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EL ÁNFORA

Por Andrés Moreno Galindo



"Mientras el humo y la muerte ocultan ya los contornos de mi tiempo, pienso en la magia de aquel sueño. Dioses dorados, no mugre de sangre en una cruz de madera".

Juan Luis Panero



- ¿Así que le extraña a usted, mi querido amigo, que me haya involucrado en un caso tan sencillo y falto de alicientes como el del asesinato de P.?

Era el viejo tono que yo tan bien conocía, esa mezcla de irritación, ironía y vanidad herida que yo llevaba toda la tarde persiguiendo, dejando caer algún comentario casual sobre el tema. En ese preciso instante supe que había vuelto a ganarle la partida a mi viejo amigo, el inspector R.. Era mi enésima y fácil victoria en nuestro sempiterno jueguecito. Nuestra amistad se perdía en los nebulosos recuerdos de una lejana niñez y jamás, en todos los años que llevábamos disfrutando de nuestra mutua compañía, de nuestras mutuas aficiones y de nuestras mutuas aversiones, había dejado de llegar a este punto. Me arrellané todavía más en mi butaca, disimulé como pude un asomo de mueca burlona en mi cara, y me preparé para regodearme en mi victoria. R. me miraba a través de su copa de brandy y de las volutas de humo que salían de su vieja cachimba. Nos hallábamos cómodamente repantigados en sendas butacas, en el jardín de su casa de verano, tras una de nuestras cenas de viejos sibaritas, regada por un par de excelentes botellas de Rioja, cuyos divinos vapores nos habían sumido en la deliciosa laxitud de la que disfrutábamos ahora. La casa de R. estaba situada en las estribaciones de una pequeña loma que bajaba suavemente entre bosquecillos de pinos hasta lo que antaño había sido un tranquilo y pacífico pueblo de pescadores a orillas del Mediterráneo, y al que la salvaje especulación había transmutado en un feo conglomerado de bloques de apartamentos para turistas. Desde la ciudad nos llegaba la algarabía del turismo veraniego, una mezcla de excitados gritos, música y ruidos de coches que la distancia amortiguaba hasta convertirla en un lejano murmullo que favorecía todavía más nuestra distensión y perezoso abandono. Bebíamos del viejísimo brandy que mi amigo reservaba para nuestras reuniones, y observábamos las luces de los barcos que surcaban un mar calmo y bañado de plata por la luz de la luna llena. Me preparé para darle la estocada final a la vanidad herida de mi amigo, con el orgullo del que ha logrado abrir una importante brecha en una fortificación aparentemente inexpugnable.

- Bien, R., obviamente usted es el profesional, y su largo, dilatado y triunfal historial en la policía le avalan, pero no veo, ateniéndome a lo que he podido leer en la prensa y a los pocos datos que usted me ha facilitado, nada especial en el caso, a no ser un ensañamiento y una crueldad fuera de lo común. Convendrá conmigo en que el caso, al menos aparentemente, carece de estímulos para una mente tan acostumbrada a bregar con casos en extremo misteriosos y enigmáticos.

Alcé mi copa de brandy, brindé mentalmente por mi triunfo y contemplé a mi amigo, el famoso inspector R., el inteligente, sagaz y culto inspector R., que ensayaba una tranquilidad burlona, a pesar de que un levísimo temblor de sus manos, imperceptible para alguien que no lo conociera como yo, denotaba el impacto de mis estudiadas palabras. R. estaba en mis manos. Yo sabía perfectamente que mi amigo difícilmente se mezclaría en un caso aparentemente tan vulgar como el que nos ocupaba, así que, una vez superadas las reticencias de mi amigo a hablar de sus investigaciones, me dispuse a adentrarme en el caso del macabro asesinato de P., que había conmocionado a la opinión pública por sus brutales características hacía tan sólo unas semanas atrás..

- ¿Qué es lo que sabe realmente sobre el caso, amigo J.? .Me refiero, evidentemente, a si ha podido obtener algún dato adicional de sus amigos periodistas o de alguna fuente que no sea yo mismo o lo que hayan publicado los periódicos.

La relación de mi amigo con la prensa no era, por decirlo con delicadeza, un prodigio de colaboración y entendimiento. El inspector se sentía hostigado por los periodistas -a veces no sin razón- y cuando tenía que comparecer ante ellos exhibía un carácter hosco, taciturno y reservado que le había granjeado la antipatía de los medios de comunicación, que aprovechaban cualquier ocasión para zaherirle, minimizando sus incuestionables éxitos y apremiando sin tregua cuando la investigación se estancaba o entraba en un aparente punto muerto. Por eso, conocedor de mis buenas relaciones con la Prensa, y a pesar de nuestro recíproco afecto, no podía evitar cierto tonillo irónico cuando se refería a mis "amigos periodistas", aunque a veces intentaba utilizarme, como en el caso actual, para intentar saber la información que hubieran podido obtener los reporteros, ya fuera por filtraciones de la policía o por otro tipo de fuentes. Como siempre, pasé por alto su levísima impertinencia.

