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LA ERA DE ACUARIO

por Carlos Gardini


La hoguera cubría el horizonte y el mar resplandecía como fuego líquido. Aun a kilómetros de distancia podíamos ver las llamas que arrasaban Nueva Sumatra. Toneladas de ignito devoraban la selva. Creí oír un gemido animal, pero me dije que no se podía oír nada desde tan lejos.
-Espero que los shingos la estén pasando mal -le dije a Olga Montrel, mi confidente y copiloto. Disfrutábamos de un descanso después de horas de vuelo ininterrumpido. Mirábamos el incendio apoyados en la baranda que daba al mar. Alrededor de las llamas la noche de Acuario era opaca y negra como carbón. El humo y las nubes tapaban las estrellas, y me alegraba no verlas porque no quería sentir nostalgia.
-A veces yo también quisiera odiarlos -dijo Olga-. Pero no sabemos mucho sobre ellos.
No sabíamos mucho, al margen de las fotos que nos habían mostrado en las lecciones de entrenamiento. Según las fotos eran amarillos, bajos, humanoides y repugnantes. Nos mostraban las fotos para que viéramos al enemigo invisible.
-Estoy agotada -dijo Olga-. Voy a aprovechar el descanso para dormir.
-¿Con quién vas a soñar? -le pregunté.
-Los soldados no sueñan -dijo Olga.
Aferré la baranda y miré el espejeo de las llamas en el oleaje. Las aguas parecían mansas, pero esa corriente podía arrastrar a un hombre hasta Nueva Sumatra en menos de un día. De pronto me sentí mal. El cuerpo me ardía. Tuve ganas de tirarme al mar.
-A veces me pregunto por qué hacemos esto -murmuré.
-Por la más antigua de las razones -dijo Olga.
-¿Dinero?
-Desesperación -dijo Olga. Me palmeó el hombro y se despidió-. ¿Vas a dormir?
-Tal vez tome unos tragos con Am-Bó.
-No te emborraches demasiado -dijo Olga mientras caminaba hacia la barraca-. Mañana tenemos lección. -Dijo algo más, pero el paleteo de un helicóptero que aterrizaba en el hospital de la base le tapó las palabras.
No me emborracharía demasiado, pero me emborracharía. Tomaría el ómnibus militar hasta el pueblo y empinaría unos tragos con Am-Bó. Pocos, pero no por cuidar mi salud, sino mi bolsillo. Quería tener un buen fajo cuando completara mis dos años de servicio en Acuario. Un año de Acuario era un poco más corto que un año terrestre, pero ése era sólo un dato académico. En el mundo real, dos años en Acuario eran una eternidad en el infierno. Nuestro consuelo era que la Tierra tampoco era un paraíso, aunque quizá pudiera serlo con una buena cuenta bancaria. A la vuelta quería contar que había pasado dos años matando shingos, pero aclarando que además de héroe era rico. Los soldados no sueñan. El dinero era el mejor pasaporte a la gloria.
Me encontré con Am-Bó en la parada del ómnibus. Nos llevábamos bien, y yo casi no hablaba con el resto de los pilotos. En realidad, tampoco hablaba mucho con Am-Bó. Tal vez por eso nos llevábamos bien. Esa noche Am-Bó sudaba febrilmente. La tez oscura le brillaba como un grano de café.
-Me siento mal -dijo-. Estoy descompuesto.
-Nos pasa a todos. Es como si hubiera algo en el aire.
-Son las llamas -dijo Am-Bó-. ¿Viste las llamas? Nunca las habíamos visto con tanta claridad desde aquí.
-Nunca habíamos tirado tantas bombas.
-Tantos árboles quemados -dijo Am-Bó.
-Los botánicos plantarán bonitos árboles cuando terminemos con los shingos.
-¿Por qué hacemos esto? -dijo Am-Bó-. ¿Sólo por dinero?
-Por generosidad -dije-. Nos gusta sacrificarnos por las generaciones futuras.
Subimos al ómnibus con otra media docena de amantes del sacrificio, todos ansiosos de brindar por las generaciones futuras. El ómnibus nos llevó hacia el pueblo por el camino de la costa. Camino era una forma de decir. La tierra ripiosa y mal apisonada de Acuario repiqueteaba contra la parte inferior del ómnibus. Pueblo también era una forma de decir. Era un caserío que había crecido a la sombra de la base militar y ni siquiera tenía nombre. Pocas cosas tenían nombre en Acuario, o preferíamos no averiguarlo. En el caserío había ganapanes de toda calaña que se empeñaban en sacarnos la plata que nosotros queríamos ahorrar. Había drogas, alcohol, prostitución para todos los gustos. Los soldados no sueñan, pero necesitan distracción. Al borde del camino había un letrero:



PUEBLO: 1 KM.
