice "Pero Gorkin, pequeño, ¿qué hablamos ayer?".
La dama tomó un dulce.
- Se ve que el niño tiene su temperamento.
- Y no sabes cuánto. Esa misma noche, paseando por una calle muy concurrida, como podría ser aquí La Bal, para que te hagas una idea, por no sé qué estupidez guadañó tres cuadras seguidas. Dalmo le llevaba de la mano y yo iba detrás de ellos, mirando las vidrieras, así es que no escuché bien la discusión, pero mi marido le decía "Pues no te lo compraré, y puedes enojarte todo lo que quieras" y Gorkin furioso guadañando metro a metro, así por tres cuadras. Hazte un cuadro mental de lo que era aquello: los muertos en el piso, sesos chorreando en las paredes, las vidrieras llenas de sangre. Y los dos caminando en silencio y el niño sembrando toda esa basura a su paso, y yo con una angustia terrible. Dije "Por Dios, Dalmo", pero ya lo conoces, cuando toma una determinación es implacable... así es que sin volverse me dijo "Tú no te metas, Irela. A este pequeño salvaje hay que educarlo de una vez por todas. O es que vamos a estar siempre a merced de sus caprichos..." Así es que me dediqué a limpiar todo lo que pude sin decir esta boca es mía mientras caminaba detrás de ellos. Esa noche Dalmo llamó al niño y le dijo "Sabes por qué te vas a la cama sin postre, ¿verdad?" y Gorkin, que al fin y al cabo no es más que una criatura miraba el suelo con las manos en la espalda. Pobrecito, es cierto que había estado caprichoso, pero si uno no es caprichoso cuando es niño, ¿cuándo lo va a ser?. Es totalmente lógico, ¿no te parece?. Me partía el alma ver lo duro que era su padre con él, y le hacía señas por detrás de Gorkin de que ya estaba, que no lo torturase más, pero Dalmo se mantenía inflexible. Si supiera que me levanté de puntillas a la noche y le llevé un trozo de postre a su camita seguro me regañaría, pero es que los hombres no saben cuánto puede sufrir una madre en estas situaciones... Le dije: "Yo te traigo postre, será un secreto entre nosotros, pero debes prometerme que no harás sufrir más a mamita y a papito, ¿lo prometes?", y se comió el postre mirándome fijo a los ojos y no prometió nada el diablillo, pero es porque todavía estaba algo rencoroso. Ay, Señor, las madres comprendemos todo. Debemos estar hechas para eso. Así es que no le dije una palabra, me limité a acariciarlo hasta que se durmió. Y a la mañana siguiente... no me preguntes en qué momento, ni cómo lo hizo, pero el muy sabandija enterró en algún lugar del campo una cápsula de antimateria que tomó de la caja del padre, ¡y todavía viene y me lo cuenta muy contento! Créeme, se me erizó la piel, pero no quise angustiarlo y mantuve la serenidad. Ya sabes cómo son los chicos, mientras más te preocupas más se divierten. Le pregunté como si fuera algo sin importancia: "Oh, qué bien, has escondido una capsulita. Ahora jugaremos a encontrarla. Pero como tiene el tamaño de una uña, a mamá le va a costar mucho, ¿verdad?, así es que tú le darás una pequeña ayuda, diciendo frío, tibio y caliente, ¿sí?". Pero te imaginarás que no tiene un pelo de tonto, así es que no quiso abrir la boca. Entonces le dije "pero pequeño, a lo mejor no te das cuenta, pero en cuanto se disuelva la cubierta protectora de la capsulita que está en contacto con la tierra, este planeta va a estallar en mil pedazos. ¿Es eso lo que tú quieres, Gorkin, romper este planeta, querido?", y el muy obcecado que se encoge de hombros y me dice "Son todos unos guarros, es un planeta de guarros y los voy a guadañar", y yo, con toda mi sangre fría que le digo "Pues imagínate lo que te hará tu padre cuando se entere". Y no te puedes imaginar lo que me responde: "Ya sé lo que me hará: tráeme el postre en cuanto se haya dormido", y se pone a jugar con sus cubitos transmisores. Me