- Como le he dicho antes, sólo lo que he podido leer en los periódicos. He de reconocer que, a tenor de los comentarios que me han llegado por parte de mis amigos periodistas, como los llama usted, en este caso el mutismo por parte de la policía ha sido total y absoluto. Que yo sepa, nadie sabe nada más que los pocos datos que usted ha tenido a bien facilitarles, y este hecho los tiene desconcertados -noté un rictus de satisfacción en el rostro de mi amigo-. Nadie comprende como un simple caso de asesinato, por muy cruel que éste haya sido, provoque tal hermetismo. ¿Quizás hay alguna característica del mismo cuya divulgación pueda entorpecer la investigación?. No encuentro otra explicación plausible al respecto.

- Bien, bien, de todas maneras hágame un resumen de la situación -el tono de mi amigo era apremiante, al borde de la irritación-. Explíqueme lo que sabe del caso como si yo fuera un recién llegado del extranjero y tuviera incluso menos información que usted y la prensa.

Ahora le tocaba a él disfrutar de mi ofuscación y desconcierto. Durante un largo instante, los dos permanecimos en silencio, arrullados por los sonidos del bosquecillo mediterráneo que rodeaba el jardín. Yo sabía que R. estaba dispuesto a hablar, aunque comenzaba a dudar de que yo mismo quisiera oír lo que tenía que decirme. Demasiadas veces mi curiosidad respecto a los casos de R. había sido saciada a costa de mi tranquilidad de espíritu, y una especie de sexto sentido comenzaba a avisarme de que el conocimiento de los detalles del crimen de la calle S. iba a proporcionarme muchas noches de miedo e insomnio a cambio de mis intenciones de saber lo que mi amigo había averiguado. De todas maneras, ya no podía retroceder, no después de tanta insistencia, por lo que me dispuse a obedecer a R. y contarle lo poco que sabía acerca del caso.

- Como usted quiera, R. Hace unas semanas, a las 8 de la mañana del día 7 de Octubre, la mujer que se encarga de limpiar la casa del conocido arqueólogo y submarinista P. abrió la puerta de la citada casa con su llave, como hacía todos los martes y jueves de la semana, y se encontró con el horripilante hallazgo del cadáver de P., salvajemente descuartizado. Las paredes de todo el piso estaban cubiertas con la sangre del arqueólogo, y se encontraron trozos del cuerpo de P. esparcidos por toda la casa. Según parece, las sospechas recaen sobre dos invitados del muerto, aunque nada se sabe sobre los motivos del asesinato, ni mucho menos sobre el porqué de tamaño ensañamiento. Sea como fuere, le vuelvo a reiterar mi extrañeza ante el secretismo suscitado en torno a este caso, a no ser que los asesinos no fueran los invitados de P. Aunque, a fuer de ser sinceros, amigo R., tengo la impresión de que un asesinato tan sangriento parece cometido por una persona ofuscada y fuera de sí, que dejaría multitud de huellas; huellas que un investigador avezado como usted no tardaría en descubrir.

R. me observó fijamente; es decir, la mirada de R. salvó sin dificultad el obstáculo de la piel y huesos de mi cabeza y se paseó tranquilamente por los recovecos de mi aturdida y ofuscada mente. R. dio un corto trago a su copa de brandy, suspiró hondamente y habló lenta y pausadamente.

- Tiene usted toda la razón del mundo. Las huellas de los asesinos estaban repartidas claramente por toda la casa del finado, marcadas de forma nítida en las manchas de sangre, en los trozos de su cadáver, en el mobiliario. A decir, verdad, sólo les faltó dejar una confesión firmada, aunque mucho me temo que ahora mismo tienen otro tipo de preocupaciones.
- ¿Los asesinos, dice usted?. Entonces....
- Sí, los asesinos. Por una vez, sus amigos de la prensa y, por inducción, la opinión pública, han acertado de lleno, por una vez la cosa es tan sencilla como parece.
- ¿Quiere usted decir que los asesinos fueron...?
- Sí -me interrumpió R. , con un deje de impaciencia en el tono de su voz-. A.D. y O. D., asesinaron salvajemente a P., descuartizándolo vivo y esparciendo sus restos por toda la casa. Si la policía los localizara, se podría establecer con toda claridad su culpabilidad. Hasta el más lerdo de los fiscales podría conseguir la más severa de las condenas para ellos. Todas las pruebas los inculpan, todos los indicios los apuntan, y no encuentro ninguna duda razonable para suponer que no fueron ellos los culpables. Es más, apostaría mi vida a que ellos lo hicieron. Sin ninguna duda.