BASE: 3 KMS.
TAHITÍ: 7 AÑOS-LUZ, KILÓMETRO MÁS O MENOS


Tahití era uno de esos nombres que se repetían en mi vida. Muchos años atrás, cuando el mundo y yo éramos más jóvenes, un profesor de geografía me había explicado que era una isla con palmeras, playas, cocos y mujeres, más cocos que palmeras, y más palmeras que mujeres. Un paraíso bajo el sol, decían las agencias de turismo: un paraíso bajo un sol que no era el disco pálido que iluminaba el cielo de Acuario. Quizá las agencias de turismo y los profesores de geografía mentían y Tahití era sólo otra ruina en el basural de la Tierra. Mi profesor había explicado que era uno de los pocos lugares que habían sobrevivido intactos a la Guerra Limitada de 2053. Cuando le pregunté cómo eran los cocos, me respondió que eran cosas peludas que colgaban de las palmeras. Espero que las mujeres no sean peludas, dije yo. Quién sabe, dijo mi profesor, el mundo no es como antes. Eso decían todos, que el mundo no era como antes. Pero yo no renunciaba a la esperanza de vivir un día entre palmeras con el dinero acumulado por arrojar toneladas de ignito sobre otros árboles que quizá también tenían cosas peludas.
-¿No estás casado? -preguntó Am-Bó. Sin duda se sentía mal. Él nunca hacía esas preguntas.
-No -le dije.
-Eso está mal -gimió Am-Bó, aferrándose el vientre.
Am-Bó era mala compañía esa noche. Viajó encorvado en el asiento todo el trayecto, y cuando llegamos al pueblo caminó encorvado por la calle, dando arcadas y preguntándome por qué no me había casado. La calle presentaba el habitual desfile de rameras, rufianes, traficantes y soldados de todas las razas y todos los sexos. Había guardias de seguridad por todas partes. Se decía que los shingos podían llegar hasta allí y tomarnos por sorpresa. Sin embargo nadie había visto un shingo en ese lugar, y los guardias de seguridad se dedicaban a arrestar, aporrear y extorsionar. La civilización daba sus frutos. Ya éramos una sociedad sofisticada.
Am-Bó y yo entramos en nuestro bar favorito, Mundos En Colisión. Un cartel de neón que colgaba sobre la entrada ilustraba los mundos en colisión: genitales de ambos sexos chocando eléctricamente por obra de los efectos luminosos. Adentro nos recibió la acostumbrada onda sísmica de música machacona y colores rabiosos. Una pareja desnuda bailaba un tango en una tarima. Alrededor se apiñaba gente borracha, o fumada, o ambas cosas. En un mural de video que ocupaba una pared entera se proyectaban escenas sexuales y explosiones nucleares. Órganos velludos se confundían con hongos de humo brillante. Nos sentamos a una mesa y pedimos un trago.
-¿Por qué no te casaste? -insistió Am-Bó-. Tendrías que haberte casado.
-¿Para qué, Am-Bó?
-Casarse, tener hijos. Es lo natural, no?
-¿Quién quiere tener hijos en ese basural, Am-Bó?
-En mi tribu tenemos hijos -dijo Am-Bó-. Mi gente no vive en un basural. Amamos la naturaleza.
-Yo también, Am-Bó -dije, pensando en palmeras y mujeres. La naturaleza, para Am-Bó, era una aldea miserable donde la gente no moría de contaminación sino de causas más puras como las fieras y el hambre. Se había enlistado para estar a siete años-luz de la naturaleza.
-¿Viste esas llamas? -dijo Am-Bó-. Nunca habíamos visto las llamas desde aquí. Nunca.
-Calma, Am-Bó. Aquí adentro no hay llamas. Sólo hongos nucleares.
-Pidamos otro trago -dijo Am-Bó.
Un par de querubines, macho y hembra, o algo a medio camino entre ambos polos, se acercaron para ofrecernos sus respectivas mercaderías.
-No -dijo Am-Bó-. No, no, no. Quiero ver a mis hijos.
-Juguemos a que hacemos más -le dijo el querubín hembra.
El otro me sonrió y me tocó las alas del cuello del uniforme.
-Piloto, ¿eh? ¿Por qué no vamos a volar, soldado?
-Esas llamas -dijo Am-Bó-. No me las puedo quitar de la cabeza. Tantos árboles quemados.
-Hoy es oferta especial -me dijo el querubín macho.
-Oí que esta semana abarataron la carne -dije-. Pero soy vegetariano.
El querubín hembra lo apartó de un empujón.
