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ADRIANA

por Isabel Ricardo Osorio

Los faros del camión iluminaban la vía proyectando alargados conos de luz.
Jorge cabeceó ante el timón, en lucha contra el sueño que pesaba sobre sus párpados. Pensó dormir unos minutos, pero la soledad de la carretera le infundía un poco de aprensión. De la radio brotaba una música suave que cesó para dar paso a una locutora que anunció un nuevo boletín de noticias. La voz lo espabiló y prestó mas atención al volante. Miró la hora. 1.50 PM. Dentro de tres horas... ¡en casa!. Pensó.
El asfalto se extendía en línea recta, con suaves ondulaciones, permitiéndole presionar mas el acelerador y apresurar la marcha.
Avanzó unas cuantas millas y al llegar al borde de un extenso pinar, divisó una silueta que se erguía solitaria y le hacía señas. Detuvo la marcha.
La mujer subió, llevando consigo un extraño olor, como de hojas secas.
La luz de la cabina la iluminó, permitiéndole admirar la divina belleza de su rostro. El cabello ensortijado, de un color rubio oro, le caía desordenado sobre la espalda de un blanco marfileño y sus ojos de un azul profundo le miraban sonrientes. Su vestido blanco la hacía parecer etérea. Llevaba un chal de gasa, con el que se cubría los brazos alabastrinos.
Se preguntó que haría aquella joven en la carretera a semejante hora e hizo mutis mentalmente, sin ningún comentario.
Ambos iban en silencio, mirándose con el rabillo de ojo.
Por fin, él rompió el silencio.
- Hacia donde vas.
- Al pueblo cercano.
- ¿ Vives Allí?
- Allí permanezco- respondió ella con un ligero titubeo.
- Es extraño encontrar una persona a esta hora y en un lugar tan solitario. ¿ No tienes miedo ¿
- No, no tengo miedo.. Lo que estoy es, cansada. He caminado toda la noche.
- Bueno, puedes descansar e incluso dormir un poco, si lo deseas.
Ella no respondió y Jorge, no se atrevió a quebrar el silencio, intimidado no sabía por que, pero de ella emanaba un aura misteriosa y lúgubre a pesar de toda su hermosura.
El viaje continuó. Ya no dormitaba, solo observaba la muchacha que permanecía con la vista fija, ligeramente recostada contra la puerta, escuchando la música radial, que tenía como fondo el monótono ronroneo del motor.
Los kilómetros pasaban con prisa. Ante ellos desfilaban veloces, pequeños bosques, llanuras y una que otra corriente de agua.
Por fin avistaron a lo lejos las luces de la ciudad.
- Ya casi llegamos.
- Si.- respondió ella, con una sonrisa que le iluminó el rostro.- Estoy al terminar mi viaje.
- No me has dicho tu nombre.
- Adriana. Me llamo Adriana Fernández Almodóvar- para servirte en este mundo y en el otro.- respondió, con un pequeño mohín en su rostro y tendiéndole una mano que él estrechó, admirándose de su frialdad.
- Puedo volver a verte algún día.
- No sé, pero todo es posible.
Casi a la entrada de la ciudad, le pidió detenerse. Musitó un adiós y se despidió con una mirada que jamás olvidaría.
Quedó una vez mas, solitaria en la carretera desierta.

II

Pasaron varios días, en los cuales Jorge repetía su nombre con fruición, saboreándolo como panal de miel, hasta que sus andanzas lo llevaron de nuevo por la misma ruta.
Llegó a la ciudad y comenzó a preguntar si alguien la conocía. Después de infructuosas pesquisas llegó hasta una de las calles mas lejanas. Aparcó el camión frente a una casa desvencijada e indagó por la dueña. Una anciana de cabello cano y ojos azules apoyada en un nudoso bastón se asomó a la puerta.
A su pregunta, ésta solo respondió con un fruncimiento de cejas y un murmullo ininteligible. Luego ordenó:
- Vamos, te voy a llevar donde está ella.
Un palpitar de alegría estremeció el corazón del hombre y ayudó a la anciana a subir.
Lo llevó dando un rodeo, hacia las afueras de la ciudad. Se detuvieron ante frente a un cementerio.
- Vamos, muchacho, baja y ayúdame.
Descendió y ambos entraron por el amplio portón. Caminaron por la calle principal, para luego desviarse hacia la izquierda.
Allí, en una lápida de mármol blanco, podía leerse escrito en letras negras:
Adriana Fernández Almodóvar- 1920-1943
Que la paz del Señor sea contigo. Amen.

III

Si un rayo hubiera caído a sus pies, la impresión sería menor. Tembloroso se volvió hacia la anciana en espera de alguna explicación.
- Era mi hermana.- Oyó como en un sueño.
Murió de tifus y no sé que tienes tú que ver en todo esto. Él, con los ojos húmedos, le contó la historia.
- Por la descripción, no tengo dudas de que era ella. Lo que no comprendo es por qué.
- Yo tampoco.
Regresaron.
Una vez mas estaba en la carretera. Jorge apretó el timón con las dos manos y sin darse cuenta aceleró mas y más. Se acercó paulatinamente a una rastra con la evidente intención de adelantarla.
Vio la otra cuando ya la tenía encima, y ante su rostro la figura de Adriana increíblemente suspendida en el aire, protegiéndole del terrible impacto. Su camión salió disparado hacia la cuneta, convertido en un amasijo de hierros retorcidos. Una tenue neblina flotaba ante sus ojos.
Escuchó personas a su alrededor, ordenando que lo sacaran, pero en su cerebro martillaba una y otra vez la misma voz:
Aun te quedan muchos años por vivir... prometí servirte en este mundo y en el otro... Aun te quedan muchos años por vivir... prometí...


(c) Isabel Ricardo Osorio
 
 

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