Mi cabeza, involuntariamente, se movía de un lado a otro, en una precisa imagen de mi desconcierto ante las palabras de mi amigo. Si en aquellos momentos había un hombre estupefacto sobre la faz de la tierra, ése era yo mismo, preso de una confusión sin límites. Por un lado, R. me confirmaba las sospechas de todo el mundo, pero yo sabía que la policía no tenía a R. en nómina para hacer perder el tiempo a una mente tan privilegiada como la de mi amigo. La aparente sencillez del caso provocaba en mí una sensación de intranquilidad y desasosiego absoluta.

- Tiene usted razón, mi querido J. -R. interrumpió bruscamente mis pensamientos, y el hecho de que pareciera estar leyendo en mi mente no facilitaba mi tranquilidad-. Tiene usted toda la razón del mundo. El caso no es tan fácil como yo le he dado a entender. Si bien está muy claro quienes fueron los asesinos, hay una serie de circunstancias que me han obligado a dotar a este asunto del misterio que tan desagradable resulta a sus amigos de la prensa -el sarcasmo ya no me hacía ni pizca de gracia-. Es más, creo que me hallo ante uno de los casos más extraños de mi carrera, y ante los criminales más inocentes con los que me he topado en mi vida -el hecho de que R. no prorrumpiera en carcajadas ante la cara de estupor que yo mismo podía ver reflejada en mi cara, como si hubiera emprendido un corto viaje astral y me estuviera contemplando desde la posición de mi amigo, me intranquilizaba a cada momento que pasaba- Ya sé que puedo confiar en usted si le pido la más absoluta reserva sobre los datos, informes y confidencias que le voy a facilitar, pero dadas las extrañas características del caso, he de rogarle que me dé su palabra de honor y caballero de que nada de lo que se ha hablado durante esta velada se filtrará, ya sea a la prensa o a otros conocidos suyos. Se lo ruego, por favor. En caso contrario, le propongo iniciar una partidita de ajedrez, derrotarle por enésima vez y olvidar definitivamente este asunto. ¿Qué me dice?

He de confesar que estuve tentado de olvidarlo todo, contestar a la irónica puya ajedrecística de mi amigo en su mismo tono burlón, y acabar la velada agradablemente, sumido en el lánguido sopor de aquella dulzona noche de verano; pero la ponzoña de la curiosidad circulaba libremente por mis venas, infectando y liquidando cualquier atisbo de razonamiento que yo pudiera albergar. Demasiadas preguntas, demasiados porqués, demasiado misterio tras un aparentemente resuelto crimen. De manera que, arrepintiéndome en el momento de hacerlo, contesté a R.

- Como usted sabe, amigo R., jamás he filtrado a nadie ni informado a conocido alguno nada de lo tratado en nuestras conversaciones, pero gustosamente le doy mi solemne palabra de honor de que lo que usted tenga a bien comunicarme, e incluso lo que ya me ha comunicado hasta ahora, quedará entre nosotros hasta que usted me libere de mi palabra. Comprendo que razones poderosas le hacen solicitarme este juramento.

- No esperaba menos de usted -respondió R. - y le aseguro que así es, el trasfondo de este caso es tan sumamente extraño que no pienso dar a la opinión pública mis espeluznantes conclusiones. No me harían caso, y me tomarían por un lunático. Sería objeto de todo tipo de chanzas por parte de la prensa, pero no quiero que piense que es mi vanidad la que me impide hacer público todo lo que usted va a saber. Sinceramente, amigo mío, creo que si mis peores suposiciones fueran ciertas, todo estaría ya consumado, y no creo que hubiera manera de parar esa atroz bola de nieve. En resumen, existe una posibilidad entre un millón de que la gente me tome en serio, y si se diera esa remota posibilidad, seguiríamos frente a un callejón sin salida. Pero quiero que sepa que si hoy sus sutiles e imperceptiblemente machaconas artimañas para sonsacarme han dado fruto antes de tiempo, ha sido en gran parte por mi deseo de hablar con alguien de confianza sobre este caso extraño y sencillo al mismo tiempo, quizás por mi esperanza de que usted encuentre algún detalle que a mí se me haya escapado, algo que me haga desistir de las aterradoras conclusiones a las que llego una y otra vez. Quizás así mi mente encuentre algo de sosiego.