-No le gustan los hombres -dijo-. No me hagas perder clientes. -Me acarició la mejilla, y también acarició a Am-Bó-. ¿Qué tal un vuelo para tres? Clase económica. No es tan mala como dicen.
-Basta -dijo Am-Bó. Partió el vaso contra el canto de la mesa y empezó a levantarse. Esgrimía el vaso roto como un cuchillo. Vi a un guardia de seguridad apoyado en el mostrador, observándonos. Un escándalo podía significar varios días de arresto. Varios días de arresto eran varios días de vida garantizada, pero también varios días sin paga, más descuentos por esa inmundicia que llamaban comida y las demás gentilezas de la hotelería carcelaria. La muchacha abrió la boca para gritar. Se la tapé y la senté en mis rodillas.
-No te pongas histérica -dije-. Él es inofensivo, sólo que odia los vasos. -Miré severamente a Am-Bó, que se sentó y soltó el vaso roto.
La muchacha me acarició el cuerpo. Le dejé la boca libre y empezó a besarme.
-Tendrías que casarte -dijo Am-Bó. Había bebido de más, o tal vez de menos-. Esas llamas -dijo. Y añadió-: Lumdara.
-¿Qué es eso, Am-Bó?
-Lumdara -repitió-. Esas llamas. Lumdara.
Me incliné sobre la mesa para tranquilizarlo. Sin querer apretujé a la muchacha, que soltó un quejido y me pellizcó el brazo.
-Voy al baño -dijo Am-Bó-. Me siento mal. -Se levantó y se abrió paso a empujones en la multitud de los que bailaban, bebían o copulaban en el humo y las luces.
-¿De dónde sacaste a ese energúmeno? -preguntó la muchacha.
-No sé elegir bien mis compañías.
-Te puedo enseñar. ¿Qué tal la mía, por ejemplo?
-De acuerdo -dije-. Me gusta tu conversación.
-¿Sólo eso?
-No tengo plata para el resto.
-¿Quién te enseñó a tratar a las mujeres? ¿Ese amigote?
-No -dije-. Soy autodidacta.
Se levantó bruscamente y se fue. No la eché de menos. No era mi noche para mujeres. Me quedé sentado, bebiendo y mirando los hongos nucleares en el mural de video. La música me martillaba los oídos. Era justo lo que necesitaba para tener la mente en blanco. Los soldados no sueñan. Creí oír de nuevo ese gemido animal, pero me dije que no se podía oír nada con tanto ruido.
Al cabo de media hora Am-Bó aún no había regresado. Decidí ir al baño a buscarlo. En mi apuro, empujé sin querer al querubín que me había tocado las alas del uniforme. Se estaba besuqueando con uno de los pilotos.
-Adiós, rudo -me gritó el querubín-. No te hagas encima.
Entré en el baño y busqué a Am-Bó. Varios cuerpos en diversas etapas de desnudez se revolcaban en el suelo. Uno de ellos era negro y se meneaba sobre alguien de tez cobriza. Me acerqué y le toqué el hombro.
-No fastidies -rezongó una voz que no era la de Am-Bó-. Hay para todos si quieren pagar.
Abrí una por una las puertas de los retretes individuales. En casi todos había dos o tres individuos disfrutando de sus mundos en colisión. No me miraron con simpatía. En el quinto retrete encontré a Am-Bó. Estaba sentado en el inodoro, el caño de la pistola en la boca, los ojos abiertos y la cabeza destrozada. Un cuajarón de sangre y sesos manchaba la pared.
-Dios mío -dije.
Retrocedí, dejando la puerta abierta.
-Dios mío -repetí, alzando la voz.
-No creo que lo encuentres aquí, amor -me dijo una de las muchachas que antes se revolcaba en el suelo.
-¿Nadie oyó el disparo? -pregunté, señalando el cadáver de Am-Bó.
La muchacha lo miró sin curiosidad, acomodándose la ropa.
-Me pareció oír un ruido fuerte -dijo-. Qué lástima. Creí que era ese éxtasis dorado del que hablan las revistas.


En la sala de instrucción, la gente hablaba para matar el tiempo mientras esperaba. Yo no hablaba para matar el tiempo sino porque era una pila de nervios. Mundos en colisión se estrellaban en mi cabeza.
-No fue tu culpa -insistió Olga-. Algunos no pueden aguantar.
-Se sentía mal -repetí-. No debí dejar que fuera solo al baño.
Olga me tomó la mano.
-Vamos, Sikorsky -dijo-. No se puede ser Dios. ¿Como ibas a saber que quería matarse?
-No se portaba normalmente.
-Aquí nadie se porta normalmente.