tuve que tapar la boca para no reirme, a veces tiene cada salida...Entonces me dije: seguramente hay una manera de que el pequeño entienda, y tomé el Manual Galáctico y le expliqué al niño, con toda paciencia: "¿Ves, Gorkin, estos lindos dibujitos? Son planetas, miles de planetas. Hay de primera, segunda, tercera y cuarta categoría. Ahora estamos en uno de cuarta, y podemos hacer lo que nos plazca en él, menos destruirlo, ¿comprendes, pequeño?. Porque aunque es uno de los planetas más baratos, si lo rompemos, papá deberá pagar a la Federación mucho dinero por él, quizás dos o tres meses de su sueldo, y no podemos hacerle gastar ese dinero a papá por una simple broma, ¿verdad? Gorkin me miró y dijo: "¿Quedó postre? Tengo hambre", y empezó a armar un berrinche, así es que le di un poco de postre para que dejara de gritar y renuncié a que me dijera dónde había escondido la cápsula. Bueno, cuando Dalmo regresó de hacer sus compras lo puse al tanto de todo. Se puso furioso y se le acabó la didáctica: sacudía al niño por los hombros y le gritaba "¡Demente! ¡Monstruo! ¡A mí el dinero no me lo regalan! ¡Me vas a decir adónde enterraste esa cápsula o te destrozo el cráneo!". Estaba como loco, imagínate, Dalmo, tan cumplido, un hombre que jamás pierde la compostura. Le saqué al niño de las manos porque ya te digo, en el estado en que estaba era muy capaz de lastimarlo. Y no me creerás si te digo lo que le contestó Gorkin a su padre. Como se sentía protegido por mi cuerpo (estaba oculto detrás de mí) le dijo: "¿Por qué no me anuncias de una vez la quita del postre y terminamos con este asunto? Tengo sueño, quiero irme a la cama". Eso era una burla, claro, pero la criatura estaba furiosa, no es muy agradable que digamos que te zamarreen por los hombros, ¿no te parece?. Pero yo no estaba dispuesta a permitir que le faltara el respeto al padre, así es que terminamos gritando los tres al mismo tiempo, hasta que Dalmo dijo "Está bien, está bien, Gorkin, papá no está enojado. Tan sólo preocupado. Vete a tu cama y llévate tu postre, da lo mismo". Y cuando Gorkin nos hubo besado a ambos le pregunté: "Dalmo, cariño, ¿cómo vamos a solucionar esto?". "¿Solucionarlo? Tal como veo las cosas, diría que tenemos que salir de aquí lo más rápido posible" -me contestó. En ocho minutos puso la nave en condiciones y levantamos vuelo al límite de la velocidad de escape, qué nervios. Y no creas que no hubo discusiones adicionales: le dije a Dalmo "Si sigues forzando el motor esta nave será un montón de chatarra dentro de un año, y tú que siempre te quejas de lo que te costó cambiarla por el modelo anterior, por Dios, Dalmo, sé más prudente" y Dalmo que me decía muy descomedidamente que mi lugar era la cocina, no te puedes dar una idea del mal clima que se respiraba en esa cabina. Pero una tiene sus triquiñuelas femeninas (mira lo que te digo tan luego a ti, pequeña pícara), y en cuanto me puse a llorar y le pregunté si ésas eran las esperadas vacaciones se ablandó todo, es un romántico, y me abrazó y bueno, te imaginas. Y dos horas después lo despertamos a Gorkin para que viese el hongo y le dijimos "Mira lo que hiciste con ese planeta, ahí tienes el resultado de tus travesuras", pero no quisimos ser duros con él, el daño ya estaba hecho.
La dama calva sacudió la cabeza sin dejar de sonreir.
- Este pequeño les va a dar más de un dolor de cabeza, me temo. Y dime: ¿Fueron por fin a las fuentes de Beta...?
- Ah, no sabes qué maravilla es eso. Le prohibimos a Gorkin que guadañara nada, y pasamos unos días en el paraíso, y no exagero. Este vestido que tengo puesto, por ejemplo, lo compré a un precio que si te lo dijera, no podrías...

(c) Fernando Morales,  2000.
 
 

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