Tras estas palabras, mi amigo desapareció en el interior de la casa, y enseguida lo imaginé abriendo la caja fuerte, que yo sabía disimulada tras un barril de amontillado de la bodega, agachado y mascullando incomprensibles blasfemias por no acordarse de la combinación. Tras unos minutos de espera, R. reapareció con un grueso paquete de papeles, legajos y fotografías bajo el brazo, todos mezclados en confusa amalgama, como era de esperar de mi amigo. Los depositó encima de la mesa del jardín, y volvió a sentarse frente a mí.

- Tómese el tiempo que necesite. Sé que esta documentación le va a desconcertar, pero échele un vistazo. Cuando acabe, tendré mucho gusto en darle lo que yo considero la explicación más convincente, no por ello menos terrible. Convendrá al final que lo más horroroso de este caso es su aparentemente sencilla solución, su estremecedora simplicidad.

Acto seguido, se sirvió otra copa de brandy, volvió a encender su cachimba y se sentó frente a mi, mirando con indescifrable expresión el mar, salpicado por las luces de los barcos y los rayos de la luna, que bañaba mansamente la alborotada ciudad de M., entregada por completo a la risa fácil y a la superficial diversión del verano. Por mi parte, me concentré en la estremecedora lectura de los manuscritos y legajos que me había entregado mi amigo. Lo primero que encontré fueron las fotos que había tomado la policía en la casa de P. Un escalofrío, mezcla de horror y asco, recorrió mi espalda, pues aunque conocía del extremo ensañamiento de los asesinos de P., no estaba demasiado preparado para aquel espantoso espectáculo. Sangre coagulada por todas partes, trozos de vísceras desgarradas con saña, huesos quebrados por doquier, la casa de P. parecía el infernal sueño de un torturador enloquecido o drogado, o ambas cosas. A continuación unas hojas arrugadas y manchadas de sangre, arrancadas de algún tipo de diario con unas notas escritas por alguien con muy mala letra o muy excitado, cosa que deduje de la falta de uniformidad en el trazo y el aspecto deslavazado de la escritura. Al sumergirme en su lectura, procurando no tocar las horribles manchas, pude ver que, efectivamente, eran páginas pertenecientes a una especie de diario, escritas por P. y fechadas el mismo día de su asesinato.. Lo que a continuación sigue es una transcripción íntegra de esas notas.

"B., 6 de octubre de 19..
Vaya, parece que hoy he conseguido una sorpresa para mis invitados. He estado buceando en los alrededores de la antigua localización de una trirreme romana de la época de la República naufragada a unos 500 metros de la costa, a unos 45 metros de profundidad. Hace ya tiempo que los restos se rescataron, pero varios de mis colegas buceadores han encontrado monedas, trozos de cerámica y algunos restos de utensilios de la época, nada impactante a efectos arqueológicos, pero de obvio valor para los apasionados de la Historia de Roma. El caso es que, buceando en círculo alrededor del sitio donde reposaba la trirreme, he encontrado casi totalmente enterrada en la arena una ánfora romana perfectamente conservada y sellada, como las usadas para el transporte de vino desde la antigua Hispania hacia la metrópolis, Roma. El caso es que eso no es lo mejor. Ya en la barca he podido comprobar que el ánfora estaba llena. En fin, resumiendo, me dispongo a ofrecer a mis invitados una estupenda cena mediterránea regada con un glorioso vino hispano de, digamos, unos 2100 años de antigüedad. Espero que sepan apreciar el detalle..."

Aquí terminaban las notas de P. Los papeles que encontré a continuación eran lo que parecía un estudio histórico, con mapas, notas y fotocopias de libros de historia romana. De pronto, me sobresaltó la voz profunda y grave de mi amigo R.

- Veo que está usted levemente desconcertado, amigo J. -asentí con la cabeza, dispuesto humildemente para una nueva lección de mi amigo- Se está usted preguntando, ¿qué diablos tendrá que ver el hallazgo de una ánfora romana de vino con el horrible asesinato de P.?. ¿Y con todas esas notas extraídas de antiguos libros de historia romana?. Le veo dispuesto a estudiarlos a fondo durante toda la noche, pero permítame, en aras de nuestros respectivos descansos, aunque no sé si después de esto podrá usted descansar, que le haga un breve resumen de esos legajos y notas. Como usted sabrá, la historia de Roma es una de mis principales aficiones. En realidad, en un principio no se me requirió para hacerme cargo del caso, es posible que incluso me llamaran como una especie de deferencia hacia mí dado el extraordinario interés que despierta en mí el estudio de la Historia. Creo que los primeros investigadores que estudiaron el caso lo vieron, como usted, demasiado sencillo, demasiado evidente, y quisieron recabar mi opinión. La cuestión es que aparecí de pronto en un caso que, aparentemente, no tenía más connotaciones extrañas que la desacostumbrada crueldad ejercida sobre la víctima, y terminé haciéndome cargo de la investigación. No sé si todo esto ha sido desde el principio un insólito y macabro cúmulo de casualidades. Como ya le he dicho antes, confío en su discreción, pero confío más aún en su fe en mi, aunque mi conclusión final no se basa en evidencias al uso, sino en una antigua leyenda que me fue permitida conocer hace muchos años, una leyenda sobre la que la historia con mayúsculas ha pasado de puntillas, sin concederle la más mínima credibilidad. Es una larga historia, póngase cómodo, aunque, lamentablemente, creo que la comodidad no le durará mucho.