-Me preguntó una y otra vez por qué no me había casado. Repetía una palabra, Lumdara. ¿Qué es eso?
-¿Lumdara? Alguna vez me habló de eso. Es una palabra religiosa. Dios, o algo parecido. El lugar donde los que mueren se reúnen con sus antepasados.
-Supongo que allí es donde está ahora. Pobre diablo. Dondequiera que esté, no puede estar peor que aquí.
-Siempre alentador, Sikorsky. Es una alegría tenerte cerca.
-Perdón, te agüé la fiesta. Olvidaba que teníamos que celebrar un entierro.
-Los soldados a veces mueren, Sikorsky. ¿No lo sabías? -Olga me soltó la mano. Sonreía, pero tenía los ojos húmedos.
-No es justo. Am-Bó no merecía morir así.
-¿Quién te contó que la vida es justa?
El oficial de instrucción entró en la sala y todos callamos. Nos pusimos de pie para saludar.
-Pueden sentarse -dijo el oficial, quitándose los anteojos. Siempre se quitaba los anteojos para no vernos bien las caras. Odiaba ver nuestras caras, y había tenido la gentileza de explicarlo desde el primer día.
Desplegó un mapa sobre la pizarra. En el mapa había islas. Una de ellas estaba coloreada de verde y tenía casi el tamaño de un continente. Conocíamos de memoria ese mapa y esa isla. Esa isla era Nueva Sumatra, la lengua de fuego que brillaba sobre el horizonte en la noche. Eso era Acuario para nosotros: pequeñas islas ripiosas y una isla grande cubierta de vegetación y poblada de shingos. Se llamaba Nueva Sumatra porque el contorno se parecía al de la isla de Sumatra de la Tierra. El universo no era muy original, y a años-luz de distancia repetía diseños como si nadie pudiera descubrir su falta de creatividad. El que había llamado Acuario a ese mundo de mares e islas tampoco era muy original. Nuestra base, un puesto de frontera en permanente contacto con una precaria estación orbital, estaba en una de las islas pequeñas, pero Nueva Sumatra había sido el objetivo inicial de la campaña de colonización. Los primeros colonos habían fumigado la selva con gases tóxicos para ganarle espacio a esa Tierra Prometida. La selva creció de nuevo, cercó y ahogó los poblados. Muchos colonos murieron o desaparecieron. Los fugitivos echaron la culpa de las muertes a tribus humanoides. Mostraron fotos de enanos amarillos y pidieron protección armada. Atacaron la selva con gases, llamas y explosivos, pero la vegetación siempre crecía de nuevo, cada vez con mayor celeridad. La compañía de colonización se negó a invertir más dinero y pidió intervención militar. Los militares anunciaron que harían las cosas a su manera: invadirían la isla, dejarían unos enanos de muestra y los encerrarían en una reserva. Las generaciones futuras podrían lamentar el exterminio de una raza sin la incomodidad de tener que convivir con ella. Pero no resultó tan sencillo. La guerra se prolongó y se complicó. Se decía que los shingos no tenían tecnología digna de ese nombre, pero sus lanzas y troncos derribaban nuestros aparatos con una precisión desconcertante que nos volvía religiosos de golpe cuando sobrevolábamos la selva. Cuando se empezaron a usar bombas de ignito, la Comisión Ambiental protestó tímidamente, pero varios políticos alegaron que no había derecho a que esos enanos gozaran de una selva limpia cuando la Tierra era un basural. Tal vez era un típico caso de mundos en colisión. Gracias a este estado de cosas, muchos parias como yo cobraban sueldos respetables. ¡ANÍMESE A VIVIR LA ERA DE ACUARIO!, decían los folletos destinados a reclutar mercenarios y colonos. La vivíamos, sin duda, aunque en algunos casos por poco tiempo. Am-Bó era uno de esos casos.
Anteriormente los desembarcos de tropas en las zonas limpias habían fracasado porque la selva volvía a extenderse deglutiendo personal y material. Ahora saturábamos la isla con ignito. Si era preciso, toda Nueva Sumatra ardería, comentó jovialmente el oficial: tal vez ni siquiera quedaran enanos de muestra.
-¿Cuál será el costo para nosotros? -preguntó un novato.
-Elevado -dijo el oficial-. Tal vez usted sea parte del costo.
-Mi pregunta -dijo el novato- es por qué la Comisión Ambiental no levanta la prohibición de armas nucleares. eso facilitaría las cosas.
-Le daré un consejo -dijo el oficial-. Déjenos dirigir la guerra a nosotros. Usted limítese a morir como un héroe.
Los novatos siempre hacían las mismas preguntas y siempre recibían las mismas respuestas. Después de 2053, nadie quería oír hablar de armas nucleares. La Comisión Ambiental no era insensible al soborno, pero en eso era terminante. La prosa de los burócratas exigía guerras higiénicas. Nadie quería que Nueva Sumatra permaneciera inhabitable veinte años. A fin de cuentas, sobraban armas convencionales en desuso y héroes prescindibles. Qué más daba. Yo había aprendido a no hacer preguntas, salvo cuando se atrasaban los cheques.
El oficial nos asignó objetivos, rutas, horarios, planes alternativos. Comentó al pasar que muchos moriríamos en esa semana de operaciones intensivas, y que tal vez no fuera tan fácil como volarse la tapa de los sesos en el baño de un tugurio.
-Muchos caerán, y no sabemos qué hacen los shingos con los prisioneros -dijo. Y añadió con una sonrisa-: Tal vez no respeten la Convención de Ginebra. -Dejó de sonreír cuando vio que nadie festejaba lo que aparentemente era una broma-. Supongo que ya nadie recuerda qué era eso -suspiró. Se puso los anteojos, plegó su mapa y ordenó que nos retiráramos.
-Lo que me agrada de ese hombre es su calidez -le dije a Olga al salir de la sala.
-Tu problema, Sikorsky, es que te gusta que te mimen.
-Tal vez -dije-. Mis tiempos de piloto comercial en la Tierra eran más apacibles.
-Pero menos lucrativos, ¿verdad?
-Me pagaban una miseria, pero al menos tenía la esperanza de que alguna vez me pusieran en la ruta de Tahití.
-Esta es la ruta más corta a Tahití, Sikorsky. Creo que la muerte de Am-Bó te ha puesto sentimental.
-Viejas heridas -murmuré.
Olga me miró con dulzura.
-Calma, soldado. Ya van a cicatrizar.
-Supongo. ¿No es curioso? Al final sólo quedan cicatrices de todo.
-La originalidad no es tu fuerte, Sikorsky, pero sé de qué estás hablando. Soy una gran cicatriz ambulante.
-¿Cuitas de amor?
-Lo de siempre. -Olga sacó del bolsillo una foto en blanco y negro. Era en efecto la foto de siempre, cada vez más ajada. El hombre de la foto me miró con sus ojos borrosos. Olga guardó la foto.
-Los soldados no sueñan -le dije-. ¿Por qué no te has acostado con nadie de la base?
-Soy una mujer madura, Sikorsky. No iría a la cama para matar el aburrimiento.
-¿Sólo por amor? -pregunté.
-Sólo por dinero. Y aquí nadie quiere gastarlo conmigo.
-A veces, Olga, pienso que tu romanticismo es incurable.
Matar el aburrimiento no sería problema a partir de unas horas. Teníamos asignado un vuelo para el amanecer. Acababan de llegar nuevas partidas de ignito. En la pista y los hangares los técnicos trabajaban sin descanso, revisando los aviones y cargando las bombas. Pasé la tarde mirando el mar. Tenía un mal presentimiento. Al anochecer fui a la barraca, me senté en el catre y revisé mi equipo: paracaídas, chaleco salvavidas, aparato de señales. Alguien me palmeó el hombro y me hizo una broma. Reí sin ganas. Salí a caminar por la orilla, miré el horizonte en llamas y recordé a Am-Bó. Algunas estrellas asomaron en el cielo humoso. En alguna parte de esa negrura había un grano de polvo con un sitio que se llamaba Tahití. En alguna parte de alguna parte había tal vez algo o alguien que se llamaba Lumdara.
-Imbécil -le dije en voz alta al burócrata que dirigía o creía dirigir el universo. Desde luego no me respondió. Nunca respondía, y menos a quienes no creían en él o no lo llamaban por su monosílabo de pila.
Al amanecer, acurrucados en nuestra cabina doble, Olga y yo despegamos con nuestra escuadrilla rumbo a nueva Sumatra. El sol blanco de Acuario irradiaba su luz lechosa desde el horizonte. El mar era una lámina cobriza.
-Tengo un mal presentimiento -le dije a Olga.
-Mi madre dijo lo mismo antes de tenerme -dijo Olga.
Llegamos a la isla y sobrevolamos franjas de tierra calcinada. El fuego se había apagado en partes, dejando extensiones de ceniza humeante que festoneaban la selva como heridas cauterizadas. Cuando nos acercamos a una zona intacta, la escuadrilla se abrió en abanico. Había que distribuir las bombas abarcando la mayor superficie posible y necesitábamos margen de maniobra para eludir los proyectiles enemigos. Olga observaba el visor para detectar movimientos hostiles mientras se preparaba para arrojar la carga. El sensor captó un movimiento en la selva. Puntos luminosos titilaron en la pantalla mientras una andanada de troncos oscurecía el cielo. Viramos para esquivarlos. Uno de nuestros aviones no maniobró a tiempo y los troncos lo despedazaron. Casi al mismo tiempo, la copa de un árbol se abrió como una mano y cerró dedos nudosos sobre otro aparato, arrancándole las alas.