Así es como comenzó la extraordinaria y terrible historia que me contó mi amigo R., historia que transcribo a continuación lo más fielmente que he podido.

"En las postrimerías de la República Romana, aproximadamente sobre el año 109 o 108 antes de Cristo, una enorme horda de pueblos germánicos de distintas partes del Norte de Europa inició una lenta pero constante emigración hacia el Sur. El hambre, producto de largos años de malas cosechas, los empujó a unirse en una especie de confusa confederación que avanzó hacia las fértiles tierras de la Galia durante años. Eran como una plaga de langostas, arrasaban todo aquello que se les oponía, dejando tras sus espaldas muerte, fuego y destrucción. Ocupaban fértiles valles y, cuando acababan con sus recursos, reanudaban la marcha. Roma, a pesar de ser una de las principales civilizaciones de la época, todavía no había conseguido la potencia militar que le dieron sus grandes emperadores, y se debatía en luchas internas por el poder. Las distintas facciones políticas luchaban ferozmente entre ellas, subordinando los intereses de la República a los suyos propios, en un ambiente de corrupción política que presagiaba el advenimiento del Imperio. Nadie prestó atención a los germanos hasta que, en el año 105 antes de Cristo, una formidable marea humana comenzó a aproximarse peligrosamente al sudoeste de la Galia, amenazando el norte de la península itálica. Terribles noticias llegaban a Roma. Noticias que hablaban de devastación, sangre y fuego, y el fantasma de una invasión germana sobrevoló Roma. Apresuradamente se enviaron dos ejércitos al mando de los cónsules Quinto Servilio Cepio y Cneo Malio Máximo. Entre los dos ejércitos sumaban más de 100.000 valientes legionarios, la flor y nata de la ciudadanía romana. Pero estos dos cónsules eran enemigos irreconciliables, y lo que sucedió fue que, desde su llegada a la Galia, se dedicaron a obstaculizarse mutuamente, separando sus ejércitos, negándose apoyos, desdeñando cada uno las tácticas, planes y estrategias del otro e ignorando las súplicas de unos pocos asesores con sentido común que infructuosamente pidieron la unidad frente al enemigo común. Y lo que tenía que pasar sucedió. Los germanos destruyeron los dos ejércitos, uno tras otro. Simplemente los arrasaron. 80.000 legionarios y 40.000 auxiliares fueron masacrados en aquella horrible carnicería de Arausio, pues no se le puede dar nombre de batalla. A raíz de aquel desastre, el Senado nombró urgentemente a Cayo Mario cónsul; éste reorganizó el ejército romano, reclutando a proletarios y miembros de las clases más bajas de la República y se dirigió hacia la Galia, donde aquel gran general, uno de los últimos romanos dignos de la República, aniquiló a los germanos en dos batallas, en Aquae Sextiae y en los Campos Rudii. Más de 150.000 germanos muertos fueron el resultado de estas dos batallas, dos eslabones más en una larguísima serie de enfrentamientos en los que se jugó durante siglos la supervivencia de Roma como nación".