-Cada vez están más rápidos -dijo Olga-. Ni siquiera les dejaron soltar las bombas.
-Soltemos las nuestras y vámonos de una vez.
Volábamos casi a ras de los árboles, produciendo un remolino en la extensión verde. Nuevos proyectiles volaron hacia nosotros. Mientras yo zigzagueaba para evadirlos, Olga descargó las bombas una por una. Lenguas de fuego pegajoso lamieron la selva. Creí oír de nuevo ese gemido animal, pero me dije que era imposible oír nada con el ruido de los motores. Empecé a elevarme para emprender el regreso, aunque no convenía elevarse demasiado: el combustible era costoso, y había un premio para los pilotos ahorrativos.
Una esfera luminosa parpadeó en el visor.
-Cuidado adelante -dijo Olga.
Una especie de erizo vegetal volaba hacia nosotros. Elevé la nariz del avión. Oímos un crujido. El metal cimbró. Los motores chirriaron. El avión se encabritó y entramos en tirabuzón. El cielo y los árboles giraban violentamente alrededor. Las protestas electrónicas del visor indicaban daños serios. Nos faltaba media cola. Logré estabilizar el avión, pero no había modo de regresar en esas condiciones.
-Tenemos que saltar -dije-. Antes de perder más altura.
-No quiero saltar aquí -gritó Olga-. En medio de la selva.
-¿Se te ocurre algo mejor?
-Busquemos un hotel con playa privada -dijo Olga, pero no se reía. Señaló una de las zonas calcinadas donde el fuego se había apagado.
-No vamos a llegar allá -dije-. Saltemos ahora.
-No quiero saltar aquí -repitió Olga.
Ya era tarde de todos modos. Volábamos nuevamente al ras de la arboleda.
-Voy a tratar de aterrizar -dije.
-Arborizar es la palabra -dijo Olga-. ¿Más presentimientos?
-Sólo un par.
-No me los cuentes.
Se suponía que la cabina doble era resistente a los impactos. Recé para que fuera cierto.
-No reces ahora -dijo Olga-. Dios está ocupado protegiendo a esos enanos.
Rozamos el follaje, y las ramas y las hojas nos lamieron como llamas verdes, tamborileando furiosamente contra el avión. Las alas se desprendieron como papel. Sentí contracciones en el vientre, la cara y las piernas. Frenamos con un cimbronazo y todo se detuvo de golpe. Estábamos colgados entre los árboles. Había pedazos de avión todo alrededor. Temí que también hubiera pedazos míos, pero me toqué y estaba entero. Al recobrarme del aturdimiento, noté que mis rezos no habían servido de mucho. Había un boquete en la cabina. Olga estaba desmayada y tenía el uniforme manchado de sangre. El visor parpadeaba histéricamente. Me desabroché la correa y me moví despacio. El avión se ladeó pero no cayó del todo. Se reacomodó apoyándose con firmeza en una rama. Irguiéndome con cautela, me cercioré de que no se inclinaría más. Me levanté del asiento. Quería revisar a Olga, pero para eso tendría que moverla, me gustara o no. Corté las correas con la navaja y preparé una especie de hamaca. Salí de la cabina y apoyé los pies en una rama. Sentía repugnancia al tocar el árbol. El tronco tenía una textura carnosa y blanda. Miré alrededor y no a vi a ningún shingo cerca, pero aun así me sentía observado. Usando las correas, logré sacar a Olga de la cabina y bajarla despacio. Por suerte estábamos a poca distancia del suelo. Tomé el botiquín de emergencia y salté. Abrí el botiquín. Se suponía que debía contener raciones, medicamentos, municiones, una tienda inflable, todo para dos. La mitad del botiquín estaba vacía. Lo único para dos era la tienda inflable. Alguien tenía ideas muy personales sobre la economía de guerra. Inflé la tienda. Arrastré a Olga adentro y le inyecté una dosis de medicación para bajar la fiebre, paliar el dolor, detener la hemorragia. Le rasgué el uniforme y le examiné la herida. Tenía un trozo de metal clavado en la carne. Había costillas fracturadas y astilladas. Le quité el casco, le acaricié el pelo negro. Su frente ardía. Olga no era demasiado bonita, pero tenía una cara atractiva y enérgica. La fiebre parecía duplicarle la energía en vez de consumirla. Los soldados no sueñan, pero en ese instante ella tal vez soñaba. Le quité la pistola para tenerla a mano junto a la mía. Temí que los shingos llegaran de un momento a otro, y me pregunté qué harían con los prisioneros. Un relámpago cruzó el cielo pálido y un trueno rodó sobre el follaje. Poco después empezó a llover. En Acuario llovía a menudo, pero el agua no apagaba el fuego de ignito. El ignito mordía las cosas como un perro rabioso y no las soltaba hasta consumirse. No era un consuelo. Habría preferido estar en Tahití.