"Hasta aquí le he contado, amigo mío, lo que la Historia oficial nos dice sobre aquellas terribles jornadas. Pero hay otra versión, una versión sepultada por los historiadores de la época, y que yo tuve oportunidad de conocer a través de un antiguo libro, copiado por monjes medievales de un monasterio del sur de Francia de unos antiquísimos manuscritos atribuidos a un tal Tiberio Sertorio. Dicha versión ha sido tomada por falsa e inventada durante más de dos mil años, pero me gustaría contársela y comprobar si extrae las mismas conclusiones que yo. Esta historia nos dice que Tiberio Sertorio fue un espía romano infiltrado en la horda germana. Según parece, una pequeña fracción de senadores, más lúcidos que la mayoría y obviamente menos pendientes de su carrera política que de la seguridad de Roma, enviaron a este soldado de élite para que se infiltrara en las desorganizadas filas de los germanos. Para que nos entendamos, una especie de agente secreto de la antigüedad, encargados de recabar datos e informar sobre los movimientos de la confederación germana. Según Tiberio Sertorio, los germanos, numerosísimos y valientes, pero desorganizados y anárquicos, no hubieran debido ser rivales frente a los romanos en la batalla de Arausio, por más que los dos máximos jefes romanos estuvieran enfrentados entre ellos. El ejército romano funcionaba como una máquina perfectamente engrasada y ajustada, una compacta masa de caballeros romanos acostumbrados a la lucha, implicados de lleno en la defensa de su nación, sus posesiones, sus familias. Estaban bajo las órdenes de generales valientes, los mejores vástagos de las más antiguas y aristocráticas familias de Roma. Tiberio Sertorio nos habla de un arma secreta que permitió a los germanos despedazar y aniquilar por completo en pocas horas a más de 100.000 legionarios romanos perfectamente entrenados y pertrechados. El espía tenía orden de desaparecer discretamente en las batallas para no poner en peligro su vida ni ser muerto por sus propios compatriotas romanos, cosa que hizo en cuanto observó los preparativos ante la inminente batalla. No le costó demasiado situarse en una pequeña loma, desde la que pudo ver cómo los germanos, antes de atacar el campamento romano, formaban larguísimas colas que convergían en una enorme tienda situada en el centro de su campamento y salían de la misma con una copa en la mano conteniendo un líquido de color rojo. A una señal de sus jefes, todos prorrumpieron en un espantoso grito de guerra, alzaron sus copas y apuraron el contenido de las mismas. De pronto, Tiberio Sertorio contempló horrorizado cómo aquellos fieros guerreros, altos, rubios y fuertes, sufrían una espeluznante transformación. Sus ya imponentes cuerpos comenzaron a transformarse, a sufrir horribles convulsiones, a agrandarse y encorvarse hacia el suelo, dándoles la apariencia de bestias infrahumanas. Pero lo que Tiberio Sertorio describe con más horror son sus rostros, con los ojos inyectados en sangre, y una horrible abertura donde antes estaba la boca, plagada de colmillos afilados como navajas, de la cual babeaba una extraña espuma verdosa. A Tiberio Sertorio le pareció que los germanos se habían convertido en un cruce entre un oso y un lobo, venteaban el aire y de miles y miles de horribles fauces se escapaba un alarido infrahumano que doblegó el temple y el valor del intrépido espía romano. De pronto, aquellas horribles bestias se abalanzaron sobre la vanguardia del ejército romano. Lo que siguió fue una espantosa carnicería. Los monstruosos seres en que se habían convertido los germanos despedazaron literalmente a legiones romanas enteras, descuartizando sus cuerpos con sus propias manos, mutilando salvajemente a hombres y a caballos, aplastando sus cabezas sin esfuerzo, inmunes a los desorganizados ataques que los pocos romanos que no habían quedado paralizados por el terror intentaron contra ellos. La sangre formaba rojos y calientes ríos en el campo de batalla, grupos de legionarios enloquecidos por el terror intentaban escapar y resbalaban en las vísceras de sus propios compañeros, siendo cazados y despedazados a su vez por las monstruosas criaturas. Fue una espantosa masacre lo que contempló Tiberio Sertorio, atenazado por el miedo tras su escondite mientras veía como las criaturas devoraban salvajemente a más de 100.000 soldados de la República. Gradualmente, mientras su apetito parecía saciado, los seres comenzaron a mutar de nuevo, volviendo a su anterior aspecto humano. Solamente los restos de lo que habían sido los cuerpos de todo un ejército de Roma y los cuerpos de los germanos, embadurnados con sangre y restos de sus enemigos quedaban de la horripilante matanza. Los germanos comenzaron a celebrar la degollina, saqueando los restos del ejército romano. Vió horrorizado como algunos germanos recorrían el escenario de la matanza localizando las pocas cabezas romanas que no habían sido aplastadas, y los vió manipular en ellas, extrayendo una sustancia que guardaban en grandes vasijas de vidrio que transportaban a la tienda central. La cerveza corría por doquier, cánticos de victoria sobrevolaron el campo de batalla y pronto la horda germana, ebria de triunfo y cerveza, cayó en masa en el profundo sueño comatoso del triunfador borracho. Fue entonces cuando Tiberio Sertorio decidió efectuar una temeraria incursión en la gran tienda del centro del campamento. Pudo sortear sin dificultades a los descuidados y abotargados soldados germanos, y llegar a la gigantesca tienda cubierta de pieles. Practicó una abertura con su puñal y penetró dentro de la pieza, enorme como una carpa de circo de nuestra época. Del centro del habitáculo llegaba una monótona letanía, pronunciada en un idioma que el espía romano jamás había oído antes. Clavadas en el suelo de la tienda crepitaban cientos de antorchas, que a pesar de su número difícilmente proporcionaban a la enorme estancia una fantasmagórica luz mortecina y cambiante. Tiberio Sertorio avanzó, venciendo su aprensión, hacia el centro de la gigantesca tienda, donde una enorme estatua se alzaba hasta casi tocar el techo, difuminados y borrosos sus contornos por efecto de la poca luz. No obstante, cuando estuvo a unos diez metros de la enorme figura pudo contemplar horrorizado sus facciones. El monstruoso ídolo no era sino una gigantesca reproducción en una extraña madera negra y brillante de los horripilantes seres en que se habían convertido los germanos antes de la carnicería, presto para el ataque, con su horrible y enorme boca abierta, mostrando dos hileras de dientes increíblemente afilados. La extraña oración partía de una especie de sacerdote, arrodillado frente al monstruoso ídolo y rodeado por grandes calderos de metal llenos del extraño líquido rojo que había visto beber a los germanos antes del ataque. Tiberio Sertorio era un hombre inteligente y decidido. Comprendió en el acto que el futuro de Roma y del mundo civilizado pasaba por la destrucción de aquel horrible lugar. Se sobrepuso al miedo que recorría su espalda con helados dedos, y desenvainó su espada. No hizo el menor ruido, pero lenta y pausadamente, el sacerdote se giró hacia él. Vestía unos anchos ropones negros, y su cabeza quedaba parcialmente oculta por una amplia capucha, pero lo poco que pudo ver de su rostro sobrecogió aún más, si cabe, al valeroso romano. Una piel arrugada y de un gris ceniciento daban una sensación de increíble vejez a las semiocultas facciones del sacerdote. Pero lo que lo paralizó de terror fueron unos malignos ojillos verdes que se clavaron en su rostro como agujas que hurgaran en lo más hondo de su cerebro. Tiberio Sertorio permaneció paralizado frente a aquel espectral sacerdote; casi podía ver el aura de ponzoñosa malignidad que rodeaba su cuerpo. El siniestro personaje no mostró la más mínima sorpresa ante la presencia de aquel hombre cuyos nudillos habíanse vuelto blancos a fuerza de apretar la empuñadura de su espada germana. El sorprendido fue Tiberio Sertorio cuando escuchó las susurradas palabras que le dirigió el sacerdote sin apenas mover sus ajados labios.