Entreabrí la entrada de la tienda y me puse a mirar la selva con más atención. El cielo nublado se veía apenas entre las ramas goteantes. La penumbra verde y amarilla parecía palpitar. Las hojas aleteaban bajo el tamborileo de la lluvia. El ruido de los truenos se confundía a lo lejos con el rugido de los bombarderos. Sentí pánico, pero intenté combatirlo. Debía pensar con serenidad. Activé la señal de emergencia para que los helicópteros de rescate pudieran detectarnos. La señal, sin embargo, no serviría de mucho mientras estuviéramos entre esos árboles. Teníamos que llegar a un claro donde pudieran aterrizar. La señal también serviría para que no bombardearan ese sector por unas horas. Después de ese período de gracia una bomba de ignito podría achicharrarnos en cualquier momento, y yo no tenía vocación de Juana de Arco. Habíamos aterrizado, o arborizado, a poca distancia de una zona limpia. Eso significaba unas horas de trayecto a pie por la selva. Pero dudaba que Olga pudiera caminar, y no podía abandonarla. Al verla así, agitada en su fiebre, comprendí que era todo lo que me quedaba en el mundo. También comprendí que era algo más que mi confidente y copiloto. Quizá no fuera el mejor momento para comprenderlo. Le acaricié la mejilla. Olga despertó. Le pregunté si le dolía.
-Me siento bien -dijo-. Me siento bien.
-Te inyecté esta cosa. -Señalé la jeringa descartable y la ampolla vacía-. Supongo que está surtiendo efecto.
-Supongo -dijo Olga. Se tanteó la herida tímidamente-. Tengo algo clavado allí, ¿verdad?
Asentí.
-Prefiero no mirar -dijo Olga-. Nunca me gustó ver sangre. Pero es bueno saber de qué me muero.
-No vas a morir -le dije.
-Te dije que Dios estaba ocupado protegiendo a esos enanos -murmuró Olga. Sonrió-. ¿Algún mensaje para Am-Bó?
-No vas a morir -repetí. Y añadí, sin mucha coherencia-: Voy a vengarte.
-Los soldados a veces mueren -dijo Olga-. Pero me gusta este momento. Los dos juntos, con ese ruido a lluvia. Quiero pedirte algo.
-Lo que quieras -dije, mordiéndome los labios.
Sacó del bolsillo la foto en blanco y negro.
-Quiero que rompas esta foto.
-¿Que la rompa?
-Él no es nadie. ¿Nunca entendiste? Es la foto de un actor.
-¿Un actor?
-Ni siquiera sé el nombre. Nunca entendiste.
-¿Nunca entendí qué?
-La foto me ayudaba a aguantar. Podía pensar en alguien a quien quería sin temor a que nos hiciéramos daño. ¿Nunca entendiste?
-Sólo ahora -dije. Y añadí-: Yo también te quiero.
-Lo presentía -dijo Olga.
-¿Por qué no lo dijimos nunca?
-Los soldados no se enamoran -dijo Olga, clavándome los ojos.
Le di la única sepultura que podía darle, una sepultura de ramas y hojas. Tomé su medalla de identificación y me la guardé en el bolsillo. No rompí la foto. Habría sido como romperme a mí mismo.
La lluvia había cesado. Cargué con mis cosas y eché a andar hacia la zona despejada. La selva palpitaba en el aire vibrante. El reflejo pálido del sol de Acuario formaba columnas de luz polvorienta. Los troncos bulbosos parecían músculos, las lianas parecían tendones, las protuberancias parecían ojos. Un viento suave traía a veces el olor del ignito y los incendios. Al anochecer llovió nuevamente. Me detuve a descansar. No quería andar de noche con una linterna encendida, y no me animaba a avanzar a tientas. Inflé la tienda y me senté adentro. Mastiqué lentamente mi ración. Entre las copas de los árboles se veían retazos de nubes que reflejaban el resplandor rojizo de los incendios. Supuse que los shingos se habrían replegado hacia el corazón de la isla, pero quería estar alerta y tomé estimulantes para no dormirme. Aun así me dominó un sopor. Soñé que Olga se me acercaba. Era Olga, pero tenía forma de árbol o arbusto. En el sueño no me llamaba la atención.