- Te estaba esperando. Aún no es el momento. Aplazarás cientos de años nuestra inevitable victoria final, pero serás tú el involuntario y paradójico instrumento de nuestro futuro resurgir. Haz lo que tengas que hacer, romano.

Acto seguido, quedó inmóvil frente a Tiberio Sertorio, mirándole fijamente con aquellos malignos ojillos verdosos. Por fin recobró el romano el control sobre sus movimientos. Avanzó decidido y clavó su espada hasta la empuñadura en el pecho del sacerdote, que se desplomó sin exhalar ni un gemido. Ni una gota de sangre salió de su cuerpo. Tiberio Sertorio cuenta que tuvo la sensación de haber clavado su espada en corcho o una especie de madera porosa, no en un cuerpo humano. Pero no le quedaba tiempo para pensar en ello. Una actividad frenética se apoderó de él. Tenía que destruir aquella maldita tienda. Volcó los calderos con la sustancia por el suelo, y comenzó a lanzar teas encendidas contra las pieles que cubrían la tienda, que pronto comenzó a arder por varios puntos simultáneos. También se ocupó del ídolo. Pronto las llamas comenzaron a lamer la monstruosa figura, y Tiberio Sertorio tuvo el tiempo justo de escapar por una abertura de la tienda y, confundiéndose con el marasmo de germanos que corrían aturdidos por el campamento, escapar a uña de caballo de aquel horrible lugar".

- Ésta es, a grandes rasgos, la versión sobre aquella batalla que ha sido silenciada y tomada como falsa durante siglos -R. musitaba las palabras ensoñadoramente, como si sus pensamientos se perdieran en remotos tiempos y lugares-. Una droga, un bebedizo que transformó a los soldados germanos en enloquecidas bestias sanguinarias que despedazaron literalmente al enemigo romano. Según esta historia, la civilización, tal y como la conocemos ahora, no habría sido posible sin la intervención de un valeroso romano cuya simple existencia el mundo ha negado durante más de dos mil años.

- Tiberio Sertorio no destruyó toda la pócima, ¿no es cierto? -solté mi afirmación tal y como había venido el pensamiento a mi mente, como un trallazo de terrible lógica.

- Vaya, una vez más me felicito de saber escoger a mis amigos -el halago de R., que en cualquier otro momento hubiera cosquilleado agradablemente mi vanidad, me pasó totalmente desapercibido en aquellos momentos-. En efecto, mi querido amigo, siempre según la historia, Tiberio Sertorio, como buen espía, llenó varias cantimploras con la pócima antes de prenderle fuego a la tienda. Hizo un buen trabajo, puesto que, como ya le he dicho, los germanos fueron fácilmente masacrados por el ejército proletario de Cayo Mario en dos batallas posteriores. Parece ser que el sacerdote era el único que podía preparar la poción, y se llevó el secreto a la tumba, junto con el del horrible ídolo de madera negra. El caso es que nuestro espía embarcó en una trirreme rumbo a Roma, con el evidente objeto de informar a la secreta comisión de senadores sobre los terribles acontecimientos que había presenciado en Arausio. Fue en esos días de espera en los que redactó el manuscrito del que le hablaba antes, manuscrito que dejó a buen recaudo antes de embarcar, quizás previendo lo que iba a sucederle. Porque Tiberio Sertorio jamás llegó a pisar el puerto de Ostia. Una terrible tempestad envió a pique a la nave romana. ¿Quiere usted acabar la historia, amigo mío?.

No me costó nada hacerlo. Todo estaba demasiado claro. Una increíble casualidad había puesto en contacto el caso del asesinato de P. con una de las pocas personas que podía establecer una conexión con una viejísima y oscura historia que presuntamente había sucedido hacía más de dos mil años.

- P. buceó en la trirreme en la que viajaba Tiberio Sertorio. El ánfora que rescató era la que contenía la droga, droga que él tomó por vino, posiblemente porque formaba parte del bebedizo para hacer más grato su sabor, o por ser parte de la fórmula, ¿no es así?.

- Efectivamente -R. hizo ademán de levantar su copa para brindar por mi acertada conclusión, pero algún mecanismo en su interior congeló su brazo a mitad del gesto - P. ofreció a sus invitados, no un vino de dos mil años, sino una potentísima droga que los transformó en bestias asesinas. Pero supongo que si usted contempla todos los aspectos del caso, encontrará piezas de este horrible puzzle que no encajan del todo, ¿no es verdad?. Adelante, amigo mío, no defraude usted mis expectativas respecto a su inteligencia.

Desgraciadamente para mi, el caso se había convertido en un enorme globo que había estallado justo delante de mi cara, y todos sus demenciales detalles se clavaban como finas agujas en mi cerebro. Apoyé mi cara sobre la palma de mi mano, y musité las espantosas conclusiones que se agolpaban en mi mente.

- Supongo que se refiere usted al hecho de que A.D. y O.D., los invitados de P. lo atacaran y descuartizaran salvajemente. No me resulta demasiado difícil establecer un paralelismo con los acontecimientos de Arausio. El contenido del ánfora hubiera resultado inofensivo de no haberse establecido una horrible casualidad, corríjame si me equivoco. Amigo R., le cedo a usted el dudoso honor de concluir esta historia. ¿Me equivoco o los invitados de P. eran...?

- Sí -me interrumpió bruscamente R.-, eran alemanes. De Colonia, concretamente; estaban pasando unos días de vacaciones en casa de P. Supongo que era ésa su conclusión, pero aún me queda una pequeña y macabra sorpresa para usted. A.D. y O.D. estaban invitados por una conocida universidad para dar unas conferencias, dado que eran unas verdaderas eminencias en su profesión.

- ¿Qué profesión? -me ahogaba al pronunciar estas palabras, mi boca estaba seca como el corcho- Dios mío, ¿qué profesión?.

- Dudo mucho que su Dios tenga algo que ver en todo esto amigo mío. Químicos, eran químicos. De los mejores. Y auténticos especialistas en alquimia antigua.

R. enmudeció y su mirada se clavó en el viejo Mare Nostrum, cuyas olas lamían débilmente la arena. Por toda la costa mediterránea, el bullicio de miles de turistas llenaba pueblos, playas y ciudades en desordenada mescolanza. Toda una marea de visitantes franceses, italianos, rusos...alemanes.

A Robert Graves

Agradecimientos:
· A Colleen Mccullough, por darme la idea para este relato con su fantástica descripción de la batalla de Arausio en su libro "El primer hombre de Roma".
· A mi amigo Toni Gutiérrez, por recomendarme y prestarme el libro anteriormente citado, haciendo gala nuevamente de un buen gusto inusual en estos tiempos de mediocridad.
· A todos aquellos escritores e historiadores que escriben sobre la maravillosa y apasionante historia de Roma.

 

(c) Andrés Moreno Galindo, Cornellá de Llobregat, 4 de Junio de 2001.
 
 

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