-Hola -dijo en el sueño la voz de Olga.
-Estás muerta -dijo mi voz.
-Estoy muerta pero estoy viva, David.
-Para Olga nunca fui David. Siempre fui Sikorsky.
-Pero ahora ambos sabemos lo que sentimos.
-Los muertos no sienten.
-Estoy muerta pero estoy viva. No te vayas, David. Quiero que te quedes aquí conmigo. Acuario puede ser un infierno o un paraíso.
-Palabras adecuadas para una muerta.
-No me hieras, David. Estoy muerta pero estoy viva.
-Esto es un sueño -dije-. No debería estar durmiendo.
-David -dijo Olga-, me alegra que hayas conservado la foto.
Esto es un sueño, repetí. No debería estar durmiendo. Desperté alarmado. Los estimulantes no habían surtido efecto. Algo raro ocurría. Los soldados no sueñan. Me quedé temblando, sentado en la oscuridad. Cesó la lluvia. Amaneció. Junté mis cosas y seguí viaje hacia la zona despejada. Olga está muerta, muerta, muerta, repetí. El martilleo de la palabra se confundió con el eco de un ruido zumbón. Adelante vi franjas de luz entre los palpitantes troncos de los árboles. Apuré el paso. Tropecé con un arbusto amarillento. Al levantarme, noté que la forma del arbusto reproducía la figura de Olga. Retrocedí espantado. Seguí corriendo hacia las franjas de luz. Sentí un penetrante olor a quemado y la selva terminó de pronto. Ante mí se extendía una franja de cenizas que llegaba hasta el mar. Las cenizas eran restos de árboles quemados con ignito, pero no olían como árboles quemados sino como carne asada. El sol de Acuario asomaba entre las nubes en un cielo que parecía plomo derretido. Un arco iris borroso se encorvaba sobre el mar. Muerta, muerta, muerta, repetí, y el ruido zumbón creció en el aire: era el paleteo de un helicóptero que volaba hacia mí sobre la zona calcinada. Agité el brazo, pero no avancé más. Me resistía a abandonar la selva. Detrás de mí oí el zumbido de una escuadrilla y un silbido de bombas. Un telón de llamas se alzó a mis espaldas y el olor punzante del ignito impregnó el aire. Miré hacia atrás y una vaharada de calor me pegó en la cara. Creí ver la silueta de Olga repetida en varios árboles. Miré de nuevo hacia el helicóptero. Un hombre asomado en la escotilla me indicaba que me acercara. Venciendo mi resistencia, eché a correr. Me repugnaba andar en la ceniza caliente. El helicóptero aterrizó.
-Apúrese -gritó el hombre-. No tenemos todo el día.
Un artillero disparaba su ametralladora contra el linde de la selva. Las balas despedazaban lianas, hojas y troncos. Las astillas bailoteaban frenéticamente y caían como lluvia sobre mí mientras atrás crecía el telón de llamas. El humo rodaba en el aire como tinta. A dos pasos del helicóptero me paré y me di vuelta. Árboles con forma de Olga se contorsionaban en el fuego.
El hombre de la escotilla bajó de un salto.
-Puede haber shingos cerca -dijo, arrastrándome hacia el aparato. El viento del rotor hacía volar las cenizas.
-Tengo que volver -dije.
-No es momento para hacer turismo. Esto pronto será un infierno.
-O un paraíso.
El hombre me dio un puñetazo, me obligó a subir. El golpe me hizo zumbar la cabeza. El zumbido se mezcló con el tableteo de la ametralladora y el paleteo de los rotores. El hombre me tiró en el piso del helicóptero y le hizo una seña al piloto con el pulgar. Se inclinó sobre mí.
-Dios mío -exclamé.
-No -dijo el hombre-. Soy sólo un enfermero. -Me clavó una inyección en el brazo.
El helicóptero se elevaba y las cenizas revoloteaban como mosquitos. Llamas crepitantes barrieron el linde de la selva. Creí oír ese gemido animal, pero me dije que no podía oír nada con el tableteo y el paleteo. Una ráfaga caliente entró por la escotilla abierta. El fuego se extendía y el brusco cambio de temperatura arremolinaba el aire. El helicóptero cimbró.
-Tranquilo -me dijo el enfermero-. Todo va a estar bien.
-Los soldados no se enamoran -murmuré.
-Este tipo está loco -gritó el artillero sin dejar de disparar.
-Al menos volvió a ver el mundo -dijo el enfermero.
-No hay mucho que ver -dijo el artillero, abrazando la ametralladora humeante.

 

 

Vamos a la Segunda Parte de La Era de Acuario

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